martes, 16 de abril de 2013

El clamor de las cazuelas


  

Cuando años atrás las cazuelas sonaron en Buenos Aires, en horas barrieron con el gobierno de Fernando de la Rúa. No sucedió lo mismo en la Venezuela de Hugo Chávez, donde por años las protestas indicaron cierto grado de desacuerdo con el fallecido mandatario, a veces creciente pero sin llegar al grado de una revuelta popular.
Ahora las cazuelas suenan de nuevo en Venezuela, esta vez contra ese nombrado heredero de Chávez que cada vez demuestra más ser un “hijo” torpe e  inepto.
Venezuela entró el lunes en un período de incertidumbre política —que llega a una población cada vez más polarizada, y a una nación que atraviesa una crisis política en ascenso— cuyo final resulta difícil de predecir. De forma apresura, el Consejo Nacional Electoral (CNE) ha impuesto al candidato chavista Nicolás Maduro sobre el candidato opositor, Henrique Capriles, por menos de 300.000 votos. Esta cifra es superada a la hora de señalar las irregularidades ocurridas durante el proceso electoral y tampoco toma en cuenta a los 100,000 venezolanos que viven en el extranjero.
El CNE informó de los últimos datos de las elecciones con el 99.17% de los votos escrutados. La ventaja de Maduro sube al 1.7%, con 7,559,349 votos a su favor (55.756%) frente a 7,296,876 (48.98%) de Capriles.
La ilegalidad de un Maduro al frente  del Gobierno es algo que afecta no solo a la ciudadanía venezolana sino al propio chavismo. Está por verse el camino que adoptara este presidente impuesto, cuya fuente de legitimidad es un consejo electoral más que cuestionable, espurio. Si durante la enfermedad de Chávez, en muchas ocasiones se limitó a llorar, y su campaña electoral se caracterizó por un candidato silbando y haciendo cuentos de pájaros, es posible que a la hora de gobernar decida que otros lo hagan por él, y se limite a seguir las órdenes de Cuba.
El problema para la jerarquía chavista es que su fallecido líder fue capaz de adueñarse de todos los poderes ejecutivo, legislativo y judicial⎯, pero se quedó a medias en la transformación social que implicaba que el simulacro de órganos gubernamentales fuera acompañado de una capacidad de control absoluto sobre la sociedad. En este sentido, no basta con imitar a Cuba: hay que implantar su modelo a plenitud. Así Chávez consiguió que las instituciones de gobierno respondieran a él por completo. Lo que no logró es que la población en su totalidad obedeciera a esa mascarada de gobierno.
El domingo quedó claro que la vía electoral, esa que Hugo Chávez supo tan bien adaptar a su estilo de gobierno y utilizar en todo momento, está agotada para el chavismo. De ahora en adelante solo queda la farsa tipo cubana.
Durante décadas, el régimen de los hermanos Castro ha podido disfrutar de la incapacidad de la población de la isla para apoyar una queja y convertirla en un reclamo masivo. No es que los cubanos carezcan de una historia de rebeldía, sino que por mucho tiempo la represión ha sabido adelantarse a la protesta. Lo demás es el camino de Miami. Precisamente a esa ciudadanía que aún permanece en calma es a la que se dirigen los actos de repudio a los opositores pacíficos —como las Damas de Blanca—, las contramanifestaciones, los golpes, los insultos y las obscenidades.
Hay, sin embargo, un temor creciente, por parte del Gobierno cubano, de que un estallido popular pueda ocurrir. La táctica del silencio utilizada en otras ocasiones, de ignorar las actividades de la disidencia, ya no basta. Las actividades opositores en la isla, así como la denuncia de los actos represivos, se conocen de inmediato en todo el mundo.
El no ceder una pulgada, el no admitir siquiera la necesidad de reconsiderar una política de represión feroz que no admite la menor disidencia, no es algo nuevo en Cuba. Ello no exime a esa actitud de ser una muestra de debilidad del sistema.
La represión en su forma más desnuda  —arrestos y muertos— no conlleva necesariamente el inmediato fin de un régimen totalitario, pero en el peor de los casos lo tambalea frente a un precipicio. Ningún dictador tiene a su alcance un manual que lo guíe, sino ejemplos aislados: los hay tanto de supervivencia, el caso de China, como de desplome, el de Rumania. El régimen de La Habana cuenta con una sagacidad a toda prueba. Pero, ¿por qué empeñarse en creer que es invencible?
La cazuelas están sonando con mayor fuerza que nunca en Venezuela. El clamor puede llegar a La Habana.

                                                                      

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