jueves, 11 de abril de 2013

Mi visión del golpe que no derrocó a Chávez (I)



Cuando se produjo una asonada contra el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez,  el 11 de abril de 2002, escribí un artículo para Encuentro en la red, que permaneció durante  todo el fin de semana —incluso tras el regreso del mandatario al poder—, ya que por razones técnicas no pudo ser sustituida a tiempo. Luego el lunes apareció otro artículo, en que expresaba mi opinión sobre lo sucedido e intentaba un primer análisis o explicación de las razones que permitieron la vuelta al poder del mandatario. El intento de golpe de Estado, enmarcado en fuertes protestas y una huelga general, fue un fracaso total.  Produjo 19 muertos y cientos de heridos. Pedro Carmona llegó a ser presidente de facto durante 47 horas. Ahora reproduzco en dos post de este blog aquellos dos trabajos, sin cambio alguno, con sus aciertos y errores, como una visión muy personal y a la distancia desde Miami, de como vi y sentí lo ocurrido.

Los errores de Chávez

¿Los errores de Hugo Chávez o el error del pueblo venezolano? ¿Cómo explicar entonces su llegada al poder mediante las urnas? El ascenso y caída del comandante de paracaidistas rebelde, gracias a la frustración popular convertido en presidente de un país poderoso y pobre, es un hecho demasiado repetido, sin un elemento novedoso salvo la testaruda ingenuidad de una ciudadanía que se resiste al abandono de las fórmulas mágicas.
Chávez surgió como un anacronismo que desafiaba la corriente neoliberal en Latinoamérica, que ya a finales de los noventa comenzaba a dar muestras de insuficiencia pero que aún no apuntaba al fracaso. Mientras los neoliberales afirmaban que los largos y tediosos años de proteccionismo económico, ideas izquierdistas y economía controlada no habían logrado la riqueza y el bienestar del ciudadano, Chávez gritaba lo contrario: una vuelta al pasado. Su discurso monótono cautivó lo suficiente para lograr cambios radicales con un amplio apoyo popular. Para explicar el fenómeno se puede argumentar que en Venezuela el 85 por ciento de la población vive en la pobreza, mientras es uno de los países más ricos del mundo en recursos naturales: petróleo de sobra, 3,000 kilómetros de costas caribeñas sin explotación turística, oro y piedras preciosas en abundancia y tierras fértiles. El militar convertido en mandatario llegó al poder denunciando al nepotismo, la malversación, el despilfarro y la injusticia como las causas de la crisis. Su denuncia no era original pero tampoco carecía de certeza. Sólo que en vez de dedicarse a gobernar con honestidad, emprendió una aventura política que lo llevó al fracaso. Comenzó repitiendo un discurso autócrata y terminó tan embriagado de sí mismo que pasó de las palabras a los hechos y las órdenes dictatoriales.
Es aquí donde confluyen los errores de Chávez y los venezolanos. Sólo que los segundos tienen la justificación del hambre y la injusticia, mientras el primero se perdió en un afán de poder que satisfacía mediante el sainete político: Chávez no llegó a ser el caudillo prodigioso que torcidamente los pobres anhelaban, sino el fantoche de turno: el boxeador que no se lanza a fondo en el combate y sube al cuadrilátero para intentar recitar endecasílabos torpes. Pero no fue un tonto inútil. Más bien un peligroso dictador que si no llegó más lejos fue porque la sociedad civil venezolana y los militares lograron frenarlo a tiempo, antes de que siguiera destruyendo al país. Si nunca se empeñó en una pelea a fondo, no por ello dejó de dar palos, sino a diestra sí a siniestra. 
Desde que llegó al poder se empeñó en manifestar su independencia respecto a Estados Unidos, al tiempo que aspiraba en convertirse en un líder hemisférico. Visitó a Sadam Husein, proclamó su amistad y admiración hacia el gobernante cubano Fidel Castro, rechazó la ayuda humanitaria norteamericana cuando el país sufrió un cataclismo, manifestó su simpatía hacia las fuerzas opositoras a los gobiernos de Bolivia y Ecuador, aumentó la tensión entre su país y Colombia y le brindó petróleo a Cuba a cambio de asesoramiento agrícola. Hizo todo ello en la arena internacional, sin mayores consecuencias en muchos casos, pero no por falta de empeño. De haber surgido 25 años antes, hubiera llegado mucho más lejos. Su desfase ayudó a salvar a Venezuela.
En política y economía nacional, propugnó revertir el flujo migratorio del campo a la ciudad, la intención de que quienes apenas sobreviven en las villas miseria que rodean Caracas se trasladaran a idílicas zonas rurales —sin tomar en cuenta si eran zonas áridas y despobladas, en planes de desarrollo destinados al fracaso— e iniciaran una nueva vida trabajando la tierra o en talleres artesanales. Su plan de recolonización del país, con sus propios pobladores, estuvo destinado al fracaso desde el principio. Por dos razones fundamentales. Una política y la otra económica.
Su poder se apoyaba en los integrantes de la marginalidad urbana. Obligarlos a marchar al campo hubiera sido un suicidio político, sólo posible mediante una dictadura férrea. Pero aunque lo hubiera llevado a la práctica a través de la coerción, el proyecto de lograr el desarrollo por medio de pequeños talleres, áreas agroindustriales y parcelas de autoconsumo, enfocado hacia la sustitución de importaciones y la vuelta a los cultivos indígenas, estaba condenado al fracaso. Algo similar a lo ocurrido en Cuba y otros países. Lo prudente y necesario era incentivar una política de confianza en las inversiones, pero este destino se antojaba demasiado limitado y vulgar para su romanticismo de espada de gesta y militarismo de museo.
Chávez se vanagloriaba de recurrir a Simón Rodríguez —el maestro de Simón Bolívar— como uno de sus guías ideológicos. Incluso ordenó reimprimir los trabajos del educador. Sin embargo, más allá de su importancia histórica y anecdótica, las ideas económicas del maestro bolivariano carecen de valor en la actualidad. Son obsoletas a la hora de fomentar la mejor estrategia de desarrollo. Rodríguez planteó que Hispanoamérica “debía ser original”. Chávez imaginó que sonaba hermoso en sus alocuciones de tribuna y programas radiales de incesantes horas, pero la realidad demuestra que el enorme potencial económico del Japón y los países asiáticos debe más a una imitación servil que a la búsqueda de una originalidad caduca. Por un tiempo su único logro económico fue mantener controlada la tubería del petróleo. Demostró en ello más astucia de tendero que sagacidad de estadista. Pero el mismo petróleo que le permitió sobrevivir, mientras jugaba con el país como un niño idiota repartiendo estruendo y furia, precipitó su caída. Lo que comenzó como una huelga del sector petrolero terminó en el movimiento que logró su renuncia.
El crudo es la riqueza fundamental del país. Representa la mitad de los ingresos del Gobierno. Las raíces de la crisis, sin embargo, son más profundas que el conflicto en la industria petrolera estatal. Cada vez más venezolanos mostraron su indignación contra la “revolución bolivariana” de Chávez. Los enfrentamientos con la Iglesia Católica, los medios de prensa, los sindicatos y el sector empresarial se hicieron más candentes. Al mismo tiempo, el régimen chavista se enemistaba con los gobiernos de Colombia y Estados Unidos y mostraba un acercamiento temerario con la dictadura de Castro.
Cuando las cazuelas sonaron en Buenos Aires, y en horas barrieron con el gobierno de Fernando de la Rúa, Chávez, alardeó de que algo similar no sucedería en su país. El eco de sus palabras fue apagado por el sonido de los calderos en Caracas. Otro error de Chávez, que también se las daba de escritor, pelotero, autor teatral y cantante, fue no entender el ruido de las cazuelas. Interpretó los gritos de los manifestantes argentinos como un renacer de las banderas revolucionarias: una condena al modelo neoliberal y la justificación de que la tradicional lucha de clases no había muerto. El por lo tanto estaba a salvo de esa bulla. En lugar de escuchar los reclamos de un movimiento cívico, en que el sector obrero y empresarial expresó por igual su repudio a la corrupción política y el desgobierno —al tiempo que su temor a la implantación del modelo cubano—, se justificó achacando el clamor y la furia a las fuerzas reaccionarias.
El fantasma de la revolución cubana contribuyó a que los venezolanos se lanzaran a las calles. El espejismo de Castro fue la ruina de Chávez. No hay comparación entre lo ocurrido en Venezuela y el proceso cubano, como antes tampoco la hubo con respecto al gobierno de Salvador Allende en Chile y el régimen sandinista en Nicaragua. Las similitudes e influencias son desplazadas por las características propias de cada situación. El fenómeno que se inició en Cuba el primero de enero de 1959 es irrepetible. La comparación elemental de los tres años de gobierno chavista, con el mismo período de tiempo en los inicios de la revolución cubana, muestran que al tiempo que Castro enfrentó una oposición armada muy superior —que incluyó una invasión armada a su territorio financiada y entrenada por el gobierno norteamericano—, consolidó un poder del que Chávez nunca disfrutó. La destrucción de la sociedad civil en Cuba fue rápida y completa, por el mismo hecho de que estaba profundamente debilitada por la dictadura anterior. No es lo mismo llegar al poder mediante las urnas, a consecuencia de un legado de corrupción incubado a lo largo de varios gobiernos democráticos, que apoderarse del mando luego de una insurrección armada, tras el derrocamiento de una tiranía sangrienta y de la desbandada de un ejército desmoralizado.
Cuando los empresarios y trabajadores arrinconaron a Chávez, éste apeló a la violencia que tiñó de sangre las calles de Caracas. El proyecto “humanista y democrático” del presidente venezolano se vino al suelo. Las avenidas se llenaron de gases lacrimógenos, disparos de francotiradores y agresiones físicas que dejaron al menos diez muertos y un centenar de heridos. Chávez resultó un mal discípulo: no aprendió una de las lecciones fundamentales del castrismo, que es reprimir desde el primer día, cuando el régimen está en la cúspide de la popularidad, y no recurrir al asesinato como último recurso sino establecerlo como principio básico. Castro, por otra parte, nunca se ha molestado en hablar de “humanismo” y “democracia ”, sino de denigrar estas palabras. La habilidad del gobernante cubano ha sido evitar, mediante la represión sistemática y sin recurrir a la violencia de último momento, que más de 200,000 manifestantes se lancen a las calles exigiendo su renuncia. Porque sabe que cuando ello ocurra, al fin le llegará su hora. A Chávez, le llegó primero. Su caída no sólo es justa para el pueblo venezolano. Encierra también una esperanza para Cuba.

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