viernes, 3 de mayo de 2013

Fugitivos y espías y el tiempo



La entrada de Joanne Chesimard, que todo parece indicar vive en Cuba bajo el nombre de Assata Shakur, en la lista de los “terroristas más buscados”  del FBI, ha coincido con la confirmación, por parte de un funcionario de Estados Unidos, de que Cuba permanecerá en la lista de países que apoyan el terrorismo. Chesimard, que es la primera mujer que integra dicha lista, está fugitiva de la justicia desde noviembre de 1979, y en la actualidad la recompensa por su captura se ha elevado a dos millones de dólares.
La lista de terroristas más buscados no coincide con la famosa lista de los “Más Buscados”, también del FBI, sino es un desprendimiento de esta última.
Por otra parte, se ha cuestionado la inclusión de Chesimard  en esta lista, porque si bien ella es una fugitiva condenada por asesinato, la naturaleza de su delito no se ajusta a la clasificación actual de terrorismo.
Por otra parte, el reclamo de Washington al gobierno cubano, de que Chesimard sea devuelta, no es nuevo. El miércoles 11 de septiembre de 2002 publiqué una columna sobre el tema en El Nuevo Herald. La reproduzco ahora con el interés de mostrar que nada ha avanzado para resolver este problema. Salvo el tiempo, que termina por imponer a la muerte como única solución.

Fugitivos y espías

Las decenas de fugitivos que huyeron a Cuba tras cometer delitos en Estados Unidos pueden descansar tranquilos: sus días bajo el sol aún no están contados.
Pese a una información aparecida en The Washington Post. De acuerdo al diario, el gobierno del presidente George W. Bush está presionando a La Habana para que entregue a más de 70 prófugos buscados por las autoridades norteamericanas. ¿O no les resultaría más saludable empezar a preocuparse?
El reclamo no es nuevo. Desde hace más de 30 años el Gobierno y el Congreso vienen pidiendo la extradición de varios connotados criminales. Son las circunstancias actuales, tanto dentro de la isla como en el resto del mundo, las que pueden hacen pensar que Fidel Castro está dispuesto a llegar a un acuerdo. Pero al igual que en ocasiones anteriores en que este país ha tratado de llegar a un arreglo con el mandatario cubano, hay que deslindar entre su interés de aprovechar la ocasión para hacer propaganda y un esfuerzo serio para resolver un problema pendiente desde hace décadas.
Hay que enfatizar que “intercambio” es la palabra clave de cualquier negociación entre Washington y La Habana. De acuerdo al Post, funcionarios cubanos se expresaron en favor de un intercambio de fugitivos de ambos países.
“Hay muchos que han cometido delitos en Cuba que viven en Estados Unidos”, dijo un portavoz no identificado del gobierno cubano, de acuerdo al Post.
Según el periódico, el funcionario mencionó que las autoridades cubanas querían que Orlando Bosch fuera deportado. Para Castro la deportación de Bosch —acusado de la voladura de un avión de Cubana de Aviación en 1976 y convicto de actos de terrorismo en Estados Unidos— es casi imposible de conseguir. Por ello lo pone por delante: se anticipa a una negativa. El funcionario —que habla por Castro, porque de lo contrario no podría hablar, pero que no lo menciona ni permite que mencionen su nombre— habla para el público norteamericano: un terrorista por otros terroristas: un intercambio que igualaría a ambos países.
Como en ocasiones anteriores, Castro puede estar jugando varias cartas al mismo tiempo. De forma sistemática, sus vínculos con la política norteamericana se han ido acercando al establishment; los empeños contra el embargo terminaron traducidos en compras al contado. Al revés de lo postulado durante muchos años en la isla, ahora trata de crear conciencia (en los legisladores: es un decir marxista) con dinero: su internacionalismo conformado al mercado de fuerza de trabajo barata y su lucha ideológica limitada al cabildeo.
Pero el juego capitalista de apostar con dinero no lo hace abandonar la táctica de proporcionar argumentos a sus defensores y trampas a sus enemigos. Un acuerdo sobre los fugitivos contribuiría a verlo con ojos más favorables entre los que ya se inclinan a esa mirada. Un nuevo intento de limpiar imagen dentro de una campaña iniciada tras los atentados del 11 de septiembre. Al igual que el dirigente libio Muamar el Gadafi, el gobernante cubano trata de enterrar un pasado belicoso en un presente conciliador.
Si el Departamento de Estado incluye a Cuba entre los países que apoyan el terrorismo es porque, entre otras razones, la isla brinda amparo a miembros de grupos subversivos. Plantear un intercambio no sólo coloca a un mismo nivel a Washington y La Habana, sino que rebaja a Miami a la categoría de una cabeza de playa llena de terroristas, mientras que a 90 millas hay un país dispuesto a cooperar en mantener en la sombra a los peores criminales.
Es posible, sin embargo, que Castro se dé por satisfecho con un premio de consolación que es en cambio un triunfo político: el envío a Cuba de los cinco espías condenados en Miami. La campaña alrededor de estos condenados debe intensificarse este mes, ya que el 27 de septiembre es la fecha fijada para la sentencia a Ana Belén Montes, quien se declaró culpable de espiar para el gobierno de La Habana.
Las palabras del portavoz cubano no identificado —que señala el Post— reflejan la estrategia utilizada por la defensa en el juicio contra los espías, y el argumento en que el régimen castrista fundamenta la justificación de espionaje: la supuesta necesidad por parte de Cuba de contar con una red de información para vigilar a las organizaciones exiliadas sospechosas que practican atentados terroristas en la isla, como la oleada de atentados dinamiteros contra varias instalaciones turísticas ocurridos en La Habana en 1997.
Si intercambio es la palabra clave, ¿qué tiene Castro que ofrecer? Hay un grupo reducido de secuestradores de aviones que viven en la isla, muchos de ellos casados y con familia cubana. Hay también figuras más buscadas, como Joanne Chesimard, alias Assata Shakur, quien escapó a Cuba en 1979, acusada de asesinar un policía de carreteras que detuvo su automóvil en una verificación de rutina. Y están también los casos del ex agente de la CIA Frank Terpil, un traficante de armas convicto, y del financista y estafador convicto Robert Vesco. Castro no va a devolver a Vesco, un hombre que sabe demasiado sobre los vínculos del régimen con el narcotráfico. Cuenta con la excusa perfecta: lo tiene preso. Los demás, con el tiempo que llevan en la isla, deben saber ya que son “negociables” y que la peor pesadilla no es ser un fugitivo: es no poder huir.

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