domingo, 19 de mayo de 2013

La importancia del papel



Analizar el triunfo o fracaso económico de un proceso llamado revolucionario en base a la presencia o no del papel higiénico en los hogares deja muy mal parados a los gobiernos de Cuba y Venezuela. Por supuesto que La Habana le gana a Caracas en decenas de años de escasez en los baños de las viviendas de sus ciudadanos, pero no por ello Nicolás Maduro debe sentirse en desventaja: tiene por delante un futuro de miseria.
Al igual que esos papeles tornasol, que se introducían en los tubos de ensayo de los laboratorios químicos durante el bachillerato o el preuniversitario, para determinar la alcalinidad o acidez de los líquidos, ahora el estante vacío del papel higiénico, en los supermercados venezolanos, también señala un color: rojo, rojito.
“No sé cómo se las arreglan”. He escuchado la pregunta al referirse a ese arte de gobernantes que son capaces de desaparecer artículos y convertir a una simple compra en una espera de horas o una operación de bolsa negra.
Las respuestas son múltiples, y comienzan por las justificaciones de que los culpables son los oligarcas, los explotadores del pueblo, quienes se dedican a la especulación y al sabotaje y, en última instancia, los “enemigos de la revolución”.
Otros explican que ello ocurre cuando se tratan de controlar las leyes del mercado, que una imposición de controles de precios y de moneda provocan siempre grandes o pequeños cataclismos (coloco a la falta del papel en la categoría de desastre mayor), porque la teoría económica tradicional nos enseña que la oferta de una mercancía disminuye y la demanda aumenta cuando los precios son bajos. Si no se permite al mercado regularse a sí mismo, mediante la ley de la oferta y la demanda, ocurren estas cosas, dice el economista liberal, mientras otro socialista le contesta que la cuestión radica en que todos los pobres en la Venezuela actual tienen el dinero suficiente para comprar el ahora añorado papel higiénico.
Hay, sin embargo, una explicación más simple, y se resume en una palabra: desprecio. Tanto a quienes mandan en La Habana como en Caracas les importa poco la escasez de este o cualquier producto.
Años y años han transcurrido en Cuba, y la falta de papel higiénico no se ha resuelto. Se acabaron los oligarcas, se marcharon los burgueses, supuestamente se metieron en la cárcel a los especuladores y contrabandistas, ahora van para las prisiones los corruptos, pero el papel higiénico sigue sin aparecer, salvo que se cuente con CUC, pesos convertibles que no son más que un disfraz del dólar, que se puede tener pero no sirve para comprar en las tiendas: de cómo los hermanos Castro establecieron las “tiendas de raya” sin ser mexicanos, y lograron convertir a todos los cubanos —los de la isla y los del exilio— en sus clientes.
De la escatología al sainete, las historias de papel higiénico podrían llenar una antología, y es una lástima no se haya hecho: los rollos sustraídos de los baños de restaurantes y hoteles, la compra a sobreprecio a bodegueros y vecinos —a finales de la década del 70 y comienzos del 80, se entregaba un rollo por núcleo familiar al mes, sin que se garantizara su llegada todos los meses— o los sacrificios de padres y abuelos abnegados, que lo reservaban para los más pequeños de la casa.
También hay que agregar el valor adicional que siempre ha acompañado la prensa oficial cubana —no por el contenido sino por el continente— y esa valoración sui géneris de Cuba, en que según las circunstancias libros y publicaciones periódicas eran valoradas por su posible uso del momento, como por ejemplo papel para cigarrillos —El libro rojo de Mao se destacó en ese sentido—, pero siempre mantenían su puesto cimero en el baño.
El papel higiénico volverá a los anaqueles venezolanos. El gobierno de ese país anunció la compra de 50 millones de rollos para hacer frente a los problemas de escasez y combatir lo que ha denominado la “guerra económica” que estarían ocasionando los sectores adversos al gobierno para estimular “compras nerviosas” y generar desabastecimiento. El nuevo “presidente” —quitarle las comillas sería un abuso de generosidad hacia un gobernante impuesto— cuenta aún con fondos suficientes para hacer compras de este tipo, más en momentos en que su legitimidad se cuestiona a diario y su capacidad de gobierno se pone en entredicho cada minuto. Pero los venezolanos no deben sentirse tranquilos cuando compren los nuevos paquetes del producto. Caracas se parece cada vez más a La Habana, y no es precisamente en construcciones y carreteras, algo en lo que ambas ciudades muestran cada vez más deterioro: puede que los venezolanos vuelvan a tener mañana el papel higiénico, pero los cubanos llevan más de 50 años casi sin conocerlo.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece el lunes 20 de mayo.

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