viernes, 8 de marzo de 2013

La momia



Las momias terminan en los museos, en el mejor de los casos. Siempre dan la impresión de estar polvorientas, aunque no es así. Lo que ocurre es que al embalsamar un cadáver se le condena de inmediato al pasado —como si ya no estuviera allí— y de repente se  les destierra. No hay acto de vanidad más torpe e inútil. La fotografía y el cine lo han hecho innecesario.
Desde el punto de vista político, embalsamar a un caudillo —y más si es un caudillo de izquierda— es un disparate histórico. En primer lugar crea un problema con el cuerpo, que por ese mero hecho amenaza convertirse en un estorbo futuro. En segundo, remite al pasado y al fracaso: Lenin, Mao Zedong, Ho Chi Minh, Kim Il-sung, Kim Jong-il, Evita, Stalin. Algunos sobreviven como atracción turista o símbolos de otra época. Otros finamente alcanzaron el merecido entierro.
De momento miles de venezolanos desfilan para darle un vistazo apurado al cuerpo de Chávez. Es natural que ello ocurra en el caso de un líder populista. En el futuro, si se mantiene la malsana idea de colocar al caudillo en una urna de cristal, el sitio en donde repose se convertirá en objeto de curiosidad o acto obligatorio, pero en pocos casos en lugar de devoción y peregrinaje. Ha ocurrido en otras ocasiones y el caso de Hugo Chávez no tiene porqué ser una excepción. Les ha ocurrido a otros líderes mayores, más poderosos e importantes.
Cuando existía la Unión Soviética, ir al mausoleo de Lenin era parte del protocolo que debía cumplir cualquier visitante extranjero, desde jefes de Estado y funcionarios de alto rango hasta el más mediocre burócrata. No era extraño experimentar un sentimiento de sobrecogimiento, pero era por el resplandor del poder, no por la figura que se contemplaba con una reverencia casi siempre fingida.
En la enorme Plaza Tiananmen uno se encuentra rodeado de grandiosos edificios que recuerdan la arquitectura estalinista. Entre ellos está el Mausoleo a Mao, y apenas hay tiempo para imaginar las paradas militares, los desfiles gloriosos y el despliegue de banderas, cuando se avanza rápido en la fila para visitar al “Gran Timonel”.
Mao yace en medio de un gran salón, y la potente luz cenital que ilumina su cara lleva por un momento a pensar que se ha tragado un bombillo o que se está frente a una lámpara china acostada. Pensamiento impío y típicamente occidental, pero pese a la historia y la leyenda en la actualidad el camarada Mao no intimida ideológicamente y una vez que el visitante sale lo atrae la tentación de visitar la tienda de recuerdos, a la izquierda, esta señal de tendencia política convertida en referencia turística.
No siempre embalsamar un cuerpo le garantiza el descanso eterno. El cadáver de Evita se convirtió en itinerante y Stalin no pudo permanecer por mucho tiempo junto a Lenin. Ahora está enterrado, no en la Muralla del Kremlin sino en el conjunto de tumbas que hay en los jardines, en la sección donde se encuentran los grandes generales triunfadores de la Segunda Guerra Mundial. La victoria bélica lo salvó de un destino más modesto y más que merecido, pero la tumba no lo libra del escarnio.
Desde el punto de vista ideológico, y político, la decisión de embalsamar a Chávez y exponerlo en una urna de cristal es la mejor prueba de que al “socialismo del siglo XXI” es más adecuado llamarlo “del siglo V o XV”. Igual apelación a la fe, o mejor al fanatismo, para justificar un mandato terrenal mediante una invocación divina. El ahora presidente Nicolás Maduro ha comenzado a convertir a Chávez en reliquia, para su provecho electoral y ansia de poder. Es una jugada torpe y ambiciosa. Vendrán otras.
Los egipcios nunca pensaron exhibir a sus momias, sino mantenerlas en sitios secretos dentro de las pirámides. Ahora se visita algunas en los museos, como una aspiración de aprendizaje, conocimiento histórico o inspiración literaria, pero nunca como reafirmación de futuro: a nadie se le ocurre proclamar o aspirar a una vuelta de la época de los faraones.
Las reliquias tienen su razón de ser en las iglesias como estímulos para la fe o simplemente en su carácter de fetiches. Por lo demás, muchos cultos prescinden de ellas.
Hay un elemento común, que une a cualquier ídolo primitivo con un hueso de una santa, y es el fundamento irracional del culto. En sus aspectos dramáticos y expresivos, tanto la cualidad figurativa como el valor simbólico de las reliquias, las momias y los cuerpos embalsamados han sido superados por otros medios expresivos, desde la pintura a la televisión, por mostrarlos en una escala descendente. Como intentos de superar la muerte, desde hace siglos  han demostrado que son apenas formas de vanidad, reflejos de impotencia. Pero frente al análisis político es que se ve más a las claras que recurrir a este tipo de efecto no solo echa por la borda el más elemental racionalismo, sino que de pronto intenta pasar por alto todo el desarrollo filosófico a partir del cartesianismo. Para un movimiento político que pretende postular una conexión con el marxismo —nula en su proyección, pero vocinglera en sus portavoces— la incongruencia es enorme. El poschavismo degenera, si alguna vez pudo realmente pretender representar una visión de futuro. Lo que le queda es el sonido y la furia, que grita un nuevo gobernante idiota.

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