viernes, 31 de agosto de 2012

El vendedor de promesas


Lo mejor del discurso de aceptación de la nominación republicana para la presidencia de Estados Unidos, hecho por Mitt Romney, es que éste logró despejar algunas dudas sobre su candidatura. Varias de estas inquietudes eran más aparentes que reales, pero a partir de ahora no cabe la excusa del desconocimiento.
Romney dedicó la primera parte de su discurso a desarrollar una especie de soap opera sobre él y su familia. Fue la parte más aburrida de su presentación y aunque desató algunos aplausos acalorados ⎯en las convenciones partidistas, como en los congresos comunistas, en la mayoría de los casos los aplausos carecen de importancia⎯, poco hubo de valor en ello, desde el punto de vista electoral: quienes simpatizan con el candidato de todas formas iban a votar por él y a los que lo rechazan poco importa esa saga de padre de familia, esposo amoroso e hijo ejemplar, así como esa oportunista referencia a una inmigración que no fue. En este caso, hay también una lectura paralela que pueden realizar quienes no confían en él o francamente lo detestan: descendiente de una familia en que la poligamia era práctica usual y miembro de una secta fanática.
La segunda parte del discurso era la destinada a cumplir las expectaciones más importantes desde el punto de vista electoral, y se desarrolló fundamentalmente sobre tres aspectos.
El primero tuvo que ver con la capacidad de Romney para gobernar, y en este sentido su reclamo único es su supuesta capacidad empresarial. Esto se remite a un argumento simplista: para desarrollar el avance de un país hay que ser buen empresario.
De entrada este argumento se fundamentó en algunos punto débiles. El candidato republicano no tiene credenciales académicas, conocimientos económicos ni experiencia gubernamental más allá de cuatro años al frente del estado de Massachusetts ⎯donde, por otra parte, hizo todo lo contrario de lo que promete hacer ahora⎯ y su labor como empresario.
Sin embargo, aquí comienzan los cuestionamientos a la capacidad de Romney para dirigir al país, ya que ser un empresario exitoso no es una garantía de nada a nivel de gobierno. Un país no se gobierna como una empresa. Pero además, el hecho de contar con un historial de ganancias millonarias no dice nada sobre una capacidad para lograr el beneficio no solo personal sino en general para quienes han trabajado o trabajan en estas empresas o en otras donde Romney ha invertido. ¿Cuántos empleados han hablado a favor de estas firmas, los beneficios o ventajas de formar parte de su personal? Cero. Hasta el momento, a la campaña del candidato republicano no le ha interesado contar con una opinión favorable de Romney como empresario, desde la perspectiva del empleado, o no le ha interesado. Solo los tontos encuentran convincente la propuesta de que un millonario como presidente los hará millonarios a ellos como votantes.
El segundo punto débil es echarle la culpa al presidente Barack Obama de todo lo que está mal. Romney habló de la dependencia con China y dijo que buena parte de la deuda de Estados Unidos es con ese país asiático, solo que no mencionó que esa dependencia fue creada por el expresidente George W. Bush, que durante sus ocho años de mandato financió la guerra contra Irak y Afganistán con fondos chinos. También se refirió a las regulaciones gubernamentales, y pasó por alto el hecho de que fue precisamente el desmantelamiento de las regulaciones el factor fundamental que hundió a esta nación en una profunda crisis hace apenas cuatro años.
El tercer aspecto, y el más decepcionante, fue que el candidato republicano resultó incapaz de presentar un programa de gobierno que pueda competir contra la administración actual. Romney se limitó a una serie de promesas de campaña que sonaron más bien como las jactancias de los vendedores de brebajes cuando llegaban a otro pueblo, según las películas del oeste. Esas promesas pueden resultar esperanzadoras, aunque al final no resultan en algo más que una ilusión.
Hay que señalar un gran perdedor en el discurso de Romney, y fue el Tea Party. Más allá de unas pocas palabras vagas, el candidato hizo un discurso dirigido a la clase media y alejado de extremismos. Su aparente compromiso a favor de la vida o la libertad religiosas ¬⎯¿y en algún momento se ha cuestionado la libertad religiosa por parte de este gobierno?⎯ fueron apenas frases para salir del paso. En última instancia, los reclamos del Tea Party al parecer no cuentan mucho en una elección presidencial nacional y el candidato a la vicepresidencia no es más que una figura decorativa en la boleta.
Esta es la principal incógnita resuelta en la convención republicana, donde se esperaba a una respuesta a la interrogante de si el Partido Republicano iba a quedar en manos de su ala más radical. Solo que esta respuesta ha llegado bajo la forma de la algarabía y la falta de sustancia. Una vez más, los republicanos evitan resolver esta diferencia pero lo que logran es simplemente posponerla. Curiosamente, si hace años las popularidad del George W. Bush fue el factor fundamental para evitar un cisma, ahora es la impopularidad o el odio que para ellos suscita la figura de Obama una causa más que suficiente para alejar la escisión.
A partir de este momento solo queda el repudio a Obama como causa más que suficiente para votar contra él y a favor de Romney, poco importa las dudas que su figura pueda producir entre los republicanos y los votantes en general.
Lo malo en este caso es que se trata de uno de los peores escenarios electorales posibles, ya que guste o no introduce al factor racial en el centro de la campaña. Viendo las imágenes de la convención republicana no cabe duda de que se trató de un evento para blancos y rubios. Sin embargo, desde el punto de vista de composición étnica y de país de origen, Estados Unidos ha cambiado sustancialmente desde una época tan cercana como el triunfo de Ronald Reagan. Eso  no quiere decir que esta transformación se trasmita automáticamente a las urnas, aunque abra una nueva interrogante al respecto.
La convención republicana fue un vivo ejemplo del reclamo sobre un país que ya no es. Más allá de los problemas económicos actuales, hay en Romney, su figura y la de su esposa ⎯por encima del excesivo maquillaje de ambos⎯ un deseo de hacer retroceder a este país a los años cincuenta, a la época de la Ley Seca o a los Estados Unidos anteriores al gobierno de Lyndon B. Johnson. Se trata de repetir esa vieja ilusión republicana de cambiarla las condiciones económicas mientras se dejan intactos los valores familiares.
Es imposible que en un mundo donde impere la inseguridad laboral, y en el cual el individuo se rige por una competitividad extrema, otro valores no sean transformados. Aspirar al tradicionalismo en el hogar, mientras en la sociedad impera un capitalismo feroz, es puro cuento de hadas. Al expresar estas ideas, Romney vuelve al espíritu de secta, que es el que mejor lo define, de encerrarse frente al mundo.
La convención republicana estuvo más cercana a un panorama de urna de cristal que a una visión de futuro. Con independencia del triunfo electoral en noviembre, lo que se limitó a proyectar fue un panorama de viejas ideas en figuras jóvenes y una nostalgia del ayer en rostros maquillados.

jueves, 30 de agosto de 2012

The Romney Show

Para aquellos interesados en una versión cinematográfica, mucho más entretenida, del discurso del candidato presidencial republicano Mitt Romney, en la convención de su partido. Solo que Romney no está interesado en la verdad, como el protagonista de la película.

lunes, 27 de agosto de 2012

Más sobre las armas


Una de las grandes decepciones, tras el fin de la guerra fría, es que el fundamentalismo está lejos de disminuir y por el contrario crece cada día. No se trata solo de un radicalismo religioso o político. En igual sentido hay grupos e instituciones extremistas, que son perfectamente legales, y que día a día radicalizan más su discurso. La Asociación Nacional del Rifle (NRA) es una de ellas.
Mientras que parece muy normal que se venda armamento de uso militar a cualquiera, en Florida el gobernador y la legislatura están empeñados en que se mantenga una ley por la cual un médico podría perder la licencia por el simple hecho de preguntar a un paciente si en su casa hay armas de  fuego.
El gobernador Rick Scott firmó la ley en junio del 2011.
Un grupo de médicos y abogados presentaron una demanda contra ésta y lograron la victoria en un tribunal de Miami, donde un fallo judicial decretó que el marco legal violaba su derecho a la libertad de expresión.
El estado ha apelado la decisión. 
Todo con tal de complacer a la NRA.
Lo peor es que el problema no se limita a algunos estados. Ambos aspirantes en las próximas elecciones presidenciales hacen todo lo posible para no disgustar a tan poderosa organización. 
Hay sin embargo al menos algunos políticos que no asumen esta posición cobarde.
De acuerdo a una información aparecida en El Nuevo Herald, tras el tiroteo en Colorado líderes demócratas en tres importantes estados del país, Illinois, Nueva York y California, impulsan propuestas que podrían restringir las ventas de armas de asalto y municiones. 
Nada más normal que estas medidas se aprueben, pensaría un lector en cualquier lugar del mundo, quizás salvo Chechenia, algunas tribus africanas y diversos grupos de bandidos talibanes en Afganistán y Pakistán. Pero es en Estados Unidos donde corren mayor peligro de ser desestimadas.
En los últimos años, el debate sobre las armas de fuego no ha ganado muchos adeptos. Incluso en la anterior contienda, el presidente Barack Obama publicó una foto oportunista, donde aparecía vestido con ropa de camuflaje y portando un arma de cacería.
El problema es que en la actualidad la mayoría de los norteamericanos se oponen a una prohibición de las armas de fuego. 
De acuerdo a una encuesta Gallup realizada en 1990, 78 por ciento de los entrevistados consideraban que las leyes relacionadas con la venta de armas de fuego deberían ser más estrictas. Sólo el 19 por ciento estaba a favor de una liberalización o de mantenerlas iguales. El pasado año, las cifras fueron muy diferentes. Un 43 por ciento dijo que las leyes deberían ser más rigurosas y el 55 por ciento opinó que deberían mantenerse iguales o flexibilizarse.
Ahora bien, el problema con los fusiles de asalto no se reduce a la tenencia de un arma. Se trata de armamento militar, que no debe estar al alcance de cualquiera. En la actualidad se puede adquirir con suma facilidad y de forma legal un AK-47 o un fusil semiautomático Smith & Wesson M&P-15, para citar apenas dos ejemplos, porque el surtido es amplio y en algunos casos el precio no supera al de una compra semanal de víveres para una familia de cuatro.
La cuestión clave aquí no es la Constitución, sino que en 1994 el Congreso aprobó una prohibición por diez años a las armas de asalto. En el 2004 la prohibición caducó, tanto con el beneplácito de los republicanos y el expresidente Bush como con la indiferencia de los demócratas.
Hace cuatro años, Obama llegó a la presidencia pese a la fuerte oposición de la NRA. Como senador por Illinois fue un férreo partidario del control de las armas. Como presidente, no ha hecho nada en igual sentido. No lo hizo cuando fueron asesinadas seis personas y herida la representante Gabrielle Giffords, en Tucson, Arizona. No parece que ahora haga algo tampoco, más allá de unas pocas palabras.
Durante la campaña para senador por Massachusetts, en 1994, Mitt Romney dijo, “Yo no me alineo con el NRA”. Una década más tarde, mientras era gobernador del mismo estado, firmó una ley que convertía en una medida permanente la prohibición de fusiles de asalto.
Siempre cambiante, este año Romney se ha dedicado a emitir declaraciones que lo colocan en sintonía con la NRA, pese a la reciente oleada de tiroteos que han dejado varias personas muertas en Estados Unidos. Recientemente volvió a repetir que impulsar leyes que restrinjan la posesión de armas de fuego no es la respuesta.
Por el momento, las armas seguirán reinando en las calles.

domingo, 26 de agosto de 2012

El arte de la alarma


Una vez más, la televisión de Miami se lanzó a tratar de sacar el mayor provecho ante la amenaza de la llegada de un huracán ⎯en realidad convertido en tormenta tropical⎯ al sur de la Florida. Con un énfasis en presentar la tormenta de la forma más amenazadora posible, al convertir una ráfaga de aire en viento huracanado y una lluvia persistente en peligrosa inundacón, la televisión en inglés y en español se ha mantenido transmitiendo sin cesar, dedicada al objetivo de alterar la vida de los ciudadanos al punto de que éstos se vean compulsados a acudir a los supermercados, las gasolineras y las ferreterías.
No se trata de un  viejo refrán: “hay que prevenir para luego no tener que lamentar”. Tampoco de pasar por alto las cambiantes condiciones atmosféricas que afectan el curso, las dimensiones y el poder destructivo de un ciclón.
La disyuntiva —tanto en éste como en otros casos en que existe una situación de peligro— no se presenta entre informar o no informar a la ciudadanía. No se trata de restringir la divulgación de noticias. Lo cuestionable es la utilización repetitiva de una sola noticia —la cercanía o lejanía del huracán— para conseguir un elevado nivel de audiencia.
Más allá de la necesidad de estar bien informado, los ciclones en la Florida —o su amenaza— se han convertido en un negocio redondo para constructores, ferreteros y bodegueros. Un evento que seguro ya calculan anualmente, al igual de que las ventas navideñas o del regreso a la escuela.
Las graves consecuencias del paso por la Florida de cualquier tormenta tropical obedecen fundamentalmente a dos factores: la pésima calidad de la construcción de viviendas y el costo excesivo de los seguros de propiedad.
En vez de enfrentar ambas cuestiones, la prensa y los gobiernos estatales y locales se dedican a difundir el temor, a fin de mantener a la ciudadanía entretenida clavando tablas y comprando agua y gasolina, y que así olviden el exigir responsabilidades.
La técnica del miedo se está imponiendo peligrosamente en la sociedad norteamericana. En momentos en que —gracias al desarrollo tecnológico y económico del país— se pudiera pensar que, como consecuencia lógica, viviríamos una vida más segura, ocurre todo lo contrario. Poco falta para que regresemos a la época de realizar sacrificios e invocar a los dioses ante cualquier tormenta.
Durante días, asistimos al penoso espectáculo de contemplar locutores mostrando cara de preocupación, meteorólogos repitiendo una y otra vez los mismos datos y gráficos en la pantalla que, en lugar de esclarecer, parecían destinados a imponer la presencia de un monstruo incontenible. Lo agotador del espectáculo debe haber anulado la capacidad de razonamiento de muchos durante semanas.
Cada vez que un ciclón amenaza a la Florida, la televisión se ocupa de alimentar la superstición de que a cada momento ocurre algo respecto al huracán que debemos conocer. Nos lanza a la calle a gastar dinero y nos integra en una espera tensa —alargada cada vez más gracias a la tecnología—, en que dependemos y confiamos de cálculos que son imprecisos por su propia naturaleza.
No hay canal de televisión local que no presente a sus reporteros realizando su informe bajo una lluvia pertinaz, ofreciendo una ilusión de peligro por la cercanía de la costa y enfrentando estoicamente el viento. Mientras el pobre reportero o reportera soporta los embates de una lluvia más o menos fuerte, los minutos de transmisión se alargan inmisericordes —durante un huracán, es cuando único se pierde el sentido de la síntesis y prontitud que caracterizan a las noticias por televisión— y los presentadores en el estudio insisten con preguntas que sólo tienen como destino mantenerlo bajo las condiciones más inclementes.  La cámara sólo se desvía del rostro ultrajado por el clima para enfocar a los árboles azotados por la furia de los elementos. Todo hecho con el fin único de satisfacer el ansia novelesca de los espectadores, que en sus hogares observan a buen recaudo.

Londres y los ciclones



Carlos Lacasa, presidente de la compañía de seguros Citizens Property Insurance y otros dos ejecutivos, realizaron un viaje de negocios a Londres a un costo total de casi $9,200, lo que incluyó dos noches en un hotel de lujo y una cena para tres en un laureado restaurante francés.
De acuerdo a la información que publica The Miami Herald y El Nuevo Herald en su edición de hoy domingo.
Una revisión del Herald/Times de cientos de informes de gastos presentados en los tres últimos años muestran que los ejecutivos de Citizens invierten ampliamente en sí mismos mientras alegan pobreza y elevan las tasas en cantidades sin precedentes.
Los ejecutivos que viajan se quedan a menudo en hoteles de lujo que cuestan hasta $600 por noche, cuando cerca de ellos estaban disponibles lugares menos caros.
Los costos de algunas comidas presentados en la información del Herald pueden parecer normales, e incluso no muy elevados, si se compara con los precios que pagan los ejecutivos de muchas grandes corporaciones en este país.
Sin embargo, estos datos hay que verlos en comparación con los intentos de Citizens de cobrar mucho más y brindar mucho menos.
La aseguradora administrada por el estado surgió con el objetivo de brindar cobertura a los residentes de Florida que eran rechazados por las aseguras privadas o como alternativa al alza de los seguros tras el paso del huracán Andrew.
Pero en la actualidad, con Rick Scott de gobernador del estado, el empeño es destruir a Citizens o convertirla en un negocio lucrativo para abogado y ejecutivos sin escrúpulos a la hora de vivir y comer bien.
Citizens ha estado elevando las tasas y recortando coberturas bajo la premisa de que está a una tormenta de distancia del colapso financiero.
La historia y la ciencia indican que huracanes como Andrew golpean a la Florida alrededor de una vez cada 50 años.
A pesar de los reclamos de inestabilidad financiera de Citizens, una revisión de sus libros, de acuerdo a lo publicado en el Herald, muestra que la aseguradora tendría, en realidad, suficiente dinero para pagar los reclamos que le hagan después de una tormenta como Andrew.
Después de siete años sin huracanes, Citizens ha reunido un superávit de efectivo de $6,200 millones, lo que hace muy improbable que la aseguradora estatal tenga que recaudar los llamados “impuestos de huracanes” para pagar las reclamaciones después de una tormenta.
Sin embargo, los dueños de viviendas aseguradas por Citizens pueden encontrar que el pago de puede convertirse en un torbellino de litigios, coberturas denegadas y sorpresas en letra pequeña.
Bajo la dirección del gobernador Rick Scott, Citizens ha propuesto una serie de aumentos en las tasas y reducciones en las coberturas, en una agresiva campaña para hacer menos atractiva a la aseguradora estatal que el cada vez menor mercado privado.
Los directivos de la compañía apuntan regularmente a la ley estatal que dice que cuando Citizens se queda sin dinero, debe recaudar los llamados “impuestos de huracanes” de la mayoría de los consumidores para cubrir su escasez. Esos impuestos se incluyen en las primas anuales de seguros como “impuestos”, y los floridanos aún pagan cargos que provienen de las brutales temporadas de huracanes de 2004 y 2005.
A pesar de la posición financiera relativamente fuerte de Citizens, Scott y los ejecutivos de seguro han presentado a la aseguradora como una responsabilidad muy expuesta al borde de la calamidad financiera. Han usado ejemplos hipotéticos de súper huracanes apocalípticos para elevar las tasas y reducir las coberturas, un esfuerzo para obligar a los consumidores a que regresen al limitado mercado privado.
Las reducciones de coberturas —muchas de las cuales se han llevado a cabo en los últimos 12 meses— podrían aumentar significativamente los gastos de los dueños de viviendas si se produce una tormenta.
Los dueños que son golpeados por una tormenta mayor pueden encontrar que el camino para recibir una compensación de Citizens pasa por la corte.
Las demandas sobre reclamos de seguros denegados por Citizens han aumentado en más del 500 por ciento desde 2008, incluso cuando ningún huracán ha azotado al estado durante ese período.
El representante Frank Artiles, republicano por Miami, declaró que Citizens gasta millones de dólares todos los años luchando contra los reclamos de los dueños de viviendas como parte de una maniobra estratégica para reducir la cantidad de dinero que gasta reparando casas.
El representante Frank Artiles, republicano por Miami, declaró que Citizens gasta millones de dólares todos los años luchando contra los reclamos de los dueños de viviendas como parte de una maniobra estratégica para reducir la cantidad de dinero que gasta reparando casas.
“Tengo ejemplos de casos que le han costado a Citizens $360,000 en tarifas de abogados, cuando la disputa era por $30,000”, indicó Artiles, quien agregó que algunos de los dueños tienen que sobrevivir a largas batallas legales antes de que puedan reparar sus casas.
Christine Ashburn, portavoz de la compañía, indicó que el aumento en las demandas se puede atribuir al aumento en el tamaño de Citizens y un incremento en los reclamos.
Citizens ha reunido un ejército de abogados, no sólo para luchar contra reclamos, sino también para combatir el creciente problema del fraude a los seguros.
Desde Andrew, ha crecido la reputación de la Florida como el centro del fraude a los seguros de vivienda.

No hagan caso a los gatos negros


Espero que los republicanos no sean supersticiosos.
El Comité Nacional Republicano decidió posponer hasta el martes todos los actos importantes y discursos de la convención del partido, que dará oficialmente la nominación a Mitt Romney como candidato a la presidencia de EEUU.
Se trata de la segunda convención nacional republicana consecutiva que acorta su programación debido a una tormenta, ya que en la cita de 2008 en Saint Paul (Minnesota), los actos del lunes también se cancelaron debido al huracán Gustav en el Golfo de México.
Bueno, la tormenta se repite. ¿Se repetirá también la historia?

viernes, 24 de agosto de 2012

La industria castrista



Ángel Cuadra escribe en el Diario Las Américas que en un programa de Radio Martí, a comienzos de este mes agosto, los conductores tuvieron de invitada a “Angelina Castro, que es una actriz y productora de películas pornográficas”.
Cuadra rechaza categóricamente que un programas pagado con dinero de los contribuyentes tenga la presencia de una actriz porno.
Sin embargo, no es la primera vez que esto ocurre.
En el programa Mundo al Día, noticiero de televisión de la Voz de América, del 26 de abril de 2012, Castro también estuvo presente, con su opinión sobre el escándalo sexual que involucró a miembros del servicio secreto estadounidense, durante la visita del presidente Barack Obama a Colombia.
No conozco el contenido del programa a que hace referencia Cuadra, pero en general su columna tiene un tono de miembro de logia provinciana, en los años 50 del pasado siglo en Cuba, que lo hace parecer bastante anticuado, como periodista y posiblemente también como escritor, aunque sobre esto último no puedo opinar por falta de lectura.
Algunos pueden pensar que el apellido de la productora y actriz porno despierte más de una sospecha en el columnista, pero éste es bastante claro al especificar que se trata del cuerpo y la conducta de la actriz a lo que él se refiere cuando habla de “mensajes de corrupción”. Aquí las actividades castristas  son de otra índole.
Dejando la hipocresía a un lado, hay que reconocer que la industria pornográfica tiene una gran importancia económica nacional, y es uno de los pilares en que se sustenta la internet y la televisión por cable.
Siempre que sea una empresa de programas hechos por adultos y para adultos, el participar o consumir pornografía es un asunto personal o familiar, según el caso.
En cuanto a explotación y abuso, que sin lugar a duda existe en el ramo, tampoco está ausente de otros negocios en este país, como por ejemplo la limpieza de edificios.
Si algo se le puede reprochar a la pornografía es que resulta aburrida y por lo general falta de imaginación. Pero estas son limitaciones de otra índole. No creo que tengan que ver con los reproches de Cuadra.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Volver a ver



Ahora que un comentario sobre la violación y el aborto, del congresista republicano Todd Akin, trae otra vez el tema al centro de la atención pública en Estados Unidos, vale la pena ver de nuevo The Accused.
La película, basada en acontecimientos reales, narra las dificultades de Sarah Tobias  (interpretada por Jodie Foster) para llevar ante la justicia a quienes presenciaron y alentaron a tres hombres para que la violaran repetidamente en un bar. La protagonista logra que la abogada Kathryn Murphy (Kelly McGillis) se haga cargo del caso, pero de entrada ésta le advierte que no resultará fácil, debido a que su historial de conducta promiscua será usado en su contra en la sala del tribunal.
The Accused, que le valió un merecido Oscar de actuación a Foster, no es una gran película desde el punto de vista cinematográfico. Pero sí es una cinta bien hecha, que si bien recurre a algunos de los clichés típicos del cine norteamericano y a un feminismo en boga, no por ello pero ello deja de enfatizar un aspecto clave: la fuerte denuncia al quebrantamiento de un derecho femenino (y masculino) fundamental: el decir no ante un avance sexual, con independencia de vestimenta, antecedentes y preliminares.
Esta cuestión encierra la esencia de las palabras de Akin, cuando habla de violación “legítima” ⎯un concepto que por otra parte no ha explicado pero que no es más que una referencia oblicua a lo que podría haber llamado de forma más directa “una violación verdadera”⎯ para referirse a los casos más notorios de violación brutal. En resumidas cuentas, lo que expresó Akin es que algunas mujeres acceden o no rechazan por completo el ser violadas, lo que “explica” su embarazo.
De esta manera, el legislador recurre a la noción tergiversada de ver a la violación como un acto sexual, y no como un hecho de violencia y una manifestación de abuso y poder. Sexualizar la violación no sólo desvirtúa la actividad sino le contagia un carácter pecaminoso al que le difícil escapar incluso a la propia víctima.

martes, 21 de agosto de 2012

Por un nuevo anticastrismo


No es que el exilio de Miami ha dejado de ser anticastrista, sino que el anticastrismo ha cambiado de forma. En buena medida ha echado a un lado el ser vocinglero y pueril. Reducido a grupos cada vez más debilitados en números e ideas el perseguir músicos y regodearse en la nostalgia de una Cuba anterior a 1959.
El nuevo anticastrismo incorpora los valores culturales de esa época y tira por la borda la exaltación pueblerina de un país plagado de pobreza, corrupción y asesinatos. Condena a la dictadura de Fulgencio Batista pero con más fuerza aún al régimen de Castro, aunque no se pierde en comparaciones destinadas a desvirtuar ese sendero de caminos que se bifurcan que es la historia del país. Entiende lo ocurrido en la Isla en más medio siglo como un proceso con razones y causas, que llegó a transformarse en un destino espurio por la ambición de unos cuantos y los errores y las indecisiones de muchos.
Durante décadas se ha otorgado validez histórica y política a los planteamientos de un grupo cuya única representatividad en la situación cubana actual emana del control férreo del poder y los mecanismos represivos. Quizá para algunos con ello sea suficiente, pero hay poco mérito en esa banda de aprovechados que ni siquiera han intentado desarrollar una nación sobre cadenas, y simplemente la han explotado al capricho y la conveniencia del momento.
Tampoco en la actualidad queda mucho mérito que reconocer cuando se habla del “exilio histórico”, en cuanto a vigencia política. La imagen de éste ha sido secuestrada por una serie de arribistas que adaptan a su beneficio cualquier actitud frente al régimen de La Habana. Líderes que en ocasiones se han aliado o han simpatizado con las peores dictaduras militares latinoamericanas, así como con corruptos al estilo de Alberto Fujimori, Arnoldo Alemán y  Carlos Menem, para citar algunos ejemplos; partidarios de un totalitarismo de derecha para el futuro de Cuba.
La falsa división entre el “yo estaba aquí y tú acabas de llegar” esconde también la existencia de organizaciones, líderes exiliados y puntos de vista que no responden al estereotipo de una comunidad intransigente e ignorante, fácil de manipular por demagogos del micrófono.
El nuevo anticastrismo admite el diálogo con Cuba, que no es sinónimo de complicidad con La Habana. Reniega de farsantes y está en contra de legisladores que no lo representan en Estados Unidos. No quiere agitadores en Washington sino hombres y mujeres capaces que se preocupen por sus distritos respectivos, sean Miami o Nueva Jersey o cualquier otro. Rechaza la demagogia porque la conoce demasiado. Está a favor de la cordura y la simpatía; rechaza los discursos altisonantes de cualquier orilla. No quiere una vuelta al pasado. Apuesta por el futuro.
Queremos creer que el régimen de La Habana agoniza presa de su inmovilismo. No es así. Sin embargo, el proyecto revolucionario está agotado. La diferencia no es sutil sino real. Desaparecidos los hermanos Castro, Cuba iniciará una nueva etapa. No volverá la vista atrás, mirando por encima de casi cinco décadas y borrando tantas huellas. Cualquier proyección sobre el futuro de la Isla debe hacerse desde el presente. No intentando un regreso a los años cincuenta.
La nostalgia sirvió por un tiempo para enriquecer a unos cuantos en Miami. No tiene sentido como programa de gobierno. El régimen castrista no es un paréntesis en la historia de la nación, un apéndice que se puede eliminar sin el menor rastro. ¿Quiénes de los tantos que repiten a diario su discurso estéril en la radio exiliada conocen la realidad cubana? El ejercicio de desconsuelo —el intento de vender el pasado bajo una forma de futuro— solo ha logrado edificar altares de ignorancia y fabricar líderes de pacotilla. 
Igualar la falta de vigencia del modelo imperante en la Isla con la proyección que mantuvo primero Fidel Castro, y ahora Raúl, de constituirse en símbolos vivientes de la resistencia contra el “imperialismo yanqui” es caer en el viejo error del anticastrismo de café de esquina. El fin de ambos hermanos no será el desplome inmediato del sistema imperante, aunque especialmente la muerte de Fidel Castro significará el fin de la época en que un régimen ha fundamentado su permanencia en la “legitimidad de origen” obtenida por el triunfo frente a la dictadura de Batista.
No hay que igualar un fin con un comienzo. En el exilio se ha confundido un efecto con una causa, y en vez de analizar las razones que explican la estabilidad del gobierno cubano, hay una apuesta, al desnudo o más o menos encubierta, de cifrar las esperanzas —mejor sería decir sus ilusiones— en la muerte de Fidel Castro. 
Nada mejor para los intereses de La Habana que este desenfoque. A fin de cuentas, se trata de una jugada estratégica que ha rendido sus frutos, pero a la cual, involuntariamente o no, hemos colaborado todos.
Este artículo aparece publicado en Cubaencuentro, edición del martes 21 de agosto de 2012.

domingo, 19 de agosto de 2012

Cuba entre el abismo y el misterio


Hay una diferencia fundamental entre un enigma y un misterio.
Un enigma ocurre cuando no sabemos lo suficiente sobre un hecho. Si contamos con la información necesaria, el enigma desaparece. Cualquiera puede descifrarlo si tiene a su disposición los datos necesarios.
El misterio, por otra parte, elude las respuestas simples. Para resolverlo, se necesita tener una gran capacidad de juicio, la habilidad necesaria para evaluar incertidumbres, realizar un análisis lo menos apasionado posible y estar dispuesto a admitir la existencia de varias respuestas o de una respuesta muy amplia.
El estado actual de salud de Fidel Castro es un enigma. Lo que ocurrirá en Cuba tras su muerte es un misterio.
Si se publicaran informes médicos detallados, desaparecerían los rumores y las conjeturas sobre el destino de Fidel Castro. Aunque poco a poco los cubanos y el resto del mundo se han acostumbrado a que su presencia esté limitada a unos textos de importancia variable, que desde el inicio eludieron una definición mejor que la decretada por su autor, quien bajo la categoría de “reflexiones”, a veces ofrece un simple ejercicio de “copy and paste”de informaciones disímiles, y otras nos brinda un par de oraciones disparatadas sobre los hechos más diversos, pasados y presentes, aunque casi siempre eludiendo referirse directamente a los asuntos de la administración del Estado cubano, a cargo de su hermano Raúl.
“Reflexiones” que, por otra parte, aparecen con una frecuencia arbitraria: a veces se amontonan en una semana y luego pasan días y días sin dar noticia de si Fidel Castro sigue “reflexionando” o no, lo que ha dado pie también a otra serie de especulaciones: ¿recaídas, estados depresivos, tratamientos más intensos?
Al tiempo que el gobierno de Raúl Castro ha ido afianzándose en el ejercicio cotidiano del poder, se ha mantenido el hermetismo decretado por el propio Fidel, como una forma de eludir el misterio de lo que ocurrirá a su muerte. Es más, ha declarado la ausencia del misterio: la sociedad cubana y el gobierno de la isla no cambiarán de rumbo. Esto, sin embargo, todo el mundo sabe que no es cierto.
Aunque el tiempo ha afianzado el proyecto de continuidad y cambios paulatinos y extremadamente lentos, no hay duda que la desaparición del líder revolucionario tendrá un efecto catalizador.
Sin embargo, en el exilio se ha confundido un efecto con una causa, y en vez de analizar las razones que explican la estabilidad del gobierno cubano, hay una apuesta, al desnudo o más o menos encubierta, de cifrar las esperanzas —mejor sería decir sus ilusiones— en la muerte de Fidel Castro. 
Nada mejor para los intereses de La Habana que este desenfoque. A fin de cuentas, se trata de una jugada estratégica que ha rendido sus frutos, pero a la cual, involuntariamente o no, hemos colaborado todos.
O resolvemos el enigma con una simpleza —decimos que Fidel Castro está muerto desde hace algún tiempo— o encubrimos nuestra incapacidad de análisis sobre el futuro de Cuba con propuestas alejadas de la realidad y juicios fundamentados en premisas erróneas.
Uno de los errores que más se repite en esta ciudad es confundir los términos. Tratar la situación que vivirá Cuba tras el fin de Fidel como si fuera un enigma, el cual se podría resolver si se contara con los datos necesarios. El problema con este enfoque es que, a diferencia de lo que ocurre con la salud del caudillo, hay datos más que suficientes para poder imaginar varios escenarios posibles tras su desaparición.
Sin embargo, el fundamento de cualquier escenario debe partir de una realidad: existe en Cuba un gobierno que hasta el momento puede exhibir un control político y represivo casi absoluto, pero que al mismo tiempo necesita con urgencia de un respiro económico y enfrenta una situación propicia para que en cualquier momento se produzca un estallido social o una situación caótica espontánea. Estos términos pueden parecer contradictorios, pero así es el panorama actual cubano.
Remitir al hecho de que la salida de Fidel Castro de la administración cotidiana del país significa que se ha dado respuesta a la permanencia de un sistema tras la desaparición de su creador pasa por alto un factor fundamental: el peso simbólico y real que esta figura representa no sólo en el imaginario nacional, sino como punto de referencia.
La muerte de Fidel Castro significará el fin de la época de un régimen fundamentado en la “legitimidad de origen”, obtenida por el triunfo frente a la dictadura de Fulgencio Batista, para dar paso a una “legitimidad de ejercicio”, marcada por la promesa de una prosperidad económica, aunque está por ver hasta dónde los cubanos pondrán de nuevo sus esperanzas en promesas hechas por figuras vinculadas con el gobierno actual. 

jueves, 16 de agosto de 2012

El fin de una lista



El fin en Cuba de la prohibición a radiar las obras de autores contrarios al régimen tiene al menos dos aspectos que merecen destacarse.
Uno es práctico, casi cotidiano, y se relaciona con el hecho de que la supresión de esa llamada “lista negra”, que nunca fue oficial pero siempre resultó oficiosa, no es más que un paso adicional hacia la eliminación de ciertos niveles de censura cultural que siempre fueron deplorables. Ahora el Gobierno cubano se ha dado cuenta que resultan también inútiles y contraproducentes.
Lo que se ha extendido a un nivel popular es una estrategia cultural que desde hace años viene desarrollándose. Escuchar a Celia Cruz y Bebo Valdés se suma a poder leer a Lino Novás Calvo y Gastón Baquero en Cuba, dos escritores opuestos al proceso revolucionario desde sus inicios.
El régimen de La Habana no merece alabanzas por el fin de esta prohibición, que como en otros casos llega tarde y no despierta ilusiones. No se puede considerar un mérito el desestimar una injusticia repetida durante décadas, porque quienes quitan la llamada “lista negra” son los mismos que la establecieron, y la conveniencia para hacerlo en estos momentos guarda semejanzas con las “razones” que llevaron a imponerla. Otra forma de limitarse a un fin político, mezquino y provinciano, en un terreno donde las razones de Estado son débiles ante el compromiso artístico.
Sin embargo, a nivel simbólico este fin de una veda, que no hay que confundir con la desaparición de la censura en la isla, significa mucho más.
Si hay un terreno  donde Miami y La Habana han manifestado actitudes similares, aunque en direcciones opuestas, es en la intolerancia artística. No se trata de igualar, es simplemente citar casos, y en ambas orillas del estrecho de la Florida los hay y muy penosos.
En este sentido, no hay mejor ejemplo que el cantante Julio Iglesias. Luego de alcanzar una gran popularidad en Cuba con la película La vida sigue igual, Iglesias fue eliminado de la radio de la Isla durante un período relativamente breve, por una aparente donación para la ayuda a los inmigrantes llegados a Estados Unidos por el puente Mariel-Cayo Hueso.
Lo que resulta llamativo en este caso es que  años antes la mayoría de las estaciones de radio de Miami dejó de poner discos del artista, porque éste había expresado que no tenía inconvenientes en ir a cantar en Cuba.
No estamos hablando de un simple rechazo. Cuando en 1972 el cantante español pronunció esas palabras, en el ya desaparecido club Montmartre de Miami, no se le permitió continuar la presentación y tuvo que salir escoltado por la policía. Por esa época, CMQ Radio Alegre, la única emisora que no se acogió al bloqueo contra Iglesias, informó haber recibido amenazas de bombas.
Así que por años existió una censura mutua, que hizo que si bien en Cuba no se escuchaba a los cantantes del exilio, como en otro momento tampoco se oyó a los Beatles, también en Miami no solo no ponían la música de quienes habían permanecido en la Isla, sino tampoco la de los artistas internacionales que la habían visitado o expresado alguna opinión no acorde con la “línea política del exilio”, como Oscar de León, Ruben Blades, Denise de Kalafe, Andy Montañez y Los Españolísimos.
Es por ello que, si bien este cambio de actitud por parte de Cuba no representa un reto para el exilio de Miami, donde en los últimos años se vienen presentando casi semanalmente artistas procedentes de Cuba, sí le resta un pretexto repetido aquí hasta el cansancio: la desigualdad en los llamados “intercambios culturales”. 
Durante la administración de Barak Obama, que ha retomado la línea de su predecesor demócrata Bill Clinton, no con mayor énfasis pero al menos buscando más amplitud de criterios, el desfile artístico procedente de Cuba se ha incrementado. Al mismo tiempo, algunas experiencias culturales estadounidenses han llegado a la Isla; notables en el ballet y la danza, limitadas en la música, ausentes en la literatura.
No hay que olvidar que este “intercambio”, propulsado pero enunciado a medias, se concibe por parte de la Casa Blanca como el intento de abrir una vía entre Washington y La Habana, no entre La Habana y Miami. Como los mexicanos en las muertes atribuidas a Billy the Kid, los cubanos quedan fuera del conteo.
Algunos en esta ciudad y en Washington intentaron cerrar la puerta para no ver lo que ocurría en la otra orilla. A 90 millas se optó por omitir o reducir al mínimo la labor cultural, que en condiciones adversas se desarrollaba en Miami. Pese a limitadas aperturas, se censuraron nombres y logros. La prensa oficial de la Isla fue víctima de un síndrome de idiotismo censor, que solo se explica a partir del apoyo de las esferas de poder.  No hay nada que asegure que esta etapa ha sido superada por completo, pero se han dado pasos que tampoco hay que desestimar. Debían padecer un bochorno enorme quienes en la prensa oficial cubana omitieron los nombres de los músicos exiliados cubanos en cualquier premiación internacional ―especialmente en Estados Unidos, especialmente en ambos Grammy―, y si no les ocurre, si no son conscientes del ridículo, es porque el temor se los impide. Y ese temor, por supuesto, tiene nombre y casa en la Isla. Este párrafo estaría incompleto sin reconocer que mucho ha cambiado en Cuba en este sentido, si se compara con el vacío existente décadas atrás. Pero no sólo se deben reconocer los avances, sino llamar la atención sobre lo mucho que queda pendiente.
La política de plaza sitiada continúa alimentando discursos, complaciendo las frustraciones de los televidentes del exilio, aferrada en apoyar emocionalmente a una comunidad que en buena medida ya se resiste a esa retórica gastada; complaciendo también a funcionarios y a la élite del poder en Cuba, quienes persisten en emplearla como justificación fácil del inmovilismo y la represión en la Isla.
Una de las peores consecuencias de esta política cerrada ⎯y también errada⎯ ha sido la divulgación de una imagen de Miami donde impera una especie de estalinismo de café de esquina, y en que determinados círculos defienden la politización del arte con mayor furor que en la época nefasta del realismo socialista. “Dentro de Miami, todo. Fuera de Miami, nada” parece ser la consigna.
Quienes para criticar al totalitarismo no han encontrado argumentos mejores que la repetición de valores y estrategias caducas, no hacen más que favorecer al sistema que pretenden atacar.
El fin de esta “lista negra” en Cuba, si se materializa en una mayor libertad a la hora de escuchar a los artistas con independencia de si viven en la Isla o en el exilio, convierte lo que suena aquí y allá en una frontera donde la muralla ha perdido un trozo, por donde escapa la música.
Este artículo aparece en la edición de Cubaencuentro del jueves 16 de agosto de 2012.

martes, 14 de agosto de 2012

¿Las mejores?


Cualquier listado de las mejores películas de todos los tiempos es un ejercicio ameno pero fútil. Sin embargo, hay en esta especie de juego un afán memorable: ese deseo de fijar hoy, a fin de que quede para mañana, el valor de las cosas.
Si esa cosa es algo tan impreciso como la trascendencia de una película, el intento puede tornarse incluso peligroso: cómo enfrentarnos mañana a este juicio que hoy, que a la ligera o tras meditar varias horas, emitimos sobre una cinta.
Porque el efectuar listas de películas no es tarea reservada solo a críticos, periodistas y cineastas. Por lo general, en algún momento de su vida, al aficionado al cine, si realmente es un verdadero aficionado, eso que se llama un cinéfilo ⎯palabra que por otra parte hasta cierto punto recuerda a un club de palomas mensajeras⎯ hace listas. Y si no las hace lo proclama, se siente obligarlo a dejarlo en claro, y en la práctica es lo mismo.
 Las listas de las mejores películas tienen por ello un significado doble: es un juicio al producto y al productor, pero también a quien lo consume y juzga. Buscamos las de años anteriores para comprobar no solo la permanencia de un filme, sino también para conocer lo acertado o no, desde nuestro punto de vista actual, del punto de vista de quienes tuvieron el privilegio de la elección. Lo curioso en este caso es que un medio que por años se consideró la avanzada artística, el “arte de nuestro tiempo” y la vanguardia del momento siempre ha sido valorado de la forma más convencional posible, a la hora de señalar lo mejor de su producción.
La reciente selección de la revista Sight & Sound no hace más que reafirmar este criterio. La publicación, patrocinada por el British Film Institute, realizó la selección entre 846 críticos, programadores, académicos y distribuidores. A partir de hoy, 16 de agosto, podrá verse en su sitio online, de forma interactiva, la selección de las 10 mejores películas hecha por estos participantes. Una semana más tarde aparecerá el listado hecho por los realizadores (358 entradas).
Esta es la lista de películas:
1. Vertigo
Alfred Hitchcock, 1958 (191 votos)
2. Citizen Kane
Orson Welles, 1941 (157 votos)
3. Tokyo Story
Ozu Yasujiro, 1953 (107 votos)
4. La Règle du jeu
Jean Renoir, 1939 (100 votos)
5. Sunrise: A Song of Two Humans
FW Murnau, 1927 (93 votos)
6. 2001: A Space Odyssey
Stanley Kubrick, 1968 (90 votos)
7. The Searchers
John Ford, 1956 (78 votos)
8. Man with a Movie Camera
Dziga Vertov, 1929 (68 votos)
9. The Passion of Joan of Arc
Carl Dreyer, 1927 (65 votos)
10.
Federico Fellini, 1963 (64 votos)
11. Battleship Potemkin
Sergei Eisenstein, 1925 (63 votos)
12. L’Atalante
Jean Vigo, 1934 (58 votos)
13. Breathless
Jean-Luc Godard, 1960 (57 votos)
14. Apocalypse Now
Francis Ford Coppola, 1979 (53 votos)
15. Late Spring
Ozu Yasujiro, 1949 (50 votos)
16. Au hasard Balthazar
Robert Bresson, 1966 (49 votos)
17. Seven Samurai
Kurosawa Akira, 1954 (48 votos)
18. Persona
Ingmar Bergman, 1966 (48 votos)
19. Mirror
Andrei Tarkovsky, 1974 (47 votos)
20. Singin’ in the Rain
Stanley Donen & Gene Kelly, 1951 (46 votos)
21. L’avventura
Michelangelo Antonioni, 1960 (43 votos)
22. Le Mépris
Jean-Luc Godard, 1963 (43 votos)
23. The Godfather
Francis Ford Coppola, 1972 (43 votos)
24. Ordet
Carl Dreyer, 1955 (42 votos)
24. In the Mood for Love
Wong Kar-Wai, 2000 (42 votos)
25 Rashomon
Kurosawa Akira, 1950 (41 votos)
26. Andrei Rublev
Andrei Tarkovsky, 1966 (41 votos)
27. Mulholland Dr.
David Lynch, 2001 (40 votos)
28. Stalker
Andrei Tarkovsky, 1979 (39 votos)
29. Shoah
Claude Lanzmann, 1985 (39 votos)
30. The Godfather Part II
Francis Ford Coppola, 1974 (38 votos)
31. Taxi Driver
Martin Scorsese, 1976 (38 votos)
33. Bicycle Thieves
Vittoria De Sica, 1948 (37 votos)
34. The General
Buster Keaton & Clyde Bruckman, 1926 (35 votos)
35. Metropolis
Fritz Lang, 1927 (34 votos)
36. Psycho
Alfred Hitchcock, 1960 (34 votos)
37. Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce 1080 Bruxelles
Chantal Akerman, 1975 (34 votos)
38. Sátántangó
Béla Tarr, 1994 (34 votos)
39. The 400 Blows
François Truffaut, 1959 (33 votos)
40. La dolce vita
Federico Fellini, 1960 (33 votos)
41. Journey to Italy
Roberto Rossellini, 1954 (32 votos)
42. Pather Panchali
Satyajit Ray, 1955 (31 votos)
43. Some Like It Hot
Billy Wilder, 1959 (31 votos)
42. Gertrud
Carl Dreyer, 1964 (31 votos)
43. Pierrot le fou
Jean-Luc Godard, 1965 (31 votos)
44. Play Time
Jacques Tati, 1967 (31 votos)
45. Close-Up
Abbas Kiarostami, 1990 (31 votos)
46. The Battle of Algiers
Gillo Pontecorvo, 1966 (30 votos)
47. Histoire(s) du cinéma
Jean-Luc Godard, 1998 (30 votos)
48. City Lights
Charlie Chaplin, 1931 (29 votos)
49. Ugetsu monogatari
Mizoguchi Kenji, 1953 (29 votos)
50. La Jetée
Chris Marker, 1962 (29 votos)
Lo primero que me ocurrió con esta lista fue el dulce confort de no haberme perdido ninguna película importante en los últimos años. Cualquiera que le guste el cine ha visto la totalidad o buena parte de las cintas mencionadas, y si no lo ha hecho le basta con acudir a Netflix. Vanagloriarse de ello es, por supuesto, dejarse engañar. Hay muchos filmes tan valiosos como los que aparecen arriba, realizados en los últimos treinta años, que no figuran en la lista. Lo mejor al respecto es consultar un artículo publicado en El Cultural, del diario español El Mundo.
No es nada nuevo que a la hora de hacer una selección se opte por productos culturales de valor establecido a través del tiempo. Durante décadas El acorazado Potemkin encabezó cualquier lista, y creo que el hecho de que se trate de una película silente tiene algo que ver con su posición en el lugar onceno, aunque también ha sido superada por La pasión de Juana de Arco (lugar noveno), tampoco sonora. Si nos detenemos a observar algunas ausencias, es claro que lo innovador en muchas ocasiones deja de serlo tras unos cuantos años.
Por lo demás, queda lo anecdótico, el ángulo explotado por la prensa en el intento de buscar lo novedoso. Ahora resulta que Vértigo ha destronado a El ciudadano Kane del primer lugar. No comparto el criterio, pero tampoco me lleva a discutirlo. Encuentro en una y otra características diversas, valores diferentes, aspectos destacados que van más allá de una comparación simple.
Quizá lo más valioso de la lista de Sight & Sound sea reafirmar esa permanencia lograda gracias al buen cine y no a lo deslumbrante del momento. Para mí, el mejor ejemplo en este sentido sería The Searchers, que colocaría en el tercer puesto.
El coleccionista John Kobal hizo a finales del siglo pasado el libro de las listas de las cien mejores películas. Para ello reunió las opiniones de cerca de un centenar de críticos y cinéfilos procedentes de 22 países. Revisar esta obra ocasionalmente no solo ilustra lo cambiante de las preferencias, sino también el valor relativo de quienes las emiten. He querido acompañar este post con las selecciones de tres conocidos críticos cubanos y dos estadounidenses.

lunes, 13 de agosto de 2012

Romney hace campaña política en local de un condenado por narcotráfico


El escoger al Palacio de los Jugos para una parada de Romney en Miami no fue solo una mala elección: fue una decisión pésima.
Mitt Romney celebró un evento de campaña el lunes en Miami en El Palacio de los Jugos, un local en que uno de sus propietarios fue condenado por narcotráfico..
Romney apareció en El Palacio de los Jugos, que es propiedad de Reinaldo Bermúdez.
Los documentos en la corte muestran que Bermúdez de declare culpable de un cargo de conspiración para distribuir cocaína en 1999 y cumplió una condena de tres años en una prisión federal.
Junto a Romney estuvo el senador Marco Rubio.  Ambos brindaron jugos a los asistentes al evento.
Bermúdez dijo a The Miami New Times que el Servicio Secreto examinó todo respecto de él cuando la campaña de Romney pidió usar su establecimiento, dedicado a la venta de frutas y hortalizas frescas, así como de comidas preparadas, y que sabían de sus antecedentes penales.
“Ellos conocían absolutamente todo sobre mi historial”, dijo Bermúdez . “El Servicio Secreto verificó cada detalle [la condena] no fue un problema. Todo el mundo merece una segunda oportunidad”.
"Aquí en Miami hay un montón de gente con dinero que han tenido problemas con la ley", agregó Bermúdez.

Buscando la presidencia en establecimiento en que uno de sus dueños se opone al embargo


El ómnibus del candidato presidencial republicano Mitt Romney hizo una parada de campaña el lunes por la tarde en el condado Miami-Dade para cortejar el muy necesario voto hispano, de acuerdo a un cable de la AP.
La visita de Romney el lunes rompió la tradición al no hacer una parada en el famoso centro republicano del Versailles, en la Pequeña Habana, el restaurante conocido como el lugar a donde los presidentes de Estados Unidos, gobernadores, legisladores, alcaldes y comisionados electos o por elegir, van para cortejar el voto cubano.
Romney prefirió El Palacio de los Jugos, donde pronunció un discurso en el cual no se refirió a los hispanos ni abordó asuntos de inmigración. Sus palabras, las mismas que podría haber pronunciado en el estado de Ohio o cualquier lugar del país con pocos o ningún hispano, estuvieron centradas en la economía y apuntaron principalmente a la clase media, un segmento fuertemente golpeado por el desempleo.
Tampoco estuvo acompañado por el legislador que escogió como aspirante a la vicepresidencia por el Partido Republicano, Paul Ryan. Muchos cubanos estaban ilusionados en que Romney escogería como compañero de boleta al senador Marco Rubio, un cubanoamericano que es una de las estrellas jóvenes del partido.
Lo curioso en este caso es que uno de los dueño del lugar en que Romney hizo el discurso de opone al mantenimiento del embargo. Por su parte, Ryan también ha votado en varias ocasiones contra la medida, aunque en los últimos años ha manifestado un cambio de opinión.
De acuerdo a un reportaje de The Miami Herald, Ryan votó al menos en tres ocasiones contra el embargo. Incluso en 2009 le dijo a The Milwaukee Journal Sentinel: “Si vamos a tener comercio libre con China, ¿por qué no con Cuba?”. La posición de Ryan contra el embargo parece se fundamentaba en los puntos de vista del Medio Oeste estadounidense, formado por estado que ven oportunidades comerciales en el comercio con la isla.
En cierto sentido, Jorge de la Llama, uno de los dueños del establecimiento de comida donde Romney hizo su parada en Miami comparte este punto de vista.
De la Llama, un cubano que está registrado como votante republicano, dijo que espera que si Romney llega a la Casa Blanca, ablande con el tiempo la política hacia el régimen cubano, para ayudar a reunir a familias que viven separadas con algunos miembros en la isla y otros en la Florida.
“Tengo el presentimiento que va a seguir con el embargo y que con el tiempo se va a dar cuenta que los seres humanos no pueden seguir sufriendo y va a tener que ceder”, expresó De la Llama.

El problema de Ryan


Esto aparece publicado hoy lunes en el diario español El Mundo:
El problema del Plan de Ryan (que está disponible aquí), es que es un ejercicio de ciencia-ficción. Es como las reformas fiscales que estamos viviendo en España. Su objetivo es que la base de los votantes republicanos no sufra; que aquellos que no le votan se lleven la peor parte del ajuste; que una parte de los recortes se concentre en áreas que no son verdaderamente un problema, pero que han sido demonizadas por algunos lideres de opinión como un cáncer fiscal; y que, finalmente, la Santísima Virgen intervenga para que las cifras cuadren.
Aguardando como estamos a que Rajoy liberalice de verdad, persiga el fraude, recorte privilegios de la casta política, y meta mano a las comunidades autónomas, no puede uno menos que maravillarse de las maravillas de la Madre Naturaleza, que ha producido políticos similares en lugares alejados 6.289 kilómetros entre sí, como Janesville (Wisconsin) y Santiago de Compostela.
El Camino Hacia la Prosperidad de Ryan, que así se llama su plan, prevé, de alguna forma mágica, que los ingresos fiscales del Estado federal estadounidense permanezcan en el 19% del PIB, a pesar de que no explica cómo lo hará. Claro que esa cifra del 19% es, en sí misma, otra arbitrariedad, ya que Ryan ha decidido que, dado que los ingresos fiscales de EEUU han rondado esa cifra historicamente, ahí deben quedarse.
El problema es que no es lo mismo pagar pensiones a 55 millones de jubilados (ahora) que a 77 (en 2035). Pero Ryan soluciona ese problema asumiendo milagros. Así, no sólo no sube la presión fiscal, sino que la baja. Y se la baja al 20% más rico de la población, ya que sus recortes de impuestos son a las rentas del capital, no al trabajo. Apenas recorta el gasto en defensa. Y, en general, carga todo el coste del ajuste sobre la población menor de 55 años. ¿Por qué? Bueno, tal vez porque los mayores de 55 son el núcleo de población que más vota a los republicanos. Y es que, en todo ese plan destinado a evitar el colapso de EEUU por el envejecimiento de la población, Paul Ryan no toca las pensiones. Ni la sanidad de los mayores de 55 años.
Entonces, ¿qué quiere recortar Ryan?
Todo lo demás. Claro que, en realidad no lo recorta, sino que lo aniquila. Para cumplir el objetivo de la campaña de Mitt Romney de gastar el defensa el 4% del PIB, no le queda dinero para nada más. Para pensiones a los que se jubilen después de los baby boomers. Para el Medicaid, que da asistencia sanitaria a las personas de bajos recursos. Para el FBI. Para los aeropuertos. Para las autopistas. No queda dinero para nada.
Y ¿quién propone eso? El mismo político que votó a favor de los rescates de los bancos y de General Motors y Chrysler, así como de la expansión, precisamente, del Medicare llevada a cabo por George W. Bush para conseguir el apoyo electoral de los baby boomers, aunque eso significara poner en peligro la solvencia fiscal de EEUU en el largo plazo.
Pero, más allá de las locuras de Ryan y de muchos políticos europeos, encabezados por Angela Merkel, lo que subyace a esta barbaridad es una filosofía según la cual todo recorte del gasto es, en sí mismo, bueno, sin importar dónde o cómo. La máxima es amputar. Eso da siempre buena prensa. El único pequeño problema es que hay que fijarse primero en donde van a amputar. Gente como Paul Ryan quiere amputar a los que no le votan y dejar perfectamente a los que sí. Extraño ejemplo de probidad fiscal.
Para leer el artículo completo, pinche aquí.

Una mala decisión de campaña


No creo que fuera una buena decisión política  que la campaña de Mitt Romney cambiara la parada tradicional de los candidatos presidenciales republicanos, del restaurante Versailles por el Palacio de los Jugos. Incluso podría interpretarse como un desprecio al exilio histórico de esta ciudad.
Aunque el Palacio de los Jugos fue abierto hace casi cuatro décadas, por lo general recibe un público muy diferente al del famoso restaurante de la Calle 8. La diferencia va más allá del tratarse de dos lugares completamente distintos, a la hora de servir comida y supera a la diversidad en los precios.
La mayoría de quienes vienen a comprar frutas, jugos y una limitada variedad de comida ya cocinada (arroz, chicharrones, carne de cerdo, pollo frito, pescado) en El Palacio de los Jugos no solo son cubanos que han llegado en las últimas décadas a Miami, sino que conservan aún estrechos vínculos con sus familiares y amigos que han quedado en la isla.
Por otra parte, buena parte de los comensales del Versailles son exiliados completamente adaptados a la versión Miami de la vida estadounidense, que mantienen lo que consideran “su cubanía”, pero que son, en lo cotidiano, ante todo miamenses.
Las diferencias adquieren un valor simbólico. Un buen por ciento de los clientes del Versailles son extranjeros, ya sean procedentes de otros países o “extranjeros” procedentes de Miami. Ir al Versailles es como visitar cualquier barrio chino de una ciudad occidental: los platos de comida en representación de una nación. Por su parte, el Palacio de los Jugos, aunque fundamentalmente tiene productos agrícolas propios de la mesa cubana, ofrece una comida más modesta y común, menos definitoria de la cubanía y más definida por lo barato que por lo típico.
Sin embargo, la diferencia fundamental es que el Versailles es el centro de la opinión cubana callejera, el lugar donde van a hacer declaraciones a favor de la “libertad de Cuba” desde presidentes a gobernadores, legisladores, alcaldes y comisionados. El Versailles es, por supuesto, el lugar propio para recabar el voto cubano.
Sin embargo, ahora Romney ha decidido echar a un lado el Versailles.
“La razón por la que vendrá aquí es porque éste es el más reconocible lugar hispano en la comunidad, y es conocido por sus frutas, vegetales y comida latina”, ha afirmado, con un buen grado de exageración, en cuanto a la fama y a la comida, el administrador del Palacio, Jorge de la Lama.
Lugar hispano y comida latina. Por supuesto que el administrador del local no tiene nada que ver con las decisiones de campaña. Hay sin embargo un detalle que convierte a esta percepción en una cuestión vulnerable desde el punto de vista electoral. El alejarse del Versailles podría decepcionar aún más a los votantes cubanoamericanos, quienes componen el 72 por ciento del electorado republicano en Miami-Dade, el mayor condado de la Florida.
Alison Hawkins, portavoz de la campaña de Romney, tiene una respuesta neutral cuando una periodista de The Miami Herald le pregunta sobre las razones para elegir el lugar.
Hawkins señala que no hay ninguna razón particular tras la decisión de Romney de hacer una parada de campaña en El Palacio de los Jugos en lugar del Versailles: “Tratamos de ir a una variedad de lugares para mostrar nuestro apoyo”, dijo Hawkins. “El visitará muchísimos negocios durante la campaña”. Lo importante, dijo ella, es atraer a los votantes hispanos.
Sin embargo, ese interés en los votantes hispanos en general, y no en los cubanos en particular, puede obedecer a otros factores.
Es evidente que en la decisión se deba a que la campaña del virtual candidato presidencial republicano prefiera ir con cuidado en la primera aparición de Romney en esta ciudad, luego que desestimara incluir en la boleta al senador cubanoamericano Marco Rubio.
Aunque no han faltado las declaraciones oportunas, es indudable que hasta las semejanzas entre el senador Rubio y representante Paul Ryan, en cuanto a juventud, carisma y dinamismo, deben de estar contribuyendo a la pregunta de por qué uno y no el otro.
En este sentido la parada del Versailles va a resultar interesante, no por Romney sino por quien lo acompañe. Vale la pena apostar a favor de que en esta ocasión Ryan se quedará en otra parte y Rubio y otros legisladores republicanos cubanoamericanos mostrarán su apoyo.
Romney también deberá estar haciendo sus apuestas, y una probable es que el odio hacia Obama que siente buena parte de la comunidad exiliada en Miami será motivo más que suficiente para que voten por él.
Pero es una apuesta riesgosa. No porque los exiliados cubanos van a votar por Obama tras la decepción de no llevar en la boleta a Rubio, sino por la posible apatía que se pueda generar hacia el aspirante presidencial republicano.
No hay que olvidar que  aunque Newt Gingrich fue derrotado en las primarias del estado, en esta ciudad contó con un buen apoyo entre el electorado cubano.
Para Romney, en estos momentos no se trata de ganar más votos entre los cubanoamericanos. Se trata de no perderlos.

domingo, 12 de agosto de 2012

Friedman y el fracaso neoliberal


Ahora que se cumplió el centenario del nacimiento de Milton Friedman, vale la pena volver no sólo sobre su valor intelectual y sus ideas, sino también hablar de las dificultades, los errores y los fracasos de llevar éstas a la práctica. 
Uno de los problemas con la ideología neoliberal, esa que propugna la reducción al mínimo del Estado y la panacea del mercado, es que carece de una base real en la que fundamentar su teoría. En este sentido, recuerda sospechosamente a la comunista. Esto se debe en parte porque las dos doctrinas comparten una fuente común en los planteamientos del economista inglés Adam Smith. Pero hay más: tras cada neoliberal se esconde o evidencia un revolucionario. Al igual que hicieron los ideólogos marxistas, los neoliberales tienden a suplantar al hombre real por el que vendrá; a sacrificar la sociedad actual, de miseria y políticas de choque económico, en nombre de una sociedad futura. En ambos casos, son ideólogos de cara al futuro: prisioneros de la arcadia del presente. Ello explica, en parte, que a menudo ganen en los procesos electorales y luego pierdan a la hora de poner en práctica sus proyectos.
Si hay una diferencia encomiable entre un neoliberal y un comunista, es que mientras el segundo esconde su resentimiento en un sueño de igualdad, que ya se vino abajo universalmente, el primero es víctima o partidario de una visión ingenua.
Es tanto una ingenuidad económica como sicológica. Desde el punto de vista económico, el liberalismo de los siglos XVIII y XIX se basó en el principio del mercado libre y de la armonía natural de intereses, en oposición al mercantilismo de las naciones gobernadas por los reyes absolutistas, donde el Estado intervenía soberano.
Frente al estado mercantilista, los liberales propugnaron una economía de mercado libre, basada en la división del trabajo y carente de influencias teleológicas; impulsada por el egoísmo individual, que a su vez se encauzaba hacia el bienestar social. Gracias al intercambio económico, el hombre estaba obligado a servir a los otros, a fin de servirse a sí mismo. Un sistema económico regido por el consumo, donde el consumidor era el nuevo soberano.
 Estos enunciados liberales, retomados por los neoliberales, adolecen de un grave error: presuponen un racionalismo económico que en la práctica es imposible de alcanzar o mantener. Su concepto del individuo es típico de la filosofía de la Ilustración: un ser racional, cuya irracionalidad es vista como un defecto y no como parte de su esencia.
Si bien es cierto que en una economía de mercado libre la creación de mercancías está determinada por los precios y el consumo, en la actualidad estos mecanismos ya no son regidos por la simple ley de la  oferta y la demanda, sino también por la propaganda, las técnicas de mercadeo y los monopolios.
Toda esa verborrea barata de que la riqueza crea empleo, que no hay que regular a las fuerzas del mercado y que la prosperidad está a la vuelta de la esquina siempre que se le permita una plena libertad a los individuos  para producir y vender es pura engañifa, lenguaje de pillos.
En la actualidad, la creación de demandas artificiales ha sustituido en gran parte a los intercambios de mercancías que satisfacen necesidades básicas. Si se puede identificar una fuente de ansiedad o inseguridad, ésta puede ser explotada a través de la publicidad. Las consideraciones sobre calidad de vida, protección ambiental y desarrollo espiritual quedan fuera de su consideración. Ello sin contar la corrupción política y el espionaje industrial.
"Lo que es bueno para la General Motors es bueno para América", dijo en 1950 el secretario de Defensa Charles Wilson, en una frase que remeda a otra de Bernard de Mandeville, quien acuñó los principios liberales en una frase si no gloriosa al menos sagaz: “Vicios privados, beneficios públicos”.
Wilson sabía lo que decía, y a quien se lo decía, no sólo porque los conglomerados y las corporaciones multinacionales dominan ahora la escena económica norteamericana, sino porque la burocracia gubernamental y la corporativa son intercambiables. Esto último también lo sabía: fue presidente de la junta ejecutiva de la General Motors antes que secretario de Defensa.
Si bien es cierto que el leninismo, ese aprovechamiento macabro de un supuesto marxismo, lleva irremisiblemente al estado totalitario y policial, también es innegable que tanto el liberalismo como su versión actualizada conducen en última instancia al estado corporativo: esa mala semilla que tiene en su interior la sociedad propugnada por los neoliberales, y que éstos olvidan cuando hablan de disminuir el papel del estado paternalista y regulador.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...