viernes, 22 de marzo de 2013

Miami: oportunidades y oportunistas



Me es imposible lograr que Willy Chirino pueda dar un concierto en La Habana. Tampoco tengo la capacidad para conseguir que en la isla se realice el merecido homenaje a Celia Cruz. Bebo Valdés, que más quisiera yo, no ha recibido en Cuba el imprescindible reconocimiento. Tampoco Guillermo Cabrera Infante y otros escritores. Solo ejemplos. Mejor detenerse, para no convertir esto en un inventario de deudas. Y bien, ¿a mi vez debo convertir mis quejas en un inventario de omisiones? Si el gobierno del presidente Barack Obama permite a los artistas cubanos residentes en la isla, a los que por casi una década no se les permitió viajar a Estados Unidos, visitar este país, ¿lo único que puedo hacer es convertirme en censor o aduanero y exigir un intercambio uno a uno, como si simplemente se tratara de prisioneros o esclavo?
Al irme de Cuba renuncié, voluntariamente o porque no me quedaba más remedio, a una serie de derechos y deberes. Cuando adopté la ciudadanía norteamericana, esta lista se amplió considerablemente.  No he vuelto a Cuba. Considero que el Gobierno cubano debe respetar mi decisión, a la hora de entrar al país de nacimiento, sobre la ciudadanía adoptada. Esto es un capítulo pendiente, pero no el único.
En lo que respecta a Estados Unidos, donde creo —quizá con demasiada ilusión— que mi opinión tiene un mayor peso, considero:
1)Que cualquier ciudadano norteamericano tiene el derecho de viajar a Cuba de turista, no porque se le considere un abanderado de la democracia sino por un simple derecho de ciudadanía. Lo demás es simplemente política de barrio, votos de legisladores comprados mediante contribuciones de campaña y falta de interés hacia el turismo en una isla caribeña.
2)Que Estados Unidos debe permitir la visita de artistas, escritores y académicos residentes en la isla sin exigir una reciprocidad a cambio. Queda en manos de las universidades y otros centros académicos en este país el asumir la responsabilidad y los gastos del viaje. Lo demás: exigir una reciprocidad, sacar a relucir antiguas cuentas o preguntarse por qué éste y no aquel corre por cuenta de resentidos de última hora o lo que es peor, de los oportunistas de esquina que siempre están dispuesto a las comparaciones.
¿Hasta cuándo se va a escuchar en esta ciudad el mismo argumento de la comparación fácil con el régimen de La Habana? Si Cuba censura, ¿por qué nosotros no vamos  a hacer lo mismo? Si los cantantes de Miami no pueden actuar en la Plaza de la Revolución, ¿debemos aquí permitirle pasearse por las calles de Miami? Pues sí. Por una razón muy simple: quienes vivimos en esta ciudad estamos hasta la coronilla de censores y no queremos uno más. Si a usted le disgusta que el intercambio cultural sea en un sólo sentido, tiene todo su derecho a expresar su criterio, pero si al mismo tiempo, por esa limitación quiere suprimirlo o se pone de parte de los censores, pues sencillamente no ha entendido lo que es vivir en democracia lo que es peor, por conveniencia económica se pone de parte de quienes actúan igual que sus supuestos enemigos.  En este sentido, sólo merece el desprecio más absoluto de quienes realmente valoran lo que significa tener la libertad de expresar un criterio propio.
3)Quienes apelan al criterio de que se trata del dinero de los contribuyentes y de pronto se arropan con la bandera del erario publico para supuestamente defender que ni un solo dólar sea gastado en quienes vienen de Cuba son incluso más despreciables que los que limitan su argumento a los temas ideológicos. Hipócritas y descarados, en la mayoría de los casos se limitan a pulsar una cuerda que en Miami siempre encuentra resonancia.
4)En la lista de los infames, que bajo el disfraz de la ortodoxia anticastrista escala por alcanzar posiciones, merecen especial consideración quienes hasta ayer recibieron todos los privilegios del gobierno de La Habana, desde estudios en el extranjero hasta becas providenciales que le permitieron un día abandonar la isla sin tener que preocuparse por actos de repudio, el ostracismo sufrido por quienes declararon en Cuba su intención de marcharse o las humillaciones que siempre ha implicado una salida definitiva.
Estos patriotas de la diáspora, a los que simplemente les bastó subirse a un avión, aterrizar en cualquier destino y declararse miembros del talibán anticastrista gritan a diario ante cualquier acercamiento con alguien que vive en la isla. No importa si fueron músicos en Cuba, viajaron por cuanta nación propiciaba el intercambio con artistas revolucionarios y se anotaban en primera fila a la hora de encontrarse con quienes desde Estados Unidos visitaban la isla por un afán de encontrar un mundo ajeno. Ahora estos abanderados musicales del anticastrismo quieren decretar la censura más estrecha, el muro más impenetrable y que no llegue a La Habana una solo nota proveniente del exterior. ¿Piensan así derrocar al gobierno de Raúl Castro y lo que les concierne en el orden personal, borrar su pasado? Porque lo que están haciendo es todo lo contrario: no fueron colaboracionistas de un régimen totalitario ni sería justo llamarlos de una manera tosca emisarios castristas. Pero con su afán de una verticalidad política que no corresponde a un verdadero artista empañan ellos mismo su historial. La repuesta es muy simple, a la hora de poner ejemplos: ¿Quieren Arturo Sandoval o Paquito D´Rivera que se les considere su historial en Cuba con el mismo rigor que ellos han manifestado a la hora de analizar el concierto de Juanes en la Plaza de la Revolución? De ser así, saldrían muy mal parados.
En el caso de autodenominados intelectuales, ensayistas y pensadores que en los últimos diez años han encontrado refugio en Estados Unidos y Europa, después de un pasado de saltimbanquis, profesores y autores de obras publicadas en la isla, el paso de una formación “castrista”—lo siento, pero no encuentro mejor palabra para quienes no se vieron libres de una instrucción académica estrecha, desarrollada en Cuba  a partir de la década de 1970— a un desafuero neoliberal, ultraconservador y reaccionario no se explica sólo a partir del argumento clásico del movimiento pendular: de la ultraizquierda a la ultraderecha. Hay en ellos un acomodamiento al criterio imperante, un sentirse a tono con la circunstancia imperante y un conocimiento de las reglas del juego, que implica bailar al unísono con el tambor de los que tienen el poder, sea político o económico, que sólo cabe ser definido por un oportunismo de raíz, casi genético, si se fuera a creer en los determinantes biológicos.
5)Criterio aparte merecen quienes desde la infancia han vivido en Miami, sin lograr separar las ventajas y privilegios de esta ciudad de las limitaciones que implican el identificarse de forma estrecha con un ámbito estrecho como es cualquier comunidad exiliada. Sin sacar pleno partido al conocimiento de un par de idiomas y la facilidad de un mundo por delante, han escogido el camino más fácil: apelar al sentimiento minoritario para reclamar privilegios y restregarle a la cara a los llegados con posterioridad la diferencia que representan una educación en el país de adopción, la perfección del idioma que para ellos es propio y para los otros ajeno y el manejo de las reglas, hábitos y costumbres de un mundo adoptado para quienes no contaron con el supuesto privilegio de no haber llegado antes. Al mismo tiempo, arrastran la desventaja —que no reconocen y se niegan a identificar— de carecer de patria, no en el sentido limitado y de un nacionalismo antiguo de una serie de valores que pueden considerarse más o menos vigentes o caducos. Son apátridas de una forma más amplia: en la carencia de un sistema de referencial contra el cual analizar y juzgar otros patrones nacionales. De esta forma, su patriotismo, de acuerdo al argumento benevolente de que poseen alguno, es en el mejor de los casos provinciano y paternalista. Se creen superiores a sus padres y abuelos porque nacieron y se criaron en un país más poderoso que él de éstos, pero al mismo tiempo reclaman su pedazo del “terruño”, y de esta forma se comportan como  los herederos más torpes, a lo hora de entrar a la política y los negocios de la comunidad cubanoamericana. Si cultura y conocimientos que les permita trascender los límites del barrio —porque quienes fueron capaces de una mayor amplitud buscaron su vía en otras ciudades, otras universidades, otros terrenos— se creen con la astucia necesaria para sobrepasar a padres y abuelos y terminan en caricaturas que sólo en Miami encuentran su destino.

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