jueves, 14 de junio de 2012

¿Cambio o fin de la radio cubana?

El lunes 24 de Noviembre de 1997 publiqué una columna en El Nuevo Herald. Lo que entonces ya se avizoraba en el ambiente es hoy una realidad. Este es el texto de lo que escribí en aquel momento:
Para la radio del exilio ha llegado la hora decisiva. El momento no es de cambio sino de renovación o fin, y todo parece indicar que lo que se avecina es quizá la palabra más repudiada por algunos de los protagonistas del micrófono: una revolución.
Pero no será una transformación para alterar el justo valor de las cosas sino todo lo contrario. Lo que está experimentando la radio exiliada en estos momentos es un proceso de ajuste que terminará por colocarla en su justa dimensión, y que pondrá fin a una función hipertrofiada, que por años cumplió ese medio de difusión más por las condiciones especiales en que surgió ⎯al servicio de una audiencia exiliada en un país con una cultura y un idioma diferentes, y con un marcado carácter militante de lucha política⎯ que por su desarrollo y capacidad orientadora e informativa propia.
Mal o bien, o mal y bien, la radio cubana ya cumplió su papel como factor aglutinador de un exilio monolítico que ha dejado de serlo, y como propagandista de una lucha armada que desde hace años es prácticamente inexistente. Su crisis actual es sobre todo una crisis de identidad, porque ya no refleja la diversidad que caracteriza al exilio actual. Una serie de factores ⎯su propio éxito en un momento dado, lo que atrajo a los grandes inversionistas; la diversificación étnica de Miami; la disminución, por envejecimiento y muerte, de su principal audiencia⎯ han contribuido a su crisis actual. Sin embargo, la razón principal de la debacle es su incapacidad para renovarse: el aferrarse a su imagen tradicional se ha convertido en su talón de Aquiles. El hecho es simple, nos guste o no nos guste, el anticastrismo ha dejado de ser rentable, o al menos tan rentable como antes.
Despojos de un enclave
De The Jazz Singer (1927) a La Bamba (1987), la lección del cine norteamericano es la misma: el triunfo del inmigrante o hijo de inmigrante es mayor a medida que más se integra al país de adopción. Cuando en la actualidad un visitante recorre La Pequeña Habana, asiste a los despojos de un enclave cubano, donde los nombres de los establecimientos pretendieron perpetuar una ciudad perdida. Pero no son ruinas producto del fracaso sino del triunfo. Los logros de los cubanos, su expansión a toda la ciudad, ha significado en parte la pérdida de una identidad estereotipada y generalizada. El comercio o negocio que nació orientado a brindar servicios a sus compatriotas recién llegados se ha convertido en parte de una red más amplia, sobrevive gracias a otros inmigrantes, posiblemente provenientes de otros países, o desapareció. Estos cambios han afectado a la radio cubana, no sólo en su base de anunciantes (como los enfermos, ésta cada vez depende más de los servicios médicos, y en última instancia del Medicare y Medicaid), sino también en su audiencia: en su mayoría, tanto los nuevos inmigrantes como los hijos y nietos de los que llegaron primero no se ven reflejados en estas emisoras. Pero más que nada, la radio del exilio ha sido víctima de su propia soberbia, al pretender imponer una visión idealizada de la Cuba de los años 50 en la amplia gama de refugiados que en la actualidad viven en la Florida. Algún que otro programa, como el de Agustín Tamargo, constituye la excepción de la regla, pero por la cultura, la vitalidad y la independencia de su director.
Mundo irreal
Hasta hace pocos años, varias emisoras del exilio vivían en un mundo irreal: podían permitirse el lujo de enviar corresponsales cuando surgía un conflicto internacional, al igual que las grandes cadenas periodísticas; nunca se detenían mucho en las diferencias imprescindibles que existen entre una información y una opinión; fabricaban rumores y manipulaban a su antojo a los oyentes; eran capaces de organizar en breves horas actos de repudio a diversos artistas según los consideraran favorables o no a su línea de pensamiento e imponían candidatos políticos.
La radio fue ⎯y todavía será por un tiempo⎯ la gran fuente de catarsis, donde se descargan odios, envidias, frustraciones y todo tipo de ansiedades en un exilio demasiado largo. Por muchos años, trató de acomodar las noticias sobre Cuba a su conveniencia, y atacar al mensajero cuando el mensaje no era de su agrado.
Era agradable oírla: el fin de nuestras vicisitudes como exiliados estaba cerca y aquello se hundía irremediablemente: en parte acertaban, pero al final la victoria ha resultado sorpresiva e imprecisa y el triunfo final sobre el castrismo es una larga agonía.
Todo esto está cambiado, y ello no significaba una conspiración en contra del exilio o una pérdida de poder de los cubanos. Es más bien otro reflejo de lo logrado por una comunidad que, tanto en aquéllos que desean asimilarse como en quienes quieren conservar su identidad, se independiza del control de unos pocos que pretendieron ⎯y aún pretenden⎯ dominarla a su antojo. Es parte de una crisis de crecimiento, en un medio que irremediable, con el tiempo ha tenido que convertirse en más profesional y menos dogmático.
En el futuro la radio cubana no sólo expresará los intereses e ideales de los que persisten en un enfrentamiento armado con el gobierno cubano ⎯y bienvenidos sean para ellos nuevos maratones⎯ o de quienes hacen de la perorata en contra de Castro el pan nuestro de cada día. Es posible que tendrá programas de orientación anodinos y tontos como los de todas las emisoras radiales norteamericanas, programas deportivos y de entretenimiento. En fin, contribuirá a embobecernos entre jornada y jornada laboral. Es un destino mediocre y poco glorioso para un medio de difusión, pero preferible a escuchar a toda hora esos generales de micrófono y todo ese odio e ignorancia incubados a media noche. Que aún no se han puesto las botas los que tanto arengan a las marchas.



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