martes, 23 de abril de 2013

La edad y el caudillo



Al narrar su recorrido por la Unión Soviética y los países socialistas en 1957, García Márquez escribió: “No tenía edad. Cuando murió había pasado de los setenta años, tenía la cabeza completamente blanca y empezaban a revelarse los síntomas de su agotamiento físico. Pero en la imaginación del pueblo Stalin tenía la edad de sus retratos. Ellos impusieron una presencia intemporal hasta en las remotas aldeas de la tundra”. Fidel Castro ha perdido ese privilegio.
Durante estos últimos años los cubanos han sido testigos de una situación anómala: carteles y murales continúan mostrando la imagen poderosa de un cadillo que por décadas los guió, mientras de vez en cuando aparecen fotos y videos de un anciano débil y balbuciente, que para mantener en pie siempre necesita del apoyo de un ayudante joven —más un sostenedor que un guardaespaldas.
En medio del esfuerzo para lograr la comida diaria, poco tiempo queda para detenerse y pensar por un momento en el contraste entre esa figura deteriorada y la del hermano más joven —una diferencia de pocos años han marcado una diferencia enorme— quien ha logrado envejecer de forma pausada y aparenta estar en plenas condiciones físicas y mentales. La enfermedad le hizo a Fidel Castro una de las peores jugadas que pudo haber imaginado: no lo mató, simplemente se entretuvo en destruirlo lo suficiente para que quedara convertido en un residuo de otra época.
Si el caudillo ha logrado sobreponerse lo suficiente para no ocultarse por completo a la vista pública, es por el apego de éste a la vida y un resto de vanidad que lo obliga a recordarnos ocasionalmente que sigue vivo. En parte por un interés en conservar la ilusión de que sigue siendo el guía de un sistema que cada día transcurrido se parece menos a lo que fue; en parte por un aferrarse no solo al pasado sino al presente: existe, no todo está perdido para él. Lo demás es la espera, inevitable, de la muerte.
Es cierto que esa espera es también una pequeña victoria suya. Cada vez que muere alguien a su alrededor (el último ha sido Alfredo Guevara), surge la pregunta o la queja por su permanencia.
Sin embargo, esta permanencia se define más por esos carteles —deteriorados a veces, restaurados en ocasiones— donde el recuerdo impera. Si su definición mayor se mantiene intacta, ese aferrarse al poder que lo caracterizó por  décadas, es gracias al hermano. Sin él, al que muchas veces relegó y otras despreció, pero nunca lo suficiente como para apartarlo de su lado, no sería más que un objeto de estudio, de repulsa o admiración.
Raúl Castro se ha convertido en el poder que preserva el régimen instaurado un primero de enero, y por tanto en el guardador de su hermano mayor.
Sin embargo, esta dicotomía esquizofrénica entre el caudillo todo poderoso que fue Fidel Castro, y ese anciano cuyo mayor logro este año ha sido inaugurar una escuela, no oculta una realidad: el único acto verdadero que queda por cumplir, que será observado en todo el mundo es la famosa noticia mil veces anunciada y un funeral de pompa y circunstancia: una revolución ya muerta, que terminará por definirse en un acto fúnebre. El círculo que se cierra, de la ideología al espectáculo.
La deconstrucción de Castro
Desde hace algún tiempo Fidel Castro se está deconstruyendo a sí mismo. En los últimos años hemos venido asistiendo —con resignación o entusiasmo— a ese proceso en que una figura legendaria poco a poco se fue despojando del mito, un eterno guerrillero convertido en un abuelo familiar, casi indefenso, un político hábil que se pierde en frases casi incoherentes. Pero cuidado, nada de lo que hace esta figura que por tantos años provocó recelos, esperanzas y odios es espontáneo o gratuito. Ni siquiera ahora, cuando asistimos a su ocaso.
Castro no se retiró, sino fue quedando al margen. Se sabe que su opinión aún cuenta y no se puede negar su influencia, pero los años han demostrado que su partida en un primer momento no significará una catástrofe para el mantenimiento de la élite gobernante, aunque si el fin de una era. Un final más para la nostalgia que para la preservación, de momento, del gobierno que instauró y lo sobrevivirá. Eso, sino muere antes el verdadero sostén del sistema, su hermano.
Fuimos espectadores o cómplices de esa salida de escena, que aun puede prolongarse por algún tiempo o interrumpirse de pronto.
Desde hace años el también lo sabe, y tomó una decisión al respecto. Entre el poder y la vida decidió por la última. Optó por resistir y se ha aferrado a ello, al precio de sacrificarlo todo o casi todo.
Por un tiempo volvió a sus orígenes, no mediante el recuerdo sino a través de la narración del recuerdo. Ese Alejandro que persiguió con un nombre repetido en documentos e hijos, hasta que asumió el no ser más que eso: un nombre, apenas un ideal, pero jamás un modelo, pero nunca un estilo de vida. Morir joven jamás entró en sus planes. Abandonar por completo el poder tampoco, aunque solo con fuerzas para una inauguración mediocre, de un local escolar insignificante en un municipio.
Así que la historia está bien para esa rememoración diaria en un periódico donde la noticia diaria es una tergiversación o una mentira, mientras no se abandona el espacio dedicado a lo que fue.
Fidel Castro ha sabido  adaptarse a cualquier circunstancia. Si el precio es muy alto, no hay que pagarlo. Alejandro El Magno está bien para los libros de historia, pero hace rato que ese destino quedó atrás y todo sacrificio tiene un límite. Aunque no lo parezca, su capacidad en ese sentido es muy limitada. La vida, pese a las vejaciones de la enfermedad, la humillación de la edad y los desengaños del cuerpo vale aún la pena. Sólo es necesario acomodarse a las circunstancias, adaptarse a los tiempos, salvar lo que aún puede ser salvado.
Lo que vale la pena salvar se resume en aspectos muy concretos. En primer lugar, la continuidad de un proceso. No por una fe absurda en su futuro, sino por una utilidad práctica. Contribuir a esa continuidad ha sido su tarea principal desde que enfermó: demostrar que está vivo y está ahí.
Por un tiempo se refugió en la escritura, en la idea de que su presencia era necesaria para todo siga igual o para que lo que cambiara no afectara la permanencia de su mandato delegado en su hermano. Un mandato que podía prescindir de inmiscuirse en todos los aspectos de la vida cotidiana de los cubanos, pero que aún no podía renunciar a su presencia. Su último acto público de real importancia fue la asistencia a este último período de la Asamblea Nacional del Poder Popular, donde en apariencia se decidió la sucesión más allá de sus familia y sus seguidores más cercanos, los “históricos” que también poco a poco son situados a un lado, salvo los principales mandos militares que continúan siendo el verdadero pilar de la estabilidad actual.
Lo segundo ha sido un proceso de símbolos, de imágenes que se han explotado hasta la saciedad durante decenas y decenas de años. Se preparó a la población para que aceptara ese nuevo papel: de guerrillero a viejo sabio, de estadista a consejero, de lo invulnerable a lo frágil. Llevó un tiempo, y eso es lo que con habilidad ha estado construyendo el régimen de La Habana: sin sobresaltos, pero sin despertar ilusiones. Las constantes referencias a  la edad, las advertencias sobre los abusos al cuerpo en otra época, que de forma implacable ahora le pasaron la cuenta a quien parecía invencible, aunque es un sobreviviente, como en los viejos tiempos de la guerrilla. Pero sobre todo, se impuso no dar pie a la posibilidad de una derrota. No es un destino estoico, una salida heroica o una inmolación. Para símbolo de la entrega al ideal revolucionario basta con el Che. Poco importa si son sus restos o no los que se encuentran enterrados en Santa Clara. Basta con el hecho de que la isla atesora su imagen. Lo demás es secundario.
Fidel Castro hizo un favor a sus seguidores, pero también permitió que su hermano menor los despreciara y fuera pausadamente colocando a los suyos. Por un tiempo escribió “reflexiones” y dio algunas entrevistas. Nunca importó lo que escribía o sobre lo que ha hablaba y aún dice ocasionalmente. Siempre lo que ha escrito ha podido ser interpretado como un conjunto de significados dispersos o simplemente una muestra de torpes banalidades, fue válido argumentar que los textos encierran una pluralidad de ideas o que se contradicen una y otra vez, que se limitan a una interminable regresión de repeticiones destinadas, a no decir nada. Siempre lo que importaba, lo que valía era la demostración de que estaba ahí. Detenerse en sus cualidades intrínsecas fue una trampa, porque sus escritos estaban destinados precisamente a la inestabilidad, lo fortuito, a la falta de una presencia evidente y a desviar la atención de lo fundamental: perder el tiempo diciendo que el exgobernante cubano desvariaba, que su mente pasaba de un tema a otro obviando las leyes elementales de la coherencia. Decir que se entretenía en aspectos que guardaban poca o ninguna relación con lo que ocurría en Cuba no era más que seguir al pie de la letra los propósitos que obedecían a su creación: hacerle el juego a Castro.
Nunca un enemigo tan supuestamente débil obtuvo tanto con tan poco. Fue capaz de entretener aburriendo. Cuando supo que esa labor ya no era necesaria, dejó de hacerlo. Nunca ha tenido una verdadera vocación de escritor.
Tras su enfermedad y recuperación, la batalla cambió de sentido: no fue de ideas sino de imágenes.
Jugar la carta del pasado ha definido por muchos años la única estrategia visible del exilio. Desde ese punto de vista, se entiende la incapacidad para entender lo que ocurre en Cuba. El célebre slogan “No Castro, no problem” ha resultado ser mucho más que una calcomanía llamativa, para colocar en el guardafrenos trasero del automóvil. Resume una forma de pensar caduca, un círculo vicioso.
La verdadera pregunta entonces, que se eludió a diario es Miami, resultaba bien simple: ¿Cómo era posible que esa figura frágil garantice aún la permanencia de un régimen? La repuesta difícil comenzaba por reconocer que algo más que un caudillo en su ocaso jugaba un papel determinante en la supervivencia de un sistema. Lo importante era no solo zanjar una interrogante, sino plantear otra aún más importante: ¿Y ahora qué? En el exilio, donde realmente era poco lo que podía hacerse, pero peor aún escudarse en ese pretexto para no hacer nada, todo se limitó al comentario del momento, sin posibilitar al menos una posibilidad de ensayar una respuesta diferente, una nueva estrategia.
Ahora la realidad es que Miami y Cuba han entrado en una etapa donde la geografía, más que la política empiezan a definir el escenario, un terreno difuso en que los nuevos inmigrantes que llegan diario trabajaban para poder lo más rápidamente posible ir de viaje a la isla y mantener mientras tanto a quienes dejaron allá. No se trata de estar en contra de viajes y remesas, sino de reconocer una situación impuesta por La Habana.
Mientras tanto, los cubanos se han acostumbrado también a esa dualidad de imágenes que han reflejado una transición pautada desde la Plaza de la Revolución: guerrillero heroico en los carteles y un anciano al que aplaudir y reverenciar dos o tres veces al año. Ya no importan mucho las apariciones ni los carteles: ambos han cumplido su función.

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