miércoles, 20 de febrero de 2013

¿Cuánto hemos cambiado?


El pecado original de buena parte del anticastrismo en Miami es que no es verdaderamente democrático. Esta es la realidad tras las posiciones de un nutrido grupo de miembros del llamado “exilio histórico”, quienes a diario declaran estar dedicados a la lucha por la libertad de Cuba mientras defienden dictaduras pasadas y presentes, terroristas y censores.
Frente al régimen castrista, estos exiliados encuentran su definición mejor. Sólo que lo que es bueno para ellos no es necesariamente bueno para el pueblo cubano. Además de una vocación caudillista que nunca los abandona, se aferran a tácticas y puntos de vista caducos. Su ideal es ejercer el monopolio del pensamiento opositor y viven en un mundo donde la guerra fría no ha terminado. Este tiempo detenido puede que les llene de esperanza, desde un punto de vista existencial, pero contribuye a que su visión de la isla tenga validez apenas en la Calle Ocho.
Ese afán por aferrarse al pasado hace que sean los únicos herederos de la política de Washington en la época de Eisenhower y los hermanos Dulles, cuando era preferible un tirano anticomunista a un gobierno progresista. La época que propició la existencia de Odría, Rojas Pinilla, Pérez Jiménez, Trujillo, Somoza, Stroessner y Batista. Mentalidad que luego los llevó a apoyar a Pinochet y Fujimori, sin olvidar diversas dictaduras militares y una nostalgia fervorosa por la España de Francisco Franco.
A esta estrategia de los años cincuenta del siglo pasado se ha unido la paranoia de los ex que durante décadas se han incorporado al exilio, y que al tiempo que se identifican con el pensamiento de sus antiguos enemigos, son incapaces de librarse de la lógica del partido: dedicados ahora a aplicarla en la dirección contraria.
La tendencia hacia el totalitarismo es visible en el interés por anular toda opinión contraria y ejercer la censura en bibliotecas y escuelas, en la incapacidad para admitir la independencia de poderes y en una voluntad empeñada en imponer sus criterios. Imposible que las ideas democráticas estén a salvo entre quienes no son demócratas.
  El anticastrismo totalitario sueña a diario con la muerte de Fidel Castro. La imagina semejante a la partida de Batista de la isla. Muere el dictador y el reloj da una marcha atrás vertiginosa. Incapacitado frente al futuro y prisionero en el presente, sólo le queda mirar al pasado.
Por supuesto que Cuba cambiará a la muerte de Castro. ¿Cómo y cuándo? Ante la imposibilidad de respuestas, algunos prefieren refugiarse en la fantasía.
Ha llegado el momento de reconocer que en Miami se libran dos luchas simultáneas. Una contra el régimen castrista y otra contra el monopolio anticastrista. No son dos luchas iguales y no se intenta equipararlas. La primera está bien definida. La segunda es un debate entre la amplitud de criterios y el aferrarse a una estrategia caduca, irreal y que sólo sirve a los fines electorales. Pero lo que no es posible es mantener el silencio y la paciencia frente a una posición esgrimida sólo para el beneficio de unos pocos.
Este post es una versión reducida de mi columna Anticastrismo totalitario, publicada el lunes 17 de julio de 2006 en El Nuevo Herald.
Yoani Sánchez emitió en Brasil una opinión sobre el caso de los cinco espías cubanos condenados en Estados Unidos. De forma irónica dijo que “preferiría que los liberaran”, para poner fin según ella a lo que es una costosa campaña que afecta económicamente a la isla. Ante esta opinión, la reacción de buena parte de los entrevistados de siempre, como “portavoces del exilio”, así como de los opositores más cercanos ideológica y políticamente a la opinión del “exilio histórico” de Miami, no se hizo esperar. No se trata de rechazo o el apoyo a cualquiera de estas opiniones, ambas válidas desde el punto de vista de la libertad de expresión. Lo que está en juego una vez más es si la comunidad exiliada de esta ciudad está dispuesta a admitir ⎯y por supuesto rebatir⎯ una opinión contraria al “credo” establecido por un sector del exilio. Si el resultado va a ser una discusión útil o un nuevo “acto de repudio” al que expresa una forma de pensar ajena a la de muchos exiliados en Miami. 
Por eso decidí reproducir una parte de esa columna de julio, publicada hace casi siete años. ¿Cuánto hemos cambiado?

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