sábado, 9 de marzo de 2013

La banalización de la censura



El gobierno cubano lleva años practicando una banalización de la censura, con actos y gestos tardíos: conciertos de rock y rap, una estatua de John Lennon, la aparición de obras prohibidas y la publicación de autores fallecidos en el exilio. El acto se conoce por lo repetitivo: acudir a los sepultureros de turno y comenzar a desempolvar libros censurados, canciones prohibidas y películas enterradas en bóvedas.
Divulgar en la isla la obra de un escritor censurado no deja de ser meritorio, por encima de la mediocridad del recordatorio oportunista. Pero hay que deslindar entre la ilusión de un pasado enterrado —una esperanza destruida brutalmente por la realidad de la detención temporal de cientos de ciudadanos, empeñados en divulgar la verdad y protestar pacíficamente, que se repite mes tras mes— y una  actitud ante la vida que se limite a mirar hacia otro lado mientras se cometen injusticias.
Ahora más que nunca es necesario que los intelectuales cubanos asuman su papel. No se trata de confundir la labor del escritor con la del político, un peligro siempre presente en un país donde uno de sus mejores escritores fue a la vez el héroe independentista elevado a la santidad nacional.
Responder a esta urgencia hace indispensable plantearse varias preguntas que no tienen una respuesta fácil.
La primera es hasta qué punto el creador debe sacrificar la realización de su obra frente a una situación transitoria.
De nuevo el ejemplo de Martí puede resultar contraproducente. La famosa frase del arte a la hoguera no hay que seguirla al pie de la letra. De ser así Cuba sería un páramo cultural, porque siempre han existido razones para el fuego.
El grupo Orígenes, tan fructífero en martianos, no siguió las palabras del “Apóstol”: más bien hizo todo lo contrario durante toda la tiranía de Batista y en algunos casos y situaciones también tras el primero de enero de 1959: se alejó lo más posible de las llamas.
Otra cuestión es el peligro de la manipulación en cualquier sentido. El argumento, no pocas veces usado como justificación, de que los fines políticos de ambos bandos no dejan de ser eso: fines políticos, medios para alcanzar el poder.
A todo esto se añade que la cultura la hacen los miembros de una comunidad o un país, no un gobierno. Hay que diferenciar entre las acciones individuales y las de un Estado.
Apoyar a los mediadores culturales del régimen es otra forma de apoyar al régimen, pero rechazar en bloque a todos los creadores es menospreciar la cultura.
Aquí están presenten las dos principales reacciones ante los artistas e intelectuales procedentes de Cuba, manifestadas en Miami.
La primera es de franco rechazo, de oposición abierta, de desprecio y odio. La segunda es la búsqueda pasiva de un espacio abierto que permita el encuentro. Ambas han mostrado su ineficacia. Bajo los términos intercambiables de tolerancia e intolerancia no se ha logrado alcanzar la necesaria delimitación de linderos: el rechazo lleva a la pérdida de la confrontación, por la que a veces vale la pena pasar por alto las trampas del enemigo. Juntos pero no revueltos.
Queda también la urgencia de debatir una situación que no resulta fácil de comprender fuera de Cuba, y cuya capacidad de asimilación comienza a alejarse desde el día en que uno sale de la Isla: el ambiente de encierro, frustración y desesperanza en que viven quienes no abandonan el país.
Las respuestas para algunas de estas preguntas vienen forzadas por las mismas condiciones imperantes en Cuba en la actualidad. Resulta muy difícil, por no decir imposible, la creación de una obra sólida dando la espalda a la realidad nacional. Al menos para un escritor. Nadie puede librarse del acecho de “algún poema peligroso”. El intelectual cubano está obligado a tomar partido.
Que el intelectual cuba haya visto relegado su papel en los aspectos políticos no tiene necesariamente consecuencias negativas. Quizá todo lo contrario.  Sobre todo a partir de reconocer que esa supuesta función de “intelectual orgánico” fue sumisión y acomodo en los mejores casos, simple desempeño de trabajo burocrático con disfraz de artista o escritor en otros, y desempeño represivo o labor de censor en muchos ejemplos.
Más allá de la función de conciencia crítica, inherente al acto de creación, la participación de los escritores y artistas en los medios de gobierno —aun limitada a los aspectos de orientación— no solo había resultado en muchas ocasiones errónea, sino incluso contraproducente y hasta peligrosa.
Resultaba entonces saludable pensar que lo mejor que hacían los escritores y artistas en Cuba era dedicarse sus libros, películas, composiciones musicales y de artes plásticas, y no “perder su tiempo” en otros asuntos, salvo por razones de subsistencia.
Pareció adecuado entonces mantenerse en la ribera. Cuba continuaba siendo una excepción, pero incluso en este caso se alzaban voces que intentaban propiciar un acercamiento en que el debate político —si no podía quedar completamente excluido— fuera al menos relegado a un segundo plano.
Las intenciones resultaron claras en pocas ocasiones  y torcidas la mayoría de las veces, aunque la posibilidad del aislamiento intelectual no debe despreciarse simplemente con un rechazo, tampoco excluye el reproche. Si bien este aislamiento intelectual no invalida una obra, no necesariamente salva a un autor de un aspecto negativo al considerar su persona. Aunque el intelectual no debe sentirse obligado a opinar, sobre todo lo que pasó y ocurre, tampoco puede librarse de la maldición que arrastra todo creador: dar a conocer su punto de vista e incluso participar de alguna forma en la vida social y política.
No se trata de una característica universal. En Estados Unidos, muchos escritores optan por alejarse cada vez más del acontecer diario. No siempre ha sido así y tampoco es una actitud generaliza. Pero en Europa, y especialmente en España, esto no ocurre. Por tradición y cultura, los intelectuales cubanos siempre han estado más inclinados a la opinión —incluso a veces en exceso— que a la indiferencia.
Más allá de las tímidas reformas políticas y los cambios que sin duda experimenta la sociedad cubana, hay una constante de arrestos temporales, intimidaciones y presiones de todo tipo que no cesa. Ante ella es imposible la  indiferencia, o esa forma mezquina de alejarse de la costa que es la justificación ante lo injustificable. La denuncia de la represión en la isla debe servir también para cuestionarse la farsa de borrón y cuenta nueva con que el régimen de La Habana viene intentando diluir la necesidad de una orientación moral y cívica del país. No se trata de dictar normas desde la comodidad del exilio. Es negarse a la complicidad del silencio. No importa que lo que se considera erróneo, inadecuado o injusto ocurra en La Habana, Madrid o Miami. Es la necesidad primordial de opinar, ante la que no es válido retroceder.

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