jueves, 28 de febrero de 2013

Demagogo e inepto



Miami se arriesga a perder $5.8 millones en fondos federales para programas de viviendas asequibles, infraestructura y programas contra la pobreza, según un punzante memorando enviado por el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano (HUD) de Estados Unidos al alcalde Tomás Regalado, de acuerdo a una información aparecida en El Nuevo Herald.
El motivo es que las autoridades municipales no han podido gastar unos $13.3 millones en Subvenciones Globales para el Desarrollo de la Comunidad que han recibido del gobierno federal en los últimos tres años.
Sin embargo, cuando el gobierno federal anunció que el dinero de CDBG para Miami se reduciría en 34 por ciento, a poco menos de $5 millones, Regalado llevó a cabo una conferencia de prensa para criticar al presidente Obama. ¿Hasta cuándo vamos a seguir manteniendo estos políticos ineptos y demagogos en esta ciudad?

miércoles, 27 de febrero de 2013

Cambiar la Helms-Burton


Si este nuevo Congreso quiere hacer algo en favor de los cambios en la isla debe apresurarse por proponer un cambio de la ley Helms-Burton.
Desde su promulgación en 1996, de forma apresurada, a raíz del derribo de dos avionetas de Hermanos al Rescate y el asesinato de cuatro residentes de Estados Unidos —tres de ellos ciudadanos norteamericanos—, la famosa Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act ha servido al presidente norteamericano de turno —primero Bill Clinton, luego  George W. Bush y ahora Barack Obama— para mostrar ante el exilio una imagen de firmeza frente al castrismo.
Al  mismo tiempo, los tres mandatarios ha evitado una crisis con sus aliados diplomáticos y comerciales mediante la prórroga de la puesta en práctica del célebre Título III. Bush acaba de cumplir esta tarea, que ya ni siquiera se recoge en las informaciones de prensa, hace apenas unas semanas.
El problema con esta ley no es solo que contiene en su cuerpo jurídico los lineamientos que rigen el embargo norteamericano hacia la isla, sino que al mismo tiempo es una camisa de fuerza para cualquier presidente norteamericano, que lo limita a la hora de decidir la política más adecuada para tratar con una situación cambiante como la que posiblemente se avecina en la isla.
Hasta marzo de 1996, la responsabilidad por la vigencia de estas normas estaba en manos del presidente de turno En la actualidad, el derogar tales medidas depende del Congreso y no del mandatario.
Este cambio ha colocado en el poder legislativo lo que debe ser una potestad del ejecutivo: el análisis de la efectividad del embargo y la utilidad o no de mantenerlo si la Casa Blanca estima que se están produciendo cambios democráticos en Cuba o si considera que un cambio en la ley puede servir de estimulo para propiciar o acelerar estos cambios.
El Presidente siempre tiene el derecho de vetar cualquier modificación, pero es responsabilidad del Congreso el levantar o mantener las sanciones. Esto complica y dilata un proceso que debe tener la flexilibilidad suficiente para ser utilizado como un incentivo político y económico en manos de la Casa Blanca.
 Este hecho obedece a una situación específica, en la cual los legisladores favorables al embargo trataron de limitar el poder del presidente Clinton, que había mostrado interés en un mejoramiento de las relaciones con la isla, y al mismo tiempo se aprovecharon de la situación comprometida en que lo situó el derribo de las avionetas.
Al pasar de ser un instrumento político del ejecutivo a un cuerpo legal, el embargo queda convertido en un instrumento jurídico cuya eficacia y vigencia depende de una discusión congresional que los republicanos han ganado gracias a tres factores: su preponderancia en una o ambas cámaras del Congreso en diversos períodos de gobierno, el aumento de la represión en la isla y el valor relativo del comercio con Cuba. Estos aspectos han jugado individualmente una mayor o menor importancia según el momento, pero todos se han conjugado para mantener la vigencia de una medida de ineficacia comprobada.
El controversial Título III, que nunca se ha puesto en práctica, es el que despierta no sólo los temores sino la ira de los canadienses y europeos, ya que contempla la demanda por parte de los ciudadanos norteamericanos (incluidos los cubanos nacionalizados) de las firmas que realizan negocios con bienes expropiados a partir de 1959.
La medida surgió con el  de evitar las inversiones en la isla y de esta manera ahogar económicamente al régimen castrista. Con independencia de su efectividad para lograr la libertad de Cuba (a lo largo de los años las sanciones económicas han demostrado su ineficacia), desde el punto de vista práctico desencadenaría una avalancha de demandas en los tribunales norteamericanos y una guerra comercial de graves consecuencias. Europa siempre se ha mostrado enérgica en su rechazo. La Unión Europea mantiene congelada una denuncia ante la Organización Mundial de Comercio, por el carácter extraterritorial de la ley, como parte de su campaña de disuasión para que el título III no sea puesto en vigencia.
La prórroga del Título III ha sido una práctica sin tregua de los presidentes estadounidenses desde que la ley fue aprobada. 
Por supuesto que desde el punto de vista moral resulta condenable que el robo de propiedades en Cuba quede impune y que extranjeros estén aprovechándose de ello, pero un cambio un cambio en las normas que rigen el embargo, o incluso su eliminación, es casi seguro que abriría las puertas a una negociación. Pero además ⎯y mucho más importante⎯, la situación actual va mucho más allá de un problema de litigios. Concentrar las esperanzas en la Helms-Burton es una ilusión vana que por demasiado tiempo ha abrumado al exilio. Hora es ya de buscar otros caminos. 

martes, 26 de febrero de 2013

Washington y el pretexto del exilio cubano


Por décadas ha sido un lugar común repetir que la política estadounidense hacia Washington ha sido un rehén del exilio de Miami. Esta verdad a medias ha servido tanto para explicar los desvaríos  de una serie de medidas erradas como el pretexto perfecto para justificar cualquier falta de iniciativa. Ya no más. Tras ganar dos elecciones presidenciales donde el voto del sector más recalcitrante de la comunidad exiliada ha quedado rezagado, a la Casa Blanca no le queda más remedio que asumir la plena responsabilidad por lo que haga o deje de hacer respecto a un mejoramiento de los vínculos con La Habana.
Ha sido precisamente una organización del exilio, el Cuba Study Group, quien acaba de exponer la necesidad de cambiar esta situación. En el documento Restablecimiento de la Autoridad Ejecutiva sobre la Política de los Estados Unidos hacia Cuba plantea la inutilidad de una estrategia que no solo ha resultado poco efectiva en el objetivo de llevar la democracia a la isla, sino que deja en manos del Congreso lo que debe ser una función ejecutiva.
“La codificación del embargo de EEUU contra Cuba no ha logrado cumplir con los objetivos establecidos en la Ley Helms-Burton de lograr un cambio de régimen y la restauración de la democracia en Cuba. El continuar ignorando esta verdad evidente no sólo es contraproducente para los intereses de Estados Unidos, sino que es también cada vez más perjudicial para la sociedad civil cubana”, afirma el documento.
Desde su promulgación en 1996, de forma apresurada, a raíz del derribo de dos avionetas de Hermanos al Rescate y el asesinato de cuatro residentes de Estados Unidos —tres de ellos ciudadanos norteamericanos—, la famosa Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act ha recibido tantas opiniones negativas, que su valor queda opacado por el aluvión de críticas.
“En lugar de aislar a Cuba, el resultado de la Ley Helms Burton ha sido de aislar a EEUU en su enfoque político y socavar su capacidad para dirigir la política internacional hacia Cuba, ahora, y posiblemente en el futuro”, señala el documento del Cuba Study Group.
Al pasar de ser un instrumento político del ejecutivo a un cuerpo legal, el embargo quedó convertido en un instrumento jurídico cuya eficacia y vigencia está no sólo expuesto a la discusión en el Congreso, para determinar si cumple con sus funciones o no, sino sujeto a revisiones periódicas donde los legisladores se ven obligados a sopesar el valor de la legislación frente a las necesidades de sus estados y los intereses de sus contribuyentes.
La Helms-Burton puso en evidencia que lo que hasta entonces era un aspecto de la política exterior norteamericana —y un instrumento para asegurarse los votos presidenciales de la comunidad cubanoamericana cada cuatro años— constituía también un problema nacional, con implicaciones económicas para estados donde el voto cubano es inexistente, y una fuente potencial de conflictos comerciales internacionales, donde pesan más los vínculos entre países que la causa cubana. Al tratar de ampliar el alcance del embargo, la ley encontró su némesis.
El proceso ha resultado particularmente doloroso para el exilio de Miami, porque una ley que nació bajo una fuerte carga emocional —el derribo de las avionetas— ha servido paradójicamente para sacar a la luz tanto su aislamiento como sus limitaciones.
Desde el inicio, la solución vicaria ensayada por Clinton, como una respuesta oportunista ante un hecho que escapó a su control, ha resultado un claro ejemplo de la demagogia de Washington hacia lo que ocurre a unas cuantas millas de su traspatio. Una demagogia que no conoce límites partidistas.
Mientras no resulten afectados los intereses primordiales de esta nación, o los fundamentos y valores esenciales del país ⎯como ocurrió en el caso del niño Elián González⎯  en Washington se puede jugar a que el exilio tiene un poder de decisión casi absoluto.
El Cuba Study Group señala una serie de aspectos en que el gobierno de Barack Obama puede avanzar en el intento de promover el cambio en Cuba, desde  autorizar la importación de ciertos bienes y servicios procedentes a las empresas e individuos cubanos que participan en actividad económica independiente certificable hasta autorizar viajes por licencia general para las ONG y permiso para abrir cuentas bancarias cubanas , así como la revisión de la calificación de Cuba como un estado patrocinador del terrorismo. Por supuesto que la puesta en práctica de estas y otras medidas similares no es una garantía ni mucho menos para que en la isla florezca la libre empresa y el respeto a los derechos humanos. Se sabe que las reformas en Cuba son lentas, por momentos agónicas e incompletas. Pero repetirlo, no hacer nada y sentarse a esperar sin asumir riesgo alguno no es la solución.

domingo, 24 de febrero de 2013

Actor de reparto



La gran jugada política de Raúl Castro este domingo, en la Asamblea Nacional del Poder Popular, ha sido echar a un lado a  José Ramón Machado Ventura y a Ramiro Valdés Menéndez. Y lo ha hecho con el respaldo de Fidel Castro. Como suele ocurrir casi siempre con el proceso conocido como Revolución Cubana ⎯no tiene sentido en esta ocasión cuestionar el nombre sino simplemente usarlo⎯, durante las últimas décadas, ha sido un acto de una enorme importancia y al mismo tiempo de una pasividad inquietante. A estas alturas no deja de asombrar la capacidad de control que sobre el país mantienen los hermanos Castro.
Raúl ha inaugurado no solo el preámbulo de una transición posible, eso es lo que se cansarán de repetir los analistas y periodistas, sino dado el primer paso hacia la posible vuelta de un “hombre fuerte” en Cuba, esa figura capaz de dirigir al país en las sombras, sin necesidad de acceder a la presidencia o luego de haber estado en ella. Asombra e irrita que tras tantos años ahora el raulismo vaya a terminar en una forma de “batistato”. Ya existían señales de la adopción de este rumbo, en la esfera represiva, pero no un planteamiento institucional que abriera esta posibilidad en un futuro más o menos cercano. Por supuesto que hay un factor biológico que puede dar al traste toda esta elaboración, pero lo importante aquí es la existencia de un plan: un camino para vestir al totalitarismo de dictadura, que en primer lugar les tira por la borda algunos argumentos a los políticos, legisladores estadounidenses, y hasta al presidente de turno de este país.
Mientras se podrán discutir las similitudes con los modelos chino, vietnamita e incluso ruso, la esencia de la sucesión ha comenzado a presentar posibles escenarios que ya la nación cubana ha vivido con anterioridad. El avance se presenta también mirando al pasado. No hay que dudar que Raúl Castro dejará la presidencia, lo que no garantiza que abandone por completo el mando, la tutela y el control en sus dimensiones más fundamentales, y se convierta en una especie de “hombre fuerte”, en el mejor estilo latinoamericano y caribeño. Juzgando por la legendaria longevidad de la familia Castro, no hay que descartar del todo esa posibilidad. Todo depende de hasta dónde pueda establecer un modelo pautado que garantice una permanencia estructural a esa amalgama económica, política y social que intentará desarrollar en los próximos cinco años.
En cuanto a la táctica, la jugada ha sido fulminante. Como suele ocurrir en el cine, especialmente en el cine norteamericano y en particular durante la Época de Oro de Hollywood, hay actores secundarios y de reparto que siempre fueron muy buenos, pero que nunca llegaron a papeles estelares. El ejemplo surge en la noche de entrega de los Oscars, pero es adecuado para definir una vida que con paciencia cree esperar su turno en la cumbre y nunca llega.
Más que en el caso de Machado Ventura, que en cuerpo y alma identifica una función segundona, Ramiro Valdés es el perdedor no de una estatuilla sino de un papel protagónico. Finalmente los Castro aparentan dar luz verde a una sucesión, llevar a la práctica aquello anunciado hace años por Fidel Castro en la Universidad de La Habana, cuando advirtió que la revolución podía ser destruida por ellos mismos, los dirigentes del momento, pero lo han hecho sin mirar a los lados, sino simplemente abajo. Con Miguel Díaz-Canel Bermúdez, de 52 años, se inicia el camino del relevo, el fin de los “históricos”, aquellos que aspiraron, se ilusionaron y nunca pudieron, como “Ramirito”.

¿Cuánto durará el nuevo delfín?



De todos los pasos predecibles dados por la Asamblea Nacional del Poder Popular en Cuba, el nombramiento como vicepresidente primero de Miguel Díaz-Canel Bermúdez, de 52 años, es el que más comentarios desatará en la prensa. No porque tenga algo de novedoso desde que acompañó a Raúl Castro a la cumbre CELAC-UE en Chile, y antes presidió la delegación cubana de apoyo a Chávez en Venezuela, quedó claro que sería el designado sino porque representa la respuesta del gobernante cubano frente al inicio de la imprescindible sucesión de mando que el domingo acaba de arrancar en Cuba.
No hay que restarle importancia al hecho. La presencia de Fidel Castro en la sesión parlamentaria no fue solo un espaldarazo a los cambios económicos que intenta llevar a cabo su hermano, sino también el cuño de aprobación a este otro más proceso sucesorio. Quizá también un mensaje de despedida. Pero más allá de señalar el inicio de esta suceción, poco puede agregarse. Díaz-Canel no es un misterio ni un enigma, sino simplemente un desconocido, y lo seguirá siendo en un futuro inmediato. No quiere decir esto que su figura no haya sido mencionada cada vez con mayor relieve, y lo será más a partir de ahora. Lo que se desconoce es lo que haría si en algún momento lograra llegar al poder verdadero en Cuba, a la sombra de los hermanos Castro pero sin la presencia de estos.
Algo quedó claro el domingo. Si bien la elite histórica de la revolución continúa manteniendo una cuota elevadísima de poder, queda fuera de la transición. Tanto la biología como la legitimización de origen termina en los Castro. Ni imaginar un gobierno con Ramiro Valdés como sucesor, para poner simplemente un ejemplo. El plan no es nuevo y ahora es evidente que era lo que tenía en mente Raúl Castro al seleccionar una figura tan oscura como José Ramón Machado Ventura para vicepresidente primero durante su mandato inicial. Ante la opacidad de Machado Ventura, no hay que dudar que muchos analistas, inclinados o no a favor del régimen cubano, saludarán con vítores o benevolencia al nuevo designado. 
Así que los pretextos para la alabanza en el exterior están garantizados y las especulaciones sobre si Díaz-Canel representa el nuevo rostro del castrismo no se harán esperar.
Más allá de entretenimiento y justificación, las conjeturas serán anticipadas por supuesto que este artículo no está libre de ese pecado y los resultados del nombramiento poco predecibles.
Se puede decir que hay algunos aspectos en la biografía de Díaz-Canel que justifican la preferencia de Raúl: no es habanero, estuvo en las fuerzas armadas cubanas, fue dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas y primer secretario del Partido Comunista en la oriental provincia de Holguín y ministro de Educación Superior. Tiene lo que en Cuba se llamaría “una buena presencia”, claro está, para los estándares de la Isla. Es además graduado de ingeniería electrónica. Su falta de carisma y pobre oratoria parecen haber jugado a su favor y no en contra, durante los 30 años que le tomó su ascenso al primer círculo del poder en Cuba. Pero si todos estos datos identifican un perfil de miembro de un aparato político y administrativo, en el cual ha ascendido en buena medida gracias a la obediencia, poco dicen sobre la persona. El ser destacado y al mismo tiempo no destacarse que constituye la carta de triunfo de quienes danzan ese difícil equilibrio, como son el canciller Bruno Rodríguez y Díaz-Canel.
A través de los años, los delfines elegidos por Fidel Castro tuvieron un ascenso meteórico y una corta duración. Raúl Castro se ha caracterizado por esperar más tiempo, a la hora de seleccionar, y por una mayor constancia con sus favoritos. Precisamente es el tiempo quien ahora juega a favor del nuevo vicepresidente, pero no se trata solo de una paciente espera sino de un país sumido en perenes dificultades.
Por lo demás, la Asamblea Nacional hasta el momento ha transcurrido con la precisión de un guión anunciado: Raúl Castro fue ratificado como presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros.
También fueron elegidos cinco vicepresidentes, el secretario y 23 miembros del Consejo de Estado, de ellos 17 de nueva elección y 13 mujeres. Ocupan las vicepresidencias, además de Machado Ventura y Valdés Menéndez, Gladys Bejerano, Mercedes López Acea y Salvador Valdés Mesa. Homero Acosta fue reelecto  como Secretario.
“Los restantes 23 integrantes del Consejo de Estado representan a la generación histórica, dirigentes del estado, cuadros principales de la UJC y las organizaciones de masas, representantes de los órganos del Poder Popular, directivos de empresas, científicos e intelectuales”, de acuerdo a la información en Cubadebate.
Para finalizar, una nota de color: a partir de hoy Esteban Lazo Hernández preside ese organismo que se reúne un par de veces al año y se dedica a la aprobación sin replica. Poner a un miembro de la raza negra al frente de la institución no se limita al intento torpe de tratar de oscurecer el racismo prevaleciente en el país. Es también una señal de esa eterna dependencia de lo que ocurre en Estados Unidos. A partir de ahora, el régimen de La Habana podrá replicar que también en Cuba los miembros de la raza negra llegan a las mal altas posiciones políticas y gubernamentales. Solo que en la isla el cargo de presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular no pasa de ser un ornamento.

El lacayo



El vicepresidente venezolano designado, Nicolás Maduro, semeja un lacayo del despotismo asiático. Pero no uno real, sino de esos que hace unos años aparecían en las peores películas de Hollywood. No es que Maduro esté vendido a China o a algún otro poder remoto. Es que su verborrea lo denuncia. 
Esa simplicidad verbal lo convierte en alguien incapaz de inspirar confianza, respeto o dignidad. No es un político para creer en él, sino un personaje que cumple un papel asignado: una especie de anunciador de teatro.
Desde que Chávez viajó a Cuba para operarse de nuevo, en diciembre pasado, el gobierno chavista rechazó el silencio como táctica y recurrió a la emisión de comunicados, sesiones supuestamente informativas e incluso entrevistas, en que siempre un fárrago de palabras que limitaban a clichés, adjetivos y repeticiones trataban de aplastar un par de datos escuetos.
No ha sido una técnica que brinde muchos resultados. Se sabe por experiencia que al totalitarismo siempre le funciona mejor la censura en su forma más desnuda. Pero en Venezuela, posiblemente por órdenes del propio presidente Hugo Chávez, decidieron adornarla.
Este adorno siempre se ha hecho con torpeza, y ni por un momento ha conseguido acallar los reclamos de información. Pero en la competencia por el mejor disfraz siempre Maduro ha quedado en último lugar. Uno puede escuchar al ministro de Comunicación, Ernesto Villegas, y sacar algo en claro. Igual ocurre con el canciller Jaua. Con Maduro no.
El vicepresidente designado se limita a dos recursos a la hora de mentir. 
Uno es transmitir frases enredadas, oraciones incoherentes y saltos en la sintaxis que  ⎯si son formulados con un propósito y no se limitan a indicar simplemente las limitaciones verbales y de pensamiento del delfín chavista⎯ convierten en oscuro el enunciado más simple:
“Sigue con el tema de la asistencia de una cánula para apoyarse en la respiración y se comunicó como ustedes saben con nosotros por distintas vías escritas para darnos las orientaciones”, dijo el viernes Maduro en una declaración por la televisión estatal. Tal chorro de palabras para expresar, simplemente, que el mandatario venezolano continúa con una traqueotomía y no puede hablar. Eso del “tema de la asistencia de una cánula para apoyarse en la respiración” merece un suspenso en Español.
El otro recurso de Maduro es la exageración, el lacayismo y la adjetivación barata:
“Él ha estado muy enérgico con mucho ánimo, con mucha fuerza y vitalidad, y eso nos llena de mucha alegría", indicó Maduro en la misma declaración transmitida por la televisión estatal el viernes.
¿Cómo alguien puede creer que un paciente tiene mucha fuerza y vitalidad, cuando el día anterior, jueves, se había informado a través de un comunicado de que el presidente Chávez, todavía padece una “insuficiencia respiratoria” y de que “su tendencia no ha sido favorable”.
“La insuficiencia respiratoria originada durante el proceso post-operatorio persiste, y su tendencia no ha sido favorable, por lo cual continúa siendo tratado”, dijo Villegas en la televisión y la radio públicas el jueves.
También por esos días el canciller Jaua declaraba en la Cumbre África-América del Sur, en Guinea, que la salud de Chávez había empeorado por sus problemas respiratorios.
Así que el vicepresidente Maduro miente descaradamente. No porque lo diga la oposición o alguien en el extranjero. Las declaraciones de otros miembros de la cúpula chavista contradicen sus palabras.
Todo indica hasta el momento que el legado de Hugo Chávez quedará en manos de un mentiroso simplón, incapaz de elaborar un discurso coherente. Algo que debe ser motivo de preocupación. En especial para los propios chavistas.

viernes, 22 de febrero de 2013

Analizando el raulismo


“En menos de un año, Raúl Castro ha logrado darle una vuelta a la imagen exterior de Cuba con una reforma interna que está estremeciendo los cimientos del sistema y ha demostrado que se puede liberar de la poderosa sombra de su hermano”, escribe el periodista Rui Ferreira en la edición digital para América del periódico español El Mundo.
“Raúl no sólo ha asumido el protagonismo en las conversaciones de paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Gobierno colombiano, como logrado ser aceptado como líder de la CELAC, un organismo regional creado para rivalizar con la Organización de Estados Americanos (OEA), por más de 60 años bajo la batuta de Estados Unidos”, agrega el artículo.
“Además, ha conseguido que Europa prácticamente haya acabado con la política común donde el respeto por los derechos humanos condicionaba toda relación con la isla, y ahora se sabe que Estados Unidos estudia sacar a Cuba de la lista de países que apoyan el terrorismo”, añade Ferreira.
Para leer completo el análisis Raúl Castro, de la sombra de su hermano al nuevo rostro de Cuba en el exterior, pinche aquí.

jueves, 21 de febrero de 2013

Chávez no mejora



La última noticia sobre la salud del presidente venezolano incrementa la percepción de que el mandatario no solo no mejora sino que ha empeorado tras su regreso a Venezuela.
El Gobierno de Venezuela ha informado este jueves a través de un comunicado de que el presidente, Hugo Chávez, todavía padece una “insuficiencia respiratoria” y de que “su tendencia no ha sido favorable”.
“La insuficiencia respiratoria originada durante el proceso post-operatorio persiste, y su tendencia no ha sido favorable, por lo cual continúa siendo tratado”, ha dicho el ministro de Comunicación e Información, Ernesto Villegas, en la televisión y la radio públicas.
Si bien, ha subrayado que el líder bolivariano “sigue con el tratamiento médico de base, sin que se hayan presentado efectos adversos significativos hasta el momento”.
Uno de los problemas que enfrenta el gobierno chavista es que está atrapado en un círculo vicioso de eufemismos y verdades a medias, o quizá sería mejor decir a tercios u octavos. No se puede hablar todos los días de “la condición de dignidad” de Chávez, enfatizar que el mandatario está “dando una batalla por la recuperación sin abandonar su competencia”, como ha dicho el canciller Jaua, y al mismo tiempo ni siquiera identificar el cáncer que padece Chávez. Es una mala táctica y una pésima estrategia: la verborrea no logra sustituir a la censura. Cada vez que se ha empleado el recurso, el resultado ha sido el fracaso. Al final el resultado siempre es el mismo: se termina en la burla  cotidiana, o lo que es peor: en el escarnio público. El respeto a la vida de cualquier ser humano y el terrible padecimiento que sufre Chávez han evitado hasta el momento que el desprestigio informativo del Gobierno venezolano se convierta en chanza, pero lo que no ha podido impedir es la falta de credibilidad.
Lo peor, para los chavistas e incluso para el propio país, es que el vicepresidente designado y gobernante en funciones es quien mayor exagera en servilismo: “El comandante Chávez, como siempre, conociendo la maldad infinita de la derecha corrupta que hay en Venezuela, de la derecha antipatria…”.  Tras el regreso de Chávez, Maduro subrayó que Venezuela “está llena de amor, de alegría” por tener la presencia en el país del Presidente, ingresado en el Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo. También expresó que “esta derecha, además de corrupta y neoliberal, no tiene sentimientos mínimos humanos de compasión y solidaridad, solamente expresiones irrespetuosas”. 
Esta verborrea llena de adjetivos baratos no conduce a parte alguna. En primer lugar, ni en las situaciones de guerra da buenos resultados el mentir de forma tan descarada. En segundo, es un recurso típico de dictadores y totalitarios. Pero en tercero, y más importante, cuando se adopta esa táctica el repetir mentiras a diario se deja en manos de un portavoz.

Por ejemplo, durante la Guerra de Iraq hubo un personaje, el ministro de Información Mohammed Saeed al-Sahhaf que se hizo famoso por sus partes de Guerra en lenguaje grandilocuente, en que enfatizaba las supuestas victorias del ejército de Sadam Husein mientras la realidad era que las tropas estadounidenses avanzaban sin mayores obstáculos. El ministro se hizo célebre mundialmente, pero solo como objeto de burla. Después de la Guerra, y tras ser capturado por las tropas de EEUU, fue liberado y ahora vive con su familia en los Emiratos Árabes. Nadie lo recuerda.
Más que un gobernante en funciones, Nicolás Maduro recuerda a ese insignificante personaje, al que una circunstancia momentánea dio a conocer en todo el mundo, para luego ser pronto olvidado.
En la actualidad Venezuela vive un momento de expectativa, que obligará a una definición entre una dictadura en su forma más cruda o un gobierno que al menos se fundamente en un proceso electoral, que aunque no perfecto en el orden democrático le brinde cierta credibilidad interna y externa.
La prueba más inmediata que enfrenta el limbo gubernamental chavista es el reto planteado por un grupo de estudiantes de distintas universidades del país, en el marco de la llamada Operación Soberanía, que ha exigido al gobierno que aclare la condición de salud en la que se encuentra Chávez y si está o no en capacidad para gobernar. El grupo ha advertido que de no recibir respuesta se presentarán este lunes en las puertas del Hospital Militar. La realidad es que la situación venezolana está lejos de avanzar hacia la estabilidad política, económica y social.

Error de lista



Washington debe sacar a Cuba de la lista de los países que apoyan o amparan el terrorismo. Esta acción no debe considerarse como algo a negociar con La Habana, tampoco debe ser la consecuencia de algún gesto por parte del gobierno de la isla. Se trata de enmendar un error.
Desde hace años no se conoce que en la Plaza de la Revolución se elaboren planes ni se brinde apoyo a los grupos que realizan atentados terroristas por todo el mundo. No hay denuncias al respecto ni declaraciones de países que sustenten el criterio de que el gobierno cubano apoya o promueve el terrorismo. Solo en Miami se utilizan afirmaciones de este tipo.
Esto debe decirse con independencia de la mucha, poca o ninguna simpatía que se tenga hacia los hermanos Castro. Tampoco tiene nada que ver con la valoración respecto a la falta de democracia en esa nación, los derechos humanos o la represión a los disidentes. Se trata de algo muy simple: la definición empleada para incluir a un Estado en dicha relación no se ajusta a la realidad cubana.
Por demasiado tiempo en esta ciudad el desprecio a la inteligencia del ciudadano se ha cubierto con expresiones altisonantes. Las emociones se explotan para doblegar a los que desacatan y satisfacer a quienes disfrutan de la comodidad en el rebaño. Decir que en la actualidad Cuba no realiza ni promueve actos terroristas ha chocado contra las fórmulas inquisitoriales establecidas para intimidar a quienes se apartan de lo que se considera la “línea dura del exilio”, impuesta por quienes controlan determinadas parcelas de la opinión ciudadana. Sujetos que se disfrazan de guías y representantes de la comunidad exiliada, y no son más que censores de café con leche. Aprovechados y fanáticos por igual, listos y locos, han creado un círculo vicioso de inutilidad y engaño. Ahora el gobierno de Barack Obama tiene la oportunidad de romper ese círculo, si no en un sentido general en Miami, al menos en lo que respecta a esta nación. Y eso es lo importante: Estados Unidos y no una cuantas calles de esta ciudad, donde titiriteros y asesinos pueden pasearse a sus anchas.
Cabe preguntarse las razones que llevaron a la administración norteamericana a colocar a Cuba en la lista de naciones que favorecen el terrorismo, y la respuesta también es muy simple: para complacer al sector más recalcitrante del exilio de esta ciudad, que durante ocho años logró trasladar la Casa Blanca a La Pequeña Habana en algunas decisiones menores. De esta forma, si Estados Unidos sabía que la isla no constituye una amenaza militar, y tampoco existía el menor interés en tomar acción alguna que pudiera aumentar la tensión en la sociedad cubana, crear el caos y amenazar con un éxodo, como tampoco voluntad para impedir las ventas de los granjeros norteamericanos, algo había que hacer para que esos votantes fieles mantuvieran en alto su fervor republicano.
Más allá de durante años dificultar o impedir la entrada en este país de músicos, escritores y profesores procedentes de la isla, los resultados prácticos de la colocación de Cuba en el listado han sido pocos, debido a la gran cantidad de restricciones existentes en los nexos entre ambas naciones.
Debe destacarse además que es imposible someter a todos los países a los designios de Washington. Así lo indica el sentido común. Y solo los fanáticos no toman en cuenta el sentido común.
Durante décadas, en Miami hemos conocido muchas muestras de falta de sentido común. No han faltado en ese tiempo desde programas de televisión sobre la existencia de un programa de armas biológicas ofensivas, desarrollado por La Habana, hasta conferencias y artículos empeñados en preservar la visión imperante en la guerra fría. Pero estos cuentos siempre han chocado con la misma piedra: la carencia de pruebas objetivas divulgadas que disipen las dudas. La evaluación de los expertos nunca ha sido concluyente. Los testimonios de quienes supuestamente han conocido estos planes y luego roto con el régimen no han podido ser verificados de forma independiente, al menos de acuerdo a las informaciones publicadas. Tampoco se conoce que el gobierno estadounidense haya adoptado medida alguna al respecto.
Nada de lo anterior, sin embargo, detiene a dos o tres “expertos”, algún que otro ex agente de la inteligencia cubana, que siempre dejan la sospecha de exagerar sus conocimientos o incluso su cercanía a las esferas de poder en Cuba para mantener su presencia en la televisión local y una andanada de historiadores del patio, cronistas improvisados y analistas de guaraperas que pretenden dedicarse a testimoniar el pasado cuando lo que hacen es tratar de asegurar su presente.
Quienes proclaman la supuesta amenaza que representa para EEUU el régimen castrista chocan contra un par de verdades que convierten a sus argumentos en gestos ridículos. Una es que en las últimas décadas La Habana no ha estado interesada en agredir a la nación norteamericana. La segunda es que ambas naciones, pese a sus tremendas diferencias políticas, siempre han hecho lo necesario para impedir la verdadera amenaza, que consiste en crear una situación de confrontación a partir de supuestos falsos, y que ésta degenere en una crisis que se convierta en un peligro real: guerra civil en la isla, éxodo masivo, inestabilidad política a 90 millas de las costas de la Florida. La Casa Blanca no ha mostrado la menor disposición a tomar en cuenta los gritos de alarma de ciertos exiliados y actuar en consecuencia. Todo lo contrario.
En este segundo período del gobierno de Barack Obama, en que éste no depende de gestos electorales, donde además ya en dos ocasiones demostró que para triunfar en las urnas y llegar a la presidencia no es necesario el voto mayoritario de la comunidad exiliada cubana, se puede esperar una política sobre Cuba más ajustada a la realidad. Hay también una figura clave en el Departamento de Estado para lograrla: John Kerry. Está por verse si pondrá en práctica esta política y un enfoque más adecuado a la realidad latinoamericana.

¿Será abucheada Yoani Sánchez en Miami?



¿Será abucheada Yoani Sánchez en Miami, al igual que ocurrió en Brasil pero por causas opuestas? De momento no creo que ocurra, pero una respuesta suya en el Parlamento brasileño desató comentarios encendidos en Miami y entre un sector de la oposición en Cuba
Sánchez habló en el Parlamento brasileño por invitación de un grupo de diputados que organizó una sesión en rechazo a una serie de manifestaciones y protestas que impidieron una de sus primeras actividades en el país sudamericano, según informa El Nuevo Herald.
En respuesta a una pregunta, Sánchez señaló:
“La cantidad de dinero que está gastando el gobierno de mi país en esa campaña de viajes por el mundo, espacios en la prensa internacional para la campaña de los cinco miembros del Ministerio del Interior, la cantidad de horas en las escuelas que se gastan en hablar de esas cinco personas, en aras de que eso termine, deberían liberarlos”, explicó Sánchez en respuesta a la pregunta de un diputado brasileño.
“Estoy preocupada por las arcas de mi país y preferiría que los liberaran y a ver si así ahorramos más porque hay más temas sobre el tapete”, agregó.
En Miami no se hicieron esperar las declaraciones de rechazo al comentario. Luego, Yoani Sánchez emitió un comentario en Facebook, y que aparece también en el artículo de El Nuevo Herald que dio origen al debate, que dice lo siguiente:
“En ningún momento pedí en Brasil la liberación de esos ‘cinco miembros de Ministerio del Interior’. Utilicé la ironía para decir que si los liberaban ahora mismo el país se ahorraría todos los millones que se gasta en su campaña que ya dura quince años. De ahí a ‘pedir la liberación’ va un trecho enorme. Si la ironía no funcionó bien, si el nerviosismo o las palabras usadas no dejaron claro el mensaje, ruego me disculpen. Mi posición sigue siendo que no son inocentes.
Abrazos desde Sao Paulo, Yoani Sánchez”.
Hasta aquí, no hay nada nuevo dentro de lo que caracteriza a cualquier declaración y repuesta en una sociedad democrática. Una figura pública emite una opinión, causa un revuelo y posteriormente aclara lo dicho primero. Esa aclaración, por supuesto, en muchos casos es también una rectificación, total o parcial.
Se puede argumentar que la falta de experiencia en la forma de conducirse en un mundo donde la confrontación por lo general no viene en la forma de amenaza policial sino de simple respuesta puede haber llevado a Sánchez a una expresión poco feliz. El argumento de los gastos del gobierno cubano en la campaña a favor de los espías es realmente desafortunado. Sin embargo, a figuras de gran experiencia en este terreno, como el actual presidente estadounidense, no se han visto libre de cometer en algún momento errores semejantes. Es de esperar, además, que lo ocurrido no haga que la bloguera se sienta  en cierto sentido cohibida a partir de ahora. Ingenuidad y sinceridad son dos de sus mejores armas.
Lo que debe preocupar es que una respuesta se convierta en argumento o pretexto para una campaña en contra de Yoani Sánchez, cuando visite Miami. Omitir opiniones contrarias a lo expresado por ella, ahora o en el futuro, es completamente válido, pero tomar una frase o un comentario de momento para orquestar un ataque, simplemente porque la periodista independiente mantiene criterios que no son compartidos por un sector del exilio, como es el mantenimiento del embargo estadounidense, es otra cosa.
Por otra parte, hay algo que vale la pena resaltar en la ironía usada al referirse al caso de los cinco espías, con independencia de que el argumento económico no resultara el mejor. Lo que podría llamarse con retórica castrista como “la causa a favor de la liberación de los cinco héroes, bla, bla, bla…” es la última batalla de Fidel Castro. A estas alturas, se ha convertido en una especie de fanfarria antediluviana, de cuando el entonces Comandante en Jefe mandaba a sus placatanes a sembrar la furia por todo el mundo. Hoy persisten los vocingleros que reclaman la liberación de “Los Cinco”, pero en un ejercicio más de pompa que de circunstancia. Para la mayoría de los izquierdistas de todo el mundo, manifestarse a favor de la liberación de “Los Cinco” no es más que una fórmula fácil y una actividad ligera a favor de un antiimperialismo de brindis y viajes. Lo mejor entonces es no tomarse muy en serio cualquier pregunta al respecto.

miércoles, 20 de febrero de 2013

¿Cuánto hemos cambiado?


El pecado original de buena parte del anticastrismo en Miami es que no es verdaderamente democrático. Esta es la realidad tras las posiciones de un nutrido grupo de miembros del llamado “exilio histórico”, quienes a diario declaran estar dedicados a la lucha por la libertad de Cuba mientras defienden dictaduras pasadas y presentes, terroristas y censores.
Frente al régimen castrista, estos exiliados encuentran su definición mejor. Sólo que lo que es bueno para ellos no es necesariamente bueno para el pueblo cubano. Además de una vocación caudillista que nunca los abandona, se aferran a tácticas y puntos de vista caducos. Su ideal es ejercer el monopolio del pensamiento opositor y viven en un mundo donde la guerra fría no ha terminado. Este tiempo detenido puede que les llene de esperanza, desde un punto de vista existencial, pero contribuye a que su visión de la isla tenga validez apenas en la Calle Ocho.
Ese afán por aferrarse al pasado hace que sean los únicos herederos de la política de Washington en la época de Eisenhower y los hermanos Dulles, cuando era preferible un tirano anticomunista a un gobierno progresista. La época que propició la existencia de Odría, Rojas Pinilla, Pérez Jiménez, Trujillo, Somoza, Stroessner y Batista. Mentalidad que luego los llevó a apoyar a Pinochet y Fujimori, sin olvidar diversas dictaduras militares y una nostalgia fervorosa por la España de Francisco Franco.
A esta estrategia de los años cincuenta del siglo pasado se ha unido la paranoia de los ex que durante décadas se han incorporado al exilio, y que al tiempo que se identifican con el pensamiento de sus antiguos enemigos, son incapaces de librarse de la lógica del partido: dedicados ahora a aplicarla en la dirección contraria.
La tendencia hacia el totalitarismo es visible en el interés por anular toda opinión contraria y ejercer la censura en bibliotecas y escuelas, en la incapacidad para admitir la independencia de poderes y en una voluntad empeñada en imponer sus criterios. Imposible que las ideas democráticas estén a salvo entre quienes no son demócratas.
  El anticastrismo totalitario sueña a diario con la muerte de Fidel Castro. La imagina semejante a la partida de Batista de la isla. Muere el dictador y el reloj da una marcha atrás vertiginosa. Incapacitado frente al futuro y prisionero en el presente, sólo le queda mirar al pasado.
Por supuesto que Cuba cambiará a la muerte de Castro. ¿Cómo y cuándo? Ante la imposibilidad de respuestas, algunos prefieren refugiarse en la fantasía.
Ha llegado el momento de reconocer que en Miami se libran dos luchas simultáneas. Una contra el régimen castrista y otra contra el monopolio anticastrista. No son dos luchas iguales y no se intenta equipararlas. La primera está bien definida. La segunda es un debate entre la amplitud de criterios y el aferrarse a una estrategia caduca, irreal y que sólo sirve a los fines electorales. Pero lo que no es posible es mantener el silencio y la paciencia frente a una posición esgrimida sólo para el beneficio de unos pocos.
Este post es una versión reducida de mi columna Anticastrismo totalitario, publicada el lunes 17 de julio de 2006 en El Nuevo Herald.
Yoani Sánchez emitió en Brasil una opinión sobre el caso de los cinco espías cubanos condenados en Estados Unidos. De forma irónica dijo que “preferiría que los liberaran”, para poner fin según ella a lo que es una costosa campaña que afecta económicamente a la isla. Ante esta opinión, la reacción de buena parte de los entrevistados de siempre, como “portavoces del exilio”, así como de los opositores más cercanos ideológica y políticamente a la opinión del “exilio histórico” de Miami, no se hizo esperar. No se trata de rechazo o el apoyo a cualquiera de estas opiniones, ambas válidas desde el punto de vista de la libertad de expresión. Lo que está en juego una vez más es si la comunidad exiliada de esta ciudad está dispuesta a admitir ⎯y por supuesto rebatir⎯ una opinión contraria al “credo” establecido por un sector del exilio. Si el resultado va a ser una discusión útil o un nuevo “acto de repudio” al que expresa una forma de pensar ajena a la de muchos exiliados en Miami. 
Por eso decidí reproducir una parte de esa columna de julio, publicada hace casi siete años. ¿Cuánto hemos cambiado?

El temor a Cabello



Una información que aparece en la edición digital de El Nuevo Herald viene a confirmar lo que afirmo en el post anterior, Chávez y el poschavismo:
Expertos en materia constitucional dijeron que el “disparatado” pronunciamiento emitido en enero por el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), puede ser usado para cimentar al vicepresidente Nicolás Maduro en la Presidencia de la República, una vez que Chávez sea apartado del cargo debido a la gravedad del cáncer que padece.
“En esta carrera, ya Diosdado no corre. En cualquiera de las hipótesis que pudiera presentarse Cabello nunca se encargaría”, comentó el ex diputado y experto constitucionalista, Gustavo Tarre.
“La sentencia del Tribunal Supremo eliminó la posibilidad de que Diosdado pudiera encargarse de la presidencia”, reiteró.
Fuentes cercanas a la situación dijeron a El Nuevo Herald que el ala ortodoxa del chavismo, cercana al régimen de Raúl Castro y encabezada por Maduro, tenía la exclusión de Cabello en mente cuando la Sala Constitucional del TSJ emitió la decisión por la desconfianza que siente hacia el actual presidente de la Asamblea Nacional, quien encabeza el ala nacionalista de la Revolución Bolivariana.
“El verdadero enemigo [para Maduro] es Diosdado, y no los señores de la oposición”, dijo la fuente, que habló bajo condición de anonimato. “No quieren permitir que él asuma la presidencia”.
De acuerdo al artículo Decisión judicial en Venezuela cierra la puerta a Diosdado Cabello, del periodista de El Nuevo Herald Antonio Maria Delgado, “la decisión judicial que ratificó la continuidad de la presidencia de Hugo Chávez pese a la gravedad de su enfermedad puede ser usada para evitar que el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, lo reemplace interinamente de producirse su ausencia absoluta, dijeron expertos al advertir sobre las distorsiones provocadas por el dictamen”.
Para el experto constitucional Leonardo Palacios, la decisión del TSJ crea un peligroso precedente que podría incluso llevar a las cortes a tomar determinaciones aún más incoherentes, agrega Delgado en su artículo.

martes, 19 de febrero de 2013

Chávez y el poschavismo



¿Qué está deteniendo el proceso de transición poschavista en Venezuela? No es el temor a la oposición. El domingo, el periodista y exvicepresidente José Vicente Rangel citó en su programa de televisión los resultados de una encuesta hecha por la firma Hinterlaces, que asegura que el vicepresidente Nicolás Maduro, sacaría 14 puntos de ventaja al excandidato presidencial y actual gobernador del estado de Miranda, Henrique Capriles, si ambos llegaran a enfrentarse en las urnas. No es un dato definitorio pero sí un indicador más que se suma a toda una serie de factores que indican que la oposición no solo está dividida sino debilitada. Una actuación tibia y vacilante desde la partida de Chávez para ser operado en Cuba, junto a una campaña muy bien dirigida y con arraigo popular, que ha convertido al mandatario venezolano no solo en mito populista al estilo de Eva Perón sino en algo más: en un objeto de culto donde la fe y la superstición se unen en un irracionalismo cada vez más peligroso para el ejercicio democrático.
Pero si es posible predecir un poschavismo que derrote a sus opositores en las urnas, no hay igual seguridad a la hora de definir su destino como gobierno. La gestión bicéfala del vicepresidente, Nicolás Maduro, y del presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, solo ha funcionado como un carruaje que ha conseguido no salirse del camino, pero al mismo tiempo es incapaz de definir un rumbo. La frágil alianza se mantiene gracias a que Chávez aún está vivo.  Por lo demás, es una carreta fantasma. Cuba, que ha sido un factor clave en la unión, ha conseguido anotarse un punto al conseguir que el gobernante venezolano saliera de la isla con vida y tras un testimonio fotográfico, pero para el gobierno de Caracas el regreso de Chávez lo que ha hecho es intensificar la necesidad de una solución legal e institucional al vacío de poder creado por la enfermedad del mandatario.
El problema que enfrenta el poschavismo es, a la vez, simple y complejo. Cuenta con el poder suficiente para dominar las instituciones y manejarlas como marionetas, pero al mismo tiempo es incapaz de imponer la soberanía. Esto se debe, sencillamente, a que el ejercicio soberano era una potestad de Chávez, que ejercía de forma personal, carismática y en directo televisivo. Su mandato siempre fue un reality show político, sustituirlo por el show de Maduro, esa especie de telenovela El derecho de gobernar (“Quiero hablar pero no puedo”) puede entretener por un tiempo pero no mucho.
El problema para la jerarquía chavista es que el gobernante venezolano fue capaz de adueñarse de todos los poderes ⎯ejecutivo, legislativo y judicial⎯ pero se quedó a medias en la transformación social que implicaba que el simulacro de órganos gubernamentales fuera acompañado de una capacidad de control absoluto sobre la sociedad. En este sentido, no basta con imitar a Cuba: hay que implantar su modelo a plenitud. Así Chávez consiguió que las instituciones de gobierno respondieran a él por completo. Lo que no logró es que la población en su totalidad obedeciera a esa mascarada de gobierno.
Bastó que un grupo de estudiantes armaran un campamento frente a la sede de la Embajada de Cuba en Caracas para dejar en claro que las protestas en Venezuela podrían tornarse en un fenómeno peligroso para el chavismo. En sus buenos tiempos, Fidel Castro hubiera transformado a una protesta de este tipo en una demostración de fuerza a su favor y un hito revolucionario.
Así que si la telenovela de Maduro comienza a mostrar sus grietas y el reality show de Chávez está liquidado por falta de presentador, la solución para el chavismo comienza a apuntar hacia la necesidad de un gobierno fuerte ⎯una dictadura militar, si es necesario⎯ en manos de Diosdado Cabello, que no tiene carisma ni es el delfín de Chávez, pero sí cuenta con el apoyo de sectores militares.
De inmediato, crecen las apuestas a favor de que la siguiente etapa de esa especie de transición sin tránsito ⎯sin paso de un estado a otro⎯ se inicie con la juramentación de Chávez, algo en estos momentos tan simple que si no se ha realizado es porque aún no existe una definición sobre los pasos siguientes o porque le han permitido al enfermo un período de adaptación tras el regreso.
Si luego de esto Chávez renuncia o se halla una forma que le permita mantener el elevado impacto simbólico, que en la actualidad representa su figura, junto a la posibilidad de ejercer de guía y ser el poder desde el reposo, es algo que depende no solo de las circunstancias sino de su estado de salud, ese secreto que hasta el momento Cuba supo guardar tan bien, pero que ahora está expuesto a las intrigas y los rencores en la lucha cada vez menos oculta por el poder en Venezuela.

La Nueva Ola y entonces



Ninguna corriente cinematográfica tuvo mayor influencia entre los estudiantes universitarios cubanos de las décadas de 1960 y 1970 que la Nueva Ola, esa forma de hacer cine que respondió más a la voluntad y el empeño de un grupo de realizadores franceses que a estética alguna, pero que terminó definiendo lo que en muchos países se consideró un movimiento cinematográfico.
Si el neorrealismo está en el origen de las primeras producciones del ICAIC y el cine norteamericano es el primero en el gusto del público —y luego en la añoranza por las películas que no se veían—, la Nueva Ola fue una definición para considerarse intelectual por entonces en Cuba.
El 10 de enero de 1959 se estrenó en París El bello Sergio, de Claude Chabrol, y la fecha marca el nacimiento oficial de un movimiento que no sólo tuvo repercusiones en todo el mundo, sino que también definió una manera de ver el cine, una actitud hacia la crítica cinematográfica y hasta una forma de enfrentarse a la vida.
A diferencia de los movimientos cinematográficos anteriores ―neorrealismo, expresionismo― la Nueva Ola no fue tanto una estética como una toma de posición, o mejor aún: una toma de poder. No por gusto se caracterizó por ser un movimiento juvenil, en una época en que los jóvenes pensaban que había llegado su momento.
Ese grupo de realizadores franceses, que hicieron películas disímiles y concretaron una estética fundamentada en un par de artículos, una revista (Cahiers du cinéma) y la adopción de los criterios de un crítico, al que algunos debieron ver como un padre, pero también como un viejo (André Bazin), repercutió en Cuba, y entre quienes estudiábamos en la Universidad de La Habana a más de veinte años del surgimiento de la corriente, ―cuando ésta ya estaba agotada desde el punto de vista creativo— principalmente por dos motivos: un libro y una revolución.
El libro fue Un oficio del siglo XX, de Guillermo Cabrera Infante, que entonces era una especie de Biblia prohibida pero mencionada a diario. La revolución, el proceso que permitió que las películas de la Nueva Ola fueran vistas como ''novedosas'' proyecciones en los cine-clubs cuando realmente habían dejado de serlo. Sin poder ver buena parte del cine que se estaba haciendo en el mundo por aquel entonces, disfrutamos de aquellas películas como si viviéramos en los años cincuenta. Más que cintas de cinematecas, eran verdaderos estrenos.
Estas circunstancias no deben, sin embargo, hacer perder de vista lo más importante. Por encima de la anécdota cubana, está la calidad de un grupo de películas que superaban a buena parte de la producción mundial de entonces. No más de diez, quizá hasta quince, pero que en la mayoría de los casos justifican el recuerdo, más de treinta años después de vistas, a cincuenta de haber sido hechas. El resto es historia del cine.

lunes, 18 de febrero de 2013

Recordar con rencor


Según Ernest Renan, una nación no es una lengua, una religión o una geografía, sino la memoria común que una población tiene y le permite a sus miembros vivir juntos. De inmediato la definición remite a su opuesto. Resulta una paradoja que un país se funde sobre la memoria, porque ello al mismo tiempo incluye que descansa sobre el olvido. De esta manera, todos los Estados son producto de un equilibro difícil entre memoria y olvido. Cuba, por supuesto, no es una excepción.
En muchos casos, la solución nacional estriba en rechazar la demasiada memoria, al tiempo que se evita la muy poca memoria.
Para las naciones, la justicia y el desarrollo marchan muchas veces por caminos contrarios. La estabilidad y la mejora del nivel de vida de los ciudadanos se alcanza casi siempre a través de las vías más mediocres y menos gloriosas.
Por ejemplo, resulta provechoso que un fabricante japonés sea conocido por sus automóviles y no por los aviones que una vez creó para ser lanzados en ataques suicidas contra los buques de la armada estadounidense.
El empeño en recobrar la totalidad de la memoria de la guerra civil española tardó muchos años en imponerse sobre el "pacto de silencio", que llevó a no hablar ⎯ni siquiera en las reuniones familiares⎯ de los asesinatos cometidos por ambos bandos en la contienda.
Por otra parte, la imagen que se tiene de la transición a la democracia en España es de un proceso ejemplar y libre de violencia, cuando en realidad no ocurrió así. Se calcula en 591 los muertos en aquellos años. En La Transición Sangrienta, Mariano Sánchez llega a esta cifra como resultado de la violencia política producida por el terrorismo de extrema izquierda y extrema derecha, la guerra sucia y la represión.
En Francia se mantiene vivo el análisis de cuánto hay de verdad en lo que algunos consideran el “mito de la resistencia francesa” y hasta dónde llegó el colaboracionismo y odio a los judíos, no sólo en lo que respecta al gobierno de Vichy sino a todos los franceses.
Según expresa Alan Riding en Y siguió la fiesta, entre 1940 y 1944, y pese a la ocupación nazi, florecieron en París la pintura, el teatro, la literatura y hasta los cabarets. Sartre daba clases en sustitución de un judío deportado y Picasso recibía oficiales nazis en su estudio.
En cualquier caso, lo mejor para una nación es llegar al momento en que los hechos ocurridos durante dictaduras y guerras sean temas de libros y películas.
En el caso de Cuba, esta inquietud apenas está planteada en un sentido más amplio. Enfrentarla es más provechoso que perseguir rumores y alentar bravatas. Preferible sustituir el rencor por la memoria y no por el olvido. Aunque a veces resulta inevitable recordar con rencor, incluso lo que pueden ser considerados hechos menores.
Para muchos exiliados cubanos, y en lo que respecta a su desarrollo personal, resulta importante no buscar una relación entre su vida actual y los años vividos en la isla, bajo la dicotomía de justicia (¿venganza?) u olvido. Se trata de esa mayoría que no sufrió el fusilamiento o asesinato de sus familiares más cercanos, por ninguno de los dos bandos, y que tampoco participó activa y militarmente en ellos, y que tampoco resultó afectado por castigos mayores o recompensas importantes, recibidas por su actuación durante las décadas en que el proceso se definió por algo más que remesas, recortes y reformas.
Estas personas constituyen aproximadamente entre el ochenta y el noventa por ciento de la población cubana. Víctimas o victimarios de ocurrencias diarias como el poder comer o no en un restaurante, perder la noche en una guardia absurda y dedicar un domingo a un trabajo inútil, que se empeñaban en llamar “voluntario”, “productivo” o “agrícola”, pero que siempre era obligatorio y gratuito.
No resulta fácil. Cuando tras los años se lee, por ejemplo, que se ha puesto fin a la práctica de ese “trabajo voluntario” la información puede revolverle a uno el estómago.
Pura bilis es lo único que me queda ante ese abuso cometido durante años y años, que obligó a muchos a tener una o más fotos durante un trabajo agrícola entre los recuerdos de juventud.
La foto puede tener ahora la patina de la nostalgia, el recuerdo de algún ausente o la evocación de este u otro sueño que se materializó o no. Quizá todo eso sea lo permanente, pero la injusticia de obligar a muchos jóvenes ⎯o no tan jóvenes⎯ a perder días, meses y años de vida para complacer los caprichos ideológicos de un tirano ahora senil no es fácil de borrar.
Lo peor del caso, en lo personal, es no poder mirar con desdén estas medidas, caer finalmente en lo que uno ha tratado de rechazar una y otra vez: recordar con rencor.

domingo, 17 de febrero de 2013

Exilio, ara y pedestal



Hay en Miami un grupo de individuos empeñados en mostrar, a los cubanos y al mundo, un exilio envenenado en el revanchismo, la estupidez y la intransigencia. Al frente de organizaciones con nombres pomposos —Unidad Cubana, Foro Patriótico Cubano— se autoproclaman los líderes de una oposición “total y vertical” al régimen de La Habana.
No sólo resultan inofensivos al gobierno que pretenden combatir, sino que sirven de alimento fácil y diario para las críticas a la comunidad cubana por parte de La Habana. Su ineptitud para influir en algún tipo de cambio en la isla es superada con creces por el daño que le hacen a la imagen del exilio.
Personas que no admiten una opinión en contra —basta escucharlos en la radio de Miami—, pretenden impulsar la creación de una sociedad democrática en Cuba.
Más allá del saludable fin terapéutico y de entretenimiento que proporcionan a sus seguidores y oyentes —quienes sin gastar un centavo encuentran un foro en que expresar desde las frustraciones y las viejas rencillas a los justos deseos de regresar a la patria, acumulados durante décadas— poco logran, salvo alimentar sueños.
En este sentido cumplen la función social —y hasta humanitaria— de brindar satisfacción y consuelo a una parte del exilio que se aferra al pasado. Pero sus intenciones van más allá de la tertulia, la reunión en el café y la conversación de esquina. Los principales dirigentes de estas organizaciones aspiran, de una manera o de otra, a influir en el futuro de Cuba.
Este último objetivo no lo han logrado nunca y ahora cuentan con menos esperanzas que antes para alcanzarlo. Con una obstinación invulnerable al paso del tiempo, quienes pretenden representar al exilio apelando a fórmulas gastadas y alimentando rencores no se cansan de repetir que ha llegado el momento de la unidad y que está cerca el día en que ellos puedan regresar a Cuba para jugar un papel fundamental en los destinos de la nación.
Día a día ajustan su discurso para obviar las señales en contra y olvidar hoy lo que ayer indicaron era una prueba irrebatible de la certeza de sus opiniones. Proclaman que su victoria está cerca sin detenerse en las noticias, aferrados a un plan inútil y una visión cada vez más alejada de la realidad cubana.
Esclavos de lo que vienen repitiendo año tras año, no tratan de ajustar su estrategia a las condiciones actuales, desprecian cualquier táctica que se aparte de su discurso aburrido y rechazan los puntos de vista ajenos con el fervor de los iluminados.
Sin embargo, tanta supuesta pasión por la “causa cubana” no les impide mantener su estilo de vida acomodada, alejada de los sacrificios a que se ve sometido un exiliado cualquiera, en los más diversos lugares del mundo, que sólo piensa en su país. La referencia constante a José Martí no ha significado nunca —para estos señores de la guerra contra Castro— el imitar su ejemplo.
Según el Diccionario de la lengua española, ara significa altar, piedra consagrada que suele contener reliquias de algún santo, pero además en América es el nombre que se le adjudica a varias aves parleras como el papagayo, la cotorra y el periquito. Esta última sería la definición precisa a la hora de clasificar a ciertos grupos de exiliados en Miami. Pero no solo ello. También el exilio como un pedestal, desde donde alcanzar los mayores beneficios personales.

El “Sueño Americano” y el “Sueño Cubano


Empecinarse, exagerar e insistir son rasgos típicos del exiliado, escribe Edward W. Said al caracterizar una condición de la que participaba. Mediante ellos el expatriado trata de obligar al mundo a que acepte una visión que le es propia, “que uno hace más inaceptable porque, de hecho, no está dispuesto a que se acepte”, según Said.
Esa negativa a adoptar otra identidad, a mantener la mirada limitada y conservar las experiencias solitarias marca a quienes han sufrido cualquier tipo de exilio, con independencia de raza y nación.
El problema con los cubanos se ha vuelto más complejo con los años, al mezclarse las categorías de exiliado, refugiado, expatriado y emigrado entre los miembros de un mismo pueblo.
El exiliado es quien no puede regresar a su patria —la persona desterrada—, mientras que los refugiados son por lo general las víctimas de los conflictos políticos. El expatriado es aquel que por razones personales y sociales prefiere vivir en una nación extraña y el emigrado es cualquiera que emigra a otro país.
En el caso de Cuba, salvo un buen número de expatriados que vivían en Europa u otras partes del mundo —por lo general nunca en Miami— y podían entrar y salir de la isla sin problema, el resto de emigrantes cubanos podía reclamar la categoría de exiliado, porque se le impedía el regreso, a veces temporal y siempre definitivo, a la patria, aunque no todos “practicaran” el exilio con igual fuerza. Todos además, incluidos los expatriados, tenían que atenerse a un “código político”. Al mismo tiempo la mayoría podemos reclamar la etiqueta de “víctimas”.
Ahora todo esto ha cambiado. La reforma migratoria en Cuba no solo ha abierto la posibilidad de que la mayoría de quienes constituyen la comunidad exiliada visite la isla, sino incluso ha entreabierto la puerta del regreso para los interesados en vivir en un país en ruinas y sin posibilidades de ofrecer trabajo, por lo que en el supuesto caso de regresos, estos se producirían fundamentalmente entre los ancianos y  retirados.
Aunque en un primer momento el efecto de los cambios migratorios se ha sentido fundamentalmente en la isla, a un mediano plazo Miami experimentará también una transformación, tanto ideológica como económica.
Hasta hace poco, y a grandes rasgos, la comunidad exiliada de Miami se podía dividir en dos categorías fundamentales: una que manifestaba un anticastrismo militante, al menos verbalmente, y rechazaba por completo todo lo que viniera de la isla; otra que expresaba lo que podría llamarse un “anticastrismo apático”, que si bien no comulgaba con el régimen de La Habana tampoco mostraba mucho interés en manifestar, en el terreno local y cotidiano, ese rechazo. La diferencia no era tanto ideológica y política como de escala de valores: en unos el rompimiento con la isla había sido tan completo (fundamentalmente porque marcharon al exilio antes y ya no tenían familiares en la isla) que no les interesaban tender nuevos puentes; otros habían llegado después, posiblemente aún conservaban familiares en Cuba, y conocían otra realidad que habían vivido durante años del proceso revolucionario.
Esta caracterización en dos grandes grupos ⎯que deja fuera sectores minoritarios de simpatizantes del castrismo, en su mayoría por frustración y conveniencia, o cubanos integrados por completo a este país, ya sea por vínculos familiares o circunstancias específicas⎯ ha comenzado a resquebrajarse con el surgimiento de un tercer grupo, para el cual tanto el castrismo como el anticastrismo resulta cosa del pasado, cuyo lugar de residencia son las zonas de esta ciudad que guardan menor relación con Estados Unidos, y cuyo futuro laboral y capacidad de ingreso es posible que siempre se encuentre por debajo del necesario para alcanzar el “sueño americano”, pero que al mismo tiempo será el suficiente para lograr el “sueño cubano” de vivir en el exterior.
Estos cubanos que van a vivir entre dos países, que en la actualidad cuentan con la posibilidad de ser a la vez residentes estadounidenses y residentes cubanos, se están constituyendo en un tercer grupo demográfico ⎯aunque aún no político⎯ dentro de la comunidad exiliada cubana de Miami.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...