lunes, 22 de abril de 2013

Lecciones de un fracaso



Aún se repite que la responsabilidad del fracaso de la fuerza paramilitar invasora contra el régimen de Fidel Castro, integrada por exiliados cubanos pero organizados por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, fue responsabilidad del entonces presidente John F. Kennedy. Esta afirmación errónea, tan arraigada en la mitología que opaca el razonamiento de un sector de la comunidad, apenas se rebate hoy día. Quienes no comparten esta creencia prefieren pasar por alto el capítulo, considerarlo parte del pasado y concentrarse en los problemas actuales de la isla y la mejor forma de lidiar con un régimen que no sólo resultó victorioso en los combates, ya que lo fundamental fue que salió fortalecido nacional e internacionalmente de un hecho que determinó su inserción plena en la contienda de la guerra fría, algo a lo que debe en buena medida su supervivencia actual.
Sin embargo, hay documentos que prueban que la culpa de Kennedy se limitó a no actuar a tiempo y cancelar el plan, que su inexperiencia de entonces —al inicio de su mandato— fue la culpable de no percatarse a tiempo de que estaba siendo mal informado y que sus verdaderos errores respecto a Cuba ocurrieron después del fiasco de Bahía de Cochinos, cuando él y su hermano Robert alentaron toda una serie de planes descabellados para eliminar a Castro. Lo curioso del caso es que, desde el punto de vista del sector más radical del llamado “exilio histórico”, no se le reconozca al presidente asesinado que fue el que más hizo por eliminar al líder de la revolución cubana, al tiempo que el propio Fidel Castro ha adoptado en los últimos años una actitud benevolente —y por qué no decirlo, hipócrita— a la hora de juzgar por escrito a su antiguo rival. También llama la atención que el Partido Demócrata no haga nada, o al menos no demuestre ningún interés en enfatizar la verdad sobre lo ocurrido.
Este interés en sacrificar un análisis de lo sucedido, en aras de no sacar a relucir lo que sigue siendo un episodio embarazoso —para decir lo menos— de la política exterior de este país durante casi medio siglo, es responsable en alguna medida de la repetición del mismo error una y otra vez, como si la historia de las relaciones entre Washington y La Habana estuviera empeñada no en escribirse dos veces, más bien en multiplicarse con cada nuevo gobierno.
En el caso de la invasión de Bahía de Cochinos, Kennedy heredó un proyecto destinado al fracaso desde el inicio, y del que no se dio cuenta a tiempo de la magnitud del desastre que implicaba. “¿Cómo he podido ser tan estúpido?”, cuentan que les dijo a sus asesores después del fracaso de la invasión.

Pero es falsa la afirmación de que el desembarco se vino abajo debido a que él no ordenara el necesario apoyo aéreo. Un informe de la propia CIA, que la agencia mantuvo guardado en sus bóvedas durante tres décadas —y sólo fue desclasificado al cabo de dos años de intensas gestiones del Archivo Nacional de Seguridad, organización no lucrativa con sede en Washington— muestra que la arrogancia, el desconocimiento y la mala costumbre de intentar tapar un error tras otro con cambios que se presentaban como un avance del proyecto, cuando en realidad no eran más que nuevos pasos hacia el abismo, fueron las causas que llevaron al desastre.

“Al evaluar el desempeño de la Agencia, es esencial evitar que se concluya de manera inmediata, tal como muchas personas han hecho, que la principal causa de la derrota de la invasión fue la orden del Presidente de cancelar los ataques aéreos el Día D”, establece el análisis, publicado en El Nuevo Herald en 1998.
“Discutir esa sola decisión simplemente haría surgir la siguiente pregunta fundamental. Si el proyecto hubiera estado mejor concebido, mejor organizado, mejor manejado y, si hubiera contado con un personal más capacitado, ¿se hubiera sometido alguna vez esa precisa cuestión a la decisión presidencial? ¿Y se hubiera presentado bajo las mismas circunstancias inadecuadas en cuanto a la información?”, agrega.
Lo que al parecer nunca faltó en el proyecto fue el dinero. El estimado original, para lo que fue concebido bajo la administración de Eisenhower como un plan de propaganda, infiltración y apoyo a la resistencia dentro de la isla, comprendía gastos de $4,400,000. Sin embargo, el costo total ascendió a más de $46,000,000. Una cifra que sólo resultó en muerte, dolor y humillación para los expedicionarios, a los que La Habana siempre ha catalogado injustamente de “mercenarios” y batistianos, cuando en su mayoría se enfrentaron a un gobierno con el que no estaban de acuerdo.
La Agencia omitió el informar al presidente Kennedy, en un tiempo apropiado, que el éxito era más que dudoso y que estudiara de nuevo el problema de derrocar a Castro. Al tiempo que en sus etapas finales, en medio de un afán frenético por producir un desembarco, aumentó la altivez en el trato hacia los cubanos y el menosprecio hacia sus líderes políticos de entonces. Algunos, como Aureliano Sánchez Arango, supieron retirarse a tiempo de cualquier asociación con el proyecto.
De acuerdo al informe de la CIA, la causa fundamental del desastre fue que la Agencia no le dio al plan la atención que requería, pese a su importancia por el inmenso potencial nocivo para Estados Unidos. Kennedy, sin embargo, continúa siendo el “gran culpable” para muchos exiliados. A veces por ignorancia y otras por conveniencia.

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