jueves, 16 de agosto de 2012

El fin de una lista



El fin en Cuba de la prohibición a radiar las obras de autores contrarios al régimen tiene al menos dos aspectos que merecen destacarse.
Uno es práctico, casi cotidiano, y se relaciona con el hecho de que la supresión de esa llamada “lista negra”, que nunca fue oficial pero siempre resultó oficiosa, no es más que un paso adicional hacia la eliminación de ciertos niveles de censura cultural que siempre fueron deplorables. Ahora el Gobierno cubano se ha dado cuenta que resultan también inútiles y contraproducentes.
Lo que se ha extendido a un nivel popular es una estrategia cultural que desde hace años viene desarrollándose. Escuchar a Celia Cruz y Bebo Valdés se suma a poder leer a Lino Novás Calvo y Gastón Baquero en Cuba, dos escritores opuestos al proceso revolucionario desde sus inicios.
El régimen de La Habana no merece alabanzas por el fin de esta prohibición, que como en otros casos llega tarde y no despierta ilusiones. No se puede considerar un mérito el desestimar una injusticia repetida durante décadas, porque quienes quitan la llamada “lista negra” son los mismos que la establecieron, y la conveniencia para hacerlo en estos momentos guarda semejanzas con las “razones” que llevaron a imponerla. Otra forma de limitarse a un fin político, mezquino y provinciano, en un terreno donde las razones de Estado son débiles ante el compromiso artístico.
Sin embargo, a nivel simbólico este fin de una veda, que no hay que confundir con la desaparición de la censura en la isla, significa mucho más.
Si hay un terreno  donde Miami y La Habana han manifestado actitudes similares, aunque en direcciones opuestas, es en la intolerancia artística. No se trata de igualar, es simplemente citar casos, y en ambas orillas del estrecho de la Florida los hay y muy penosos.
En este sentido, no hay mejor ejemplo que el cantante Julio Iglesias. Luego de alcanzar una gran popularidad en Cuba con la película La vida sigue igual, Iglesias fue eliminado de la radio de la Isla durante un período relativamente breve, por una aparente donación para la ayuda a los inmigrantes llegados a Estados Unidos por el puente Mariel-Cayo Hueso.
Lo que resulta llamativo en este caso es que  años antes la mayoría de las estaciones de radio de Miami dejó de poner discos del artista, porque éste había expresado que no tenía inconvenientes en ir a cantar en Cuba.
No estamos hablando de un simple rechazo. Cuando en 1972 el cantante español pronunció esas palabras, en el ya desaparecido club Montmartre de Miami, no se le permitió continuar la presentación y tuvo que salir escoltado por la policía. Por esa época, CMQ Radio Alegre, la única emisora que no se acogió al bloqueo contra Iglesias, informó haber recibido amenazas de bombas.
Así que por años existió una censura mutua, que hizo que si bien en Cuba no se escuchaba a los cantantes del exilio, como en otro momento tampoco se oyó a los Beatles, también en Miami no solo no ponían la música de quienes habían permanecido en la Isla, sino tampoco la de los artistas internacionales que la habían visitado o expresado alguna opinión no acorde con la “línea política del exilio”, como Oscar de León, Ruben Blades, Denise de Kalafe, Andy Montañez y Los Españolísimos.
Es por ello que, si bien este cambio de actitud por parte de Cuba no representa un reto para el exilio de Miami, donde en los últimos años se vienen presentando casi semanalmente artistas procedentes de Cuba, sí le resta un pretexto repetido aquí hasta el cansancio: la desigualdad en los llamados “intercambios culturales”. 
Durante la administración de Barak Obama, que ha retomado la línea de su predecesor demócrata Bill Clinton, no con mayor énfasis pero al menos buscando más amplitud de criterios, el desfile artístico procedente de Cuba se ha incrementado. Al mismo tiempo, algunas experiencias culturales estadounidenses han llegado a la Isla; notables en el ballet y la danza, limitadas en la música, ausentes en la literatura.
No hay que olvidar que este “intercambio”, propulsado pero enunciado a medias, se concibe por parte de la Casa Blanca como el intento de abrir una vía entre Washington y La Habana, no entre La Habana y Miami. Como los mexicanos en las muertes atribuidas a Billy the Kid, los cubanos quedan fuera del conteo.
Algunos en esta ciudad y en Washington intentaron cerrar la puerta para no ver lo que ocurría en la otra orilla. A 90 millas se optó por omitir o reducir al mínimo la labor cultural, que en condiciones adversas se desarrollaba en Miami. Pese a limitadas aperturas, se censuraron nombres y logros. La prensa oficial de la Isla fue víctima de un síndrome de idiotismo censor, que solo se explica a partir del apoyo de las esferas de poder.  No hay nada que asegure que esta etapa ha sido superada por completo, pero se han dado pasos que tampoco hay que desestimar. Debían padecer un bochorno enorme quienes en la prensa oficial cubana omitieron los nombres de los músicos exiliados cubanos en cualquier premiación internacional ―especialmente en Estados Unidos, especialmente en ambos Grammy―, y si no les ocurre, si no son conscientes del ridículo, es porque el temor se los impide. Y ese temor, por supuesto, tiene nombre y casa en la Isla. Este párrafo estaría incompleto sin reconocer que mucho ha cambiado en Cuba en este sentido, si se compara con el vacío existente décadas atrás. Pero no sólo se deben reconocer los avances, sino llamar la atención sobre lo mucho que queda pendiente.
La política de plaza sitiada continúa alimentando discursos, complaciendo las frustraciones de los televidentes del exilio, aferrada en apoyar emocionalmente a una comunidad que en buena medida ya se resiste a esa retórica gastada; complaciendo también a funcionarios y a la élite del poder en Cuba, quienes persisten en emplearla como justificación fácil del inmovilismo y la represión en la Isla.
Una de las peores consecuencias de esta política cerrada ⎯y también errada⎯ ha sido la divulgación de una imagen de Miami donde impera una especie de estalinismo de café de esquina, y en que determinados círculos defienden la politización del arte con mayor furor que en la época nefasta del realismo socialista. “Dentro de Miami, todo. Fuera de Miami, nada” parece ser la consigna.
Quienes para criticar al totalitarismo no han encontrado argumentos mejores que la repetición de valores y estrategias caducas, no hacen más que favorecer al sistema que pretenden atacar.
El fin de esta “lista negra” en Cuba, si se materializa en una mayor libertad a la hora de escuchar a los artistas con independencia de si viven en la Isla o en el exilio, convierte lo que suena aquí y allá en una frontera donde la muralla ha perdido un trozo, por donde escapa la música.
Este artículo aparece en la edición de Cubaencuentro del jueves 16 de agosto de 2012.

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