miércoles, 20 de marzo de 2013

La segunda oportunidad



Todo emigrante, que sale de su país con la esperanza de lograr fuera lo que no ha conseguido en su patria, debe descubrir que siempre queda algo más allá del placer del triunfar, por pequeño y transitorio que este triunfo sea. Y es intentar que se haga justicia. No como recompensa al justo, sino como castigo frente a lo mal hecho.
Abandonarlo todo y empezar de nuevo es un acto de reafirmación. Para muchos cubanos ―y quiero creer que este principio se ha mantenido a través de varias generaciones―, el exilio o la diáspora es tanto un viaje más allá de las fronteras como un regreso a los principios fundamentales. En ese recorrido doble debería dejarse a un lado ―y si no ocurre uno debe luchar para lograrlo― todo lo que quedó atrás y no servía. A partir del momento de la salida, hay que intentar que cualquier triunfo futuro no sea obra del engaño.
En Miami esto no resulta fácil. No niego que iguales dificultades se presenten en cualquier otra ciudad, pero me limito a las que existen aquí. No sólo porque son las que mejor conozco, sino por la vinculación única que tienen con la política: un vínculo que acercan a Cuba y Miami. En ambas orillas es la política ―o mejor decir, la conveniencia política― lo que determina el éxito. De nuevo tengo que aclarar que es una visión personal, no por ello deja de ser compartida.
 En muchos casos, actuar “de forma correcta” en Miami no es regirse por principios. Es acomodarse a la situación. Conocer las reglas del juego. No con el fin de cumplirlas. Lo importante es saber cuándo resulta el momento adecuado para violarlas impunemente.
No se trata de jugar bien. Lo único que se deben conocer son las trampas. Cuáles son permitidas y cuáles no. En qué momento poner una zancadilla a otro jugador y en qué momento esquivar el que se la pongan a uno. Saber además cuándo permitir esa misma zancadilla. El instante adecuado para caerse antes del golpe.
Siempre queda el dedicarse a la protesta. Pero protestar es una trampa más, que algunos saben muy bien como esquivar. Los que son torpes se limitan a no protestar. Cuando se cuenta con un mínimo de habilidad, se entra en el juego de la protesta: hacerlo en el momento adecuado, en que se ve bien a los que protestan, o escoger los temas sobre los cuales esta es saludada con entusiasmo.
Desde el punto de vista político, todo este juego y rejuego es fácil y conveniente. Hasta cierto punto, la ciudad está en manos de los batistianos. Fueron los que llegaron antes ―algunos de ellos con dinero―, iniciaron los primeros negocios y establecieron los vínculos políticos necesarios para que esos negocios salieran adelante. Después vinieron otros que no eran batistianos, pero que estaban dispuestos a olvidarse de que sus nuevos vecinos eran los responsables de que todos estuvieran allí. Se creó el mito de que Castro los había engañado.
Dije que los batistianos ―o al menos buena parte de los batistianos y de los hijos de los batistianos― son dueños de la ciudad. Aunque en el fondo no se trata de una conquista sino de una apariencia. Se levantan todos los días con el firme propósito de continuar aparentando que son los dueños absolutos del lugar donde viven. Pero es falso. Porque la ciudad nunca ha dejado de ser norteamericana. Batista es una cuestión de los cubanos. Los americanos no se sienten responsables de lo que ellos contribuyeron a crear. Hablar mal de Batista es hacerle un favor a los batistianos, que entonces pueden representar el papel de víctimas. Una forma de apoyo más o menos indirecto, pero nada despreciable.
Ayudar a los batistianos fue durante años una de las razones principales para que Miami siguiera creciendo. Cada día llegaban más exiliados. Primero los que tras irse Batista habían luchado contra los ganadores. Después los que ganaron para al poco tiempo perder. Luego los que volvieron a ganar y acabaron perdiendo. No llegaron como perdedores. Traían unas ganas inmensas de intentar ganar de nuevo.
Más motivos para que los batistianos pudieran repetir una y otra vez su papel de víctimas. Sólo que ahora otros reclamaban que en realidad las víctimas eran ellos. Todos querían ser víctimas. Pero nadie quería ser un perdedor.
El mantener la diferencia entre quienes en Cuba contribuyeron a que llegaran tantos ganadores y perdedores a esta ciudad ―procedentes de la isla― alimenta los odios del exilio. También carece de sentido.
Al poco tiempo de vivir en Miami, algunos exiliados comienzan a darse cuenta de que algo no anda bien. Aquello que al llegar vieron como una reafirmación comienza a agrietarse. Puede que al principio no se den cuenta.
Si el paso al exilio es un viaje a las antípodas, resulta lógico que los que allá estaban arriba aquí estén abajo. Que los triunfadores en el otro extremo sean los fracasados en éste. Que quienes alimentaron el error ahora sufran las consecuencias.
Equivocado. Acabar con el castrismo parecer ser la razón de existir de Miami. Al menos, eso es lo que se escucha y lee por todas partes.
Sin embargo, hay otra realidad. Que no se dice a diario, pero tampoco se oculta.
Durante una época esta realidad fue incluso más evidente. Entonces aparecía de forma sistemática en los noticieros y en las páginas del periódico principal de la ciudad. Ahora ocupa buena parte de la televisión local en horas de la noche, donde abundan los programas con la participación de invitados. Se ha pasado de la noticia al sainete.
En la época de la noticia todo resultaba más sencillo y breve. Si desertaba un funcionario del régimen, su figura aparecía en los noticieros y las páginas de los diarios. Si llegaba un preso político más, sólo se enteraban los familiares. Si el inmigrante era alguien que se había negado a militar en las filas del Partido Comunista ―y a desempeñar cargos importantes en el gobierno―, las posibilidades de encontrar empleo dependían de su suerte. Si se trataba de un funcionario más o menos importante, lo más probable era que al poco tiempo contara con las relaciones suficientes para procurarse un buen salario. Si un general daba el brinco, tenía garantizada una recompensa económica, otorgada por el gobierno de Ronald Reagan. El mayor anticomunista del mundo premiaba a los equivocados e ignoraba a los justos.
El que llegaba al exilio, luego de publicar varios libros en Cuba, era recibido como un escritor ―no importaban las alabanzas a Fidel Castro y a la revolución que contenían esos libros. El que venía sin una obra ―porque se había negado a  someterse a los criterios imperantes en la isla sobre la literatura y el arte― era un desconocido, al que le resultaba más difícil abrirse camino en el mundo editorial.
Razonar de esta manera ha traído frustración  e ira a muchos en Miami, que todavía transitan entre justificar su fracaso o desidia con argumentos de este tipo o aferrarse a la intransigencia para rechazar por igual al funcionario y al artista y escritor procedentes de la isla. Negarse al diálogo y asumir una posición irracional, en lo que consideran una posición digna ―la cual en algún momento tuvo un fundamento ético― que sin embargo, y de forma inevitable ha ido desgajándose con el tiempo, al no poder evitar concesiones de otro tipo, Éstas nacidas en el exilio, o simplemente se ha enclaustrado en el pasado.
Pese a todo, mientras fue posible moverse entre hechos y recuerdos, el volver una y otra vez a recordar humillaciones y engaños, dificultades y ventajas, y las inevitables comparaciones con la vida presente, tuvo la ventaja de la confrontación seria, no importa lo en blanco y negro que fuera el análisis.
Más tarde fue peor. Y ahora resulta miserable. Se ha perdido categoría en la época actual del sainete. Los cortesanos, agentes de valor diverso, esposas y amantes de hijos de figuras importantes, peluqueros, cocineros y hasta recaderos de oficio múltiple compiten por una noche de fama y fortuna, en la televisión por cable de las emisoras locales.
Descubrir al menos una parte de la verdad puede llevar años. La importancia no radica en reconocer si el que llega ha sido o no funcionario, escritor, general o recadero. Aceptar y celebrar la llegada de los desertores fue un paso de avance en el exilio, logrado tras el éxodo del Mariel. Alimentar el resentimiento resulta una actitud malsana. 
Es comprensible, desde el punto de vista emocional, la actitud de algunos presos políticos, que tras pasar la juventud y parte de su vida encerrados se ven obligados a desempeñar labores mal pagadas en esta ciudad. Sus años de juventud malgastados en las prisiones. Pero sólo se justifica emocionalmente, no como una forma de conducta adecuada.
No es simplemente argumentar el haber  vivido engañado antes de abandonar el país, y no importa solo el grado mayor o menor de sinceridad en las palabra. El repetir: “Yo creí en aquello, pero un día me di cuenta de mi error, bla, bla, bla”. Tampoco se resuelven todos los problemas con recurrir a la consabida autocrítica: “Pido perdón al exilio, porque yo estaba equivocado y ahora lo que quiero es vivir en tierras de libertad, bla, bla, bla”.
Quienes se dedican por un tiempo a recriminarse ―y a inventar justificaciones― siempre despiertan la sospecha de estar buscando un perdón fácil, que les permita integrarse con rapidez a la sociedad que hasta ayer habían rechazado.
 De lo que se trata ―lo realmente importante― es renunciar a una vida de engaño. Tratar en lo adelante de avanzar por méritos propios. No repetir la antigua fórmula de apelar a las palabras convenientes y el ocultar sentimientos y motivos para escalar posiciones.
Enfrentar este problema, con determinación y sinceridad, por lo general resulta muy difícil. En parte porque entonces se conoce la farsa en que se ha convertido la vida en el exilio para muchos. También gracias a que el país de adopción está en gran parte edificado para poder vivir así, sin problema alguno. Ni siquiera hay que recurrir al psicólogo o a las pastillas para adecuarse a esta especie de (in)felicidad que encierra la ignorancia. El cambiar o no es una cuestión personal, no política, y mucho menos se considera una lacra nacional.
Puede parecerle a uno que oportunismo era lo que existía en Cuba, y se dejó atrás tras tomar el avión, la lancha o la balsa. La palabra se puso de moda tras el primero de enero de 1959. Incluso al parecer ha ido languideciendo con los años. Apenas se escucha en Miami. No hay oportunistas que caminan por las calles. En su lugar, la ciudad está abarrotada de automovilistas hipócritas. No es un fenómeno propio del sur de la Florida. Es una característica nacional, propia del país.
La sociedad norteamericana no se rige por criterios políticos. Esa es una de sus virtudes y uno de sus defectos. La mayoría de los estadounidenses desconoce el tipo de oportunismo que imperaba en Cuba. Aquí es distinto en la superficie, pero en el fondo no es muy diferente. Se puede insultar al presidente, maldecir al alcalde y renegar del gobernador. Pero pocos se atreven a decirle un par de verdades al jefe.
El norteamericano critica el lugar donde trabaja, aunque dentro de unos límites que con los años se han vuelto cada vez más restringidos, a medida que los sindicados han ido desapareciendo. Hay un factor ideológico que dificulta la crítica. Tiene que ver con la concepción pragmática que rige la vida, que se expresa de acuerdo a normas sociales. No se ve bien eso de andar criticándolo todo.
Carece de buen gusto el opinar mal y señalar defectos. Se trata de establecer un hecho, no de imponer un punto de vista: “Fulano dice tal cosa, aunque Mengano dice otra, Ha ocurrido esto y aquello, Los datos estadísticos arrojan lo siguiente”. No se acusa a fulano de mentiroso. No es de buena educación. Además, es peligroso: fulano puede entablar una demanda.
De los que gobiernan se puede hablar mal, porque por ley son figuras públicas y no puede demandar a los que los critican. Los legisladores se pueden insultar sin problema. En los hemiciclos del Congreso no se admiten demandas judiciales. Insultar allí es un acto impune, que se repite a diario y se considera uno de los mejores ejemplos de la democracia propia de este país.
La impunidad ante lo mal hecho tiene también un aspecto moral y religioso en esta nación. Dios juzga y recompensa no según las acciones de cada cual, sino de acuerdo a sus preferencias. Determinada conducta sólo se condenan cuando perjudica a los demás. Pero lo que beneficia y perjudica es muy difícil de precisar. No hay “acusados” sino “defendidos”. No hay que demostrar la inocencia. Hay que probar la culpabilidad. Nadie es culpable hasta que no se demuestre lo contrario. Lo demás queda en manos de abogados, jueces electos y jurados ignorantes. Un comerciante no puede engañar al consumidor con la declaración de que una mercancía contiene determinado producto. Pero pocos conocen la cantidad mínima necesaria para que esta declaración sea legal. Para algunos grupos ―y siempre hay un bufete de abogados dispuesto a llevar el asunto ante la corte y cabilderos capacitados para conseguir que se discuta en los órganos legislativos, siempre que se les pague bien por sus esfuerzos― la solución al problema radica en hacer una etiqueta llamativa y utilizar distintos tamaños de letra. A unos se le paga para conseguir que las advertencias se hagan con una tipografía grande, a otros para hacer todo lo posible para lograr que sea pequeña. La legalidad se resume a un problema de visión y espejuelos.
¿Espejuelos para descubrir a los farsantes en el exilio? No existen. Bastan un micrófono, una cámara o una página para otorgarle veracidad a un mentiroso. Todo lo contrario de Cuba, donde el exiliado se había acostumbrado a juzgar las cosas de forma contraria: todo lo que aparecía en la prensa escrita o repetían por la radio y televisión era mentira. Tampoco la solución es negarse a creer la totalidad de lo que lee o escucha. Porque ello implica un desarraigo aún mayor del que se ha tratado de escapar con el viaje de salida.
Pero para aquel que descubre que no vale la pena vivir aferrado a la repetición, escapar ya no es posible.   
El problema es que en Miami, muchos no han aprendido el difícil arte de hacerlo mejor, cuando se tiene una segunda oportunidad.

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