viernes, 19 de abril de 2013

No hay llanto por un bandido



No participo de la costumbre de hablar bien de los muertos aunque fueran unos hijos de puta. Alfredo Guevara ha muerto y no me da la más mínima pena. Siempre lo consideré un hp y no conozco nada hasta ahora que me haga cambiar este criterio. El 27 de marzo de 2000 escribí esta columna que trata de expresar lo que pensaba, entonces y ahora, sobre este otro Guevara.

La cara del poliedro

Quiero conservar la ilusión de que Alfredo Guevara dimitió del cargo de presidente del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) para “realizar una obra escrita”. Me niego a prestarle mucha atención a los rumores de que fue destituido a consecuencia de la última película de Juan Carlos Tabío, Lista de espera. Me resisto a creer que a estas alturas esté encargado de dirigir la ofensiva cultural que en varios frentes viene realizando en el exterior el régimen de La Habana. Debo confesar, por último, que no lo hago impulsado por el entusiasmo hacia los futuros libros de Guevara —que no pienso comprar— o por el masoquista interés de criticarlos. Me mueve únicamente el afán de venganza.
Anticipo con gusto el resultado de esos libros por una sencilla razón: Guevara no es un escritor. Sería simple decir que no sabe escribir. El problema en él es mucho más profundo. La persona que por más de 30 años dirigió y censuró el cine cubano no sólo es incapaz de realizar un corto de aficionado —con un tema tan pueril como digamos el desayuno del bebé—, sino de expresarse con lucidez en un párrafo, donde las palabras adquieran sentido colocadas unas junto a las otras. En pocos casos es más cierta la frase de que el hombre es el estilo. Si bien el dicho no se puede aplicar por completo a Guevara —no se le puede considerar un escritor—, sí se puede comentar su estilo, y éste siempre ha sido el de negar la creación. Dice ahora el ya exfuncionario que la verdad es “poliédrica”, pero antes él nunca cesó en el empeño de opacar todos sus lados. De sus escritos sólo queda el intento de hacer precisamente eso: un poliedro de una sola cara, que es la de la censura. Si en Cuba hay un “síndrome de la roncha”, Guevara es “una ‘lergia’ que camina”, como recita con gracia Luis Carbonell. Enfrentado con una cuartilla, su habilidad para destruir las obras y las ideas, y para mutilar y tergiversar los proyectos ajenos se volverá en su contra. A raíz de la renuncia, un cable habló de su “habitual tono críptico y tortuoso”. De seguro el periodista no encontró mejor justificación o complacencia para calificar la forma de expresión de alguien que siempre se destacó por destruir con razonamientos “tortuosos” más de un criterio, una idea o una propuesta valiosa, reafirmando los peores dogmas en un ropaje de seda y veneno.
Contra la dualidad entre una obra verdadera y un producto fácil y trillado se opone en ocasiones la complejidad hueca, que usa su desprecio trivial por lo popular como una forma de encubrimiento ante la incapacidad para alcanzar el valor artístico. Es el momento en que el tramposo sustituye al artista, el artesano o el comerciante. A lo largo de la historia de la cultura, las trampas han sido muchas y variadas. Las practicaron los sofistas griegos y los poetas culteranos españoles. En Cuba y en el ICAIC existió una especie de trilogía, dedicada a encantar las torpezas. Sus tres brujos fueron Guevara, que siempre actuó como sacerdote mayor —cuyo saco sobre los hombros, la ropa negra y el rostro pálido y flácido siempre recuerdan la presencia fatídica del funerario—; Julio García Espinosa, el aprendiz del brujo hasta que las escobas y los baldes le cayeron encima, y Jorge Fraga, que no llegó a ser un espíritu en bruto aunque sí un bruto de espíritu. Durante años los tres compitieron en un rebuscamiento de palabras que aburría desde el inicio.
Quizás algunos piensen que ahora que Guevara cuenta con el tiempo necesario para dedicarse a la escritura pudiera hacerles un favor a los curiosos, ya que no son pocas las intrigas de las que ha sido testigo o protagonista. No lo hará. Se lo impide su cobardía. En una vida dominada por la envidia hay demasiados aspectos turbios. Carece de la humildad necesaria para contarlos. Es demasiado vanidoso para no preferir la trama del insulto y la destrucción de quienes lo superan intelectualmente. Sólo se rinde ante el poder.
Si hay un abuso del adjetivo en lo escrito hasta aquí, se debe a mi incapacidad para hablar del personaje en términos peores. Algo podrido hay en Alfredo Guevara y ninguna palabra es capaz de salvarlo o condenarlo. Nada peor que revolver el hedor. De ello no se podrán apartar los futuros libros de Guevara, si algún día los escribe. Ni se libra esta columna.

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