sábado, 21 de enero de 2012

Villar Mendoza o la desesperación


La muerte de Wilman Villar Mendoza fue un gesto de desesperación. El acto nos enfrenta con el aspecto más siniestro del régimen cubano, su deprecio total y absoluto por la vida de los ciudadanos, pero también a una pregunta triste: ¿hasta cuándo serán necesarias estas tragedias antes que la población de la Isla haga valer públicamente su desacuerdo con la situación imperante, más allá de actos aislados que, para bien y para mal se están haciendo cada vez más frecuentes?
Cierto que a esa “dictadura imperfecta” que es el gobierno de los hermanos Castro se le hace cada vez más difícil lavar su cara más sucia y repulsiva. Con el fallecimiento del opositor encarcelado, amnistías, perdones, acuerdos intergubernamentales y con la Iglesia Católica, pasan a ser gestos a medias, capítulos de un instante en que se intentó jugar con las apariencias y darle acomodo al incauto.
Ante la más leve amenaza de lo que se conoce como “perder la calle”, el régimen cierra filas y el terror es el único instrumento en que confía. No hay escrúpulo alguno a la hora de encerrar, por varios días o por varios años, a todo aquel que levante una voz en contra.
Solo que ahora las voces independientes se alzan en cualquier lugar de la isla. Si durante el pasado año las caminatas de las Damas de Blanco en La Habana marcaron con fuerza los reclamos a favor de la democracia y los derechos humanos, en los últimos meses esos reclamos de libertad, así como una represión sin límite a los mismos, se han escuchado principalmente en la zona oriental del país. Con la muerte de Wilman Villar Mendoza, el proceso iniciado por Fidel Castro, precisamente en esa zona, se retuerce en sus orígenes, para caer en una paradoja lúgubre: a salvo de muchas cámaras y escudada en la apatía de más de un corresponsal extranjero, este asesinato ―no hay palabra más tenue para clasificar esta muerte que debió haberse evitado y esa condena brutal ante una simple protesta pacífica― se sitúa como noticia en Santiago de Cuba, la misma ciudad que más de cincuenta y tantos años atrás vio las luchas que culminaron un día en que el ciudadano se creyó dueño de su destino, para verse víctima y victimario de un sistema que sólo ofrece la satisfacción emocional que se deriva del embrutecimiento, la envidia, el odio y el delito compartido.
Por supuesto que se repetirán ahora los conocidos expedientes inventados, con argumentos de violencia y desacato público, para tratar de manchar el historial del opositor, las divisiones familiares y las opiniones encontradas. Las declaraciones médicas elaboradas desde el temor para justificar que se hizo todo lo posible para salvarle la vida. En fin de cuentas, la vuelta una y otra vez a la puesta en marcha del principio de aniquilación del individuo por el Estado. La formulación de lo que se conoce como el “principio de la orquesta”, que tan bien elaboró Joseph Goebbels, cuando señaló: “No esperamos que todo el mundo toque el mismo instrumento, solo esperamos que todos se comporten o actúen de acuerdo al plan”.
Lo que no se justifica en ningún caso es la violencia con la que el régimen ha arremetido contra unos ciudadanos deseosos de cambiar de forma pacífica el destino del país, en condiciones sumamente difíciles, bajo una intimidación constante y una carencia casi absoluta de recursos.
Para acallar cualquier intento de protesta, el régimen cuenta primero con turbas controladas y dispuestas desde el insulto hasta la agresión, y más de éstas, con tropas adiestradas y equipos de lucha contra disturbios listos para poner fin a cualquier manifestación popular. A ello se une la existencia de una fuerza paramilitar ―no los simples palpitantes en actos de repudio sino personal adiestrado en golpear y amedrentar― que ha demostrado su rapidez y capacidad represora en otras ocasiones, y que de inmediato entraría en combate ante una amenaza seria de insurrección callejera.
Pero otro importante factor que demora o impide un movimiento espontáneo de protesta masiva es la apatía y desmoralización de la población. La inercia y la falta de esperanza de los habitantes del país. Su falta de fe en ser ellos quienes produzcan un cambio. El gobierno de los hermanos Castro ha matado —o al menos adormecido— el afán de protagonismo político, tan propio del cubano, en la mayor parte de los residentes de la isla.
Esa inercia ―que hasta cierto punto encuentra en el terror su justificación mayor― se complementa en la esfera internacional con una diplomacia que, en lo que respecta a Latinoamérica, practica la mirada hacia otra parte al tratar el caso cubano. No se trata de propugnar un bloqueo/embargo de consecuencias nulas, sino de repudiar el gesto de complacencia, el trato de igual a igual y la sonrisa hipócrita que ante La Habana manifiestan muchos gobiernos de naciones democráticas de la zona.
Es la hora de la solidaridad internacional con la disidencia, de aislar políticamente al gobierno cubano en cualquier foro internacional. Los mandatarios de naciones democráticas como Brasil tienen que evitar los viajes a la isla. El Vaticano debe sopesar su compromiso con los derechos humanos, y con los desafortunados de todo el mundo, y sus deberes como Estado. La propagación de la fe debe comenzar por la solidaridad con las víctimas. La presencia del papa Benedicto XVI en la Isla en marzo no será más que una carta abierta a la impunidad del régimen. La situación cubana ha llegado al gesto de desesperación. No apoyar ese gesto hoy día es una forma de complicidad.
Fotografía: Laura Labrada Pollán, hija de la fallecida opositora Laura Pollán, coloca un cartel con el nombre del fallecido disidente Wilman Villar junto a un lazo negro hoy, viernes 20 de enero de 2012, en La Habana (Cuba), día en que las Damas de Blanco han abierto un libro de condolencias por su muerte.

martes, 17 de enero de 2012

La Habana como talón de resistencia


Tras más de cincuenta años de proceso revolucionario, la capital cubana representa la más tenaz resistencia a una transformación que, por otra parte, ha vivido todo el país.
La Habana permanece como una referencia a una época desaparecida para siempre y al mismo tiempo es el centro político de las decisiones futuras.
A la vez que han resultado inútiles los intentos ―iniciados tras el primero de enero de 1959― de humillarla, reducir su valor como centro cultural y político. En vano durante un tiempo se trató de disminuir su importancia, aunque tampoco puede señalarse un avance urbano, que permita hablar hoy de una Habana distinta ―en cuanto a grandes edificios, centros culturales y conjuntos arquitectónicos de singular importancia― a la que existía cuando las tropas campesinas entraron a la ciudad, dispuestas a convertir al sitio en sus cuarteles de invierno o de verano, campamento de descanso y entrenamiento guerrillero, cantera desde la cual estudiantes, soldados y profesionales revolucionarios saldrían para llevar los ideales fidelistas al resto de la nación y el mundo.
A lo largo de todo este tiempo, La Habana ha admitido —con renuencia y entusiasmo— a guajiros analfabetos y toscos, jóvenes campesinas que llegaron para aprender corte y costura y no quisieron volver a sus pueblos de origen, técnicos y funcionarios soviéticos y de los países socialistas, idealistas de cualquier parte del mundo, turistas en busca de la experiencia revolucionaria o simples fornicadores, aventureros y estafadores, becados de los remotos confines y año tras año y hasta el momento a los aspirantes a policía y represores: individuos que a cambio de un techo colectivo y una comida mejor están dispuestos a romperle la cabeza a cualquiera, especialmente a quienes ellos desprecian y no entienden.
Durante todo ese tiempo, la revolución ha sido incapaz de crear una arquitectura en que fundamentar su permanencia. Los pocos edificios que pueden asociarse con el presente —o a estas alturas con el pasado— revolucionario han sido víctimas de una apropiación que los desvirtúa del objetivo original: es imposible hablar de la heladería Coppelia sin asociarla a los homosexuales; las viviendas hechas por las microbrigadas son apenas una mención para destacar el deterioro de las edificaciones; la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE) un proyecto a medias; el Instituto Superior de Arte (ISA) un recinto sospechoso de creadores disidentes; el Parque Lenin cumple fundamentalmente la misión de ser una referencia, mencionada al señalar el refugio temporal del escritor Reinaldo Arenas; un nuevo Centro de Convenciones, construido ya hace bastante años, principalmente ha servido para reuniones que al final han tenido poco alcance internacional. Lo demás es una reanimación del centro histórico de la ciudad colonial que sólo sirve de fachada turística.
El verdadero centro de poder del país se limita a la Plaza de Revolución, un conjunto de edificios llevado a cabo por el dictador Fulgencio Batista, del que se apropió Fidel Castro y adaptó a sus fines de supervivencia.
Definido entre la ausencia y el deterioro, el actual conjunto arquitectónico capitalino posrevolucinario obliga a los escritores cubanos a una evocación basada en afinidades literarias (Abilio Estévez), un discurso sobre las ruinas (José Antonio Ponte) y una descripción del deterioro (Leonardo Padura), sin la existencia en la actualidad de una obra narrativa que permita constituirse en paradigma de una época, de forma similar a La Habana presente en los textos de Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Cabrera Infante. Una capital que, a los ojos del mundo, permanece en la esfera literaria más imaginada en el pasado que en el presente.
Tantas décadas con un cuerpo narrativo centrado fundamentalmente en acontecimientos y personajes —y con un paisaje urbano donde lo nuevo es el envejecimiento urbano— conlleva a que el marco referencial más inmediato y panorámico continúe siendo la literatura escrita treinta, cuarenta o cincuenta años atrás. Un hecho acentuado por los años de una épica revolucionaria centrada en lo rural y el interés de varios escritores en crear —con mayor o menor fortuna— una narrativa histórica.
Si bien la falta de un desarrollo urbano avanzado tras el primero de enero de 1959 ha cumplido —como un objetivo secundario— una función de preservación, ello ha contribuido también para que en la imaginación literaria ―especialmente para los exiliados y extranjeros― La Habana continúe gravitando sobre los pilares edificados por Carpentier, Lezama y Cabrera Infante. Este panorama podrá servir de punto de partida y solo será superado en una fecha imprecisa: cuando la ciudad comience una transformación acelerada, que de momento apenas es posible imaginar.

Los muchos méritos de la frita cubana


No hay mejor negocio que el de la frita. En el país de las hamburguesas, basta con conseguir un poco de carne molida de inferior calidad, echarle mucho condimento, ponerla en un pan y agregarle papitas. Nunca faltan los clientes: primero en avión y luego en bote y ahora en balsa. La frita tiene diferentes nombres: fritafarmacia, fritabodega, fritagasolinera, fritabotánica, fritabanco, fritafuneraria, fritaiglesia, fritatemplo, fritarevista, fritaradio, fritatelevisión, fritateatro, fritaperiódico, fritalibro, fritaescuela, fritapolítico, fritamédico, fritalocutor, fritanalista, fritacantante, fritaescritor, fritapintor, fritaurbanista, fritavendedor, fritamecánico, fritapropietario, fritaempresario, fritactivista, fritagitador, fritaterrorista, fritacombatiente y tantos y tantos que han terminado por hacer una ciudad y una isla en medio de un continente. El exilio ha resultado un gran negocio para unos pocos. Para la mayoría una vida de frustraciones y esperanzas. Hay que imaginar lo difícil que es hacer una buena hamburguesa, gastar en publicidad, pagar salarios y seguros, y terminar arruinado porque una cadena pone una hamberguera en la esquina. Pero todo se resuelve abriendo una fritería: las viejitas vienen porque les dan las medicinas sin receta y compran jabones y desodorantes y regalos para los nietos a cuenta del Medicaid; los oyentes sintonizan, contentos de que le recuerden lo bien que se vivía en la Cuba de antes, les repitan los desmanes del castrismo, la necesidad de mantener el embargo, la avaricia de los empresarios que quieren comerciar con el tirano y la maldad de la prensa norteamericana que ellos no leen; todos van a la bodega donde cambian los cheques del welfare, se compran más cosas con los sellos de alimentos y la cajera pregunta por el hijo al que no le dan la salida o no le acaba de llegar la visa; no hay como un banco en que brinden un cafecito al hacer un depósito o cambiar un cheque; nada mejor que conseguir un transportation cuando se acaba de llegar, con alguien que lo financia aunque no se tenga crédito, pese a las mensualidades muy altas y a que el automóvil comience a dar dolores de cabeza y a romperse en la esquina. Y lo mejor es no preocuparse cuando pagan por la izquierda y así se evitan los impuestos y no se piensa en el retiro y no hay nada que hacer con la falta de seguro y el dinero aunque es poco parece más, con la felicidad de que es cash porque así se evita el cruzar los dedos para asegurarse de que tiene fondos cuando dan un cheque.
Eso era Miami: un refugio: con las ventajas de una isla desierta y sin los inconvenientes de una isla desierta. Una ciudad donde pocos conocían —y menos lo conocen hoy— de la existencia del escritor inglés y líder sionista Israel Zangwill, aunque a veces algunos repiten el título de su obra de teatro más famosa: The Melting Pot. Para Zangwill, a principios del siglo pasado, Estados Unidos era el crisol donde los inmigrantes de todas las naciones venían a fundirse. Pero si hubiera imaginado que varias décadas después casi un millón de cubanos se iban a establecer en este país, habría cargado con su caldero para otra parte: las naciones y razas que se mencionan en The Melting Pot proceden de Europa: los asiáticos, negros, caribeños y latinoamericanos quedan fuera de la definición; como los mexicanos en el recuento de los 21 asesinatos de Billy The Kid.
Cuando en 1959 se inicia la diáspora cubana, los primeros en llegar no pensaban como Zangwill ni tenían el menor interés de fundirse en el pot. Creían que su permanencia en este país sería breve. Pronto los acontecimientos les hicieron modificar ese punto de vista, pero ello no evitó el surgimiento de una leyenda, donde Miami pasó de un resort a un sitio de veraneo en la “capital del exilio cubano”: la dualidad que define la ciudad.
¿Qué hay de malo en la frita? Nada, mientras no se le trate de negar a los demás la posibilidad de comerse una hamburguesa. Ningún problema, mientras no se intente callar a quienes la critican. Algo sabroso para un día o para todos los días, siempre y cuando no sea lo único que se obligue a poner en la mesa. En Cuba a muchos la revolución nos negó conocer el sabor de la frita. Poco nos importa, tras la decepción del McDonald’s, para quienes la patria son dos o tres calles, un cine y unos cuantos amigos. Los que llegamos después del Mariel somos la generación de la pizza. No de la pizza cubana: de cualquier pizza en cualquier pizzería: la que más nos guste, la que más cerca nos quede.
(Miamenses y Más)

viernes, 13 de enero de 2012

Llanto por un ícono


Pensé que quienes iban a protestar del uso de la imagen del Che por la Mercedes-Benz eran los familiares del guerrillero asesinado en Bolivia, que la administran, o el Gobierno cubano. Sin embargo, han sido los exiliados de Miami los que se sienten ofendidos.
En primer lugar, decir que Ernesto Guevara fue asesinado en Bolivia es constatar un hecho y no justificar una trayectoria. El Che fue una figura que adquirió una dimensión trágica con su muerte y última campaña, pero al mismo tiempo una mezcla funesta de fundamentalismo y frivolidad intelectual, que en vida terminó definiéndose por lo primero, pero tras su muerte se impuso lo segundo.
Entre un destino centroamericano y luego caribeño y la aventura de París Guevara, escogió una consagración política que le abriría las puertas, más que a la literatura, a los intelectuales, especialmente los europeos. Eso fue quizá uno de sus mayores deleites. Era un hombre estoico y disciplinado con su cuerpo, pero de una estrechez mental que no logró nunca superar cierta sensibilidad indiscutible, pero que a veces rozaba o caía en la sensiblería del perrito que hubo que sacrificar en la sierra, un cuento que, por otra parte, lo acercó siempre a lo peor de Cortázar. El jardín de los escritores argentinos que no se bifurcan. Agregar que no solo no dudaba en matar, sino que lo recomendaba, especificar que esas muchas de esas muertes resultaron asesinatos, es caer en un lugar común.
Pero la anécdota, el capricho o la opinión pasan a un plano secundario ante el hecho de que, en la actualidad, el Che es menos un símbolo que un ícono, al que si se venera y admira es de forma torcida, entre el pecho y la espalda, pero más como una prenda al uso. Un eterno aspirante a santo cuyo relicario se reduce a una camiseta.
La idea de la Mercedes-Benz, de quitar la estrella de comandante de la Sierra y colocar el logo en esa boina que siempre aspiró a ser francesa resulta graciosa y saca a relucir la detestable socarronería del eterno guerrillero.
Sin embargo, es lamentable que al final la farsa se haya convertido en la estrella del sainete y no el emblema del sainete. En Miami quieren al Che de guerrillero, casi cabe la herejía de que lo añoran.
Los cubanazos del exilio histórico imponiendo con billetes su rechazo y lanzando la amenaza de no comprar más Mercedes; la firma pidiendo disculpas ―los ejecutivos de las grandes corporaciones siempre resultan tan repugnantes como los comisarios políticos― y la siempre presente declaración de la congresista Ileana Ros-Lehtinen. Lástima que lo que pudo haber sido un buen chiste contrarrevolucionario terminara en ridículo.

jueves, 12 de enero de 2012

La tenue línea que va del castrismo al anticastrismo


Una parte del exilio en esta ciudad se aferra a la ilusión de que el gobierno cubano puede sucumbir en un futuro cercano, está a las puertas de una crisis alimentaria catastrófica, cada día aumentan las protestas y agoniza presa de su inmovilismo. No es así. El proyecto revolucionario parece agotado, pero los mecanismos de supervivencia continúan intactos.
Refugiarse en los extremos nunca es bueno. La isla atraviesa un etapa difícil y el impulso bajo el cual el mandato de Raúl Castro inició una serie de reformas limitadas ha desaparecido. El desencanto ha sustituido a una ligera esperanza en los cambios que muchos esperaban —con mayor ilusión que fundamentos reales— introduciría el actual mandatario cubano.
Cuba sigue siendo una excepción. Se mantiene como ejemplo de lo que no se termina. Su esencia es la indefinición, que ha mantenido a lo largo de la historia: ese llegar último o primero para no estar nunca a tiempo. No es siquiera la negación de la negación. Es una afirmación a medias. No se cae, no se levanta.
Cualquier estudioso del marxismo que trate de analizar el proceso revolucionario cubano descubre que se enfrenta a una cronología de vaivenes, donde los conceptos de ortodoxia, revisionismo, fidelidad a los principios del internacionalismo proletario, centralismo democrático, desarrollo económico y otros se mezclan en un ajiaco condimentado según la astucia de Fidel Castro, primero, y el olfato conspirador de Raúl ahora. No se puede negar que en la isla existiera por años una estructura social y económica —copiada con mayor o menor atención de acuerdo al momento— similar al modelo socialista soviético. Tampoco se puede desconocer la adopción de una ideología marxista-leninista y el establecimiento del Partido Comunista de Cuba (PCC) como órgano rector del país. Todo esto posibilita el análisis y la discusión de lo que podría llamarse el “socialismo cubano”. Todo ello forma parte de lo que sería la cobertura convencional y la superficie del modelo, pero en su esencia hay aspectos propios, que definen al caso cubano no como una excepción —esa ilusión notable en Cuba y el exilio de ser singulares, distintos a todos— sino simplemente como el resultado de una actuación caótica y pragmática al mismo tiempo.
Durante su décadas de mando unipersonal y omnipresente, Fidel Castro siempre se sirvió de dos gobiernos para ejercer el poder, ambos propios: uno visible y formado por las estructuras políticas tradicionales; otro paralelo y no oculto y por lo general más poderoso: un gobierno “formal” y otro “informal”.
Quienes apuestan por una transición, o al menos una “actualización”, lo hacen operando dentro de las posibilidades de este gobierno formal. Sus limitaciones están dadas en el hecho de que esta maquinaria gubernamental es corrupta, ineficiente y carente de verdadero poder. No importa que no funcione, si realmente no manda. El otro gobierno, el informal, lleva mucho tiempo apostando sólo a sobrevivir. Y lo ha hecho con un éxito total.
La elección de Raúl Castro como presidente de la nación fue el primer paso, en muchos años, para lograr un acercamiento entre ambas formas de poder, que llevaría paulatinamente a la desaparición del “gobierno informal”, para el establecimiento pleno de un gobierno o régimen más o menos colegiado. Sólo que desde el inicio se supo que esta supuesta “sucesión-tradición” estaba fundamentada en limitaciones que hacían que su desarrollo fuera lento, sino imposible.
La primera de estas limitaciones fue evidente en la declaración de que Fidel Castro sería consultado en todas las decisiones importantes, lo que ya de hecho establecía que su retiro del mando era relativo. La segunda, y más importante, tenía que ver con la forma misma de gobierno imperante en la isla, fundamentada en lo que Giorgio Agamben considera un “Estado de Excepción”, donde Raúl Castro, como nuevo presidente, estaba desde el comienzo limitado a una función administrativa, con Fidel Castro aun manteniendo la posición de soberano, pese a mantenerse alejado de la vida pública.
Este desempeño de papeles, por momentos nebuloso para quien lo ve desde fuera, tiene una claridad meridiana en cuanto a que las dos figuras que definen el panorama político nacional (los hermanos Castro) comparten un objetivo: mantenerse en el poder.
No por ello tal configuración de poder esta libre de contradicciones. Sólo que al tiempo que éstas obran a favor o en contra de los protagonistas, también confluyen en la meta común de mantener en funcionamiento la maquinaria de supervivencia: las diferencias no marcan los límite, sino más bien los límites marcan las diferencias.
De esta forma se explica lo inadecuado de aplicar a la realidad cubana los esquemas de transición a la democracia, tanto los fundamentados en experiencias posteriores al socialismo como aquellos que buscan sus claves en la ecuación caudillismo-democracia (el ejemplo español es el más evidente). En la URSS y los países socialistas existía un solo gobierno, el que desapareció por su ineficacia. Para Fidel Castro, que el Gobierno no funcionara resultó una carta de triunfo, porque le permitía la eficiencia de un mando paralelo. La salud pública podía sufrir un retroceso en la isla. Eso era un problema del gobierno oficial. Al mismo tiempo, el envío de brigadas médicas al exterior resultaba un gran triunfo. Esa era la obra del gobierno paralelo: el poder unipersonal del gobernante. Si el Ministerio de Salud Pública funcionara como un verdadero ministerio, hubiera terminado por convertirse en un obstáculo a la voluntad del mandatario. El mérito de Raúl —por cierto muy limitado— ha sido el tratar de hasta cierto punto subvertir este orden. Intentar un mínimo de eficiencia en el gobierno. Pero aquí hay que tener en cuenta que ya desde antes de su enfermedad, Fidel Castro estaba jugando en ambos polos de un mismo objetivo. De esta manera, la asistencia médica al exterior se ha convertido en una importante fuente de ingreso para la nación. Cubanos trabajan en el exterior de una forma más eficiente, para la economía de la isla, que si lo hicieran dentro del país. Esta evolución, por supuesto, no es un mérito que le corresponda al actual presidente, aunque sin duda esta función se ha incrementado en los últimos tiempo, sino algo que venía gestándose desde un tiempo atrás.
¿Dónde queda entonces la posible influencia que puedan ejercer, por ejemplo, las naciones europeas? En una apuesta más en el tiempo que en el espacio. El establecimiento de un vínculo que de seguro perdurará más allá de la permanencia física de los hermanos Castro. También en la presencia de un modelo comparativo que ayude a que los cubanos definan su realidad alejada de los extremos.
La anterior pregunta todavía es más engorrosa si se refiere al exilio que vive en Miami, donde está radicada la mayor comunidad de cubanos que reside fuera de la isla y que por su número y en especial su importancia económica debería desempeñar una labor mucho más importante, para el futuro de la isla, al que por años viene ejerciendo. En ese sentido, el aislamiento de la mayoría de los círculos de poder, que hasta ahora han ejercido su poderío sobre esta comunidad, es casi absoluto. Hay una paradoja que día a día se pasa por alto en esta ciudad: nunca un gabinete y un congreso estadounidenses contaron con mayor influencia y participación que durante la administración de George W. Bush, pero al mismo tiempo ninguna administración formuló con mayor firmeza y dejó bien establecido que los actores políticos del futuro cubano se encontraba en la isla. Lo demás fue complacencia con un grupo de ancianos reaccionarios y un vocingleo constante en la radio. Si durante casi cuatro años la nostalgia del exilio se ha hecho eco de ese vocingleo es porque no tiene nada mejor que decir o esperar.
Cualquier proyección sobre el futuro de la isla debe hacerse desde el presente. No intentando un regreso a los años cincuenta. La nostalgia ha servido para enriquecer a unos cuantos en Miami. No tiene sentido como programa de gobierno. El régimen castrista no es un paréntesis en la historia de la nación, un apéndice que se puede eliminar sin el menor rastro. ¿Quiénes de los tantos que repiten a diario su discurso estéril en la radio exiliada conocen la realidad cubana? El ejercicio de desconsuelo —el intento de vender el pasado bajo una forma de futuro— sólo ha logrado edificar altares de ignorancia y fabricar líderes de pacotilla. En un futuro que nadie es capaz de precisar, Cuba iniciará una nueva etapa. No volverá la vista a un pasado de más de cinco décadas. Será imposible borrar tanta huella y tampoco hay una voluntad nacional e internacional de que así sea.
Si inoperante es el modelo imperante en la isla, igual de obsoletas resultan las ideas de los anticastristas de café de esquina. Catalogar de demonio a ambos hermanos Castro es un ejercicio estéril para el futuro de la nación. No se trata de negarse a condenarlo. Es resaltar la necesidad de mirar más allá. La ceguera política, una terquedad sin tregua de mantener al día la industria de la glorificación del pasado republicano, alimenta a unos cuantos y proporciona alivio emocional a quienes se niegan a escuchar y ver un mundo que ya no les pertenece, del que han quedado fuera por soberbia y desprecio.
Los que sólo se preocupan por echar a un lado las opiniones contrarias y mirar hacia otro lado, frente a una nación que lleva años transformándose para bien y para mal, no tienen grandes dificultades en Miami. La radio del exilio y algunos programas de televisión siguen alentando rumores y dedicando su espacio a satisfacer el odio, la venganza y las quimeras de quienes entretienen su vida con fábulas y sueños torpes.
Este atrincheramiento se justifica en frustraciones y años de espera, pero ha contribuido a brindar una imagen que no se corresponde con la realidad de esta ciudad. Por décadas, un sector del exilio miamense se ha identificado con las causas y los gobiernos más reaccionarios de Latinoamérica. Al contar con los medios y el poder para destacar estas posiciones, no sólo se han manifestado en favor de las más sangrientas dictaduras militares, sino defendido y glorificado a quienes colaboraron con estos regímenes, incluso en los casos de terroristas condenados por las leyes de este país.
En un intercambio de recriminaciones y miradas estereotipadas, en muchos casos la prensa norteamericana sólo ha querido mostrar las situaciones extremas y destacar las acciones de los personajes más alejados de los valores ciudadanos de este país. Al mismo tiempo, los exiliados han observado esa visión con ira y rechazo, pero también con un sentimiento de reafirmación. Ni Miami es siempre tan intransigente como la pintan, ni en ocasiones tan tolerante como debiera. Sin embargo, olvidar que es una ciudad generosa con exiliados de los más diversos orígenes resulta una injusticia.
Quizá la clave del problema radica en esa tendencia a los extremos que aún domina tanto en Cuba como en el exilio, donde falta o es muy tenue la línea que va del castrismo al anticastrismo, palabras que por lo demás sólo adquieren un valor circunstancial.
De esta forma, ser de izquierda en esta ciudad se identifica con una posición de apoyo a Castro, mientras que los derechistas gozan de las “ventajas” de verse libres de dicha sospecha. No importan los miles de derechistas, reaccionarios y hasta dictadores de ultraderecha que en Latinoamérica, Europa y el resto del mundo se han manifestado partidarios del régimen de La Habana y colaborado con éste. En Miami estas distinciones no se tienen en cuenta.
En igual sentido, cualquier posición neutral o de centro es vista con iguales reservas. Resulta curioso que mientras en Cuba se ha perdido parte de esta retórica ideológica —no en la prensa oficial pero sí en las opiniones diarias y hasta en los discursos de algunos funcionarios del gobierno, sobre todo a partir de la enfermedad de Fidel Castro— aquí nos mantenemos anclados en nuestro fervor “anticastrista”.
El problema con estos patrones de pensamiento es que resultan poco útiles a la hora de plantearse el futuro de Cuba. La figura de Fidel Castro —no importa si se lo ve débil y enfermo o sano y relativamente vigoroso— actúa como un espejo en que aún reflejamos nuestras acciones y actitudes. En realidad, es un espejismo. Cierto, las conclusiones del momento son que poco o nada cambiará en Cuba hasta su muerte. Pero confundir un paréntesis con un objetivo final resulta engañoso y fuente de errores y desdichas.

martes, 10 de enero de 2012

La crisis del movimiento conservador


“Las primarias sacan a la luz la crisis del movimiento conservador en EEUU”, titula el diario español El País. Es una crisis que ya tiene décadas, en las que de forma zigzagueante y oculta en ocasiones se ha venido incubando lo que ahora es cada vez más evidente. Si el Tea Party, en cierta manera, aportó energía pero enterró ideas, como afirma Antonio Caño en el artículo, los problemas de identidad del partido van más allá de la vocinglería reaccionaria. De hecho, lo que hizo el Tea Party fue llenar un vacío que se originó durante el gobierno de George W. Bush, cuando el Partido Republicano disfrutó de la presencia en la Casa Blanca de un gobernante privilegiado, que por aproximadamente seis años de mandato gozó de una enorme popularidad y que al mismo tiempo se caracterizó por una conducta y actuación ambidiestra: el paradigma del neconservadurismo y los programas neoliberales ―reducciones de impuestos, eliminación de controles al mercado , franca actitud a favor de las grandes corporaciones, freno a las normas de protección ambiental y luz verde a cualquier acción en contra de los sindicatos― al tiempo que en cierto sentido practicaba el llamado ''conservadurismo compasivo'' en el otorgamiento de ciertas ventajas a la ciudadanía ―plan de pago de medicamentos, que aunque en primer lugar benefició a la industria farmacéutica no deja de ser un bien público― y una política a favor de la inmigración que se apartaba de los postulados del republicanismo actual. Bush hizo todo eso mientras siempre mantuvo una conducta de irresponsabilidad fiscal que aún sufre Estados Unidos.
Al desaparecer la popularidad de Bush primero y luego la derrota republicana en las elecciones presidenciales de 2008, la crisis republicana no hizo más que salir a flote con fuerza. Solo que entonces la crisis nacional superaba a cualquier otra manifestación y la la reacción de los conservadores se concentró en el ataque al que ha sido un gobierno singular y que aún sigue molestando enormemente a muchos en este país: un presidente de la raza negra, de un origen étnico variado, carismático y con una inteligencia excepcional.
Por ello resulta difícil de admitir la afirmación de Caño en su artículo, cuando dice que la “crisis del conservadurismo es, en todo caso, una crisis engañosa, más relacionada con la falta de liderazgo y con una cierta confusión de propuestas en el momento actual que con la llegada de un cambio de ciclo”. Si hay crisis de liderazgo entre los republicanos es porque el partido ha permitido que el ala más derechista, fanática e ignorante imponga sus criterios. Eso ―por suerte y hasta el momento― en un país como Estados Unidos es una fórmula hacia el fracaso. A no ser que se produzca una crisis económica y social de grandes proporciones ―y en los últimos años se ha estado a punto de traspasar ese límite, un movimiento facistoide como el Tea Party nunca logrará un alcance nacional.
El artículo de El País acierta al señalar, que:
“Al margen de oponerse a Obama y bloquear cualquier alternativa que surgiera del presidente, los conservadores no han tenido nada que ofrecer al país. Simplemente se han parapetado contra cualquier concepto de modernidad y progreso, los que les ha dejado en una posición bastante excéntrica, negando el cambio climático, oponiéndose al matrimonio homosexual (que respalda ya la mayoría de la población), tratando de dar marcha atrás en el aborto o discutiendo avances esenciales de la ciencia, como el uso de las células madre o la teoría de la evolución”.
Sin embargo, la clave de lo que de momento se anuncia como una gran debacle republicana la explica Caño en este párrafo:
“Los conservadores han renunciado a todo espacio de moderación. La moderación, que siempre es considerada una virtud en política, aunque sea de forma hipócrita, se castiga como un grave pecado en esta campaña presidencial republicana. Las figuras moderadas del partido, como John Boehner o John McCain, están condenadas al ostracismo o al silencio. Eso ha creado, al mismo tiempo, un gran abismo entre la dirección republicana —o sus principales figuras en el Congreso— y las bases, que desprecian a sus líderes y quieren actuar por su cuenta. De ahí las dificultades de Mitt Romney para obtener apoyo”.
Es por ello que la posibilidad de que figuras relativamente secundarias dentro del Partido Republicano lleguen al spotlight nacional podría ser el aspecto más interesante ―al menos desde el punto de vista periodístico y de análisis― de esta campaña. Y en este sentido es que Marco Rubio es un político con futuro.

lunes, 9 de enero de 2012

Democracia y capitalismo en Cuba


Por décadas en el exilio cubano de Miami se ha mantenido el credo de que llevar la libertad a Cuba pasa por la reinstauración de un sistema político dominado por el mercado. No es cierto. Capitalismo y democracia no son sinónimos. Pueden coincidir, pero no necesariamente. Se puede aspirar a que en la isla exista un Estado de derecho, el respeto absoluto a los derechos humanos, la propiedad privada y la libre empresa, sin que ello implique añorar una vuelta al pasado y apoyar la ilusión de convertir a La Habana en una copia de Miami.
De hecho, cada vez cobra mayor fuerza la evidencia de que el proceso de “actualización” que lleva a cabo el Gobierno de Raúl Castro está muy cerca de una vuelta al capitalismo con cortapisas ―en sus aspectos más superficiales y despiadados― y en nada interesado en el menor cambio en lo que respecta a las libertades ciudadanas.
Los fanáticos del neoliberalismo, que suelen confundir la falta de regulaciones y controles del mercado con la libertad política, deben leer una reseña de varios libros, que tratan sobre la supuesta decadencia mundial de Estados Unidos, realizada por Ian Buruma en el número del 21 de abril de 2008 en The New Yorker.
Buruma hace referencia a The Return of History and the End of Dreams, el libro de Robert Kagan, el ideólogo neoconservador de mayor talento en Estados Unidos. Dice Buruma que Kagan hace una buena observación al señalar lo que pasan por alto quienes creen que con sólo las bendiciones combinadas del comercio, capitalismo y propiedad creciente se llega inexorablemente a una democracia liberal.
De acuerdo a Buruma, lo que se subestima es el atractivo internacional de la autocracia. La Unión Soviética, después del impulso inicial que recibió la industrialización fue un modelo de fracaso económico. Pero la China actual, hasta el momento, no lo es. Como dice Kagan, ''gracias a décadas de destacado crecimiento económico, los chinos pueden argumentar hoy que su modelo de desarrollo económico, que combina una economía cada vez más abierta con un sistema político cerrado, puede resultar exitoso para el desarrollo de muchas naciones''.
Un sistema similar al chino o al vietnamita, con las variantes tropicales al uso, es lo que debe estar en la mente en más de un tecnócrata o funcionario cubano. No es siquiera que el ideal de Raúl Castro sea la ―puesta en práctica de ese modelo. Si algo se desprende de la realidad cubana actual, las declaraciones del jefe de Estado y los avances y retrocesos que han traído lo que la prensa extranjera llama ´´reformas´´ y la oficial de la isla denomina ´´actualización´´, es la existencia de un conjunto de medidas de supervivencia para navegar en el caos sin que se produzca un estallido social. Hasta ahora ―hay que señalarlo― lo han logrado como si fueran los dueños absoluto del tiempo. No hay mérito en ello si se recuerda el ejemplo más de moda en estos momento, Corea del Norte, pero la casta militar cubana ha dado muestras de desempeñar con efectividad un rol productivo y no limitarse al poderío parásito de los militares norcoreanos.
Aquí vendría entonces la pregunta de hasta dónde está el exilio de Miami preparado para lidiar con ese grupo de funcionarios y militares que están establecidos ―y seguramente serán reafirmados a finales de este mes― como los herederos del poder en Cuba. Ante todo hay que señalar algunas verdades, dolorosas para algunos aquí en Miami. Más allá de los méritos cívicos y el valor de sus integrantes, el movimiento disidente es un buen indicador del control absoluto del gobierno sobre la ciudadanía del país: hasta el momento, la disidencia ha demostrado su incapacidad como vía alternativa para el cambio de régimen, en tanto que se ha constituido en un formidable instrumento de denuncia. Tampoco llegan lejos ―nunca lo han logrado― quienes desde el exilio llevan a cabo una labor de cabildeo dentro del gobierno y en el Congreso en Washington para conseguir que el gobierno de este país asuma una actitud realmente agresiva frente al régimen de La Habana, con el objetivo de transformar la situación actual. A estas alturas debe quedar claro que las bases para un vínculo económico, entre el exilio y los residentes en la isla, que sobrepase el simple envío de remesas están establecidas y solo espera una mayor flexibilidad en ambas costas del estrecho de la Florida. A todo lo anterior se añade que la visión de que Cuba está gobernada por una gerontocracia es incompleta, y que quien piense―en parte por pereza, por culpa de los corresponsales internacionales que no hacen bien su trabajo y hasta por desconocimiento de nombres y caras― que los mandos del régimen se limitan a un puñado de ancianos, y que todo se reduce a un problema de edad, lo más probable es que muera en la espera de una solución biológica.
Si, salvo que se produzca un estallido social incontrolable, el destino cubano más probable es un cambio generacional, que ampliará la vía capitalista pero mantendrá reducidas o controladas las libertades públicas, la ecuación capitalismo y democracia salta en pedazos. Uno de los resultados ―quizá el menos lamentable―será dejar sin trabajo ―sin palabra es mucho más difícil― a esos neoliberales que desde Miami proclaman a la libertad absoluta del mercado como la panacea que traerá la democracia a Cuba.

sábado, 7 de enero de 2012

Por Michelle


Un nuevo libro sobre Barack y Michelle Obama retrata las tensiones e incomodidades de la primera dama en la Casa Blanca, y sus frecuentes choques con los consejeros del presidente de EEUU, informó The New York Times y recoge en un cable la agencia Efe.
Es probable que esta información sea explotada por las emisoras de radio de Miami. Aunque a lo mejor ni siquiera llegue a ser comentada el lunes. Si hay una figura que supera a Barack Obama en el resentimiento, el odio y el racismo de la ultraderecha del exilio histórico de Miami es la esposa del Presidente.
En lo personal, prefiero a esta mujer voluntariosa y con criterio propio a la boba de Laura Bush, que no llegó siguiera a consagrarse como esposa modelo para las lectoras de House and Garden, Good Housekeeping o la revista Hola, o que la astuta Hillary Clinton, que hubiera sido mejor presidente que su marido.
En un adelanto del libro The Obamas, de publicación la próxima semana, la autora Jodi Kantor, expone las dificultades de adaptación de Michelle Obama en su calidad de primera dama.
“Michelle Obama es una esposa solidaria pero a menudo ansiosa, recelosa del pensamiento político convencional, una figura rompedora que ha sentido agudamente las presiones y posibilidades de ser la primera afroamericana en su posición”, indica Kantor, periodista del New York Times.                   
El libro realiza un vívido retrato de las tensiones entre el Ala Oeste (zona oficial y de trabajo) y el Ala Este (zona privada, donde reside la familia presidencial), con Michelle Obama como punta de lanza de estos choques.
“A menudo ella era más dura con el equipo de asesores de su marido que el propio Presidente, llegando incluso a instarle a sustituirlos, y las tensiones crecieron de manera tan grave que uno de los consejeros principales del presidente explotó en una reunión en 2010, maldiciendo a la primera dama”, subraya Kantor.
El relato explica, asimismo, los problemas de la primera dama para asumir su nuevo rol y la constante atención mediática.
“Mientras que el Presidente encuentra Camp David (la residencia de veraneo presidencial) artificial y distante, a ella le encanta porque puede deambular libremente sin curiosos fotógrafos”, agrega Kantor.
No obstante, remarca también el interés de Michelle en apoyar a su marido, y asegura que las tensiones se han ido diluyendo con el paso del tiempo.

viernes, 6 de enero de 2012

Pregunta


¿Alguien se ha detenido a pensar que el resultado final de la lucha entre “el admirado pueblo vietnamita’” y “nuestros muchachos”, los también heroicos marines estadounidenses ―de coraje y consumo de marihuana demostrados―, se resume en un viaje a un supermercado cualquiera en una ciudad de Estados Unidos escogida al azar, donde se adquieren unos camarones a sobreprecio, cultivados en granjas, y cuyo sabor más cercano es el de una bolsa de plástico cocinada por horas en una marmita y luego puesta a congelar?

miércoles, 4 de enero de 2012

Del desencanto a la apatía


Hace ya diez años las cazuelas sonaron en Buenos Aires y en horas barrieron con el gobierno de Fernando de la Rúa. No ha sucedido lo mismo en la Venezuela de Hugo Chávez, donde las protestas han indicado un grado de desacuerdo con el mandatario a veces creciente, pero no sin llegar al grado de una revuelta popular. En La Habana las marchas de las Damas de Blanco ―y los actos de repudio en contra de ellas lanzados por turbas del gobierno― lograron una amplia difusión en la prensa extranjera, pero también hasta el momento han mostrado la incapacidad de la población de la isla para apoyar una queja y convertirla en un reclamo masivo. Precisamente contra esta ciudadanía ―que aún permanece en calma― es que en última instancia van dirigidos los actos de repudio, los golpes, los insultos y las obscenidades.
Varios factores conspiran para que en Cuba no ocurra lo que sucede en Argentina y Venezuela. El primero es que ya pasó. Por ejemplo, al principio de la revolución, salieron las amas de casa a las calles de Cárdenas batiendo cacerolas y ollas y gritando: “Queremos comida”. Desde la capital de la entonces provincia de Matanzas el capitán Jorge Serguera envió a los tanques para que avanzaran sobre el pueblo. La intervención del fallecido ex presidente Osvaldo Dorticós impidió que se produjera una masacre.
El segundo factor es que más allá de las simples turbas controladas, el régimen cuenta con tropas adiestradas y equipos de lucha contra disturbios listos para poner fin a cualquier manifestación popular. A ello se une la existencia de una fuerza paramilitar, que ha demostrado su rapidez y capacidad represora en otras ocasiones, y que de inmediato entraría en combate ante una amenaza seria de insurrección callejera.
Pero otro importante factor que demora o impide un movimiento espontáneo de protesta masiva es la apatía y desmoralización de la población. La inercia y la falta de esperanza de los habitantes del país. Su falta de fe en ser ellos quienes produzcan un cambio. El gobierno de los hermanos Castro ha matado —o al menos adormecido— el afán de protagonismo político, tan propio del cubano, en la mayor parte de los residentes de la isla.
El exilio como futuro —como alejamiento colectivo para ganar en individualidad— es un aliciente mayor que un enfrentamiento callejero. Más fácil se arriesga la vida en una balsa que en una calle. El desarraigo es preferible a la afirmación nacional limitada al concepto de patria, porque se llega al convencimiento —aunque sea intuitivamente— de que no hay nada en que afirmarse.
En primer lugar, la geografía como parte de la política. Puede que las cacerolas se oigan primero en el interior del país, pero deben escucharse en La Habana. La posibilidad de que el estallido popular ocurra primero extramuros obedece a factores económicos: la pobreza mayor en el campo que en la capital. Sin embargo, es un error hacer depender cualquier protesta de un empeoramiento absoluto del nivel de vida de la población. Más bien sería todo lo contrario.
Desde el punto de vista económico —y contrario a lo que podría pensarse inicialmente—, un agravamiento general de la situación económica no tiene que ser necesariamente el detonante. Son las diferencias sociales, que se intensifican a diario, las que más fácil prenden la mecha. Por lo tanto, a diferencia de que lo que ocurre en Argentina y Venezuela, serían los estratos más desposeídos los iniciadores de la protesta. La gente no va a lanzarse a la calle pidiendo libertades políticas —ya ese momento pasó—, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.
En caso de producirse un movimiento de protestas populares, y de ser espontáneo, carecería de vínculos directos con el exilio de Miami. Tampoco contaría con la participación mayoritaria de los miembros de la sociedad cubana más identificados con el rechazo al régimen, porque éstos son al mismo tiempo los que tienen más dólares, ya sea gracias a las remesas familiares, el comercio ilícito o los trabajos por cuenta propia.
Otro factor a tener muy en cuenta es la composición étnica. ¿Cuál es el segmento que en la actualidad sufre más privaciones en Cuba? No hay duda que la población negra constituye el caldo de cultivo para un estallido social. Sus miembros son quienes tienen menos posibilidades de recibir dólares del extranjero y también a los que discriminan de los trabajos en hoteles, restaurantes y transporte de turistas. En igual sentido, carecen en su mayoría de viviendas con la capacidad suficiente para alquilar cuartos a extranjeros, ni poseen automóviles u otros recursos que les faciliten la adquisición directa de los dólares de los visitantes. Hay pocos negros dueños de paladares o propietarios de casas de huéspedes. Como una evidencia más del fracaso del régimen, han vuelto a ser relegados a las esferas tradicionales donde antes del primero de enero de 1959 el triunfo era un anhelo costoso y renuente. Para la población negra, el bienestar del dólar se limita a quienes se destacan en tres esferas muy competitivas: el deporte, la prostitución y el arte.
De producirse cacerolazos en Cuba, el régimen los reprimirá con firmeza. No hacerlo sería la negación de su esencia y su fin a corto plazo. Imposible no usar la violencia. En cualquier caso lleva las de perder. Una de las habilidades del gobierno cubano siempre ha sido el evitar las situaciones de este tipo. El “maleconazo” de 1994 Fidel Castro logró sortearlo con una avalancha de balsas hacia la Florida. Esa salida está agotada. Por su parte, Raúl Castro se ha caracterizado por la práctica de una represión preventiva, instantánea y que en su efecto inmediato ―encarcelamiento― puede durar horas, días o meses, pero en cuanto a impresión en el ciudadano yen la sociedad, como forma intimidatoria, tiene una repercusión permanente. La represión en su forma más desnuda —arrestos y muertos— no conlleva necesariamente el inmediato fin de un régimen totalitario, pero en el peor de los casos lo tambalea frente a un precipicio. Ningún dictador tiene a su alcance un manual que lo guíe, sino ejemplos aislados: los hay tanto de supervivencia—el caso de China—como de desplome —el de Rumania. El gobierno de Castro cuenta con una sagacidad a toda prueba, ¿pero por qué empeñarse en creer que es invencible?

martes, 3 de enero de 2012

Un rumor vuelve a recorrer el mundo


El gobierno cubano parece tener un control absoluto de la situación cubana, pero este hecho, que se puede afirmar con certeza un centenar de veces, hay un momento en que gira 180 grados y nos sorprende. A veces de una forma simple, aparentemente inocua.
Una nueva prueba de lo volátil que puede resultar en cualquier momento la situación imperante en la isla, y del poder de las redes sociales, ocurrió el lunes, día en que circuló en Twitter un rumor de que Fidel Castro había muerto. Ese día el rumor llegó a convertirse en trending topic (tema dominante) en Twitter (de acuerdo a lo publicado en Penúltimos días, se difundió a 250 tweets por minuto). No se conoce de repercusión alguna del rumor en la isla, pero cabe destacar que una difusión más prolongada del mismo hubiera tenido consecuencias. De hecho, hoy martes aparece una pequeña consecuencia, en forma de cable y de comentario en un blog.
Lo interesante aquí es como el oficialismo cubano se siente obligado a blindarse frente a cualquier información, rumor o noticia proveniente del exterior.
La agencia France Presse se ha encargado de divulgar el hecho:
“El exgobernante cubano Fidel Castro, de 85 años y alejado del poder por razones de salud desde 2006, está estudiando y ‘se ríe’ del rumor sobre su supuesta muerte, difundido el lunes como pólvora en la red social Twitter, afirmó este martes un bloguero oficialista cubano”, dice el cable de la AFP.
“Fidel Castro estudia, analiza y se ríe de las bolas (rumores) de Twitter. La CIA lo intentó matar más de 700 veces y Twitter anda por ese camino”, escribió el bloquero Yohandry en su blog (www.yohandry.com), sin dar detalles, continúa diciendo el cable de la AFP.
Yohandri, un bloguero oficialista habitualmente bien informado sobre lo que acontece en la isla, añadió que hizo un “play” (pausa) en sus vacaciones de año nuevo para desmentir la supuesta muerte del líder de la revolución, y afirmó que “2012 será un año de mucho movimiento en Cuba”, agrega la información de la AFP.
Que un bloguero oficialista se sintiera en la necesidad de hacer un alto en sus vacaciones para desmentir la supuesta muerte del (querido) “líder de la revolución” es o una muestra del servilismo más ridículo o una orden que cumplir. Sacar a relucir a la CIA en esta ocasión es otro ejemplo de esa aparente paranoia del gobierno cubano que es en realidad una herramienta socorrida para el departamento de represión y respuestas rápidas.
Detrás de todo esto están un par de datos: la última “Reflexión” de Castro es del 13 de noviembre. El último visitante extranjero que recibió fue el presidente haitiano, Michel Martelly, el 18 de noviembre. También la falta de una ceremonia oficial para celebrar el triunfo del primero de enero de 1959. Cuaderno de Cuba ya se ha referido a este hecho (pinchar aquí). Sin embargo, demoras similares, las mismas sospechas, iguales rumores han ocurrido multitud de veces y en esta ocasión quizá la bola ha necesitado de más tiempo para echar a rodar, un poco por cansancio, otro poco por cautela
Por otra parte, la televisión cubana informó el lunes que Castro envío tarjetas firmadas de felicitación por el año nuevo a los médicos cubanos que laboran en Bolivia. El pasado viernes cursó otra al astro del béisbol cubano Norge Luis Vera, deseándole una “rápida” recuperación del accidente de tránsito que sufrió recientemente. Sin embargo, poco o nada contribuyen informaciones de este tipo a la hora de tener mayores datos sobre el estado de salud de Castro.
El rumor sobre la muerte de Fidel Castro duró varias horas, pero la bola que genera la inquietud sobre su estado de salud actual ya ha empezado a rodar.

Maestros de la espera


Un artículo mío en Infolatam:
La realidad cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión perdida. El primero de enero de 1959. El día en que el ciudadano se creyó dueño de su destino y terminó encerrado, preso de sus demonios y de los demonios ajenos. La revolución como un dios arbitrario. Un proceso que alentó las esperanzas y los temores de los pobres y la clase media baja; que les dio seguridad para combatir su impotencia y les permitió vengarse de su insignificancia. Que nutrió el sadismo latente en los desposeídos y les brindó la posibilidad de ejercer un pequeño poder ilimitado sobre otros, pero que al mismo tiempo intensificó su masoquismo, al establecer como principio la aniquilación del individuo en el Estado, y vio en ello satisfacción y gozo.
Para leer más, pinche aquí.

lunes, 2 de enero de 2012

No, Joe, hemos perdido


De acuerdo a una información aparecida en el periódico local, a Joe García, ex director ejecutivo de la Fundación Nacional Cubano Americana, le gusta bromear sobre la charla que podría tener hoy con el fallecido Jorge Mas Canosa, fundador de la que en una época fuera una poderosa organización de exiliados anticastristas.
García dice que le diría a Mas Canosa que los gobernantes de Cuba han abandonado su sueño de una utopía igualitaria, y que incluso Fidel Castro había confesado que su modelo de comunismo subtropical “no funciona”.
Siempre citando al diario, García añadiría en su charla imaginaria que Raúl Castro ha permitido a los cubanos iniciar más negocios pequeños, reconocido su derecho a vender casas y vehículos, e incluso ha abrazado inversiones extranjeras en esos íconos del capitalismo: los campos de golf. “Jorge diría de inmediato: ‘Se acabó. ¡Hemos ganado!’ ”, es la conclusión de la broma de un sonriente García.
No, Joe. En realidad, hemos perdido.

domingo, 1 de enero de 2012

El fracaso y la culpa


El 1 de enero de 1959, los intelectuales cubanos despertaron con una noticia alegre que pronto se transformó en amarga: el triunfo de una revolución para la que ―pronto comenzarían a escuchar la reclamación hasta el cansancio― ellos no habían hecho lo suficiente.
A partir de ese día y durante años muchos escritores lucharon ―algunos con honestidad, otros en apariencia― por librarse de una carga que al principio fue culpa existencial y terminó transformada en alabanza, oportunismo y cobardía.
El origen de la culpa hay que buscarlo en el siglo XIX, cuando en la isla un grupo de eminentes intelectuales se destacan por su lucidez y el deseo de evitar que luego de la independencia se repitieran en el país los errores que por entonces ya ocurrían en las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Su labor educativa fue enorme, pero su fracaso político ―no lograr librar a la sociedad cubana de los males que anticiparon― marcó el destino de la nación. La frustración encontró refugio en la idealización emocional: la imagen del poeta combatiente que muere por el futuro del país.
Tras la república, muchos intelectuales entendieron la labor de educar como un ejercicio diario, a través de la prensa, la radio y el libro. Algunos rozaron el poder político o formaron parte de él, otros se sintieron más a gusto en sus bibliotecas. Pero la mayoría limitó su lucha al terreno de la confrontación cívica.
Que el intelectual viera relegado su papel en los aspectos políticos no fue necesariamente una consecuencia negativa. Quizá todo lo contrario. Más allá de la función de conciencia crítica, inherente al acto de creación, la participación de los escritores y artistas en los medios de gobierno ―aún limitada a los aspectos de orientación― no sólo ha resultado en muchos casos errónea, sino incluso contraproducente y hasta peligrosa.
Sin embargo, el fantasma del "fracaso" de los intelectuales cubanos del siglo XIX ―que al principio no habían aprobado la lucha armada como la vía hacia la independencia y terminaron sin poder imponer sus reformas― revivió en la segunda mitad del XX. La aspiración a una evolución y no a una revolución terminó por convertirse en un "error" del que había que renegar a todas luces.
De esta forma, muchos intelectuales cubanos terminaron siendo "más revolucionarios" cuando precisamente lo fueron menos. Marcharon, hicieron guardias y gritaron consignas. Pero demostraron una complacencia mayor que nunca con el poder.
Más allá del debate sobre hasta qué punto se impuso la práctica oportunista y cuándo terminó la voluntad revolucionaria, lo que definió las primeras décadas del proceso revolucionario fue la imposibilidad de que los escritores pudieran escapar del debate político.
No es hasta los años noventa del pasado siglo que se abre en Cuba la posibilidad de definir una labor literaria al margen de la política, y asumir una posición que es tanto un rechazo a la situación en la isla como un establecimiento de jerarquías. Es posible que este orden de prioridades menosprecie aspectos sociales que deben preocupar a todo ciudadano, pero debe ser considerado como una opción del individuo.
Sin embargo, no hay que confundir la labor del escritor con la del político. Un peligro siempre presente en un país donde uno de sus mejores escritores fue a la vez un héroe independentista y ha sido elevado a la santidad nacional, en Cuba y en el exilio.
Responder a esta urgencia hace indispensable plantearse varias preguntas que no tienen una respuesta fácil.
La primera es hasta qué punto el creador debe sacrificar la realización de su obra frente a una situación transitoria. De nuevo el ejemplo de Martí puede resultar contraproducente. La famosa frase del arte a la hoguera no hay que seguirla al pie de la letra. De ser así, Cuba sería un páramo cultural porque siempre han existido razones para el fuego. El grupo Orígenes, tan fructífero en martianos, no siguió las palabras del "Apóstol": más bien hizo todo lo contrario durante toda la tiranía de Batista y en algunos casos y situaciones también tras el primero de enero de 1959: se alejó lo más posible de las llamas.
Otra cuestión es el peligro de la manipulación en cualquier sentido. El argumento no pocas veces usado como justificaciónes que los fines políticos de ambos bandos no dejan de ser medios para alcanzar el poder.
A todo esto se añade que la cultura la hacen los miembros de una comunidad o un país, no un gobierno. Hay que diferenciar entre las acciones individuales y las de un Estado. Apoyar a los mediadores culturales del régimen es otra forma de apoyar al régimen, pero rechazar en bloque a todos los creadores es menospreciar la cultura.
Queda también la necesidad de debatir una situación que no resulta fácil de comprender fuera de Cuba, y cuya capacidad de asimilación comienza a alejarse desde el día en que uno sale de la isla: el ambiente de encierro, frustración y desesperanza en que viven quienes no se marchan.
Las respuestas para algunas de estas preguntas vienen forzadas por las mismas condiciones imperantes en Cuba en la actualidad. El intelectual cubano ―en la isla y el exilio― no está obligado a definir su obra en términos políticos, pero al mismo tiempo no debe eludir su responsabilidad ciudadana. No es un problema político. Es una condición moral.
Fotograma de Historias de la revolución.