domingo, 24 de febrero de 2013

El lacayo



El vicepresidente venezolano designado, Nicolás Maduro, semeja un lacayo del despotismo asiático. Pero no uno real, sino de esos que hace unos años aparecían en las peores películas de Hollywood. No es que Maduro esté vendido a China o a algún otro poder remoto. Es que su verborrea lo denuncia. 
Esa simplicidad verbal lo convierte en alguien incapaz de inspirar confianza, respeto o dignidad. No es un político para creer en él, sino un personaje que cumple un papel asignado: una especie de anunciador de teatro.
Desde que Chávez viajó a Cuba para operarse de nuevo, en diciembre pasado, el gobierno chavista rechazó el silencio como táctica y recurrió a la emisión de comunicados, sesiones supuestamente informativas e incluso entrevistas, en que siempre un fárrago de palabras que limitaban a clichés, adjetivos y repeticiones trataban de aplastar un par de datos escuetos.
No ha sido una técnica que brinde muchos resultados. Se sabe por experiencia que al totalitarismo siempre le funciona mejor la censura en su forma más desnuda. Pero en Venezuela, posiblemente por órdenes del propio presidente Hugo Chávez, decidieron adornarla.
Este adorno siempre se ha hecho con torpeza, y ni por un momento ha conseguido acallar los reclamos de información. Pero en la competencia por el mejor disfraz siempre Maduro ha quedado en último lugar. Uno puede escuchar al ministro de Comunicación, Ernesto Villegas, y sacar algo en claro. Igual ocurre con el canciller Jaua. Con Maduro no.
El vicepresidente designado se limita a dos recursos a la hora de mentir. 
Uno es transmitir frases enredadas, oraciones incoherentes y saltos en la sintaxis que  ⎯si son formulados con un propósito y no se limitan a indicar simplemente las limitaciones verbales y de pensamiento del delfín chavista⎯ convierten en oscuro el enunciado más simple:
“Sigue con el tema de la asistencia de una cánula para apoyarse en la respiración y se comunicó como ustedes saben con nosotros por distintas vías escritas para darnos las orientaciones”, dijo el viernes Maduro en una declaración por la televisión estatal. Tal chorro de palabras para expresar, simplemente, que el mandatario venezolano continúa con una traqueotomía y no puede hablar. Eso del “tema de la asistencia de una cánula para apoyarse en la respiración” merece un suspenso en Español.
El otro recurso de Maduro es la exageración, el lacayismo y la adjetivación barata:
“Él ha estado muy enérgico con mucho ánimo, con mucha fuerza y vitalidad, y eso nos llena de mucha alegría", indicó Maduro en la misma declaración transmitida por la televisión estatal el viernes.
¿Cómo alguien puede creer que un paciente tiene mucha fuerza y vitalidad, cuando el día anterior, jueves, se había informado a través de un comunicado de que el presidente Chávez, todavía padece una “insuficiencia respiratoria” y de que “su tendencia no ha sido favorable”.
“La insuficiencia respiratoria originada durante el proceso post-operatorio persiste, y su tendencia no ha sido favorable, por lo cual continúa siendo tratado”, dijo Villegas en la televisión y la radio públicas el jueves.
También por esos días el canciller Jaua declaraba en la Cumbre África-América del Sur, en Guinea, que la salud de Chávez había empeorado por sus problemas respiratorios.
Así que el vicepresidente Maduro miente descaradamente. No porque lo diga la oposición o alguien en el extranjero. Las declaraciones de otros miembros de la cúpula chavista contradicen sus palabras.
Todo indica hasta el momento que el legado de Hugo Chávez quedará en manos de un mentiroso simplón, incapaz de elaborar un discurso coherente. Algo que debe ser motivo de preocupación. En especial para los propios chavistas.

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