lunes, 14 de enero de 2013

Hitchcock en Cuba



Oscar Valdés fue un hombre valiente. Oscar nos dijo a un grupo de jóvenes universitarios, interesados en el cine hace ya bastantes años, que el realizador inglés Alfred Hitchcock consideraba que lo único importante en una película es la historia que se cuenta, y que todo tiene que estar en función de la historia.
"El único fin, la única cosa que a mí me interesa lograr es eso", nos dijo Oscar y nunca nos reprochó cuando publicamos sus palabras en Arte 7, una revista dedicada al cine. Ningún otro realizador del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) se atrevía a manifestar abiertamente su admiración por Hitchcock a principios de la década del 70.
Claro que Oscar pagó por osadías como ésta, y siempre fue un marginado en el ICAIC. Nunca le permitieron desarrollar a plenitud su carrera, mientras realizadores de cuarta categoría filmaban mediocres largometrajes sobre las luchas independentistas, Julio García Espinosa balbuceaba disparates y Santiago Álvarez nos disparaba cada semana un noticiero aburrido, donde el cine volvía a su época silente y la pantalla se llenaba de letreros. "No es cine para ver, sino para leer"', decía Rine Leal con su humor característico.
Alfred Hitchcock nunca estuvo completamente prohibido en Cuba. La Cinemateca incluía Desaparece una dama, Los 39 escalones y El hombre que sabía demasiado en los panoramas de cine que ofrecía regularmente. Psycho se estrenó años después de realizada y fue un éxito y Los pájaros se vio en una copia semidestruida y en blanco y negro, que evidenciaba los diversos planos de filmación superpuestos para crear las agrupaciones de aves y sus ataques.
El nombre de Hitchcock, sin embargo, siempre se mencionaba con una coletilla. Se criticaba su estilo y oficio y se rebajaban sus logros. Algunas de sus películas estaban prohibidas por razones políticas. No se exhibían Intriga internacional ni Topaz, y se afirmaba que no estaban en Cuba.
El pecado mayor de Hitchcock, sin embargo, no eran sus ideas políticas. El problema con Hitchcock era más grave: el cine no podía, no debía, ser un entretenimiento. Las películas tenían que tener un mensaje, una función que, según Samuel Goldwyn, Hemingway y otros, debía quedar fuera de la obra de arte y reservarse a la Western Union.
Pese a estas críticas inefectivas que nunca conoció, el director inglés no sólo sabía contar, sino que contaba cosas interesantes y valiosas, o mejor dicho, contaba cosas valederas.
Hitchcock fue entonces un caso único. Realizador de una película como Topaz, que implicaba no sólo al régimen de La Habana sino al propio Castro como satélite de Moscú, se permitía la exhibición de algunas de sus películas y de tiempo en tiempo se reestrenaban otras. Estas reposiciones se hacían entonces copiando en blanco y negro las cintas gastadas y exhibidas durante años. El resultado era una proyección de imágenes deficientes, donde eran visibles las marcas dejadas por los equipos de proyección, secuencias mutiladas y un sonido de baja calidad. Pero en el caso de Vértigo, se hizo una excepción y el reestreno se realizó con copias de una calidad aceptable, para salvaguardar el valor del color en la cinta.
En el ICAIC siempre se esgrimía el mismo argumento: la benevolencia de los censores ante un cineasta de fama internacional al tiempo que se enfatizaba sus "limitaciones": se trataba de un buen artesano que a veces sabía contar.
Por su parte, Hitchcock, experto en entretener, lograba siempre que los funcionarios-directores del ICAIC cometieran una mala jugada, o mejor dicho, jugaran mal. Mientras los espectadores hacían cola para ver las películas de Hitchcock ⎯mal copiadas y pobremente exhibidas⎯, los estrenos de las películas cubanas pasaban sin pena ni gloria. Hoy Hitchcock sigue atrapando a los espectadores con sus cintas, repetidas hasta la fatiga. Mientras tanto, García Espinosa y sus seguidores nunca aprendieron siquiera a diferenciar el sujeto del predicado, o a filmar sin salirse del cuadro.

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