sábado, 13 de octubre de 2012

La clase media en peligro


A partir de la primera de las dos convenciones partidistas ⎯el tema era mencionado en los discursos políticos, pero es entonces que adquiere una clave dominante⎯ el hablar a favor de la clase media ha definido en buena medida la campaña electoral en Estados Unidos.
No es, sin embargo, esta clase en sí lo que interesa primordialmente a los dos candidatos presidenciales, sino la asociación que se ha establecido entre la clase media y el votante independiente, neutral o aún indeciso. Sin que se mencione dicho enlace, es evidente que cada partido quiere ganar el voto de este grupo que aparentemente definirá las elecciones, y en este sentido poco queda por hacer en lo que vendría a ser el electorado de los extremos: los más pobres y los más ricos.
El candidato republicano Mitt Romney lo definió muy bien cuando habló del ahora famoso “47 por ciento” y el presidente Barack Obama no ha dejado de insistir sobre la necesidad de que quienes tienen mayores ingresos hagan una contribución fiscal mayor. De esta manera, la ecuación se define de forma muy sencilla: los más ricos deben de votar por Romney, ya que promete reducirle los impuestos y los más pobres por Obama, ya que asegura mantendrá los programas de ayuda social. Claro que la realidad es más compleja, pero a los efectos de la esperada votación las campañas de los candidatos se han comportado de acuerdo a estos parámetros.
Por supuesto que en el primer grupo hay no solo ricos, sino otros que se identifican con las políticas que favorecen a los más poderosos. Lo hacen por diversas razones, desde una especie de empatía hasta un sentimiento de pertenencia de clase por supuesto imaginario. Pero también por la identificación con una serie de valores que trascienden una definición económica estrecha, y en la que entran desde criterios familiares hasta valores económicos.
Para explicarlo mejor con una anécdota. Hace años conocí a una persona que había sido jefe de un turno de maleteros de la aerolínea Eastern en Miami. La Eastern desapareció de esta ciudad por un conjunto circunstancias que se pueden resumir como parte de la evolución económica nacional iniciada fundamentalmente a partir de la llegada de Ronald Reagan al poder. Conflictos laborales con sindicatos atrincherados en no solo mantener elevados salarios y amplios beneficios; costos elevados; una compra que sirvió solo para despedazar la compañía y venderla a pedazos y sobre todo un proceso de desregularización que al tiempo que intensificó la competencia con aerolíneas nacionales y de otros estados, y condujo a una rebaja en los boletos, puso al descubierto la debilidad de una firma atrapada en sus laureles.
Pues bien, este jefe de maleteros había acumulado un buen número de acciones de la Eastern, como parte de su plan de beneficios y soñaba con una vejez tranquila y honrada. Tras la bancarrota de la empresa, la liquidación por estas acciones se había reducido a un cheque anual por menos de un dólar (lo vi en más de una ocasión) y luego de varios años de desempleo había tenido la suerte de conseguir un trabajo peor remunerado, en que no era jefe de nada y mandadero de todos.
Lo curioso es que esta persona continuaba siendo un republicano furibundo, se mantenía al tanto de la Bolsa de Nueva York, aunque ahora no tenía acciones de ningún tipo. Cuando hablaba del culpable de la desaparición de la Eastern, se refería al expresidente demócrata Jimmy Carter, ya que durante el gobierno de éste se había iniciado el proceso de desregularización de la industria de viajes aéreos en Estados Unidos. Al intentar aclararle que esa medida y la estrategia tras ella no era más que un elemento del neoliberalismo que el alababa con fervor en George W. Bush, se negaba a entender y seguía aferrado en que el culpable era el demócrata Carter. Murió convencido de ello.
El que los electores no siempre votan de acuerdo a lo que es mejor para sus intereses personales es de largo conocido. No es, sin embargo, una condición universal. Los candidatos, por lo tanto, intentan convencer a quienes no pertenecen ni al grupo que los quiere ni al grupo que los rechaza. No es de extrañar entonces que, en una elección marcada por un elevado desempleo y una economía débil, las referencias a la clase media, que viene disminuyendo desde la época de Reagan, estén a la orden del día.
Hablar de la clase media está de moda, pero sin entrar en detalles. Con promesas y críticas al contrario. En lo que no entran en detalle, ninguno de los dos candidatos presidenciales, es en lo limitado de sus acciones para detener ese declive. El crecimiento de la clase media siempre fue el colchón para atajar las desigualdades, el antídoto perfecto ante la lucha de clases y la esperanza de millones. Ahora, tras la guerra fría, la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, un desarrollo tecnológico impresionante y un avance sostenido del comercio global, el mundo asiste una época de crecimiento de las desigualdades económicas y sociales.
No solo en Estados Unidos, la clase media disminuye también en Europa. El paradigma latinoamericano, ese de pobres  muy pobres y ricos muy ricos, es el que avanza.
Así que cualquiera de los dos candidatos que salga electo, en última instancia, hará poco y conseguirá menos, en el supuesto caso que realmente le interese parar esa disminución e aumento de la clase media. Romney porque en primer lugar cualquier paso que intente en este sentido encontrará que afecta otros intereses más primordiales para él. ¿Cómo piensa ayudar a los miembros de la clase media? Poco ha dicho al respecto, salvo en lo que se refiere a las pequeñas empresas, a las que promete aliviar de lo que el considera regulaciones que traban su desarrollo. Obama tampoco ha avanzado muchas ideas concretas al respecto, y todo se reduce a su plan general en que el Estado sirva de apoyo a este sector, plan que tampoco se conoce en detalle, sólo en su filosofía. Por otra parte, Obama sí ha especificado una forma concreta que podría incrementar el sector medio, y es mediante la educación. Ayuda a estudiantes de nivel medio y universitario es sin duda un objetivo adecuado, pero no fácil de alcanzar en una sociedad en que los profesionales no siempre encuentran los trabajos adecuados. Un intento similar lo llevó a cabo, hace muchos años, el gobierno socialista español de Felipe González, y en estos momentos Madrid está lleno de taxistas a tiempo parcial que son graduados universitarios o técnicos de nivel superior.
Contrario a lo que se pensó en un primer momento, lo que podría considerarse la revolución postindustrial de las empresas dot.com y la internet no significó un crecimiento de la clase media y la pequeña empresa. En primer lugar porque tras el estallido de la burbuja gran número de ellas fracasaron, y en segundo porque se produjo un fenómeno de asimilación, en que la dot.com se adoptó como parte de una empresa ya existente, y los verdaderos triunfadores se convirtieron en grandes empresas con un personal reducido. De esta manera, la economía tradicional terminó controlando la tecnología, salvo casos excepcionales. Al final, el verdadero triunfo no se concreta hasta que no se cotiza en Wall Street.
Es curioso en este sentido, observar como ambos candidatos presidenciales, más que presentar una visión de futuro, prometen una vuelta al pasado. Su supuesto compromiso con la clase media no es más que parte de este espejismo. En estos momentos cualquiera de los dos puede lograrlo, pero ello no garantiza que Estados Unidos vuelva a los 50 como quiere Romney, ni a los 90 como quiere Obama.

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