domingo, 26 de agosto de 2012

El arte de la alarma


Una vez más, la televisión de Miami se lanzó a tratar de sacar el mayor provecho ante la amenaza de la llegada de un huracán ⎯en realidad convertido en tormenta tropical⎯ al sur de la Florida. Con un énfasis en presentar la tormenta de la forma más amenazadora posible, al convertir una ráfaga de aire en viento huracanado y una lluvia persistente en peligrosa inundacón, la televisión en inglés y en español se ha mantenido transmitiendo sin cesar, dedicada al objetivo de alterar la vida de los ciudadanos al punto de que éstos se vean compulsados a acudir a los supermercados, las gasolineras y las ferreterías.
No se trata de un  viejo refrán: “hay que prevenir para luego no tener que lamentar”. Tampoco de pasar por alto las cambiantes condiciones atmosféricas que afectan el curso, las dimensiones y el poder destructivo de un ciclón.
La disyuntiva —tanto en éste como en otros casos en que existe una situación de peligro— no se presenta entre informar o no informar a la ciudadanía. No se trata de restringir la divulgación de noticias. Lo cuestionable es la utilización repetitiva de una sola noticia —la cercanía o lejanía del huracán— para conseguir un elevado nivel de audiencia.
Más allá de la necesidad de estar bien informado, los ciclones en la Florida —o su amenaza— se han convertido en un negocio redondo para constructores, ferreteros y bodegueros. Un evento que seguro ya calculan anualmente, al igual de que las ventas navideñas o del regreso a la escuela.
Las graves consecuencias del paso por la Florida de cualquier tormenta tropical obedecen fundamentalmente a dos factores: la pésima calidad de la construcción de viviendas y el costo excesivo de los seguros de propiedad.
En vez de enfrentar ambas cuestiones, la prensa y los gobiernos estatales y locales se dedican a difundir el temor, a fin de mantener a la ciudadanía entretenida clavando tablas y comprando agua y gasolina, y que así olviden el exigir responsabilidades.
La técnica del miedo se está imponiendo peligrosamente en la sociedad norteamericana. En momentos en que —gracias al desarrollo tecnológico y económico del país— se pudiera pensar que, como consecuencia lógica, viviríamos una vida más segura, ocurre todo lo contrario. Poco falta para que regresemos a la época de realizar sacrificios e invocar a los dioses ante cualquier tormenta.
Durante días, asistimos al penoso espectáculo de contemplar locutores mostrando cara de preocupación, meteorólogos repitiendo una y otra vez los mismos datos y gráficos en la pantalla que, en lugar de esclarecer, parecían destinados a imponer la presencia de un monstruo incontenible. Lo agotador del espectáculo debe haber anulado la capacidad de razonamiento de muchos durante semanas.
Cada vez que un ciclón amenaza a la Florida, la televisión se ocupa de alimentar la superstición de que a cada momento ocurre algo respecto al huracán que debemos conocer. Nos lanza a la calle a gastar dinero y nos integra en una espera tensa —alargada cada vez más gracias a la tecnología—, en que dependemos y confiamos de cálculos que son imprecisos por su propia naturaleza.
No hay canal de televisión local que no presente a sus reporteros realizando su informe bajo una lluvia pertinaz, ofreciendo una ilusión de peligro por la cercanía de la costa y enfrentando estoicamente el viento. Mientras el pobre reportero o reportera soporta los embates de una lluvia más o menos fuerte, los minutos de transmisión se alargan inmisericordes —durante un huracán, es cuando único se pierde el sentido de la síntesis y prontitud que caracterizan a las noticias por televisión— y los presentadores en el estudio insisten con preguntas que sólo tienen como destino mantenerlo bajo las condiciones más inclementes.  La cámara sólo se desvía del rostro ultrajado por el clima para enfocar a los árboles azotados por la furia de los elementos. Todo hecho con el fin único de satisfacer el ansia novelesca de los espectadores, que en sus hogares observan a buen recaudo.

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