martes, 18 de septiembre de 2012

Casi un siglo


10 de mayo de 1984 y en Madrid, España. En el Congreso de los Diputados hay un debate sobre si tomar medidas o no para tratar de que el Gobierno cubano libere a un español prisionero político en la isla.
El diputado Ignacio Gil, del Grupo Popular, que presentó la propuesta en favor del prisionero, reclama una votación favorable por razones humanitarias. El PSOE, en el poder, se opone y argumenta que al Gobierno español hay que darle tiempo, y así esperar que la energía, discreción y prudencia rindan sus frutos.
Gil responde que en repetidas ocasiones ha interpelado al ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Morán, sobre el caso de este madrileño nacido en 1934, hijo de un socialista, hermano de un combatiente republicano muerto en el frente de Madrid, hermano también de un asaltante al Palacio Presidencial en Cuba, muerto en un ataque contra el dictador Fulgencio Batista. Un ex comandante de las fuerzas insurrectas contra Batista, un expedicionario luego contra el régimen de Fidel Castro. Apresado y cumpliendo una condena de 30 años en una cárcel cubana.
Santiago Carrillo, en nombre de los comunistas y de Juan María Bandrés, de Euskadiko Ezkerra, se levanta y opone a la propuesta. Considera que al Grupo Popular le preocupa menos la libertad de prisionero  que un ataque a la revolución cubana. Afirma que la proposición, en lugar de servir para abrir las puertas de la cárcel, iba a cerrarlas más. Habla con afecto del preso y sobre todo de su padre, al que conoció. Pero al mismo tiempo califica los desembarcos que éste realizó en Cuba como acciones encaminadas a organizar grupos terroristas.
Le tomará aún dos años al Gobierno español lograr la liberación de Eloy Gutiérrez Menoyo, quien luego abogará por un diálogo entre el régimen y sus opositores y volverá a Cuba en  2003, donde permanece hasta hoy. Desestimado por La Habana, odiado por el exilio histórico en Miami, casi olvidado por todos.
Cuántas situaciones similares ⎯y mucho más importantes y decisivas⎯ en la vida de Santiago Carrillo, fallecido el martes en Madrid a los 97 años. 
La actitud adoptada por Carrillo ante la revolución cubana es un espejo de la posición de la mayor parte de la izquierda mundial frente a un proceso dilatado, con el que a estas alturas no hay que identificarse pero que tampoco se busca rechazar de plano. Apoyar en un inicio, criticar discretamente luego y refugiarse en la nostalgia o el repudio al capitalismo y al imperialismo norteamericano para de alguna manera paliar una separación que ya resulta imposible ocultar.
Carrillo afirmó en una entrevista publicada hace dos años por la Agence France Presse que las acciones de Estados Unidos habían creado las condiciones en la Cuba actual.
“Yo creo que el pecado original de lo que pasa en Cuba se cometió en Washington y que lo que pasa hoy allí es la consecuencia de ese pecado”, afirmó Carrillo en la presentación de su libro “Los viejos camaradas” en abril de 2010.
“Yo siempre he defendido la revolución cubana. He pensado siempre que si no hubiera habido Bahía de Cochinos y el bloqueo norteamericano, si no hubiera habido el bloqueo de la revolución cubana, Cuba hoy sería un sistema democrático”, afirmó entonces el ex dirigente comunista.
En esa entrevista, Carrillo lamentó la muerte del opositor cubano Orlando Zapata en una huelga de hambre, pero mostró su incomprensión y rechazo por que las muertes causadas por las potencias occidentales en sus intervenciones en Afganistán e Irak no supongan también un escándalo, como lo supuso la muerte del disidente.
“Pienso que tristemente han sucedido cosas como la muerte de Zapata en un una huelga de hambre, pero mire usted, en este mundo, todos los días hay gente que se muere, hay gente que es matada”, dijo.
Justificaciones demasiado repetidas por una izquierda que se empecina en negarse al anticastrismo.
En lo personal, hay dos aspectos en la vida de Carrillo que valen la pena destacar más allá de la ideología. Uno es su permanente interés en la política nacional e internacional, casi hasta momento antes de su muerte. Vale la pone volver a leer algunos de sus artículos. Otro es no olvidar que fue uno de los tres políticos que durante el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, junto al entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y al vicepresidente, general Gutiérrez Mellado, permaneció en su escaño, desobedeciendo las órdenes del coronel Antonio Tejero Molina a los diputados de que se tumbaran en el suelo tras el asalto al Congreso.


Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...