martes, 12 de marzo de 2013

Conveniencia política y políticas de conveniencia



Se ha señalado que el fallecido exmandatario republicano Ronald Reagan supo aprovecharse de la reacción violenta de los blancos contra el movimiento de los derechos civiles. Con ello no se acusa a Reagan de racista, más bien se señala como un político hábil es capaza de agarrar la oportunidad de un cambio. De haber apoyado abrumadoramente a los demócratas, muchos blancos sureños pasaron a hacerlo en igual forma con los republicanos. Fue una estrategia política deliberada, llevada a cabo por el Partido Republicano. Por muchos años el Partido Demócrata admitió el enorme racismo en el sur, sin que los legisladores del área hicieran algo más que adaptarse al “color local”. Si bien hay figuras demócratas como Lyndon B. Johnson, que se caracterizó por una actitud progresista en el terreno nacional, con su legislación en favor de los derechos civiles en 1964, una ley de derecho de voto en 1965 y una extensión de la Seguridad Social, y que ha pasado a la historia fundamentalmente como un gobernante agresivo  y fracasado en su actitud de mantener una escala en la guerra contra Vietnam, hay otras en el campo republicano, como Richard Nixon, que se si bien no podrían considerar exactamente lo contrario, en ocasiones supieron imprimir un pragmatismo que fue más allá de las barreras ideológicas y partidistas. Lo interesante, en todos los casos, es que crearon justificaciones que luego se han convertido en mitos que justifican un cambio oportuno con una fuerza emocional que no admite réplicas.  
 En este sentido, la estrategia republicana empleada por Reagan también explica en buena medida el cambio de los exiliados cubanos, de demócratas a republicanos. Un cambio que por años se ha mantenido tan fuertemente arraigo en el ideario de la comunidad exiliada —sobre todo en Miami—, que ha justificado entuertos, malas decisiones electorales y hasta actividades corruptas condenadas en los tribunales con una coraza que van mucho más allá de cualquier razonamiento y es puramente irracional.
En el caso cubano, dos factores son fundamentales para entender esa transición de demócratas a republicanos: la renuencia de los exiliados provenientes de la isla a comportarse como una minoría —sin que esto les impidiera reclamar los beneficios circunstanciales, acordes a dicha clasificación— y el rechazo a una asimilación total en la nación que les dio refugio. En ambos hay orgullo nacional, pero pese a lo repetido hasta el cansancio, el patriotismo —entendido como el ideal de lograr un derrocamiento del régimen de La Habana— no ha sido el motivo fundamental a la hora de elegir partido político por los cubanos en este país. Más bien una socorrida justificación emocional, explotada una y otra vez por políticos oportunistas, pero también admitida sin un cuestionamiento por votantes demasiados dispuestos a aceptar cualquier justificación al paso.
Eso explica la fidelidad republicana, pese a los reiterados fracasos de los gobernantes provenientes de este partido en lograr cualquier cambio en Cuba. Es cierto que los mandatarios demócratas no han logrado mucho tampoco, pero un republicano siempre es absuelto cuando a un demócrata se le condena por anticipado. 
La renuencia al melting pot llenó de orgullo a las primeras  generaciones de exiliados, que soslayaron la transformación de la sociedad norteamericana, donde la integración fue cediendo ante el multiculturalismo. Exigir que se les respetara su singularidad y no aceptar las diferencias ajenas. Con una capacidad empresarial notable, los refugiados de la década de los años sesenta y setenta destacaron este mérito por encima del reconocimiento de que contaron con un apoyo excepcional de los organismos gubernamentales —préstamos para iniciar negocios, reconocimiento de títulos universitarios y becas de estudio, entre otros. Sobre todo quienes llegaron en los años 60 fueron favorecidos como nunca antes —tampoco nunca después— este país ayudó a otros refugiados y  a minoría alguna.
Esta excepcionalidad, junto a la miopía ante las circunstancias condicionaron por décadas varias explicaciones erróneas sobre el comportamiento de los exiliados. Una de ellas es su preferencia partidista. Aunque en la actualidad esta tendencia ha ido transformándose —y en particular los jóvenes cubanoamericanos tienden a mantener una independencia partidista y rechazan una fidelidad incondicional al republicanismo—, la mayoría de los cubanoamericanos que son votantes registrados pertenece al Partido Republicano y no al Demócrata, que tradicionalmente ha sido el preferido por las minorías negra y latina. Se justifica el hecho argumentando que las preferencias políticas de los exiliados están basadas en criterios de política internacional y no con relación a temas locales.
El presidente Barack Obama consiguió el 35 por ciento del voto cubanoamericano en 2008, una cifra superior entonces a la lograda por cualquier candidato presidencial demócrata, desde Bill Clinton en 1966. En 2012, de acuerdo al Wall Street Journal, esas cifras aumentaron notablemente. Obama obtuvo el 48 por ciento del voto cubanoamericano, mientras Mitt Romney se alzó con el 52 por ciento.
Dos mandatarios demócratas cargan con la responsabilidad del alejamiento de la comunidad exiliada de las filas demócratas. Primero al sentirse ésta traicionada por la actuación del ex presidente John F. Kennedy en la invasión de Bahía de Cochinos, y luego durante la Crisis de Octubre. Posteriormente por la política del expresidente Jimmy Carter, que autorizó el “diálogo”, los viajes de la comunidad y abrió la Oficina de Intereses de Washington en La Habana. 
La realidad es mucho más compleja. Numerosos políticos cubanos continuaron siendo demócratas, incluso tras la llegada de Ronald Reagan al poder. Por ejemplo, Lincoln Díaz Balart  fue demócrata hasta 1985. En 1984 actuó de copresidente de la organización “Demócratas a Favor de Reagan”, un hecho que lo enemistó con otros miembros del que entonces era su partido y en donde nunca llegó a triunfar en las elecciones primarias.
 El cambio mayoritario de demócratas a republicanos en muchos electores cubanos obedeció a diversas circunstancias: la creación de la Fundación Nacional Cubano Americana, la actuación del ex gobernador de la Florida Jeb Bush en favor de ciertos miembros de la comunidad convictos de actos terroristas y la habilidad del Partido Republicano para aprovechar la frustración del exilio ante el fracaso de la lucha armada y la conversión del embargo norteamericano hacia la isla en la última tabla de salvación para los opositores a Castro. Los exiliados no son republicanos ni demócratas por vocación, sino que al igual que ocurre con el resto de la población de este país, se dejan guiar por sus líderes.
La conveniencia política —quizá sería más adecuado decir una política de conveniencias— ha jugado un papel de igual importancia que la percepción del republicanismo como la filosofía política más adecuada a sus ideales de lucha frente al castrismo. Así se explica la mayor tolerancia hacia los mandatarios republicanos en lo que respecta a la política norteamericana respecto a la isla.
Otro mito —de orden diferente— es la autonomía empresarial del exilio y su defensa denodada de la menor participación posible del Estado en la gestión económica. Tal filosofía ha servido para que estos exiliados se consideren representantes ejemplares del neoliberalismo. Pero un análisis del desempeño de algunos capitales cubanos en esta ciudad muestran un panorama distinto, y el mérito y virtud en obtener riquezas se encuentran más cercano en un astuto aprovechamiento de los vínculos con el poder local, estatal y nacional, en una forma que los convierte en la práctica en paladines del mercantilismo —el modo económico en que el poder gubernamental se pone de parte de determinados grupos de interés para facilitarle la adquisición de prebendas, contratos y ganancias— y no en competidores que miden sus fuerzas y recursos en un mercado abierto.
Esta unión de negocios y política se encuentra en la raíz de las posiciones de algunos líderes comunitarios, portavoces del exilio y representantes políticos. Define sus conceptos y valores sobre lo que consideran mejor para el futuro cubano y explica sus apoyos y rechazos respecto a la forma no sólo de lidiar con el gobierno de la isla sino de considerar las aspiraciones de quienes viven en ella.
Intereses comerciales y económicos que bajo un disfraz de patriotismo intentan algo más simple: hacer negocios. Si hoy son republicanos, es porque piensan que con este partido sus posibilidades son mayores. Lo demás es ruido y patriotismo de café.

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