jueves, 2 de mayo de 2013

Del desencanto a la apatía



Hace ya doce años las cazuelas sonaron en Buenos Aires y en horas barrieron con el gobierno de Fernando de la Rúa. No sucedió lo mismo en la Venezuela de  Hugo Chávez, donde las protestas indicaron un grado de desacuerdo con el mandatario —a veces creciente, pero no sin llegar al grado de una revuelta popular— y luego disminuyeron a medida que el chavismo fue transformando las instituciones públicas e imponiendo un régimen corrupto y represivo, en dosis que el fallecido gobernante sabía controlar muy bien. Han vuelto a sonar ahora con el gobierno impuesto de Nicolás Maduro, pero en la actualidad el país se debate entre el caos y el inicio de una represión mucho más brutal, a la que Chávez nunca tuvo que recurrir.
En Cuba las marchas de las Damas de Blanco ―y los actos de repudio en contra de ellas lanzados por turbas del gobierno― han logrado difusión y reconocimiento internacional, pero hasta el momento han mostrado también la incapacidad de la población para apoyar una queja y convertirla en un reclamo masivo.
Precisamente contra esta ciudadanía ―que aún  permanece en calma― es que en última instancia van dirigidos los actos de repudio, los golpes, los insultos y las obscenidades.
Varios factores conspiran para que en Cuba no ocurra lo que sucedió en Argentina y ni siquiera lo que aún ocurre en Venezuela.
El primero es que ya pasó. Por ejemplo, al principio de la revolución, salieron las amas de casa a las calles de Cárdenas batiendo cacerolas y ollas y gritando: “Queremos comida”. Desde la capital de la entonces provincia de Matanzas el ya fallecido capitán Jorge Serguera envió a los tanques para que avanzaran sobre el pueblo. La intervención del también fallecido expresidente Osvaldo Dorticós impidió que se produjera una masacre.
El segundo factor es que más allá de las simples turbas controladas, el régimen cuenta con tropas adiestradas y equipos de lucha contra disturbios listos para poner fin a cualquier manifestación popular. A ello se une la existencia de una fuerza paramilitar, que ha demostrado su rapidez y capacidad represora en otras ocasiones, y que de inmediato entraría en combate ante una amenaza seria de insurrección callejera.
Pero otro importante factor que demora o impide un movimiento espontáneo de protesta masiva es la apatía y desmoralización de la población. La inercia y la falta de esperanza de los habitantes del país. Su falta de fe en ser ellos quienes produzcan un cambio. El gobierno de los hermanos Castro ha matado —o al menos adormecido— el afán de protagonismo político, tan propio del cubano, en la mayor parte de los residentes de la isla.
 El exilio como futuro —como alejamiento colectivo para ganar en individualidad— es un aliciente mayor que un enfrentamiento callejero. Más fácil se arriesga la vida en una balsa que en una calle. El desarraigo es preferible a la afirmación nacional limitada al concepto de patria, porque se llega al convencimiento —aunque sea intuitivamente— de que no hay nada en que afirmarse.
En primer lugar, la geografía como parte de la política. Puede que las cacerolas se oigan primero en el interior del país, pero deben escucharse en La Habana. La posibilidad de que el estallido popular ocurra primero extramuros obedece a factores económicos: la pobreza mayor en el campo que en la capital. Sin embargo, es un error hacer depender cualquier protesta de un empeoramiento absoluto del nivel de vida de la población. Más bien sería todo lo contrario.
Desde el punto de vista económico —y contrario a lo que podría pensarse inicialmente—, un agravamiento general de la situación económica no tiene que ser necesariamente el detonante. Son las diferencias sociales, que se intensifican a diario, las que más fácil prenden la mecha. Por lo tanto, a diferencia de que lo que ha ocurrido en Argentina y Venezuela, serían los estratos más desposeídos los iniciadores de la protesta. La gente no va a lanzarse a la calle pidiendo libertades políticas —ya ese momento pasó—, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.
En caso de producirse un movimiento de protestas populares, y de ser espontáneo, es posible que carezca de vínculos directos con el exilio de Miami. Tampoco contaría con la participación mayoritaria de los miembros de la sociedad cubana más identificados con el rechazo al régimen, porque éstos son al mismo tiempo los que tienen más dólares, ya sea gracias a las remesas familiares, el comercio ilícito o los trabajos por cuenta propia.
Otro factor a tener muy en cuenta es la composición étnica. ¿Cuál es el segmento que en la actualidad sufre más privaciones en Cuba? No hay duda que la población negra constituye el caldo de cultivo para un estallido social. Sus miembros son quienes tienen menos posibilidades de recibir dólares del extranjero y también a los que discriminan de los  trabajos en hoteles, restaurantes y transporte de turistas. En igual sentido, carecen en su mayoría de viviendas con la capacidad suficiente para alquilar cuartos a extranjeros, ni poseen automóviles u otros recursos que les faciliten la adquisición directa de los dólares de los visitantes. Hay pocos negros dueños de paladares o propietarios de casas de huéspedes. Como una evidencia más del fracaso del régimen, han vuelto a ser relegados a las esferas tradicionales donde antes del primero de enero de 1959 el triunfo era un anhelo costoso y renuente. Para la población negra, el bienestar del dólar se limita a quienes se destacan en tres esferas muy competitivas: el deporte, la prostitución y el arte.
De producirse cacerolazos en Cuba, el régimen los reprimirá con firmeza. No hacerlo sería la negación de su esencia y su fin a corto plazo. Imposible no usar la violencia. En cualquier caso lleva las de perder. Una de  las habilidades del régimen siempre ha sido el evitar las situaciones de este tipo. El “maleconazo” de 1994 Fidel Castro logró sortearlo con una avalancha de balsas hacia la Florida. Esa salida está agotada.
Por su parte, Raúl Castro se ha caracterizado por la práctica de una represión preventiva, instantánea y que en su efecto inmediato ―encarcelamiento― puede durar horas, días o meses, pero en cuanto a impresión en el ciudadano y en  la sociedad, como forma intimidatoria, tiene una repercusión permanente. La represión en su forma más desnuda —arrestos y muertos— no conlleva necesariamente el inmediato fin de un régimen totalitario, pero en el peor de los casos lo tambalea frente a un precipicio. Ningún dictador tiene a su alcance un manual que lo guíe, sino ejemplos aislados: los hay tanto de supervivencia—el caso de China—como de desplome —el de Rumania. El gobierno de los hermanos Castro cuenta con una sagacidad a toda prueba, ¿pero por qué empeñarse en creer que es invencible?

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