martes, 29 de enero de 2013

El valor de la palabra


Desde hace años pertenezco al gremio de los que se ganan la vida con la palabra impresa, escribiendo, titulando, traduciendo y editando. Colocando miles de palabras, de las cuales sólo guardo orgullo por unas pocas. Quizá por eso el tema de la contradicción, yuxtaposición y afinidad entre el valor económico y el valor literario de la palabra no cesa de atraerme.
También es por ello que simpatizo con Erle Stanley Gardner, quien en su apogeo como escritor de cuentos y novelas policíacas, cuando escribía cientos de miles de palabras cada mes —y minuciosamente cobraba por cada una de ellas—, practicara la sana costumbre de no matar a los bandidos de sus novelas hasta el preciso momento en que al héroe le quedara una sola bala.
Recuerdo haber leído que, al ser interrogado por su editor, que le reprochaba la mala puntería de sus personajes, Stanley Gardner replicó: “Si usted me paga tres centavos la palabra, cada vez que digo ‘bang’ gano tres centavos más, y está loco si piensa que voy a finalizar un tiroteo cuando a mi héroe aún le quedan 15 centavos en municiones por gastar”.
Otra anécdota similar tiene por protagonista a Mark Twain, que decía: “Nunca escribo 'metrópolis' por siete centavos porque gano lo mismo poniendo 'ciudad', igual que nunca escribo 'policía' cuando obtengo el mismo dinero por cop”.
Cyril Connolly, un autor cuya agudeza lleva a otros a citarlo sólo por sus comentarios irónicos —de forma similar a lo que ocurre con el pianista Oscar Levant, de quien no se escuchan las grabaciones y sólo se reproducen sus chistes— escribió que al igual que los sadistas reprimidos estaban supuestos a convertirse en carniceros y policías, quienes tienen un temor irracional a la vida terminan siendo editores. Bernard Shaw, que era vegetariano, fue menos crudo: dijo que los editores combinaban la rapacidad comercial con un toque artístico, sin ser buenos empresarios ni críticos literarios de gran sensibilidad.
Hasta hace pocos años, la mayoría de los rechazos obedecía a dos motivos. Uno era que el libro atentaba contra el orden moral, social y político establecido. Considerar el estilo de la obra contrario a las normas literarias imperantes era el otro.
En 1928 un editor devolvió el manuscrito de Lady Chatterley’s Lover con este consejo para D.H. Lawrence: “Por su propio bien, no publique este libro”.
La carta de rechazo de Lolita, de Vladimir Nabokov, escrita en 1955, fue más explícita. “Esto debe, y probablemente ha sido, dicho a un sicoanalista, y ha sido convertido en una novela que tiene algunas cosas estupendamente bien escritas, pero es tremendamente nauseabunda, incluso para un conocedor de la teoría de Freud. Para el público, resultará repulsiva. No se venderá, y afectará enormemente una reputación en aumento (…) Se trata de una mezcla insegura entre una realidad repulsiva y una fantasía improbable”.
El segundo motivo clásico para el rechazo, la incomprensión de una obra novedosa, lo sufrió Flaubert en 1856, cuando el manuscrito de Madame Bovary fue enviado de vuelta con una nota que decía: “La novela está sepultada bajo tan gran cantidad de detalles, que si puede considerarse están bien narrados resultan completamente superfluos”.
No todos los responsables de rechazos literarios han sido tan malos lectores como el que pensó que los poemas de Emily Dickinson “carecían de rima”. En 1911 las primeras 800 páginas de lo que sería A la recherche du temps perdu, de Marcel Proust, fueron rechazadas nada menos que por André Gide, en la Nouvelle Revue Française. Gide posteriormente leyó la novela, cuya edición tuvo que pagar Proust, y escribió una nota al autor disculpándose por su juicio erróneo, al que consideró el “más grave error de la N.R.F.”.
Sin embargo, uno de los motivos de rechazo más común en nuestros días es lo difícil que resulta para un nuevo autor el darse a conocer. En 1960, la novela Steps, de Jersy Kosinski, ganó en Estados Unidos el Premio Nacional del Libro. Seis años más tarde, un escritor freelance mecanografió las primeras veintidós páginas del libro. Las envió a cuatro editores, como si fuera la obra de un escritor griego llamado “Erik Demos”. Fueron devueltas sin despertar interés alguno. Dos años más tarde mecanografió la totalidad de la novela y la mandó, bajo el mismo nombre falso, a más editoriales —entre ellas Random House, quien había publicado el original⎯ con un resultado similar: rechazo total.
Cualquier escritor freelance sabe a qué me refiero. El término freelance data de la época de las Cruzadas. En el siglo XII los caballeros andantes se aliaban a un señor feudal, a cambio de tierra, dinero y un escudo de armas. Pero en ocasiones caían en desgracia o moría su protector. Entonces, sin tierra y sin escudo, se alquilaban como mercenarios: a lance for hire, a free lance. Casi siempre terminaban con la lanza rota u oxidada.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que apareció el lunes 28 de enero de 2013.

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