domingo, 1 de julio de 2012

Moscú en La Habana y guerras imaginarias

En un nuevo libro sobre el espionaje ruso, Edward Lucas va más allá de la imagen glamorosa de Anna Chapman en pose de chica Bond de Putin. Para Lucas, tanto Chapman como los otros nueve espías rusos, que estaban radicados en Estados Unidos y fueron detenidos y expulsados, representan una amenaza permanente para el Occidente.
La afirmación puede parecer exagerada y es discutible ⎯el primer argumento es que espías tienen todas las naciones poderosas del planeta, y también las que sueñan con serlo⎯ , pero encierra una tesis válida: hay países cuyos gobiernos necesitan, más allá de los servicios imprescindibles para la seguridad nacional, llevar a cabo múltiples actividades secretas y con un potencial subversivo hacia gobiernos aliados y enemigos, que incluyen desde labores de espionaje hasta diversas triquiñuelas internacionales. De lo contrario, les resultaría imposible a los miembros de la clase gobernante sobrevivir en el poder.
Pactos entre dictadores; actividades de obstruccionismo en foros internacionales; movimientos más o menos sutiles, bajo el disfraz de las buenas intenciones, destinados a la injerencia externa; grupos y alianzas creadas para destruir o minar otras existentes, u otorgarle mayor poder a un sector determinado dentro de una zona geográfica o política. Estas y otras actividades ⎯algunas ilegales, otras condenables en diversos sentido⎯ se llevan a cabo bajo las apariencias más dispares, en pocas ocasiones retomando tácticas de la guerra fría y en la mayoría de las veces transitando nuevos caminos.
La Rusia de Putin es un buen ejemplo de ello. Otro es la Cuba de los Castro.
Si bien el gobierno de Cuba no cuenta con casos de espías en Estados Unidos donde se pueda explotar el glamour ⎯los “Cinco” no llegan siquiera a calendario de bomberos retirados⎯, sí ha podido ampararse en un antiimperialismo recurrente y tardío a la hora de propagar por todo el mundo su defensa de los agentes encerrados. Por supuesto que la caracterización no resiste siquiera una valoración de sentido común, pero no se trata de buscar la verdad sino de ejercer una postura, ya sea por conveniencia o fe.
Que los agentes del gobierno cubano estaban en Estados Unidos para vigilar actividades terroristas es tan creíble como la virginidad de María, sólo que menos bonito: no sirve como tema para pintores del Renacimiento. Lo demás es ruido y absurdo. Retórica carcomida tercermundista y plato de segunda mesa ideológica, si se analiza la falta de imaginación. Una lección poco útil, entre paréntesis, para el exilio en esta ciudad: recordar quien era Juan Pablo Roque, con quienes se rodeaba, lo que lo apoyaban y luego póngase a acusar de “agente castrista” a cualquiera que se opone al embargo. Por lo demás, los cubanos exiliados no pueden quejarse a la hora de recibir un tratamiento especial: a nadie se le ha ocurrido reclamarle millones al gobierno de Putin por una seducción de Anna Chapman, reducida a sueños eróticos en revistas atrevidas.
La Rusia de Putin sirve también como una especie de espejo mágico para avizorar el destino inmediato de Cuba. Cierto, no es más que uno de los posibles destinos, pero también hay que reconocer que se encuentra entre los más probables.
En lugar de la temida vía china ⎯mencionada en Miami como una maldición del Celeste Imperio⎯ una Rusia, experta en el vicio al alcance de la mano, puede estar a la vuelta de la esquina. No es Pekín sino Moscú en La Habana.
Alejados de un partido comunista que siempre ha resultado inoperante, los herederos y nuevos miembros de los grupos y familias que se dividirán el poder tras el fallecimiento de los hermanos Castro establecerán convenios y pactos de delimitación de zonas económicas. Por supuesto que esos tratos futuros no dejarán fuera, por conveniencia económica, a ciertos sectores empresariales del exilio cubano de Miami, pero la negociación de parcelas de poder es otra cosa. Las aspiraciones a lograr el mando desde esta ciudad, o al menos compartirlo, reducidas a los monólogos de la locura. El denominado "Gobierno Constitucional de Cuba en el Exilio" concretado en un acto fallido de una obra bufa.
Una visión pesimista pero no ajena a la realidad cubana. Disuelta la disidencia, reducida al mínimo cualquier actividad oposicionista, el inicio de una reconstrucción nacional ⎯en lo moral y social⎯ no tiene aún siquiera perspectiva. Punto de vista tan desfavorable que se incrementa a partir de una mirada somera al exilio de Miami, donde desde hace décadas se juegan guerras imaginarias que no conducen a parte alguna, salvo a pequeñas satisfacciones emocionales. Un exilio que, no sé si siguiendo el ejemplo de Enrique VIII, está a punto de crear su propia Iglesia. Un exilio que, también, no es el fruto maduro, ni podrido, es una fruta vana. Queda al menos una última esperanza, que en un futuro cercano el gobierno poscastrista nos mande la versión cubana de Anna Chapman.

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