viernes, 29 de marzo de 2013

Fracaso neoliberal



Uno de los problemas con la ideología neoliberal, esa que propugna la reducción al mínimo del Estado y la panacea del mercado, es que carece de una base real en la que fundamentar su teoría. En este sentido, recuerda sospechosamente a la comunista. Esto se debe en parte porque las dos doctrinas comparten una fuente común en los planteamientos del economista inglés Adam Smith. Pero hay más: tras cada neoliberal se esconde o evidencia un revolucionario. Al igual que hicieron los ideólogos marxistas, los neoliberales tienden a suplantar al hombre real por el que vendrá; a sacrificar la sociedad actual, de miseria y políticas de choque económico, en nombre de una sociedad futura. En ambos casos, son ideólogos de cara al futuro: prisioneros de la arcadia del presente. Ello explica, en parte, que a menudo ganen en los procesos electorales y luego pierdan a la hora de poner en práctica sus proyectos.
Si hay una diferencia encomiable entre un neoliberal y un comunista, es que mientras el segundo esconde su resentimiento en un sueño de igualdad, que ya se vino abajo universalmente, el primero es víctima o partidario de una visión ingenua.
Es tanto una ingenuidad económica como sicológica. Desde el punto de vista económico, el liberalismo de los siglos XVIII y XIX se basó en el principio del mercado libre y de la armonía natural de intereses, en oposición al mercantilismo de las naciones gobernadas por los reyes absolutistas, donde el Estado intervenía soberano.
Frente al estado mercantilista, los liberales propugnaron una economía de mercado libre, basada en la división del trabajo y carente de influencias teleológicas; impulsada por el egoísmo individual, que a su vez se encauzaba hacia el bienestar social. Gracias al intercambio económico, el hombre estaba obligado a servir a los otros, a fin de servirse a sí mismo. Un sistema económico regido por el consumo, donde el consumidor era el nuevo soberano.
 Estos enunciados liberales, retomados por los neoliberales, adolecen de un grave error: presuponen un racionalismo económico que en la práctica es imposible de alcanzar o mantener. Su concepto del individuo es típico de la filosofía de la Ilustración: un ser racional, cuya irracionalidad es vista como un defecto y no como parte de su esencia.
Si bien es cierto que en una economía de mercado libre la creación de mercancías está determinada por los precios y el consumo, en la actualidad estos mecanismos ya no son regidos por la simple ley de la  oferta y la demanda, sino también por la propaganda, las técnicas de mercadeo y los monopolios.
Toda esa verborrea barata de que la riqueza crea empleo, que no hay que regular a las fuerzas del mercado y que la prosperidad está a la vuelta de la esquina siempre que se le permita una plena libertad a los individuos  para producir y vender es pura engañifa, lenguaje de pillos.
En la actualidad, la creación de demandas artificiales ha sustituido en gran parte a los intercambios de mercancías que satisfacen necesidades básicas. Si se puede identificar una fuente de ansiedad o inseguridad, ésta puede ser explotada a través de la publicidad. Las consideraciones sobre calidad de vida, protección ambiental y desarrollo espiritual quedan fuera de su consideración. Ello sin contar la corrupción política y el espionaje industrial.
"Lo que es bueno para la General Motors es bueno para América", dijo en 1950 el secretario de Defensa Charles Wilson, en una frase que remeda a otra de Bernard de Mandeville, quien acuñó los principios liberales en una frase si no gloriosa al menos sagaz: “Vicios privados, beneficios públicos”.
Wilson sabía lo que decía, y a quien se lo decía, no sólo porque los conglomerados y las corporaciones multinacionales dominan ahora la escena económica norteamericana, sino porque la burocracia gubernamental y la corporativa son intercambiables. Esto último también lo sabía: fue presidente de la junta ejecutiva de la General Motors antes que secretario de Defensa.

La ineficiencia como virtud de la prensa oficial cubana



La prensa oficial en Cuba no cumple la función de informar, es más bien un órgano de orientación. Solo que a la hora de desempeñar la función orientativa lo hace mal, tarde y por omisión.
No se aparta de otros ejemplos que existieron mientras duró la Unión Soviética y el campo socialista. Es por ello que luce tan anacrónica. Pero lo peor es que resulta inútil salvo por un aspecto: ocupa un lugar. No es que logre ocultar una carencia. Se trata de algo más simple: su ineficiencia contribuye a mantener el statu quo, y en ese sentido su desempeño es perfecto.
Desde hace algún tiempo se habla en Cuba de incrementar las denuncias de lo mal hecho, así como publicar y dar a conocer ineficiencias, sobre todo en el campo económico y administrativo. Si bien este esfuerzo —de llegar a producirse realmente— resultaría beneficioso, en el mejoramiento de algunas deficiencias administrativas locales y hasta nacionales, no deja de eludir el problema fundamental. La noticia tiene un valor jerárquico en sí misma, dada por su importancia, las condiciones en que se produce, su singularidad, procedencia y otros factores. La lista podría ser larga, pero hay algo común en todos los elementos: el valor noticioso es intrínseco al hecho y no debe estar determinado o adulterado por factores externos. Para decirlo de forma más simple: la noticia surge o se descubre, pero no se fabrica. Al incurrir en esto último se cae en la tergiversación y el engaño. En el mejor de los casos, se entra en el dominio de la publicidad y la propaganda, pero casi siempre se acaba en el fraude.
Distinciones de este tipo tienen un carácter político, y de inmediato puede surgir una contraparte que argumente que en los países democráticos, y en general en el capitalismo —desde las grandes cadenas noticiosas hasta los periódicos de provincias— sobran ejemplos de ocultamiento de informaciones, desplazamiento de noticias importantes a los lugares menos visibles y simple alteración de contenidos. También puede afirmarse que la llamada “objetividad” periodística y el balance informativo se han visto reducidos en los últimos años, en particular por la crisis que impera en la prensa escrita. Es cierto, pero lo que constituye un defecto o una limitación no crea una norma o precepto.
Por principio, y desde la época leninista, se estableció que la prensa en un país socialista, que avanzaba hacia el comunismo, tenía que orientar y cumplir una función ideológica. De ahí la asignación de grandes recursos a los periódicos partidistas. Como ocurre en muchos otros aspectos en Cuba, el despilfarro ha sido enorme y los resultados de miseria. La prensa permitida en la Isla —un país con un sistema que a estas alturas no es ni un remedo de socialismo— permanece condenada al lastre de limitar la información a sus ciudadanos, de una forma torpe y con el mayor desprecio. Ni siquiera ha sido capaz de desempeñar esa labor orientadora que siempre ha asumido públicamente.
Salvo la divulgación de leyes y algunos discursos del gobernante, poco más de importancia dan a conocer los dos principales periódicos cubanos. Por otra parte, hablar de la función informativa de la radio y la televisión es un ejercicio estéril.
En un periódico de limitadas páginas como Granma, buena parte del contenido informativo no tiene actualidad y otra buena parte está referida a noticias baladíes —en que la intrascendencia del hecho pasa a un segundo plano frente a la conveniencia política de darlo a conocer— e informes que carecen de sustentación, simple repetición de datos ofrecidos por determinada instancia o funcionarios, a los que nunca se les cuestiona o se verifica si lo que dicen es cierto.
A esto se añade una carga de documentos y recopilaciones de lo ocurrido en los largos años del proceso revolucionario, o el relativo corto tiempo que necesitó Fidel Castro para derrotar militarmente al gobierno de Fulgencio Batista, que mejor tendrían cabida en una publicación especializada en temas históricos.
En este sentido, Granma actúa como biblioteca y mausoleo anticipado, no como un contenido noticioso. La fuente de información que brindan sus páginas —sin entrar ahora en un cuestionamiento de su calidad y exactitud— es en gran medida del tipo de las que se encuentran en museos y bibliotecas, y su ubicación siempre presente en el sitio en internet de la publicación remite a una reafirmación de poder, que aspira a la eternidad y no al momento. De esta forma, asume una característica que se sitúa en las antípodas del periodismo, especialmente en la época digital, donde el sentido de actualidad se acorta cada vez más.
La prensa de hoy, en todos sus formatos, es prensa del instante. Sin embargo, en buena medida, Granma no le dice al lector lo que está ocurriendo, sino le reafirma lo que pasó: es prensa del recuerdo.
Junto a la rememoración constante de lo ocurrido en torno al triunfo de Fidel Castro, y una selección de acontecimientos posteriores, con demasiada frecuencia aparecen informaciones que de forma sistemática se refieren a celebraciones, seminarios y actividades bélicas que se realizan en toda la Isla. Por momentos, el más importante diario cubano parece una publicación militar, empeñada en recordarle a los ciudadanos cuanto le deben y dependen de los hombres de uniforme.
Tal esfuerzo de propaganda no es nuevo en una nación con un gobierno surgido de una guerra civil, que se ha dedicado a engrandecer las instituciones militares y cuyo gobernante por décadas fue identificado primero como “Comandante en Jefe” y luego como presidente o jefe de Estado; un dictador que dedicaba su tiempo tanto a ordenar expediciones militares lejanas como a explicar el procedimiento mejor para cocinar el arroz, de forma más nutritiva y económica. Este absolutismo de la información dio como resultado que los cubanos estuvieran condenados a ser regidos por un “reportero en jefe”, que por supuesto se consideraba mejor que cualquier periódico. Fue García Márquez quien primero vio esa condición de “reportero” en Fidel Castro, lo único que con adulación y servilismo.
Desde el uso del lenguaje de los cuarteles, al hablar de los planes cotidianos del Gobierno y los problemas del país, a la recordación constante de la gesta independentista del siglo XIX, el régimen castrista ha apelado al discurso militar para justificar y fundamentarse ideológicamente. Este marco referencial caduco marca una estrechez de propósitos que ha contribuido a la supervivencia del sistema, pero también a su inoperancia y marasmo. La jerga del soldado convertida en instrumento represivo.
Por décadas Granma ha establecido una forma de obtener y brindar un tipo de información restringida, que va de la inercia a una lectura entre líneas y por omisión: lo que no aparece cuenta más que lo que se publica.
Para citar un ejemplo actual, en estos dos últimos días la prensa cubana no ha informado sobre la tensión creciente entre ambas Coreas y la amenaza de guerra en la zona. La noticia de que el gobernante norcoreano, Kim Jong Un, ha ordenado a su artillería que se prepare para disparar contra bases estadounidenses en Corea del Sur y en el Pacífico no ha aparecido hasta el momento en la prensa. 
Para explicar esa omisión solo cabe especular. Lo más posible es que los periodistas estén esperando conocer la posición del régimen cubano en la disputa, que por supuesto será de apoyo a Corea del Norte. Prefieren o están obligados a esperar la información oficial, y no van a afrontar el riesgo de lanzar una posición oficiosa. Y mientras tanto guardan silencio y no publican la noticia. Saben que por años Pionyang ha utilizado sus amenazas como instrumento negociador y quizá también conozcan que pese a la escalada en la crisis, Seúl continúa brindando ayuda humanitaria a Norcorea.
Sin embargo, hay una diferencia entre, por una parte, asumir una posición —no solo en un gobierno sino también en un órgano de prensa— y por la otra decir lo que está ocurriendo. Todo en este artículo se refiere al periodismo informativo, no al de opinión (salvo, por supuesto, este propio texto). Y aquí radica el principal problema de la prensa oficial cubana: cuando se convierte a todo lo que ocurre en un argumento ideológico, no se informa sino se interpreta.
Este uso de la prensa, establecido desde el inicio por el “reportero en jefe” es no solo perjudicial, sino anti-periodístico en su esencia. De esa forma, se contribuye no solo a que el lector esté poco informado, sino que se le limita su capacidad de análisis.
Se puede argumentar también que con los problemas cotidianos que enfrentan los cubanos —desde la falta de agua hasta la búsqueda diaria de algo que llevar a la mesa— el conocer de otra crisis más entre las dos Coreas queda fuera de su interés, y agregar que en la mayoría de los países capitalistas la población no solo desconoce sino que tampoco le llama la atención este tipo conflicto, por lo menos hasta el momento en que comienzan a caer las bombas. Es cierto, pero entre ese adocenamiento por el consumo, la inercia y hasta la crisis mundial, y la imposición de la estulticia hay más de una diferencia.
Ser cultos no necesariamente nos hace libres, en más de un sentido, pero sí ser libres nos posibilita estar mejor informados. Es cierto que en el mundo actual las limitaciones para ser libres son muchas, pero no por ello hay que aceptar la condena que representa tener a Granma como el órgano oficial de la prensa en Cuba.
Este artículo aparece también en Cubaencuentro.

jueves, 28 de marzo de 2013

Democracia y totalitarismo



Se afirma como un dogma que la vía para lograr la democracia en Cuba pasa por la reinstauración de un sistema político dominado por el mercado. No es cierto. Capitalismo y democracia no son sinónimos. Pueden coincidir, pero no necesariamente.
De hecho, cada vez cobra mayor fuerza la evidencia de que el proceso de “actualización” que lleva a cabo el Gobierno de Raúl Castro está muy cerca de una vuelta al capitalismo con cortapisas ―en sus aspectos más superficiales y despiadados― y en nada interesado en el menor cambio en lo que respecta a las libertades ciudadanas.
Los fanáticos del neoliberalismo, que suelen confundir la falta de regulaciones y controles del mercado con la libertad política, deben leer una reseña de varios libros, que tratan sobre la supuesta decadencia mundial de Estados Unidos, realizada por Ian Buruma en el número del 21 de abril de 2008 en The New Yorker.
Buruma hace referencia a The Return of History and the End of Dreams, el libro de Robert Kagan, el ideólogo neoconservador de mayor talento en Estados Unidos. Dice Buruma que Kagan hace una buena observación al señalar lo que pasan por alto quienes creen que, con sólo las bendiciones combinadas del comercio, capitalismo y propiedad privada creciente, se llega inexorablemente a una democracia liberal.
De acuerdo a Buruma, lo que se subestima es el atractivo internacional de la autocracia. La Unión Soviética, después del impulso inicial que recibió la industrialización fue un modelo de fracaso económico. Pero la China actual, hasta el momento, no lo es. Como dice Kagan, “gracias a décadas de destacado crecimiento económico, los chinos pueden argumentar hoy que su modelo de desarrollo económico, que combina una economía cada vez más abierta con un sistema político cerrado, puede resultar exitoso para el desarrollo de muchas naciones”.
A diferencia de China, de lo que Rusia ha estado beneficiándose en gran medida en los últimos años es el elevado precio del petróleo. En este sentido, su situación económica por supuesto que es mucho mejor que en la época de Boris Yeltsin, pero por una coyuntura internacional específica.
Un sistema similar al chino o al vietnamita, con las variantes tropicales al uso, es lo que debe estar en la mente en más de un tecnócrata o funcionario cubano. No es siquiera que el ideal de Raúl Castro sea la puesta en práctica de ese modelo. Es posible que el resultado en que desemboque un poscastrismo sea algo más parecido a la Rusia actual que a China o Vietnam.
Si algo se desprende de la realidad cubana y de los avances y retrocesos que han traído lo que la prensa extranjera llama “reformas” y la oficialista denomina “actualización”, es la existencia de un conjunto de medidas de supervivencia para navegar en el caos sin que se produzca un estallido social. Hasta ahora ―hay que señalarlo― lo han logrado como si fueran los dueños absoluto del tiempo. No hay mérito en ello si se recuerda el ejemplo más de moda en estos momento, Corea del Norte, pero la casta militar cubana ha dado muestras de desempeñar con efectividad un rol productivo y no limitarse al poderío parásito de los militares norcoreanos.
Aquí vendría entonces la pregunta de hasta dónde está el exilio de Miami preparado para lidiar con ese grupo de funcionarios y militares que están establecidos como los herederos del poder en Cuba.
Ante todo hay que señalar algunas verdades, dolorosas para algunos aquí en Miami. Más allá de los méritos cívicos y el valor de sus integrantes, el movimiento disidente es un buen indicador del control absoluto del Gobierno sobre la ciudadanía del país: hasta el momento, la disidencia se ha convertido en un formidable instrumento de denuncia, pero no ha logrado —mejor sería decir que se le ha impedido por todos los medios adquirir— la fuerza suficiente para constituirse como una alternativa independiente para el cambio de régimen.
Tampoco llegan lejos ―nunca lo han logrado― quienes desde el exilio llevan a cabo una labor de cabildeo dentro del gobierno estadounidense y en el Congreso en Washington para conseguir que el Gobierno de este país asuma una actitud realmente agresiva frente al régimen de La Habana, con el objetivo de transformar la situación actual.
A estas alturas debe quedar claro que las bases para un vínculo económico, entre el exilio y los residentes en la isla, que sobrepase el simple envío de remesas, están establecidas y solo esperan una mayor flexibilidad en ambas costas del estrecho de la Florida. La reforma migratoria realizada por La Habana es un paso en este sentido.
Solo cabe añadir que la visión de que Cuba está gobernada por una gerontocracia es incompleta, y que quien piense―en parte por pereza, por culpa de los corresponsales internacionales que no hacen bien su trabajo y hasta por desconocimiento de nombres y caras― que los mandos del régimen se limitan a un puñado de ancianos, y que todo se reduce a un problema de edad, lo más probable es que muera en la espera de una solución biológica. No se trata de creer que nombramientos recientes —el de Miguel Díaz-Canel como primer vicepresidente del Consejo de Estado es el mejor ejemplo— signifiquen de inmediato un traspaso del poder, pero sí indican que hay un camino trazado y en marcha.
Si, salvo que se produzca un estallido social incontrolable, el destino cubano más probable es un cambio generacional, que ampliará la vía capitalista pero mantendrá reducidas o controladas las libertades públicas, la ecuación capitalismo y democracia salta en pedazos. No creo que nos estemos preparando para ello. Para evitarlo —algo que en gran medida escapa a las posibilidades de acción del exilio— o al menos enfrentarlo.
Mural en una pared de la calle San Lázaro, en La Habana, 2012 (fotógrafo José Parlá). 

martes, 26 de marzo de 2013

¿La tercera sorpresa portuguesa?



1974. La “revolución de los claveles” sorprende a Europa y al mundo. No solo abre la posibilidad de la creación de un Estado socialista en Europa continental, sino que es la validación de una ideología de izquierda radical —aunque en este caso específico sin violencia extrema y sin sangre— en que la causa tercermundista tiene la palabra, y algo más: tiene la primera palabra. Portugal no mira a la Unión Soviética sino a Cuba; se apoya no en el marxismo tradicional sino en una especie de “teoría de la liberación” donde los papeles están invertidos: los militares no reprimen al movimiento social sino que lo crean e impulsan. Claro que no se trata de la clase militar tradicional europea —elitista y aristócrata— sino de los jóvenes oficiales de baja graduación, que provienen de la clase media y han sido enviados a África para luchar en una guerra colonial que rechazan.
1976. Los socialistas ganan las elecciones legislativas y Mário Soares se convierte en primer ministro. Es el inicio de una nueva época, donde Portugal, con pasos equilibrados pero continuos, paulatinamente abandona una retórica comunista y de justicia social —que incluso había permeado fuertemente su constitución— y se decide a lograr el desarrollo y el pase al primer mundo mediante la integración europea y la vía de un capitalismo neoliberal avanzado. Los logros son notables —en 1986 se une a la Comunidad Económica Europea, en 1995 entra en el Espacio Schengen y en 1999 es una de las naciones fundadoras de la eurozona y que establecen el euro como moneda— pero también las dependencias: puesta en marcha de programas económicos establecidos por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en 1977–78 y 1983–85. Pero el balance global, entre socialismo y neoliberalismo parece inclinado definitivamente a favor de este último.
2011. Negociaciones con el FMI y la Unión Europea. La nación tiene que acogerse a un plan de ajuste para estabilizar sus finanzas. Por un tiempo el país se comporta como el “alumno modelo” para la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI). Por ejemplo, en las urnas, la frustración ciudadana lleva a una derrota aplastante del socialista José Sócrates y a la victoria del conservador Pedro Passos Coelho. Todo parece encaminarse a que, como está ocurriendo en España, los principales causantes de la crisis sean al mismo tiempo los más beneficiados. Millones para los bancos y recortes para la población. Sin embargo, esta situación cambia en septiembre de 2012. Las manifestaciones obligan al gobierno de Passos Coelho a dar marcha atrás en sus planes de recorte de las contribuciones sociales a las empresas para subírselas a los empleados, lo que hubiera equivalido a una reducción generalizada de sueldos de un 7%.
El Gobierno había lanzado una iniciativa en otoño para recortar gastos, a través de una reforma de pies a cabeza del Estado. Pidió ayuda al FMI para identificar dónde deberían realizarse los recortes. El FMI identificó recortes al gasto público por 4.000 millones de euros, enumeró despidos a gran escala de funcionarios públicos y reducciones en pensiones; también sugirió recortar en educación, sanidad y prestaciones por desempleo para ahorrar dinero. Todo ello en el peor momento posible. En la actualidad los portugueses sufren las mayores subidas de impuestos de las últimas décadas mientras el Gobierno trata de aumentar los ingresos para asegurar que se cumplen los objetivos presupuestarios incluidos en el rescate.
Portugal entró en su recesión más profunda desde los años 70 el año pasado y el desempleo está en máximos históricos, por encima del 16 por ciento.
Los recortes del gasto pretenden preparar el sector público del país para cuando expire el rescate de la Unión Europea y el FMI. Según el plan de rescate, está previsto que Portugal vuelva a financiarse por sí mismo en el mercado de bonos en la segunda mitad de este año.
A la inestabilidad económica se une ahora la agitación política, con anchos sectores de la sociedad portuguesa que manifiestan su insatisfacción con el Gobierno de coalición de centro-derecha liderado por Passos Coelho, según un artículo aparecido en Infolatam: El agravamiento de la coyuntura económica agita situación política en Portugal.
Quien visita Lisboa se sorprende ante el contraste entre una pintada en una pared callejera, a favor de la toma del poder por los comunistas, y una conversación de varias horas en una marisquería, donde comunistas, socialistas, conservadores y neoliberales, empleados públicos, pequeños empresarios, profesionales en paro e intelectuales, discuten por cuatro o cinco horas y continúan siendo tan amigos como siempre.
Ese raro equilibrio entre manifestaciones verbales y escritas de belicosidad política, junto a un sentido de la camaradería y la amistad que derriba barreras, quizá sea único y privilegio de los portugueses.
Una mezcla que se define perfectamente en los conductores de taxis, que suelen ser los más amables del mundo y al mismo tiempo conducen de forma temeraria, corren por las calles como si no hubiera límites de velocidad y no aceptan sugerencias de ruta.
Tal vez la idiosincrasia portuguesa influyó decisivamente en ese florecimiento  de una revolución sin sangre y su apagamiento posterior sin odio ni rencores. Pero de nuevo se están creando las condiciones para que Portugal nos dé otra sorpresa. Lo que aún resulta imposible de predecir es si marcará una pauta, que rompa este ciclo de crisis-rescate que está hundiendo a Europa, o si retornará la zaga del desarrollo político, social y económico europeo.

Libertad, estabilidad y disidencia



El elemento primordial, tanto en las guerras de independencia como en los movimientos de derechos civiles, es la búsqueda de la libertad por encima de cualquier actuación fundamentada en el mantenimiento de la estabilidad. Además de un concepto, estamos ante un plan de acción.
El concepto es que la libertad actúa como un valor fundamental de motivación en cualquier pueblo —con independencia de credo, cultura, historia y origen— mientras que el plan de acción se fundamenta en la estrategia para lograr que ese valor y esa motivación se encaminen al éxito. Por supuesto que de las declaraciones de a la movilización ciudadana transita la posibilidad de triunfo de cualquier movimiento a favor
Una buena formulación del principio de valorar la libertad por encima de la estabilidad aparece en The Case For Democracy, de Natan Sharansky y Ron Dermer.
Sharansky, un disidente judíosoviético, dedica las trescientas páginas de su libro a explicar como en una época solo los disidentes de la desaparecida Unión Soviética y los países de Europa del Este, unos pocos líderes mundiales —Margaret Thatcher y Ronald Reagan— y algunos legisladores —los senadores Henry “Scoop” Jackson (demócrata y Charles Vanik (republicano)— fueron capaces de poner por delante de otros intereses el ideal libertario.
Para Sharansky, la lucha por la paz y la seguridad debe estar vinculada con promover la democracia. De lo contrario, sólo se consigue posponer el problema. Expresa que así ocurrió durante la guerra fría, con la política de la Détente, hasta la llegada de Thatcher y Reagan al poder en sus países respectivos, y de igual manera viene sucediendo en el Medio Oriente. La confrontación, no necesariamente bélica, pero sin dar respiro al enemigo, es la única solución.
Sharansky es un activista más que un político (aunque ha ocupado cargos en el parlamento y el gobierno israelí). Ello no le resta valor a sus argumentos, pero obliga a situarlos en el terreno ideológico y no de la política práctica (de hecho en el libro una de las figuras más criticadas —de forma abierta y velada— es Henry Kissinger: el maestro de la real politick).
En su obra el antiguo disidente defiende tan ardorosamente sus argumentos, que en muchos casos pasa por alto aspectos que contradicen o complementan sus explicaciones. Vistos los hechos con una perspectiva más amplia, la Détente contribuyó a la caída de la Unión Soviética mucho más que lo que Sharansky está dispuesto a reconocer y el afán de consumo jugó un papel tan importante como las ansias de libertad —quizá mayor— en la forma rápida en que los ciudadanos soviéticos y de Europa Oriental volvieron la espalda al sistema socialista en la primera oportunidad que pudieron.
La falta de libertad les impidió hacerlo antes, pero la escasez de productos de Occidente les hizo correr de prisa al abrazo del capitalismo.
Estamos de acuerdo en que los ideales son una parte del cuento. La otra —más importante—es cómo llevarlos a la práctica.
Dice Sharansky que el “derecho a disentir es más importante que lo que se expresa mediante una opinión disidente”. Pero en Miami la mayor parte de la radio, algunas organizaciones de exiliados y los líderes de opinión y empresariales de los llamados “combatientes verticales” te consideran no por tu posición anticastrista, sino en tanto practiques o al menos expreses un “anticastrismo” similar al de ellos.
No creo que, en la práctica, esos mismos personajes estén de acuerdo con el autor de The Case For Democracy, cuando expresa: “una sociedad es libre si las personas tienen el derecho a expresar sus opiniones sin temor a ser arrestadas, encarceladas y dañadas físicamente”. Al menos podrán seguir al pie de la letra a Sharansky al aplicar estas palabras a Cuba, pero al mismo tiempo harán todo lo posible por dejar sin trabajo a quienes dicen lo contrario a lo que ellos opinan. Y si no lo meten prisión es porque vivimos en Estados Unidos. Y si no le ponen una bomba es porque los tiempos han cambiado.
“Las sociedades que no permiten la disidencia nunca protegerán los derechos humanos”. Apoyo esta declaración de Sharansky. Creo que es hora de ponerla en vigor tanto en Cuba como en Miami. 

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...