miércoles, 17 de abril de 2013

Doble moneda, doble moral



La dualidad monetaria en Cuba es un problema que el Gobierno de la isla admite, pero cuya solución está subordinada, al menos en teoría, a un aumento de la productividad. Sin embargo, este enfoque no sólo parece cada vez más alejado de cualquier posibilidad de éxito, sino que en la práctica no cumple la función de plan de largo alcance para lograr un objetivo, aunque sí un fin más inmediato: dilatar el asunto y trasladarlo a una especie de limbo que intenta ocultar la falta de capacidad o de disposición para hallar una solución. Una estrategia destinada al fracaso económico que es en realidad una táctica política, la cual hasta ahora ha logrado su meta: considerar transitorio un callejón sin salida. Se repite así la paradoja del modelo cubano, donde la falta de eficiencia productiva actúa muchas veces como carta de triunfo político.
Al tratar de justificar la doble moneda, y explicarla de acuerdo a lo ocurrido en Cuba luego del fin de la Unión Soviética y el campo socialista, se enmascara el verdadero problema.
La devaluación real de la moneda cubana, y los métodos empleados para suplir con diversos sistemas de apariencias esta realidad —en un intento de convertir en relativo un problema absoluto—, no se origina en la década de 1990. Es cierto que hace crisis entonces, y que es en ese momento cuando al Gobierno no le queda más remedio que admitir que el dinero, en sus diferentes denominaciones (divisa, peso convertible, peso cubano), empiece a moverse más acorde a las reglas que rigen su valor de cambio, aunque siempre de forma controlada. Las dificultades de una moneda más o menos ficticia y devaluada al extremo existían desde décadas atrás. Desde el punto de vista simbólico, y al mismo tiempo práctico, ni siquiera se trata de algo exclusivo de Cuba, sino de una situación propia de los llamados países socialistas y en primer lugar de la Unión Soviética.
El concepto de peso convertible no nace en la isla y mucho menos durante la mencionada crisis. En cualquier hotel moscovita uno encontraba, en 1980 por ejemplo, mercancías valoradas en “rublo dólares”. Es decir, con un valor que no respondía al del dinero que circulaba en las calles de la capital soviética, porque para comprarlas había que tener otros rublos, los adquiridos con dólares norteamericanos.
En la URSS y los países socialistas, esa doble moneda reflejaba el valor reducido de la moneda nacional frente a otras divisas, al tiempo que le permitía al Gobierno negociar en un mercado reducido (el turístico) sin recurrir a una devaluación. Sólo que para los soviéticos y los ciudadanos de Europa del Este, el dinero que recibían por concepto de salario les servía para suplir un buen número de necesidades (aunque de forma limitada), mientras que la divisa era sobre todo un pasaporte a la ilusión: la posibilidad de tener una serie de artículos más o menos comunes en cualquier sociedad occidental, pero para ellos transformados en objetos de ensueño. De esta forma, la dualidad típica de cualquier país capitalista —entre tener o no tener dinero para comprar desde comida a desodorante— era para los soviéticos la disyuntiva entre la capacidad para adquirir el jabón sin envoltura y otro con perfume y etiqueta.
Por otra parte, las dos caras del problema son conocidas también en los países capitalistas, aunque con una definición más realista y cruda. En muchas naciones subdesarrolladas y pobres, el valor depreciado de la moneda se asume como miseria, explotación de mano de obra barata y precios bajos. En otras, determinados controles estatales sirven más de pantalla que de control eficiente para mitigar la realidad. Durante décadas, en Latinoamérica se han sucedido gobiernos de estricto control monetario por otros de un liberalismo absoluto, con resultados nefastos en ambos casos.
En el caso de Cuba, a consecuencia de la supervivencia del modelo tras la crisis por la desaparición de la URSS, se ha creado una amalgama que hace que el asunto sea más complejo, aunque no menos crudo: el peso convertible no es solo el pasaporte a la ilusión sino también, y en muchos casos, la única vía para satisfacer las necesidades: la opción entre diversos jabones sustituida por la posibilidad de tener el artículo para bañarse. No es que el Estado cubano tenga una enorme deficiencia a la hora de producir artículos de mejor calidad y más atractivos: es que resulta incapaz de producir alguno. Aunque se admite a regañadientes esa incapacidad, y se permite la libre circulación de un peso convertible como moneda de supervivencia política, no se renuncia, desde el punto de vista ideológico, al postulado del Estado como proveedor absoluto.
La clave radica en que la dualidad no es sólo monetaria. Tiene que ver con el sistema político adoptado y las aspiraciones sociales dentro de este sistema. El problema surge, como ha ocurrido en Cuba, cuando las soluciones políticas sustituyen —o tratan de ocultar— la realidad económica. Las subvenciones del Estado a ciertas mercancías, determinadas industrias y ciertos productos agrícolas —una práctica que también existe en las sociedades capitalistas— funcionan mejor cuando desempeñan el papel exclusivo de mecanismo compensatorio, sin definir el panorama económico. De ocurrir esto último, por lo general trae por consecuencia el fortalecimiento de otros mecanismos propios de la economía informal —y la culminación de estos en actividades ilegales como el mercado negro— que si bien deben su razón de ser al Estado (o a la ineficiencia estatal para aumentar la producción), no revierten ganancia alguna en éste.
El problema de la doble moneda, como se enfoca en la actualidad por el Gobierno de la isla, carece de solución. Refleja la doble moral de un Estado que promete y no cumple, mientras aspira a que sus ciudadanos se sientan satisfechos no con la ilusión de la propaganda, sino con el conformismo de resolver a diario.

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