viernes, 22 de marzo de 2013

Retrato del pianista en el exilio




Si existiera otra isla y estuviera desierta, y pudiera olvidar la tensión política, imaginaría por un momento la ilusión pueril de responder a la pregunta tonta de qué incluir en el equipaje de viaje a ese lugar extraño, y sin dudar por un momento a cuál disco echar mano respondería: Bebo, el álbum de un pianista legendario sin otro auxilio que su instrumento para abarcar la historia musical y la cultura de un país demasiado perdido en la política. Bebo Valdés y su piano en solitario: nada más hace falta para olvidar a Castro y recordar a Cuba. Bebo acaba de fallecer en Estocolmo. Tenía 94 años y padecía de Alzheimer’s. Cristóbal Díaz Ayala, que lo visitó el verano pasado, cuenta que al principio no lo reconoció, pero que todavía era capaz de sentarse al piano y tocar por una hora.
Todo pianista que se precie, al decir de Fernando Trueba, tiene que hacer un disco de piano solo, al menos una vez. Con este álbum Bebo no se dedica simplemente a cumplir este encargo de virtuosismo. En 17 composiciones recorre el quehacer de la música de la isla, desde sus orígenes hasta nuestros días, sin eludir las piezas que cualquier otro artista hubiera desestimado por otras más aptas para mostrar sus habilidades, pero también sin dejar a un lado los ejemplos fundamentales que permiten hablar de una pianística cubana: de Manuel Saumell e Ignacio Cervantes a Ignacio Cervantes y Moisés Simón hay para todos los gustos.
Este es un disco que sacrifica una parte de los méritos artísticos que han hecho famoso a Bebo Valdés —el arreglista y director, y en buena parte también el compositor— para destacar el oficio de ejecutar temas clásicos, y en muchos casos abusados en interpretaciones estereotipadas, con un aire nuevo donde lo innovador no depende de arreglos espectaculares sino de un aire, un ritmo y una picardía que aprovecha y transforma la melodía con un afán creativo que supera —o, mejor sería decir, destaca— la modestia del artista que puede prescindir de adornos llamativos y  alardes de interpretación.
Pocas veces logra reunirse en un solo disco una muestra tan amplia de ejemplos —dos siglos: de principios del  XIX a mediados del XX— de una forma tan compacta, que al mismo tiempo elude la monotonía de marcar un sólo estilo interpretativo para multiplicarse en formas disímiles, las cuales buscan aprovecharse de un instrumento tan completo como el piano para brindar una amplitud de registros imposibles de captar sin esa sabiduría antigua y esencial que caracteriza a un maestro no sólo en pleno dominio de su oficio —eso Bebo hace muchos años que no tiene que demostrarlo— sino dueño de un conocimiento profundo de toda la música cubana, sin distinción de épocas y etiquetas.
Hubiera sido fácil para Bebo limitarse a la interpretación de danzas, contradanzas y danzones; lanzar al mercado un disco depurado y digno de elogios: la obra de un pianista de primera. Aquí estamos en presencia de algo que trasciende la habilidad frente al teclado. ¿Cómo suena un son que prescinde de las voces y la sección rítmica? ¿Dónde están la trompeta, el contrabajo, las claves y las tumbadoras? ¿Qué ritmo puede darse el lujo de echar a un lado el bongó? Aquí se saca al piano de la sala familiar e incluso del escenario teatral para ponerlo en medio del solar y ponerlo a sonar usurpando el lugar del septeto y el espacio del grupo de guaguancó. No sólo es que el ritmo lo pone el propio pianista, sino que la melodía puede obviar la necesidad del violín para reinar soberana sobre las teclas.
Bebo es no sólo un muestrario de la mejor música cubana. También es evocación y añoranza. Música del recuerdo y el recuerdo hecho música. Un disco desde el exilio que canta y llora y no se limita a la nostalgia porque llega al corazón de cualquier cubano —y de cualquier oyente dispuesto a captar su arte— sin necesidad a apelar al patriotismo fácil o la estampa costumbrista pueblerina. De hecho, hay más de una melodía aquí que podría aspirar a la categoría de paradigma musical de la república sin necesidad de retreta de parque. ¿O qué otra cosa son La Bayamesa de Sindo Garay, Los Tres Golpes de Ignacio Cervantes, Tres Lindas Cubanas de Guillermo Castillo y Antonio María Romeu, La Comparsa de Ernesto Lecuona y Echale Salsita de Ignacio Piñeiro que variaciones sobre un mismo tema: el himno nacional? No por gusto el disco está dedicado a Guillermo Cabrera Infante in memorian, habanero ilustre.
No sé si al final todavía ahí estará Cuba, después del último castrista y el último anticastrista y el primer indio y el primer español y el primer africano, pero sí puedo afirmar que quedará la música cubana, sobreviviendo a todos los naufragios, bella, imperecedera, eterna y el piano de Bebo escuchándose en la distancia para contar la historia de esa triste, infeliz y larga isla.

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