domingo, 21 de abril de 2013

Pyongyang en Caracas



Los venezolanos rechazaron el dudoso honor de ser el segundo país del mundo gobernado por un muerto.
La elección presidencial que se esperaba fuera un paseo triunfal para Nicolás Maduro terminó con unos resultados que se impugnan y, en el caso de que uno quiera creerle al bando oficialista, una victoria pírrica. En pocas semanas más de la mitad de la población venezolana se ha percatado de que el poschavismo no es la mejor opción.
En parte también, es una derrota para el fallecido presidente Hugo Chávez, incapaz de crear un sistema donde el mecanismo de sucesión actuara con precisión y eficiencia.
Venezuela no es Corea del Norte, el único país del mundo que tiene como Presidente Eterno a un muerto, Kim Il-sung. En esa jerigonza particular del país asiático, suceden las muertes pero los cargos se mantienen.  Es por eso que cuando en el 2011 falleció Kim Jong-il, el hijo de Kim Il-sung, fue declarado Secretario General Eterno del Partido del Trabajo de Corea (PTC) y Presidente Eterno del supremo órgano militar del país, por lo que su hijo y sucesor, Kim Jong-un, ha tenido que conformarse con el cargo de Primer Secretario del Partido y Primer Presidente del Consejo Nacional de Defensa. La eternidad reducida a un nombramiento, unas pocas palabras.
Igual verborrea está presente hoy en Caracas. Sí, es cierto, Venezuela no es aún Corea del Norte, pero Maduro y Diosdado Cabello quieren que se parezca. Lo hacen evidente en los símbolos y las palabras. Primero fue la idea descabellada de momificar a Chávez. Ahora el oficialismo se refiere al desaparecido gobernante como el  “Comandante Supremo de la Revolución”.
El poschavismo define a diario su formulación reaccionaria. Si Chávez significó un retroceso para la región, con una agenda de izquierda radical dentro de un ropaje populista —como una respuesta inadecuada ante el fracaso del neoliberalismo—, su sucesor trata de llevar al país no al “Socialismo del Siglo XXI” sino imponer un régimen calcado a lo ocurrido en Rusia, Alemania e Italia durante el siglo pasado.
El poschavismo degenera con rapidez y violencia hacia un fascismo rojo. Los que en este momento mandan en Venezuela han decidido acompañar a la estampita, la imagen del fallecido gobernante y esa invocación constante, entre plañidera y soberbia, con la fuerza del matón. Del negro del luto al  rojo.
Acallar mediante el atropello. Amenazar con encerrar a los que expresan pacíficamente su desacuerdo con un “heredero” que ha llegado despojándose de cualquier disfraz democrático y con la intención de implantar una dictadura total en el menor tiempo posible.
El gobierno de Maduro no se inicia donde lo dejó Chávez, sino donde lo comenzó Fidel Castro en Cuba: con la amenaza de meter en la cárcel a quien se le opusiera —que la cumplió de inmediato— y una campaña de desinformación destinada a desprestigiar a todo aquel que consideraba un enemigo.
Maduro y Cabello no han perdido un minuto en dejar en claro que se está con ellos o contra ellos. No hay que confundirse con palabras que cambian de un día para otro y declaraciones de momento en que el nuevo presidente expresa estar dispuesto a conversar con todo el mundo. Con ellos no hay diálogo y negociación posible: acatar o sufrir las consecuencias. Ya han comenzado los despidos de venezolanos por la simple sospecha de que votaron por el candidato opositor, Henrique Capriles.
Por supuesto que Maduro y Cabello han recurrido a ese viejo expediente de hablar del peligro de golpe de Estado, incitación al caos y de los desórdenes por parte del bando contrario, así como tampoco se han demorado un segundo en lanzar acusaciones de que han sido los opositores pacíficos los responsables de las muertes ocurridas.
¿Cuántas veces ocurrieron “sabotajes” en momentos muy precisos en Cuba, la quema de un círculo infantil durante los días del éxodo del Mariel, varias bombas que dieron pie a decretos gubernamentales o a la creación de los órganos de vigilancia en cada cuadra, sin que nunca se supiera quién en realidad había estado tras esas acciones?
En ese libreto, que en la actualidad es dictado por La Habana —incluso con más fuerza que durante la época de Chávez— no es de extrañar que ocurran situaciones que de inmediato se utilicen para justificar la represión.
En todo ello, no hay originalidad. No lo inventaron los Castro. Existe desde mucho antes, pero nunca se aplicó con tanta eficiencia como durante el fascismo, el gobierno nazi y el comunismo.
Lo que está ocurriendo en Venezuela es que el régimen  ya ha dejado bien claro su disposición de despojarse con rapidez de los aspectos populistas necesarios para ganar en las urnas y concentrarse en crear e imponer una maquinaria represiva que consolide y perpetúe su presencia. Como en Corea del Norte.
Esta es mi columna semanal, que aparece el lunes en El Nuevo Herald.

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