jueves, 2 de mayo de 2013

Estabilidad política y estancamiento económico



Hay una brecha entre la Cuba del ciudadano de a pie y la Cuba de permanencia,
estabilidad y desarrollo; la visión que a los ojos del mundo intenta ofrecer el régimen de La Habana. De su ensanchamiento o disminución depende en buena medida el fracaso o el triunfo del gobierno de Raúl Castro, no tanto en cuanto a su permanencia en el poder como en lograr lo que nunca consiguió su hermano mayor: una eficiencia que permita mejorar el nivel de vida de la ciudadanía no sobre actividades marginales —fuera de lo establecido por las leyes y propias de circunstancias específicas— sino mediante el desarrollo económico del país.
Confundir ese fracaso o triunfo con la caída del régimen es un error que se repite en Miami sin cesar. No es la búsqueda de mayor democracia lo que está en juego en La Habana. De lo que se trata es del intento de encaminar al país en una estructura económica más eficiente, dentro de un sistema totalitario, con un gobierno que funcione a esos fines. Lo que se intenta es superar la etapa en que el líder supremo determinaba tanto la participación en un conflicto bélico como un nuevo sabor de helado.
Ahora el país se arrastra entre la necesidad de que se multipliquen supermercados,viviendas y empleos, y el miedo a que todo esto sea imposible de alcanzar sin una sacudida que ponga en peligro o disminuya notablemente el alcance de los centros de poder tradicionales. Hasta ahora, las respuestas en favor de transformaciones solo han traído desaliento. El avance económico y las posibilidades de empleo sustituidas en buena medida por la vuelta al timbiriche. Siempre el peligro del caos rondando la indecisión entre la permanencia y el cambio.
Cuba ha logrado con éxito vender su estabilidad, por encima de cualquier esperanza de mayor libertad para sus ciudadanos. Las apariencias de estabilidad, sin embargo, no deben hacer olvidar al gobierno cubano que —en casi todas las naciones que han enfrentado una situación similar— lo que ha resultado determinante, a la hora de definir el destino de un modelo socialista, es la capacidad para lograr que se multipliquen no mil escuelas de pensamiento sino centenares de supermercados y tiendas.
De esta manera, hay dos opciones, que no necesariamente tienen que tomar en consideración un ideal democrático. El mantenimiento de un poder férreo y obsoleto, que sobrevive por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales y que en buena medida se sustenta en la represión y el aniquilamiento de la voluntad individual, o el desarrollo de una sociedad que avanza en lo económico y en la satisfacción de las necesidades materiales de la población, sobre la base de una discriminación económica y social creciente, y a la vez conserva el monopolio político clásico del totalitarismo.
Esta disyuntiva, que abre un camino paralelo a las esperanzas de adopción de cualquiera de las alternativas democráticas existentes en Occidente, no es ajena a la realidad cubana.
Poco a poco ha surgido en Cuba la necesidad de decidir un camino entre la China de hoy, de cara al futuro, y la Corea del Norte aferrada al ayer. Por supuesto que ambas vías arrojan por la borda cualquier ilusión democrática, pero no por ello son cada vez más reales ante la aceptación —con disimulado júbilo o a regañadientes— de que la transformación política en la isla es a largo plazo.
Cuba sigue esgrimiendo el argumento de plaza sitiada, y hasta ahora ha contado con el  “apoyo”  del Gobierno norteamericano, empecinado en las presiones económicas, que fundamentalmente afectan al ciudadano de a pie, no importa donde viva. Poco ha hecho el gobierno de Barack Obama para avanzar en una política más sensata hacia la isla, en su totalidad y no solo respondiendo a los reclamos de la “línea dura” del exilio de Miami. Resulta contradictorio alentar el desarrollo de una sociedad civil en Cuba, y al mismo tiempo propiciar el aislamiento. No es nada agradable, pero cada vez más resulta evidente que las alternativas para Cuba son entre la estabilidad y el caos, y nadie en Washington quiere una situación caótica a noventa millas de Estados Unidos.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...