jueves, 7 de marzo de 2013

Tema del mártir y el héroe



Héroe nacional y latinoamericano, caudillo místico, mártir casi santo. Todo ello trató de abarcar Hugo Chávez. Todo lo logró en cierto momento. Todo lo dejó a medias. ¿Cuál de sus facetas prevalecerá cuando pase el tiempo? ¿Esa enorme popularidad persistirá a lo largo de los años?
La primera respuesta son esas imágenes de los miles de venezolanos que el miércoles acompañaron a su ataúd, en un recorrido de más de cinco kilómetros —desde el Hospital Militar hasta la Academia Militar— que se volvió interminable al convertirse en un trayecto que avanzaba lentamente por las calles y avenidas de la capital venezolana, en lo que parecía un enorme río rojo —una imagen vulgar aunque adecuada para describir una marea de ciudadanos, casi todos de origen humilde, monocordes en sus palabras y desembarazados en sus emociones. 
Expresiones de dolor y respeto que vale la pena considerar, tomar en cuenta en su valor instantáneo, pero que no aseguran permanencia. Porque un gobernante es más que eso, y su popularidad puede ser un dato importante, sin que por ello garantice un legado.
Así que al final la pregunta debe ser una sola: ¿fue Chávez algo más que una idea, un proyecto, para juzgarlo generosamente, o simplemente un mal pasajero? En los dos casos la respuesta depende de factores diversos, considerados como positivos o negativos de acuerdo a cada cual, pero en ambos siempre hay una impronta personal, más que una huella definitiva.
Ante todo, despejar los aspectos fundamentales de la circunstancia política actual. A partir del momento en que Chávez anunció, el 8 de diciembre del pasado año, que le habían reaparecido células cancerígenas, y que regresaba a Cuba para ser sometido a una cuarta intervención quirúrgica, se puso en marcha una operación de propaganda destinada a convertir el padecimiento del mandatario en factor fundamental para garantizar el poschavismo. En primer lugar a través de la idolatría, la superstición y el fanatismo. En segundo, e igualmente importante, mediante declaraciones formuladas por el vicepresidente Nicolás Maduro —sucesor designado por el propio Chávez—, que fueron desde enfatizar que el gobernante había descuidado su salud por ayudar a los pobres hasta hablar, pocas horas antes del anuncio de la muerte de éste, de un supuesto complot que habría provocado la enfermedad del presidente, y en el que estarían implicados dos consejeros militares de la embajada estadounidense en Caracas, los que fueron expulsados del país.
Está por verse si la jugada de Maduro le servirá para ganar la presidencia. Es probable. Convertir su elección en un compromiso del pueblo venezolano con el mandatario muerto no es una mala táctica para llegar al poder, si se tiene en cuenta el estado de fanatismo, incertidumbre y temor que reina en el país. Pero en cualquier caso sería un triunfo momentáneo y una carta irrepetible. Queda por ver hasta donde persistirá esa imagen de Chávez, convertido en santo laico, que lo dio todo por los pobres.
Hacer coincidir al mártir y al héroe es el empeño actual del poschavismo, por una sencilla razón. Cuando pasen las muestras de dolor y la pérdida se convierta en resignación para los más fieles seguidores de Chávez, saldrá a relucir con fuerza que los objetivos del caudillo se cumplieron a medias, que el militar ganó elecciones pero no logró transformar al país y que el ideal bolivariano que impulsó cada día es más débil. Es posible entonces que la enfermedad se convierta no en el obstáculo que impidió a Chávez lograr sus objetivos, tanto en Venezuela como en Latinoamérica, sino en el instrumento para su definición mejor: de guerrero a mártir. Será entonces una figura más cercana a Eva Perón que al admirado Simón Bolívar, aunque mantendrá su estatus de referente obligado para los pobres, objeto de culto, veneración y recuerdo: ¡Si Chávez viviera! Por lo demás, puede ser que en un futuro se convierta en ese algo de que están hechos los sueños, para los pobres que seguirán existiendo, pero de poca sustancia para la historia y la política.
Ello en buena medida es debido a que siempre a su plan y a su actuación le faltaron consistencia y profundidad. Fue más espectáculo que acción.
Hugo Chávez tituló pomposamente “socialismo del siglo XXI” a esa amalgama con la cual intentó acuñar su sistema de gobierno e ideología. Ahora queda claro que más correctamente sería llamarla “del siglo V o XV”. Igual apelación a la fe, o mejor al fanatismo, para justificar un mandato terrenal mediante una invocación divina. Durante sus tres últimos meses de vida se asistió a diario al desfile fotográfico de fieles seguidores del chavismo, llorando y aferrados a un muñequito con la imagen del caudillo. El oscurantismo como consagración política a través de la ignorancia. Al igual que vuelve a ocurrir ahora en las calles de Caracas, muchas escenas no resultaban dramáticas sino patéticas.
Si algún legado deja Chávez a sus seguidores es la práctica de una idolatría que no llega a mucho y es incapaz de acciones decisivas para lograr una verdadera transformación en Venezuela y Latinoamérica.
Chávez, que siempre se creyó el continuador de Simón Bolívar y el heredero de Fidel Castro —hasta en enfermarse—, terminó siendo la versión masculina de Evita. Mucha fanfarria y poca esencia. Migajas a los pobres y delirios de grandeza. Un carisma que obedeció a circunstancias políticas e históricas, y gestos altisonantes.
Al igual que con Evita, un cáncer se interpuso en una carrera política marcada por baños de multitudes.
Representó la versión actualizada del caudillo. Fue el mandamás, alguien que recibía los reclamos, las súplicas, las peticiones simples y absurdas; una persona caprichosa y volátil, despiadada e injusta: un ser humano que actuaba con la omnipotencia de un dios, que aunque no deja tras sí centenares de cadáveres ni miles de torturados, tampoco nunca se detuvo a la hora de ser dictatorial, e incluso amenazar de muerte a un periodista extranjero cuando le resultaba incómodo, para citar solo un ejemplo. Aspiraba a convertirse en mito, a continuar cercano y presente en Latinoamérica con un mandato hasta 2030, año en el que se cumplen 200 años de la muerte de Simón Bolívar. Terminó falleciendo el mismo día que Josef Stalin 60 años antes.
Ahora el chavismo más elemental y populachero presiona para que se entierre a Chávez junto a Bolívar. Es probable que así sea, pero no lo merece. Durante todo el tiempo de su mandato, el fallecido mandatario venezolano se esforzó por convertirse en paradigma y heredero del “Libertador”, pero lo único que demostró fue ser un estorbo, en la mayoría de los casos.
Si, como nos advirtió Isaiah Berlin, la revolución rusa apartó violentamente a la sociedad occidental de lo que, hasta entonces, parecía a casi todos los observadores un camino bastante ordenado, y le impuso un movimiento irregular, seguido de un impresionante desplome, los populismos latinoamericanos no han servido más que para dilatar o impedir el avance económico y social. Al amparo de la imperfección y el fracaso neoliberal en la región, ha prosperado una práctica que se limita a medidas que prometen distribuir hoy el pan, para terminar mañana aumentando la miseria e impidiendo la puesta en marcha de un plan efectivo de reformas.
Chávez resultó nefasto no sólo para Venezuela sino también para Cuba, y su intromisión y petrodólares han servido para retrasar cualquier intento de “reformas” en la isla. Quizá tras un tiempo continúe siendo mártir para algunos, pero héroe solo para pocos.
Este artículo también aparece en Cubaencuentro.

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