lunes, 29 de octubre de 2012

El fracaso del guerrero


Eloy Gutiérrez Menoyo no eludió mencionar el fracaso en su testamento. Lamentable que una vida termine de esa manera, en la anulación casi total, pero más lamentable aún es que ese sea el destino de una nación.
“Asumo la responsabilidad de esta batalla y no me amedrenta el hecho de que algunos puedan calificarla de fracaso”, escribió Menoyo.
En su caso, el fracaso es por partida doble. El primero estuvo en el resultado de una lucha violenta y triunfadora, que si bien puso fin a una dictadura, no sirvió para instaurar la democracia y traer el desarrollo económico al país. El segundo tiene que ver con una actividad opositora pacífica, primero en el exilio y luego en la isla, que al tiempo que desencadenó críticas mordaces y acusaciones injustas en Miami, fue incapaz de lograr adeptos y desarrollarse en Cuba.
La vida de Menoyo fue un rosario de resultados adversos y sucesos lastimosos. Si tras el triunfo del 1 de enero de 1959 demostró la incapacidad de derribar al régimen de La Habana con actividades subversivas y ataques desde el exterior, luego también sirvió de paradigma de la inutilidad de una oposición demasiado temerosa a destacarse más allá de alguna declaración de turno, en la cual primordialmente destacaba su independencia y el rechazo a los extremos. Esto no le resta valor a su dedicación a la tan manipulada causa cubana, tampoco quita méritos a su entereza como luchador contra las tiranías de cualquier ideología. Prisionero político por muchos años. Hombre de izquierdas consecuente en su rebelión en defensa de la libertad.
Cuando se pueda relatar con distancia y justicia el proceso de la revolución cubana, de alguna forma será necesario describir las trayectorias paralelas y entrecruzadas de Fidel Castro y Menoyo. Quizá un capítulo, es posible que basten algunos párrafos, deberá dedicarse a caracterizar dos formas de entender la ejecución política y el apego a la lucha por cambiar un país, donde las ambiciones personales, el protagonismo y la honestidad o su ausencia se mezclan en una historia de triunfos y fracasos.
En esta recopilación posible, a Menoyo siempre le tocó la peor parte. Esquemáticamente podría intentarse como un “tema del traidor y del héroe” en una sala de espejos, donde casi de inmediato Castro pierde su imagen de héroe y ocupa el puesto de traidor, mientras Menoyo va saltando de uno a otro polo hasta el final, sin temor al riesgo de la caída.
Negarle a Menoyo esta historia de cambios es una de las injusticias que con él cometió el exilio. Su regreso a Cuba la justificación de las peores sospechas. Los años de cárcel, los golpes y los maltratos dejaron de mencionarse. 
Bajo este punto de vista, todo lo hizo mal el hombre que se anticipó a volver del destierro, por miedo de no llegar a tiempo. Castro era el guerrillero que había sacado provecho de todas las oportunidades, Menoyo el despilfarrador de ocasiones. Astucia en el primero, torpeza en el segundo. Enemigos por todas partes, que superaban sus diferencias ideológicas en el rechazo a Menoyo, un hombre que había ganado poco y perdido mucho para ser odiado tan profundamente. El ex guerrillero apareció entonces como un mal conspirador. Lo peor era que muchas veces parecía conspirar contra él mismo.
Los últimos años de su vida, transcurridos en Cuba, parecieron confirmar estos pronósticos. Puede decirse a su favor que demostró la intransigencia del régimen, pero este es un consuelo pobre.
El problema con Menoyo en Cuba fue que nunca llegó a representar oposición alguna, a los efectos de movilizar un movimiento de disidencia interna en favor del cambio que proclamaba su organización. No consiguió representar una alternativa con arraigo popular. Fue una figura con historia y proyección personal, pero sin peso político en la isla, ni entre los opositores y mucho menos en la población. Por un tiempo atrajo las cámaras y las libretas de los reporteros, pero no a los ciudadanos. 
Durante esos años finales en La Habana, Menoyo no le hizo el juego a los Castro, simplemente se dedicó a ser un político con una alternativa que se puede resumir brevemente en la inacción que tanto condenaba. Por otra parte, no puede decirse que su ejecutoria fuera inocente o libre de controversia, y lanzó más de una declaración virulenta contra el resto de la oposición pacífica. 
Entonces fue de nuevo el guerrillero solitario, y sin detenerse a pensar en el tiempo que conspiraba en su contra, siempre dio la impresión que creía que incluso un pequeño triunfo cambiaría por completo su historia o la de Cuba, marcadas ambas por más de un desengaño. Al escribir su testamento, Menoyo enfatizó la caída y ruina de una nación. Su vida no fue más que el reflejo de esa ilusión perdida. Logró entonces su definición mejor.
Eloy Gutiérrez Menoyo. Foto de Ian James.  

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