viernes, 31 de agosto de 2012

El vendedor de promesas


Lo mejor del discurso de aceptación de la nominación republicana para la presidencia de Estados Unidos, hecho por Mitt Romney, es que éste logró despejar algunas dudas sobre su candidatura. Varias de estas inquietudes eran más aparentes que reales, pero a partir de ahora no cabe la excusa del desconocimiento.
Romney dedicó la primera parte de su discurso a desarrollar una especie de soap opera sobre él y su familia. Fue la parte más aburrida de su presentación y aunque desató algunos aplausos acalorados ⎯en las convenciones partidistas, como en los congresos comunistas, en la mayoría de los casos los aplausos carecen de importancia⎯, poco hubo de valor en ello, desde el punto de vista electoral: quienes simpatizan con el candidato de todas formas iban a votar por él y a los que lo rechazan poco importa esa saga de padre de familia, esposo amoroso e hijo ejemplar, así como esa oportunista referencia a una inmigración que no fue. En este caso, hay también una lectura paralela que pueden realizar quienes no confían en él o francamente lo detestan: descendiente de una familia en que la poligamia era práctica usual y miembro de una secta fanática.
La segunda parte del discurso era la destinada a cumplir las expectaciones más importantes desde el punto de vista electoral, y se desarrolló fundamentalmente sobre tres aspectos.
El primero tuvo que ver con la capacidad de Romney para gobernar, y en este sentido su reclamo único es su supuesta capacidad empresarial. Esto se remite a un argumento simplista: para desarrollar el avance de un país hay que ser buen empresario.
De entrada este argumento se fundamentó en algunos punto débiles. El candidato republicano no tiene credenciales académicas, conocimientos económicos ni experiencia gubernamental más allá de cuatro años al frente del estado de Massachusetts ⎯donde, por otra parte, hizo todo lo contrario de lo que promete hacer ahora⎯ y su labor como empresario.
Sin embargo, aquí comienzan los cuestionamientos a la capacidad de Romney para dirigir al país, ya que ser un empresario exitoso no es una garantía de nada a nivel de gobierno. Un país no se gobierna como una empresa. Pero además, el hecho de contar con un historial de ganancias millonarias no dice nada sobre una capacidad para lograr el beneficio no solo personal sino en general para quienes han trabajado o trabajan en estas empresas o en otras donde Romney ha invertido. ¿Cuántos empleados han hablado a favor de estas firmas, los beneficios o ventajas de formar parte de su personal? Cero. Hasta el momento, a la campaña del candidato republicano no le ha interesado contar con una opinión favorable de Romney como empresario, desde la perspectiva del empleado, o no le ha interesado. Solo los tontos encuentran convincente la propuesta de que un millonario como presidente los hará millonarios a ellos como votantes.
El segundo punto débil es echarle la culpa al presidente Barack Obama de todo lo que está mal. Romney habló de la dependencia con China y dijo que buena parte de la deuda de Estados Unidos es con ese país asiático, solo que no mencionó que esa dependencia fue creada por el expresidente George W. Bush, que durante sus ocho años de mandato financió la guerra contra Irak y Afganistán con fondos chinos. También se refirió a las regulaciones gubernamentales, y pasó por alto el hecho de que fue precisamente el desmantelamiento de las regulaciones el factor fundamental que hundió a esta nación en una profunda crisis hace apenas cuatro años.
El tercer aspecto, y el más decepcionante, fue que el candidato republicano resultó incapaz de presentar un programa de gobierno que pueda competir contra la administración actual. Romney se limitó a una serie de promesas de campaña que sonaron más bien como las jactancias de los vendedores de brebajes cuando llegaban a otro pueblo, según las películas del oeste. Esas promesas pueden resultar esperanzadoras, aunque al final no resultan en algo más que una ilusión.
Hay que señalar un gran perdedor en el discurso de Romney, y fue el Tea Party. Más allá de unas pocas palabras vagas, el candidato hizo un discurso dirigido a la clase media y alejado de extremismos. Su aparente compromiso a favor de la vida o la libertad religiosas ¬⎯¿y en algún momento se ha cuestionado la libertad religiosa por parte de este gobierno?⎯ fueron apenas frases para salir del paso. En última instancia, los reclamos del Tea Party al parecer no cuentan mucho en una elección presidencial nacional y el candidato a la vicepresidencia no es más que una figura decorativa en la boleta.
Esta es la principal incógnita resuelta en la convención republicana, donde se esperaba a una respuesta a la interrogante de si el Partido Republicano iba a quedar en manos de su ala más radical. Solo que esta respuesta ha llegado bajo la forma de la algarabía y la falta de sustancia. Una vez más, los republicanos evitan resolver esta diferencia pero lo que logran es simplemente posponerla. Curiosamente, si hace años las popularidad del George W. Bush fue el factor fundamental para evitar un cisma, ahora es la impopularidad o el odio que para ellos suscita la figura de Obama una causa más que suficiente para alejar la escisión.
A partir de este momento solo queda el repudio a Obama como causa más que suficiente para votar contra él y a favor de Romney, poco importa las dudas que su figura pueda producir entre los republicanos y los votantes en general.
Lo malo en este caso es que se trata de uno de los peores escenarios electorales posibles, ya que guste o no introduce al factor racial en el centro de la campaña. Viendo las imágenes de la convención republicana no cabe duda de que se trató de un evento para blancos y rubios. Sin embargo, desde el punto de vista de composición étnica y de país de origen, Estados Unidos ha cambiado sustancialmente desde una época tan cercana como el triunfo de Ronald Reagan. Eso  no quiere decir que esta transformación se trasmita automáticamente a las urnas, aunque abra una nueva interrogante al respecto.
La convención republicana fue un vivo ejemplo del reclamo sobre un país que ya no es. Más allá de los problemas económicos actuales, hay en Romney, su figura y la de su esposa ⎯por encima del excesivo maquillaje de ambos⎯ un deseo de hacer retroceder a este país a los años cincuenta, a la época de la Ley Seca o a los Estados Unidos anteriores al gobierno de Lyndon B. Johnson. Se trata de repetir esa vieja ilusión republicana de cambiarla las condiciones económicas mientras se dejan intactos los valores familiares.
Es imposible que en un mundo donde impere la inseguridad laboral, y en el cual el individuo se rige por una competitividad extrema, otro valores no sean transformados. Aspirar al tradicionalismo en el hogar, mientras en la sociedad impera un capitalismo feroz, es puro cuento de hadas. Al expresar estas ideas, Romney vuelve al espíritu de secta, que es el que mejor lo define, de encerrarse frente al mundo.
La convención republicana estuvo más cercana a un panorama de urna de cristal que a una visión de futuro. Con independencia del triunfo electoral en noviembre, lo que se limitó a proyectar fue un panorama de viejas ideas en figuras jóvenes y una nostalgia del ayer en rostros maquillados.

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