viernes, 19 de octubre de 2012

Los nombres del fracaso


El gobierno de Cuba anuncia la creación de la "Maltinga", una "bebida energética sostenible" hecha con moringa, y con ese nombre basta para condenarla al fracaso.
Algún día debe de escribirse la historia de la cadena de desaciertos a la hora de elegir los nombres en Cuba tras el 1 de enero de 1959, sea para un queso o para un cine.
Estos desatinos se destacan aún más por el hecho de que antes de esa fecha en la isla la capacidad para elaborar nombres publicitarios, identificar productos y establecer marcas competía con la publicidad norteamericana. En muchos casos, Cuba no se limitaba a copiar, sino adaptaba y creaba patrones publicitarios. Esa capacidad para la innovación lingüística no solo se había trasladado a la comedia radial, sino que llegó a la literatura en años posteriores, con la obra de Guillermo Cabrera Infante.
Pero mientras que en la propaganda el modelo cubano se limitaba a copiar consignas y lemas con mayor o menor éxito ⎯ya fueran soviéticas o de la guerra civil española⎯, y dejaba la creación en manos de diseñadores, lo que llevó a una producción de un rico contenido plástico y la retórica reducida al sofisma, en la publicidad todo se redujo a un mínimo carente de gracia y originalidad.
Esto obedeció, en primer lugar, a que la publicidad fue considerada sinónimo de capitalismo. Abolida su enseñanza en centros independiente y proscrita en la Escuela de Psicología.
A partir de ese momento, los sustitutos más absurdos fueron utilizados para tratar de borrar el pecado original de la publicidad. Dos de los que ofrecieron más tristes resultados fueron la apelación a nombres, hechos y situaciones del proceso independentista y el empleo de supuestos nombres aborígenes.
Así un cine en el centro de La Rampa, en El Vedado, fue rebautizado como Yara, y un queso azul de producción nacional recibió el nombre de Guaicanamar. Quizá a estas los cubanos ya se han acostumbrado a llamar Yara al cine, un nombre breve por cierto y que para las generaciones jóvenes debe tener una carga histórica menor, y el queso azul, por lo demás excelente, no debe existir. Guaicanamar seguirá siendo solo el nombre original de una zona geográfica.
Ahora Maltinga surge libre de esos temores y pretensiones, y es simplemente un facilismo, la unión a la carrera de dos nombres y  el deseo oportunista de ponerse a tono con las circunstancias.

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