lunes, 30 de abril de 2012

Sin un líder


Mientras el anticastrismo tradicional de Miami ve al populismo de izquierda latinoamericano como uno de sus peores enemigos, saluda entusiasmado a  cualquier  movimiento en Europa con iguales características de movilización popular, pero de ideología derechista.
Esta inversión de tácticas y consignas hace que en Miami se alabara a Silvio Berlusconi y en su momento se expresara admiración por el gobierno de los hermanos Kaczynski en Polonia. Esto para no remontarse a décadas atrás, cuando igualmente se mostraba entusiasmo por las dictaduras militares latinoamericanas.
El bolchevismo derechista europeo encontró su aliado natural en el trotskismo neocon norteamericano y ambos fueron vistos en esta ciudad como avanzadas de un futuro, cuando en realidad no eran más que movimientos políticos que se desarrollan en época de crisis social y económica.
Sólo que aquí los vaivenes políticos se ven desde una óptica más tremendista, acorde a una visión que es en esencia totalitaria y que necesita de la presencia de un “hombre fuerte” para manifestarse. Y ese es precisamente uno de los problemas que enfrenta el exilio más derechista de Miami: la falta de un caudillo.
Por supuesto que la otra cara del espejo está representada por la izquierda tradicional, igualmente fanática e irracional, que postula al engendro del  Socialismo del Siglo XXI, en cualquiera de sus variantes en los territorios latinoamericanos, como la solución de los problemas nacionales, lo que no es más que una añoranza de un modelo  caduco.
Precisamente lo que tienen en común los populismos de signos ideológicos opuestos es su carácter reaccionario, que se disfraza de una acción revolucionaria para intentar un retroceso. Pero en Miami se toma partido por el populismo de derecha, no sólo sin criticar a ambos, sino también con una ilusión acorde al viejo deseo de imaginar el futuro de Cuba como una vuelta al pasado.
Lo peor, para ese exilio tradicional de Miami, es que malgasta sus limitadas energías en un ejercicio constante de lamentaciones y resentimientos, cuando en realidad lo que debería hacer, para su beneficio, es enfrentar su principal problema: la dependencia excesiva en factores externos para lograr sus objetivos. Pero desde hace años da la impresión que sólo los caminos más torcidos parecen conducir a un cambio en Cuba.
Lo que resulta muy difícil es dejarse guiar por un enfoque populista y al mismo tiempo carecer de líder. Es por ello que en los próximos meses la campaña electoral por la presidencia de este país podría volverse candente en Miami, sobre todo si el senador Marco Rubio resulta seleccionado para la vicepresidencia. Más allá de otros factores que pudieran influir en la decisión de Mitt Romney y sus asesores, es indiscutible que la popularidad del senador Rubio está en ascenso en todo el país, y desde hacer rato trasciende lo que podría considerarse un fenómeno local. De hecho, cuando en las pasadas elecciones legislativas las televisoras europeas ofrecieron los resultados, uno de los nombres que se destacó en diversos países fue el de Rubio.
Claro que las razones que llevan a que un político sea destacado tanto por la televisión casi siempre no tienen nada que ver con la capacidad, el conocimiento o la dedicación al bien público.
Habrá que ver que pesa más, si el carisma o la experiencia, para citar solo dos factores que seguro se colocarán en la balanza a la hora de tomar una decisión, pero es indiscutible que si Romney aspira a triunfar tiene que hacer lo posible para cambiar los objetivos de su campaña sin modificar en lo esencial su discurso de apariencia conservadora. Es decir, si durante las primarias el electorado blanco y mayor de 50 años llevó la voz cantante en las urnas, se sabe que ello no va a ocurrir en la elección nacional.
Por otra parte, hay un factor que seguramente va a tratar de aprovechar el Partido Republicano, y es que el populismo en este país se ha manifestado con más fuerza en lo que podríamos llamar una derecha tradicional, con el empuje logrado por el movimiento Tea Party. Cómo canalizar esa energía sin llegar a los extremos que lleven al rechazo del electorado medio es el gran reto de los republicanos. Y en este sentido Rubio ha demostrado sagacidad para la tarea. No hay que olvidar que durante la campaña la revista del New York Times le dedicó portada bajo el título “El candidato del Tea Party” y luego el senador ha conseguido guardar las formas al punto de que nadie lo puede acusar de ser un extremista o un fanático.
Por otra parte, Romney y su equipo también tendrán que valorar si compensan o engrandecen algunas de las cualidades que ya de por sí caracterizan al aspirante a la candidatura republicana. De esta manera, esa personalidad “plástica” que adapta su discurso a cualquier auditorio y es más apariencia que contenido ¾algo de lo cual se han percatado muchos conservadores¾, que caracteriza a Romney, ¿será balanceada o aumentada, con alguien similar pero mucho más joven?
De la respuesta a esta pregunta depende en gran parte que muchos exiliados cubanos logren al fin uno de sus sueños, y en el futuro la esperanza de alcanzar la presidencia de Estados Unidos se convierta en algo así como un premio de consolación, al no lograr la de Cuba.

domingo, 29 de abril de 2012

Cultura y política


¿Puede la cultura llegar a ser una rémora de la democracia y el Estado de Derecho? Wolf Lepenies intenta responder a esta pregunta en The Seduction of Culture in German History, y escoge el ejemplo mejor: la Alemania de la época nazi y posterior.
En septiembre de 1939, mientras las tropas de Hitler entraban en Polonia, imponiendo la muerte y el terror a su paso, los berlineses abarrotaban las salas de teatro, los cines y disfrutaban en la Opera Estatal de las presentaciones del Tannhauser y Madama Butterfly. Seis años más tarde, en medio de una ciudad destruida por más de 65,000 toneladas de explosivos y con el Ejército Rojo a las puertas, en una ofensiva en que la Unión Soviética había desplegado dos millones y medio de soldados y más de cuarenta mil piezas de artillería, en una noche de mediados de abril de 1945, esos mismos berlineses ―lo que quedaba de ellos― asistían a una función de la Filarmónica de Berlín, en que se interpretó el Concierto para Violín de Beethoven, la Octava Sinfonía de Bruckner y el final del Crespúsculo de los Dioses de Wagner. Para muchos, era también el fin de más, mucho más que una obra, un concierto o incluso una orquesta, y el Partido Nazi dispuso que a la salida miembros de la Juventud Hitleriana se colocaran con cestas para ofrecer cápsulas de cianuro a la audiencia que abandonaba la sala.
De acuerdo con Lepenies, el libro “describe una actitud intelectual que puede ser observada a través de toda la historia alemana: la sobrevaloración de la cultura a expensas de la política, especialmente en el sentido de la política parlamentaria”. O para decirlo con palabras de Nieetzche, a la hora de elegir entre la cultura y la política, “una vive a cuentas  de la otra, una prospera a expensas de la otra. Todas las grandes eras culturales son eras de decadencia política”.
Este desfase entre política, esta oposición de objetivos, se aplica a casos clásicos como el “Siglo de Oro” en España, pero igualmente está presente en la historia cubana. A lo largo de siglos, los pensadores, escritores y artistas en la isla superan a los políticos. También un empeño marcado, en determinadas figuras, por hacer coincidir ambos destinos. Cuando esto ocurre ―Martí, Martínez Villena― pierde la cultura y la política termina frustrada.
No es hasta el 1 de enero de 1959 que la ejecución política en Cuba adquiere una trascendencia internacional superior a cualquier logro cultural, en cuanto a importancia y nivel de influencia (no se trata ahora de valorarla sino de fijar su alcance), y se abre la posibilidad de un momento en que la cultura, y sus creadores, se beneficien de este alcance internacional. Pero en la curva que describe que la evolución del proceso cubano durante los últimos cincuenta años, la cultura se ha mantenido a la zaga, incapaz tras un período de florecimiento inicial de aprovechar las altas y bajas para destacarse de forma propia.
El refugiarse en la cultura ha sido una característica alemana que los refugiados de la época nazi trasladaron a Estados Unidos. Muchos en este país concibieron lo alemán como una forma de pensamiento, un estado de mente, un aislamiento más que una pasión manifiesta.
En Alemania ocurrió lo mismo en pleno nazismo, y tuvo una repercusión ética. La famosa discusión sobre la responsabilidad del artista en aquellos momentos es aún un debate abierto. Su mejor expresión en el cine es Taking Sides de Istvan Szabo.
“El Holocausto no fue sólo un crimen político, fue también un error moral de una magnitud tal que no puede ser compensado por ningún logro artístico”.
Sin embargo, no hay “logros artísticos” del nazismo, ni en la pintura ni en la literaria ni en la música. La misma utilización de la Filarmónica de Berlín en los actos del Partido Nazi o los conciertos de esta brillante orquesta en fábricas no fueron más que actos de propaganda.
Lo que sí abundó fue una utilización distorsionada, y en la mayoría de los casos malvada, de la cultura. Un buen ejemplo de ello fue la ópera Brundibár, del checo Hans Krasa. La obra cuenta las aventuras de dos niños, que cantan para ganar algún dinero que sirva para curar a su madre enferma. Musicalmente es una mezcla casi sin valor de Debussy, Ravel, Berg y Gershwin. La primera vez que se representó fue en un orfanato judío en Praga, en 1942. Poco después del estreno, Krasa, un judío, fue enviado al campo de concentración de Terezín, considerado la antesala de Auschwitz. Allí fue representada en 55 ocasiones, bajo la dirección de Krasa y con un reparto siempre variable de niños prisioneros. Al terminar la puesta en escena, los nazis escogían entre los pequeños cantantes y mandaban algunos para Auschwitz y el resto quedaba a disposición del próximo espectáculo.

Siempre se estaba preparando un nuevo montaje, porque Terezín era un “campo modelo” y no faltaba una audiencia —que en muchos casos incluía a visitantes enviados por los nazis para mostrarles lo bien que ellos trataban a los prisiones— deseosa de disfrutar de una jornada de música. Nunca faltaron niños tampoco, que sustituyeran a los escogidos.
Hoy Alemania ha adoptado las normas democráticas y no representa amenaza alguna para el mundo. Los monumentos de la cultura alemana permanecen en pie, así como los restos de los campos de concentración. Representan dos mundos distintos, pero también un recuerdo y una advertencia.
Hay también otra lectura a la relación entre cultura y política en la Alemania Nazi, y aparece en el documental The Architecture of Doom, del cineasta de origen suizo Peter Cohen. El filme explora como diferentes tendencias artísticas, rechazadas o mal asimiladas por Hitler, contribuyeron a forjar la estética del Nacional Socialismo, y por lo tanto contribuyeron a los horrores del régimen. Pero más allá inclusive que las intenciones del realizador, lo que The Architecture of Doom acaba demostrando es que la fracasada carrera de Hitler como pintor, sus limitaciones artísticas y sus obsesiones actuaron dentro de un complejo conjunto de factores que permitieron el horror nazi, y que éstas ni su predilección por las óperas de Wagner, la obsesión por la limpieza, sus gustos vegetarianos y el repudio al hábito de fumar pueden esgrimirse más allá de aspectos que caracterizaron una ideología cuyo centro obedeció a motivos de otra índole.
Con un pasado y un presente mucho menos traumático ―y este artículo no busca la comparación entre dos realidades  históricas, sino es un intento de análisis de las siempre complejas y diversas relaciones entre cultura y política―, los intelectuales cubanos, tanto en la isla como fuera de ella, se debaten entre el aislamiento y el comentario público, la grandeza de la cultura y la seducción de la política.
Fotograma de la película Taking Sides.

sábado, 28 de abril de 2012

El valor de la noticia


La posible desaparición de los periódicos impresos, un asunto que se debate cada vez con mayor preocupación en todo el mundo, es algo al parecer muy lejano cuando uno llega al aeropuerto Charles de Gaulle de París. Algunos de los principales diarios europeos y estadounidenses están apilados en un largo mostrador, a la disposición de cualquier pasajero. Basta tomarlos y sentarse a leer y casi todo el mundo lo hace. Sin embargo, esta imagen no debe engañar. Quienes viajan no representan una muestra significativa y la crisis es real y presente. Lo malo no es sólo el problema. Lo peor, en muchos casos, son las soluciones. Basta leer un periódico como el Financial Times, para encontrar un rigor que, cada vez más, tiende a estar ausente de un buen número de publicaciones estadounidenses, las cuales han confundido la búsqueda de lectores con el facilismo y la complacencia. En cierta medida, el origen del problema que confrontan muchos diarios en Estados Unidos no está en una crisis del periodismo sino en lo contrario. La cantidad de información que se lee a diario es mayor que nunca. Sólo que por una parte ha cambiado la forma en que ésta se lee, y por la otra se ha afianzado el criterio de adquirirla de forma gratuita. En ambos casos, se trata de fenómenos derivados de la existencia del internet. Por supuesto que éste no todo el problema, ya que no se puede pasar por alto la disminución de los ingresos por publicidad, algo que ha ocurrido no sólo por el creciente uso del internet, sino además por la crisis mundial. Las que sí están en crisis son las organizaciones periodísticas, dominadas en la actualidad por contadores públicos, accionistas y ejecutivos que durante años, y con una mentalidad no superior a la de los vendedores de baratijas, hicieron todo lo posible por sacar más invirtiendo menos, mientras diversificaban sus ganancias —en los mejores momentos bastantes elevadas— en sectores ajenos al ramo. Lo que está en peligro es la función social de la prensa, como órgano de vigilancia y denuncia: la existencia de reportajes e investigaciones de fondo que descubren casos de corrupción, violaciones de derechos y situaciones críticas. El problema es que en este tipo de labor, la relación costo/ganancia no está a la altura de las exigencias del mercado de inversiones. Estas exigencias pueden ser catalogadas como eficiencia, productividad o avaricia, pero en cualquier caso se miden de forma similar, y es en los términos de los resultados inmediatos. Al final, lo que cada vez se impone con mayor fuerza es la fórmula de sacar más con menos. Resulta imposible en estar circunstancias intentar ofrecer un producto cercano a la excelencia, pero en la práctica también importa poco. La calidad se ha sustituido por ofrecer una satisfacción instantánea: dirigirse a un supuesto lector que se conforma con poco, siempre que ese poco no lo saque de su rutina y le refuerce sus creencias y opiniones. De esta forma, el periodista se convierte en curandero. Por supuesto que hay algunos puntos fundamentales que no pueden eludirse, o de lo contrario la discusión se puede tornar hipócrita. En la actualidad es ilusoria la afirmación de que determinado periódico se debe sólo a sus lectores, cuando hay una junta de accionistas que determina el tipo de ejecutivos que coloca al frente de la empresa. El modelo reducido a un propietario o familia propietaria (más o menos ignorante, siempre rico) que se enfrentaba o apoyaba al director del diario, quien estaba encargado de trazar el difícil y justo equilibrio entre la ganancia, la integridad, la denuncia y la información valiosa, es ahora sólo parte de la trama de las viejas películas que se ven después de medianoche por televisión. Tampoco se pueden equiparar el Estado con las instituciones no lucrativas, que particularmente en Estados Unidos forman parte de la sociedad civil, encargada de funciones y objetivos que en otros países son cumplimentados en gran parte por organizaciones estatales. No hay duda que la tendencia actual —sin freno hasta el momento— representa un mayor peligro para la prensa que cualquier plan de ayuda, ya sea por parte del Estado o de organizaciones no lucrativas privadas. Desde los grandes periódicos para abajo, el recurso más socorrido en este país ha sido y sigue siendo el cerrar las oficinas en el extranjero, reducir el número de corresponsales y colaboradores en otros países, cortar páginas y secciones, suprimir servicios cablegráficos y de fotografías y despedir editores, redactores e investigadores. Este círculo vicioso sólo contribuye a que en general los periódicos sean cada vez más malos, se compren menos y se produzcan menos reportajes investigativos, para beneficio de políticos y empresarios corruptos.
Quiosco de periódicos de París en esta foto de archivo.

viernes, 27 de abril de 2012

Literatura e historia en Cabrera Infante (I)


A partir de la publicación en 1963 de Un oficio del siglo XX, la obra de Guillermo Cabrera Infante busca siempre superar la contradicción entre realidad y ficción, no mediante la recreación de un mundo desaparecido —La Habana anterior a 1959 y durante los primeros años de la revolución— sino inventando otro propio donde la palabra rige soberana; edificando una realidad que el autor desarrolla y fundamenta en similitudes que busca de forma obsesiva, para unir fragmentos que aparecen y reaparecen conformando un ciclo narrativo único en la literatura cubana. Un cuerpo literario presentado bajo formas diferentes desde el punto de vista formal, pero que se unen de acuerdo al objetivo de lograr que el lector siempre participe de esta construcción, según el orden otorgado a cada palabra, cada fragmento y capítulo; auxiliado por la memoria y guiado por las diversas claves que debe y tiene que descifrar para disfrutar a plenitud de la lectura.
Una lectura —y aquí aparece una de las características que permiten afirmar su carácter único dentro de la narrativa de la Isla— que es necesario emprender con el dominio de al menos dos idiomas (español e inglés), y en algunos casos sin poder prescindir del francés. No solo por la presencia de algunos trabajos escritos originalmente en inglés, sino porque las versiones al inglés y francés de sus libros más importantes constituyen verdaderas variaciones, sin las cuales no se puede apreciar a plenitud el esfuerzo por desarrollar una narrativa que rompió demasiadas barreras para limitarla a un esfuerzo vanguardista o al empleo de otros idiomas cuando no encontraba en el español los medios de expresión necesarios.
Aunque los recursos utilizados por Cabrera Infante —la música popular cubana, la parodia, el juego de palabras y los propios del cine, del comic y la novela negra entre otros— han sido descritos en más de un ensayo y comentados en multitud de entrevistas, queda por desarrollar un análisis global que abarque la totalidad de su narrativa, misión imposible hasta que concluya la publicación de textos que han quedado inéditos tras su muerte, y que felizmente al parecer se irán incorporando a la edición de sus Obras Completas. El punto de partida de este análisis debe ser el desechar la división superficial entre un Cabrera Infante crítico de cine, otro periodista y un tercero narrador.
Un primer paso en esta dirección lo dio Enrico Mario Santí, al señalar que Cabrera Infante no fue un pensador político como Octavio Paz, sino un narrador político. En igual sentido G. Caín, en Un oficio del siglo XX se niega a “hacer estética” y le dice a su alter ego: “Deja eso a Bazin y a Boileau y a Buffon”. Será luego Cabrera Infante quien afirme en una entrevista que lo que menos le interesaba del libro eran las críticas o “crónica” de cada película —es decir las opiniones cinematográficas—, y que éste podía leerse como si fuera una novela.
Esta imposibilidad de separar no solo la realidad de la ficción, sino incluso la ficción de la no ficción, está presente en su libro más político. La primera edición de Mea Cuba (Plaza & Janés Editores/Cambio16) incluye la sección Vidas para leerlas, que van más allá del testimonio y la biografía de un grupo de escritores cubanos, y pueden ser consideradas recreaciones literarias en que los autores aparecen tratados como personajes. Si bien luego en las posteriores ediciones de Alfaguara esta parte del libro se desprendió y adquirió categoría propia, volvió a estar incluida en la edición estadounidense de la obra, realizada por Farrar Straus Giroux.
“Nadie me considera un escritor político ni yo me considero un político”, dice Cabrera Infante en la misma Mea Cuba, y justifica sus trabajos como una “actividad ética”.
Una y otra vez repetirá que en sus obras narrativas fundamentales no hay referencia alguna a la política, pero ésta lo persiguió siempre, y la necesidad de enfrentar el problema desde el punto de vista literario es una de las claves aún por descifrar. Antes hay que volver a repasar los otros temas que dominaron su narrativa.

Desencanto y amor
La mayoría de las obras literarias de Cabrera Infante —Así en la paz como en la guerra (1960), Tres tristes tigres (1967), La Habana para un Infante difunto (1979) y Delito por bailar el chachachá (1995)— fueron tablas de salvación diversas y dispersas, en las cuales se evoca el amor, y en las que las situaciones aparecen envueltas bajo el disfraz del juego, la burla y la ironía, pero donde nunca desaparece —es más, en ocasiones resulta preponderante— un sentido agónico, latente o pronunciado, que por momentos deja un sabor más amargo y más seco que una misa de difuntos sin música. Por ejemplo, un desengaño que en Delito por bailar el chachachá comienza siendo amoroso en los dos primeros relatos del libro, termina siendo político en el último.
Narraciones unidas bajo varios denominadores comunes —la música popular, La Habana, las mujeres— no solo resultan importantes por la calidad literaria de los textos, sino por ejemplificar lo que hay de común en las obras de un escritor que siempre quiere ser distinto y a la vez único.
Los relatos reunidos en la compilación Todo está hecho con espejos (1999) —y que no forman parte de los libros mencionados— no hacen más que confirmar esta regla. Se apartan de esta normativa los textos breves agrupados en Vista del amanecer en el trópico (1974), cuya importancia obliga a tratarlos en detalle más adelante.
Lo que tienen en común el narrador de La Habana para un Infante difunto, el alter ego Silvestre de algunos de los cuentos de Así en la paz como en la guerra, el personaje de igual nombre de Tres tristes tigres y el protagonista de dos de los relatos de Delito por bailar el chachachá es que al tiempo que busca la felicidad a través de una relación sentimental duradera, teme alcanzarla. No puede vivir sin las mujeres, pero a la vez no puede vivir con ellas. El cinismo no hace más que ocultar una debilidad romántica.
Este empeño por momentos neurótico no puede existir sin estar dominado por pasiones insatisfechas, donde el amor, la locura y la pérdida aparecen enmascarados en un juego verbal que los parodia pero no logra ocultarlos. El sentimiento trágico de la vida convertido en su sentimiento cómico, siempre empecinado en ocultar la verdad: “María Cristina me quiere gobernar”. ¿Me quiere gobernar? Me gobierna. Lo que pasa es que no quiero que lo digan. Que lo sepan.
La relación con las mujeres es similar, en otro plano, a la relación del autor con La Habana. La parodia de Cabrera Infante al célebre verso martiano: “Dos patrias tengo yo: La Habana y la noche” es también: Dos mujeres tengo  yo, una es La Habana. Es esencial en este sentido aclarar que los libros de Cabrera Infante no son, como muchos confunden, evocaciones de un pasado, sino reconstrucciones verbales, creaciones literarias. Alguien que sabe que “la nostalgia es la puta del recuerdo. Siempre hay que pagarle por sus favores” no es presa nunca de sentimentalismos fáciles.

La historia sin H
Durante años Cabrera Infante se negó a la reedición de Así en la paz como en la guerra. No tenía nada en contra de la mayoría de los relatos que formaban el libro, sino contra el libro mismo, hecho “bajo la influencia perversa de Sartre y su idea de que el escritor no solo debe escribir sobre un momento de la Historia (como Marx él siempre ponía la palabra en mayúscula), sino también comentarla en su escritura”. El repudio a este punto de vista lo llevó a reescribir y cambiar de título a Tres tristes tigres, ganador del Premio Biblioteca Breve en 1964. El título original y las viñetas que acompañaban a Tres tristes tigres pasaron a formar parte de Vista del amanecer en el trópico.
Si Tres tristes tigres trata sobre la amistad y la traición y La Habana para un Infante difunto es sobre el amor y la búsqueda de la felicidad en medio de la soledad, ambas tienen en común el triunfo del desengaño; algo que —como ya se señaló— también ocurre en Delito por bailar el chachachá.
En Vista del amanecer en el trópico, el desengaño adquiere carta de nacionalidad: la tragedia de la Isla es que siempre ha imperado en ella la violencia. La literatura debe olvidar la política, pero todo político aspira a la Historia, a trascender la vida cotidiana y convertirla en una eternidad.
Desde la ironía del título, Vista del amanecer en el trópico no aspira a otra cosa que a quitarle la mayúscula a la palabra Historia. A primera vista parece una recreación literaria de la historia de Cuba, pero es más que eso. Integrado a partir de las viñetas de la época de la insurrección contra Batista, el recorrido que se inicia con el surgimiento de las islas y culmina con el régimen de Fidel Castro omite nombres y fechas y acumula situaciones que ejemplifican una actuación malvada por parte de muchos de los participantes de las viñetas. Aquí la misión del escritor no es mostrar el mundo que le ha tocado vivir, ni tampoco recrear el pasado ni imaginar el futuro. La historia queda reducida al chisme y al incidente fortuito, rebajada de categoría.
Para lograr su objetivo, Cabrera Infante recurre a libros de historia, grabados, fotografía y narraciones. Pero a la vez que despoja de sublimidad a las batallas y de brillo a los héroes, su narración no deja de humanizar a los personajes, algunos de los cuales ya estaban convertidos en sus enemigos políticos en el momento de la publicación de este libro. Lo que pierde la historia lo ganan los hombres. No deja de resultar significativo que varias de las viñetas de mayor calidad literaria son precisamente las referidas a la lucha contra Batista.
Vista del amanecer en el trópico — uno de los mejores libros de Cabrera Infante—  está dividido de forma natural por una viñeta que no es tal, sino en realidad un cuento, donde un mulato desafía temerariamente al poder, en este caso el ejército batistiano, desde la ironía y la burla. La profesora y ensañista Nivia Montenegro considera que el personaje del mulato representa al escritor y simboliza al cubano. Me parece que es la clave para entender la vision ironica de la historia que tenía Cabrera Infante, una persona y un autor donde hay que hacer una distinción que quizá sea más fácil establecer en inglés, entre los conceptos de fun y joy.
Cabrera Infante trataba de ser funny en ocasiones, pero siempre fue una persona triste. El concepto de alegría, por otra parte, implica una concepción religiosa, la felicidad. Al triunfo del 1 de enero de 1959 se habló de que Fidel Castro y los rebeldes habían devuelto la alegria al pueblo de Cuba, pero poco después se vió que la revolución empezaba a eliminar la diversión. De hecho, la diversión se volvió algo negativo, “pecaminoso” si queremos emplear términos de la Iglesia. Ese fue precisamente uno de los problemas con el documental PM, que mostraba a la gente divirtiéndose, mientras el concepto revolucionario era, por ejemplo, estar alegre mientras se realizaba trabajo voluntario. Mientras que el mulato del cuento es todo lo contrario, una especie de juglar ¾al decir de Montenegro- que se burla de autoridad.
En este sentido un aspecto a destacar en Vista del amanecer en el trópico son las diferencias entre las fuentes visuales y las sonoras, en particular entre el papel de las fotografias y la canción del mulato o el testimonio de la madre al final. Las fotos permiten un distanciamiento mayor, y que por otra parte dan pie a algunos de los mejores textos desde el punto de vista literario.
Al parecer Cabrera Infante pensó en algún momento dar una visión más amplia al libro, presentar un concepto de la Historia que trascendiera a Cuba. Eso, y la calidad literaria del texto, podría explicar la permanencia de una viñeta se refiere a la famosa foto de Capa durante la guerra civil española. Por otra parte, en los archivos de la Universidad de Princeton hay otras inéditas, entre ellas una referida a la guerra civil de Estados Unidos. Solo agregar que las ediciones en otros idiomas de Vista del amanecer en el trópico — la inglesa, la norteamericana y la francesa—  difieren en la cifra de textos contenidos.

De nuevo la historia
Otra vuelta a la rueda de la historia, incluso más personal, que en parte permaneció inédita hasta la publicación póstuma de Cuerpos Divinos, tiene que ver con la participación de Cabrera Infante en la lucha contra la dictadura de Batista ¾unas pocas viñetas de Vista del amanecer en el trópico adelataban algunos hechos, pero mediante una vinculación anónima¾  e incluso hay una experiencia posterior, que expande su frustración y rechazo ante a la situación imperante a los pocos años de triunfo del régimen castrista. Un libro fue escrito como testimonio de lo que vio al regresar a la Isla para asistir a los funerales de su madre. Su publicación fue demorada por diversos motivos en vida del autor, desde el temor a las posibles represalias que pudieran sufrir algunos de los personajes incluidos, aún viviendo en Cuba, hasta la necesidad de encontrar el tono justo que lo librara de sentimentalismos. En un principio se llamó Itaca vuelta visitar. No “Itaca vuelta a visitar”, para así dar la idea de volver, pero también de ciclo, de algo que comienza y termina en el mismo punto. Ahora se llama Mapa hecho por un espía.

El libro de una vida
Mallarmé decía que se vive una vida solo para terminar en un libro. Ese libro en Cabrera Infante puede que sea Tres Tristes Tigres, pero durante décadas sus lectores estuvieron a la espera de una obra cumbre, siempre anunciada y siempre pospuesta. Cuerpos divinos era una especie de mito, una eterna referencia en las entrevistas al escritor y un desfile de excusas para justificar su demora en darlo a la imprenta. Esa demora siempre alimentó la esperanza de encontrar allí la solución literaria a la reticencia del autor por incluir la política como parte de su narrativa, al tiempo de verse imposibilitado de prescindir de ella.
Para amparar esa esperanza, resultaba significativo que la narración Delito por bailar el chachachá —uno de los cuentos de Cabrera Infante donde está más presente la política— se anunciara en una época el primer capítulo o prólogo de Cuerpos divinos (después Cabrera Infante se encargó de negarlo). Entre las contadas referencias dadas por el escritor sobre esta “novela” (palabra que siempre rechazaba emplear para referirse a sus obras mayores), estaban que la narración transcurría entre fechas muy precisas: el 13 de marzo de 1957 y una semana de octubre de 1962. El fracaso del asalto al palacio presidencial convierte al movimiento insurreccional de Castro en la fuerza decisiva para el derrocamiento de Batista y la culminación de la  Crisis de Octubre garantiza la supervivencia del régimen con respecto a la amenaza de Estados Unidos.
Este trabajo aparece en la edición de Cubencuentro del viernes 27 de abril de 2012. La segunda parte de este artículo aparecerá próximamente.

lunes, 23 de abril de 2012

La ilusión de la impotencia


Entre la denuncia de actos represivos y el anuncio de planes o propuestas de unidad transita el estancamiento del movimiento disidente en Cuba. Muchas denuncias tienen que ver con actos y acciones ocurridos en el oriente de la isla. Por lo general, estas informaciones no pueden ser verificadas de forma independiente y los reporteros de las agencias de prensa extranjeras no muestran el menor interés en investigarlas o se ven impedidos de hacerlo.
Tras la liberación de los presos políticos, se ha creado un doble rasero a la hora de cubrir estos hechos. Lo que ocurre en oriente no llega a los cables, y en La Habana sucede bien poco. Todo ello crea una zona de incertidumbre, donde la impunidad de los agentes del régimen podría estar dada, en buena medida, por su lejanía de los centros del poder o incluso su aislamiento. Sin embargo, cabe también la duda de si esos hechos que se denuncian nos llegan en versiones exageradas, incompletas o incorrectas.
Nada de esto impide considerar que la esencia del gobierno cubano se define por su capacidad represora. Lo que se trata es de buscar cierta objetividad en la información, una tarea bastante difícil. La Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN) registró en el mes de marzo más 1,150 detenciones de opositores, la cifra más alta de la que se tiene constancia en los últimos cincuenta años. “En marzo de 2012 verificamos al menos 1,158 detenciones arbitrarias por razones políticas, el número más alto para un mes en las últimas cinco décadas, sólo comparable con las grandes redadas realizadas en todo el país en abril de 1961, a raíz de la invasión por Bahía de Cochinos”, destaca un documento de la organización.
Tan solo en el primer trimestre de este año se documentaron un total de 2,393 detenciones contra opositores y activistas de derechos humanos, una cifra que supera los 2,074 arrestos ocurridos en todo el año 2010. Más de la mitad de los arrestos de disidentes se produjeron pocos días antes y durante la visita de Benedicto XVI. Algunas eran “reclusiones domiciliarias extrajudiciales bajo custodia de agentes policiales y parapoliciales”, agrega el documento.
Uno de los problemas que enfrenta la disidencia es que la táctica represiva puesta en práctica por el gobierno de Raúl Castro resulta muy eficiente a la hora de implantar el terror: reprimir de forma limitada, solo lo necesario, pero al mismo tiempo no permitir que se olvide o se pierda el miedo.
A la vez, a la hora de la denuncia, queda clara la naturaleza abusiva del régimen, pero lo ocurrido no logra despertar una alarma internacional o desencadenar una activa repulsa mundial.
La cualidad represiva del régimen queda amparada tras la búsqueda de cuantificaciones: ¿cuántos muertos, cuántos desaparecidos, cuántos torturados? Y salen a relucir los casos de nutridas manifestaciones dispersadas a balazos, chorros de agua o bastonazos de los destacamentos antimotines en cualquier lugar del mundo.
Esa vendría a ser la mitad de la ecuación. La otra mitad radica en la existencia de horizontes alternativos, que hace que todo cubano lo piense dos veces, y hasta cuatro y cinco, antes de unirse a un grupo disidente.
Para neutralizar o acabar con sus enemigos, el régimen castrista nunca ha dudado en ejercer la represión, pero también ha desarrollado hábilmente la práctica de dejar abierta una puerta de escape a los opositores —siempre que existiera esa posibilidad— y de anticiparse a las situaciones límites. La alternativa entre la cárcel y el esperar la oportunidad de partir hacia Miami u otro país define desde hace décadas la realidad cubana.
El 17 de abril pasado Ernesto Hernández Busto escribió un artículo en su blog, Penúltimos días, en que destacaba “la profunda brecha entre cubanos con intereses diferentes frente a la perspectiva de un cambio radical, y del inevitable precio que éste implica”.
Se trata de una característica que en buena medida define a la sociedad cubana. Frente a la evolución del movimiento opositor, de una disidencia tradicional e ilustrada ―y cuyos líderes superaban los 50 años de edad― a un grupo menos encerrado en categorías, embriones de partidos políticos y organizaciones de nombres presuntuosos, el enfoque represivo del régimen continua similar al patrón reafirmado con violencia en la primavera de 2003.
Los cambios que ha experimentado ese enfoque han sido más bien de adecuación de un modelo ⎯mientras mantiene intacta su esencia⎯, que es castigar con dureza cualquier acción que considere va en detrimento de “la independencia del Estado cubano´´ así como de la ´´ integridad de su territorio”.
Si bien no puede negarse que en la actualidad el régimen es más permisivo en actividades de denuncia o periodismo independiente ⎯labores que llevaron al encarcelamiento de muchos opositores en 2003⎯ mantiene la barrera de impedir que llegue “a la calle” cualquier manifestación de crítica o rechazo, por leve que sea.
¿Existe una salida democrática en el caso de Cuba? La efectividad de la represión y el peso de la indolencia en la isla hacen que no se vislumbre en el movimiento disidente.
Desde el exilio, la única posible parece radicar en una apuesta hacia un futuro incierto, determinado por la muerte de los hermanos Castro, lo que puede ocurrir en uno, cinco, diez o más años. Entregar el destino del país a la biología no deja de ser la ilusión de la impotencia.
Fotografía: leyendo una información sobre uno de tantos encuentros entre Fidel Castro, Raúl y Hugo Chávez.

domingo, 15 de abril de 2012

Alarcón y la emigración


El tema migratorio ha sido “la noticia” dentro de una entrevista realizada por Salim Lamrani a Ricardo Alarcón. El presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular en Cuba no dice nada nuevo al respecto y se sabe que estaba frente a un entrevistador nada hostil sino todo lo contario. Sin embargo, la difusión inmediata que tuvo el texto dado a conocer el viernes pasado ⎯una versión en inglés, publicada el 31 de marzo en el Huffington Post fue apenas conocida¬⎯ evidencia una vez más la importancia del asunto. Puede afirmarse, en este sentido, que la entrevista de Lamrani actúa no sólo como fuente de información, sino también como globo de sondeo.
Lo importante aquí, más allá del hecho de que las agencias de prensa pasaran por alto este aspecto de la entrevista, es que la rápida divulgación de “la noticia” no hace más que reflejar lo candente del tema, y, sobre todo, que Alarcón escogiera a un profesor de la Sorbona, amigo del régimen cubano pero que vive alejado de los principales centros de residencia del exilio, para hablar con algún detalle del asunto. Esto es marcar distancia, no con el exilio de Miami que lo rechaza, sino con el que lo apoya.
Dice Alarcón que el gobierno cubano estudia “una reforma migratoria radical y profunda en los próximos meses con el fin de eliminar” la restricción que obliga a renovar el permiso de permanencia en el exterior , a quienes viven en el extranjero por más de once meses.
Esto es un cambio significativo, si se produce. Un gesto positivo por parte del régimen. Sin embargo, la reforma migratoria ⎯esperada, pospuesta y vuelta a anunciar ahora por Alarcón⎯ debe abarcar mucho más que eso, y en este punto es donde se inician las incógnitas. Como el gobierno cubano ha sido cuidadoso en no hablar claro al respecto, lo que queda son las especulaciones (por supuesto que esta columna no es ajena a ellas).
Hay tres zonas en las que, de una manera u otra, influirá la reforma migratoria.
Una es la llamada diáspora, formada por cubanos residentes en distintos países, sobre todo en Europa.
Otra son los residentes en la isla, cuya gama de problemas va desde un permiso de salida hasta el reconocimiento de una doble ciudadanía o la aceptación de renuncia a la nacionalidad cubana. Aquí también entra el problema de los graduados universitarios que desean abandonar el país, particularmente los médicos, pero es de esperar que la nueva ley no se limite a este grupo. Para esta zona, hasta el momento las esperanzas deben limitarse a que se produzcan cambios en que el potencial económico del futuro inmigrante ⎯temporal o definitivo⎯ pese más que algunos motivos políticos, pero no todos.
El tercero es el exilio de Miami, donde desde años se habla de una evolución que no se materializa en las urnas ⎯los políticos favorables a la línea más dura frente a La Habana continúan siendo los elegidos⎯ pero sí en otras conductas que unas tres décadas atrás eran rechazadas con mayor fuerza que en la actualidad. Es decir, viajes y envíos de remesas sin limitaciones y asistencia a conciertos de artistas procedentes de la isla.
Así que las consecuencias serían amplias para los cubanos que viven por todo el mundo, pero con una profundidad diferente. Por ejemplo, para el cubano que reside en Europa sería la posibilidad de permanecer fuera de Cuba por más tiempo o indefinidamente, sin el engorro y el gasto de la renovación de un permiso. Pero para quienes están en Miami, una reforma migratorio anunciada en los términos que habla Alarcón constituiría el primer paso hacia la formación del marco legal necesario para una participación económica decisiva en Cuba. No estamos hablando ya de remesas o de viajes frecuentes. Una revisión de esta índole, tanto estabiliza como hace legal el regreso a la isla de ancianos retirados en Estados Unidos ⎯algo que ya existe pero de forma limitada⎯, al tiempo que abre el camino a una inmigración temporal estilo México y a reformas de otro tipo, entre ellas la posible inversión de capital de cubanoamericanos en la isla.
Lo fundamental aquí, por parte del gobierno cubano, es asumir una posición que considera démodé al exilio histórico y combativo⎯como terminó ocurriendo con el exilio ruso en París⎯, al valorar que esta combatividad se limita a una vocinglería ocasional. Al respecto, la única espina que le quedaría a La Habana son los legisladores cubanoamericanos.
Afirma Alarcón: “Ahora, la comunidad cubana en el exterior constituye el segundo grupo de personas en orden de importancia que viaja a Cuba anualmente. Cerca de medio millón de cubanos instalados fuera de nuestras fronteras nos visitan cada año. La inmensa mayoría de la emigración cubana tiene una relación normal con su patria de origen”.
Es decir, el inmigrante como fuente de ingresos para el país de origen.
El exilio de Miami ya no se dividiría entre quienes rechazan y quienes aceptan al régimen cubano. Ese otro sector del exilio, que no combate pero tampoco comparte, empezaría a contar como un poder económico importante.
De la entrevista de Alarcón se desprende que La Habana comienza a apostar por un triunfo electoral de Obama y lanza de nuevo la pelota a Washington: ¿Qué van a decir ahora los que apoyan la llamada Ley de Ajuste Cubano?
Esta es mi columna semanal, que saldrá publicada el lunes en El Nuevo Herald. Aunque no suelo hacer este tipo de aclaración, en este caso me parece necesario. Entrego mis columnas el viernes por la tarde, aunque aparecen publicadas el lunes. Este es un procedimiento normal en cualquier periódico. Con ello quiero simplemente aclarar que este artículo fue escrito antes de que apareciera la última "Reflexión" de Fidel Castro, en que éste se refiere a la Cumbre de las Américas y a Obama.

domingo, 8 de abril de 2012

Reivindicación del burócrata


El burócrata es culpable de gran parte de los males que afectan a la economía cubana, según Raúl Castro. La burocracia limita que la “actualización” del supuesto modelo socialista cubano avance con mayor prontitud. Eso es lo que se desprende de los pocos discursos del gobernante, pero sobre todo de la prensa oficial de la isla. Pero cabe preguntarse cuánto beneficia al país, e incluso al propio régimen ⎯más allá de tener a mano un socorrido chivo expiatorio⎯ esta apelación constante a un culpable que, en última instancia, ni siquiera existe como tal.
La famosa lucha contra el burocratismo es un cuento de décadas en Cuba. Incluso mereció una película en 1966. Un recurso muy conveniente en manos de Fidel Castro, que siempre estableció una dualidad deforme a la hora de abordar el asunto: mientras que para alcanzar cualquier cargo público ⎯incluso el de cuidador del farol de la esquina⎯ se exigían una serie de requisitos políticos, a la hora de juzgar al funcionario éste aparecía como un extraño sujeto ajeno al aparato político. La figura de servidor público, lo que es en realidad un burócrata, no existía en la isla ⎯y parece que aún no han llegado a la comprensión de este concepto⎯ y todo se limitaba a mencionar al “compañero” cuando estaba en buenas y al “burócrata” cuando le tocaba la mala.
Este tratamiento resultaba esencial en Fidel Castro, por su afán de gobernar desde el caos, pero ahora que Raúl lleva unos cuantos años ya al mando, poco se ha hecho para revertir el problema, aunque en principio el ideal del actual mandatario es establecer un sistema eficiente de control y mando.
El problema para Raúl es que tanto el limitado sector privado como el amplio sector de economía estatal están en manos de personas que conspiran contra esa eficiencia por razones de supervivencia. La fragilidad de un aparente socialismo de mercado radica en que su sector privado, si bien en parte está regulado por el mercado, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático. Por su parte, este control burocrático lleva a cabo muchas de sus decisiones a partir de factores extraeconómicos: políticos e ideológicos principalmente, en el caso de Cuba.
Una solución parcial a este dilema sería aumentar el papel del mercado y concederle mayor espacio a las actividades legales, de forma legal y dejando la vía abierta a la competencia y la iniciativa individual. Sólo que entonces, el éxito en el mercado tendría un valor superior a la burocracia. Esto es lo que algunos temen en la isla y otros ansían. En la lucha entre estas dos fuerzas se decide en gran parte el futuro del país.
Sin embargo, uno de los errores del régimen cubano es no admitir de forma amplia y pública la renuncia al ideal político a la hora de administrar el país, y devolver al concepto de burocracia la acepción que le daba Max Weber, al considerar que en los estados modernos existen dos tipos de funcionarios: los administrativos y los políticos. El funcionario burocrático debe desempeñar sus tareas de manera imparcial, mientras que el dirigente político debe tomar partido y mostrarse apasionado.
Una "rutinización" de la política convierte a las resoluciones de gobierno, en lo que se refiere a la mayor parte de los asuntos de administración nacional, en decisiones de rutina administrativa, que se llevan a cabo de acuerdo a patrones establecidos, los cuales cumple un funcionario de forma burocrática, y que son fundamentalmente ajenos a las demandas de la acción política. De esta forma, un político se reduce a un administrador que gobierna con honradez un país, un estado o una ciudad, y que se limita a cumplir con eficiencia un horario normal de trabajo y luego se retira a la tranquilidad del hogar como un ciudadano cualquiera. En la vida diaria, el protagonismo político pierde grandeza, se transforma en actividad cotidiana. farsa de feria pero no por ello deja de implicar una acción desafortunada.
Nada más lejos de ese ideal que la actual situación cubana y la forma en que Raúl Castro dirige su gabinete. El caudillismo mesiánico de Fidel Castro ha sido sustituido por el compadraje.
Si Hannah Arendt se refería a la banalización del mal, en el sentido de que quienes enviaron a morir a millones de judíos no fueron entes diabólicos de existencia única sino simples funcionarios, también podemos hablar de una banalidad del poder, que se da a menudo en quien tiene un cargo y lo desempeña de forma autoritaria e inescrupulosa, sometiendo a quienes le rodean a un pequeño reino del terror.
El caudillismo constituyó uno de los fundamentos ideológicos del régimen de Fidel Castro y de la actitud "militante y combativa" exigida a sus ciudadanos. Con Raúl este caudillismo se ha transformado parcialmente en la mentalidad de patrono inmisericorde, que rige la conducta de los tantos que desempeñan puestos administrativos en instancias gubernamentales y empresas. Pero en todos los casos, del control de un país a la gerencia de una fritería, el poder aún se ejerce de forma caprichosa y personal. El barniz autoritario, que busca sustituir el totalitarismo y permite ciertos espacios de mayor libertad económica, no puede desprenderse de la irracionalidad que impide gobernar de forma imparcial. No es que en Cuba existan muchos burócratas ⎯como lo dijo Fidel y lo repite Raúl⎯, sino que el país carece de ellos. No se trata de una cuestión retórica ni de un aspecto sociológico. Es una prueba más de la ignorancia de quienes gobiernan la isla.

domingo, 1 de abril de 2012

Cuba: la nueva y vieja represión


Un joven sale de su casa, a comprar cigarrillos a la esquina, y un auto policial se le acerca, lo detienen y por 24 horas permanece en el calabozo, sin causa alguna en su contra, solo para dar tiempo de que termine la visita papal. Transcurrido ese tiempo lo ponen en libertad. Sacan a un hombre de la plaza donde Benedicto XVI está a punto de comenzar una misa en Santiago de Cuba, por gritar “Abajo el comunismo”, y mientras es llevado fuera del lugar varias supuestos feligreses lo golpean con impunidad. Alguien que viste una guayabera blanca le da un golpe en la cabeza y sique allí de pie, impune, como si simplemente lo hubiera saludado. Un miembro de la Cruz Roja no sólo le da en la cara, sino que también lo agrede con la camilla, un objeto cuyo destino es trasladar heridos o enfermos, no servir como arma agresora. Del totalitarismo de Fidel Castro al autoritarismo de Raúl, la represión en Cuba está tornándose caótica y amenaza con volverse incontrolada.
No es que la agresión impune no se ejerciera en la isla con anterioridad, pero por lo general se recurría a ella en momentos de crisis, como durante el éxodo del Mariel. Ahora la crisis se ha vuelto permanente y ese sector soez de la población, donde el lumpen proletario ha recibido carnet de represor, y al resentido y envidioso le han dado carta libre para desahogar su frustración, ha sido seleccionado para llevar a cabo el trabajo sucio, ese donde la represión es más burda ⎯el golpe, el insulto y la humillación⎯ y visible.
Asistimos a una táctica con al menos dos objetivos claros: amedrentar y limpiarse las manos. Raúl Castro quiere mantener a las fuerzas armadas fuera del ejercicio cotidiano de amedrentar a la población, al tiempo que convierte al terror en una práctica cotidiana, pero sin una institucionalización aparente. Así el aparato coercitivo del gobierno se presenta como una institución protectora que garantiza el orden y no como una maquinaria destinada a crear miedo y hasta pánico. Por ejemplo, la policía y las fuerzas de seguridad están para proteger a las Damas de Blanco de la ira del pueblo. Los opositores no son sancionados con largas condenas ⎯a no ser que traspasen ciertas barreras, tras varias advertencias⎯ sino amenazados constantemente, detenidos unos pocos días, “desaparecidos” por unas cuantas horas.
Uno de los problemas con este tipo de tácticas ⎯más allá, por supuesto, de la condena elemental⎯ es que llega el momento en que se torna difícil de controlar.
Esa mujer que insulta y araña, ese hombre que sale con una cabilla en un cartucho, aquellos que forman parte de las turbas que agreden a varios ciudadanos indefensos que realizan una protesta pacífica, constituyen un grupo hetereogéno, al que aparentemente se controla fácilmente por medio de esos mismos mecanismos de terror, con pequeñas prebendas, algún que otro beneficio monetario o emocional y alimentando sus frustraciones y resabios, pero que al mismo tiempo resulta poco confiable, de gran inestabilidad emocional e irracional por naturaleza. Es decir, gente peligrosa que al tiempo que se alimenta y vive del caos es incapaz de comportarse con responsabilidad e independencia.
Hay que reconocer que hasta el momento el gobierno cubano ha podido controlar a sus turbas, pero hasta cuándo ello será posible resulta difícil de predecir.
Lo que llama la atención es que mientras el espectro amplio del sector más inconforme con la realidad cubana se transforma de acuerdo a las características de la sociedad actual, y se podría hablar de una disidencia tradicional ―vertical en buena medida e ilustrada―, un fenómeno post disidente como son los blogueros y una oposición que proviene de las capas más desfavorecidas de la población ⎯de baja escolaridad y bordeando o dentro de la marginalidad social⎯, la represión continúa anquilosada en sus formas más burdas. En última instancia, el “recurso perfecto” para acallar cualquier voz independiente en Cuba son los actos de repudio.
En ese sentido, se podría afirmar que el Estado cubano se comporta con una tacañería extrema y no admite la menor manifestación de independencia. Donde la función opositora ha evolucionado de un enfrentamiento radical al desacuerdo, la disidencia y la simple búsqueda de una vida propia, el gobierno continúa plantado en no permitir la menor apertura de un espacio político. Bajo una óptica represiva, es lógico que una negativa tan burda a cualquier tipo de reforma necesite de acciones y mecanismos igualmente burdos para sostenerse en el poder. Del agente de seguridad sagaz y de mentalidad fría al matón de esquina, dispuesto siempre a golpear al indefenso, como la forma perfecta de demostrar su poder.
Ante el más leve temor de amenaza, el régimen cierra filas. El terror es el único instrumento en que confía. La turba que ahora golpea y veja se apoya en el policía listo para encarcelar y en el tribunal sin decoro que condena la decencia. Pero al mismo tiempo se asiste a un fenómeno de desgaste, en que la represión más elemental e inmediata va quedando cada vez más en manos de sujetos irresponsables y agresivos por naturaleza. La conducta de estos sujetos son la cara más turbia de un monstruo con varias cabezas, y no debe verse de forma aislada: constituye la esencia del sistema imperante en Cuba.
Foto: Cubanet.