miércoles, 29 de mayo de 2013

Militares, diálogo y oposición



Para mantenerse en el poder día tras día, Fidel Castro solo requirió de un equipo médico atento y un sistema de seguridad eficiente. Pero para perpetuarse le fue necesario sustentar una justificación ideológica. Durante décadas, la política fue la razón de ser del Estado cubano. A ello se sumó el desprecio a la economía y los proyectos faraónicos. Ahora, con Raúl al mando de las tareas cotidianas de gobierno, todo ha entrado en una dimensión más realista y menos heroica. Lo que está por ver es si ese realismo se impondrá en los círculos militares que, al parecer, tendrán el control del país tras la desaparición de ambos hermanos.
Lo que llama la atención es que mientras el espectro amplio del sector más inconforme con la realidad cubana se transforma de acuerdo a las características de la sociedad actual —y se podría hablar de una disidencia tradicional y  un fenómeno más reciente, como son los blogueros—, la represión continúa anquilosada en sus formas más burdas. En última instancia, el “recurso perfecto” para acallar cualquier voz independiente en Cuba son los actos de repudio.
Tacañería de un Estado que no admite la menor manifestación de independencia, donde la función opositora ha evolucionado de un enfrentamiento radical al desacuerdo, la disidencia y la simple búsqueda de una vida propia, sin que se permita la menor apertura de un espacio político. Mientras los métodos represivos cambian de tácticas ―detenciones por varias horas, advertencias―, el mecanismo de terror se mantiene inalterable.
Esto permite establecer el contraste entre una represión sin tregua y una actividad de respuesta que limita su acción, en la mayoría de los casos, al terreno de la palabra. No solo el oponerse, sino el simple hecho de contestar con voz propia es delito en Cuba.
Una y otra vez, el acto de repudio se utiliza con el mismo objetivo: además de sembrar el miedo, crear el desaliento. Los argumentos son gastados, los recursos son viejos, pero la vida es una sola. Estas actividades son la cara más turbia de un monstruo con varias cabezas, y no deben verse de forma aislada. A ellas se une una campaña de descredito por numerosos medios. Al régimen no le basta con castigar a los que alzan una voz independiente, quiere matar su ejemplo, enfangar su prestigio. Para ello echan mano a dos recursos: la delación y la envidia. Alimentan la desconfianza, porque el Gobierno sabe que ésta es un freno a la hora de dar un paso al frente. Quieren ponerlo todo en blanco y negro, pero al mismo tiempo confundir los límites. ¿Hasta dónde se puede llegar? ¿Qué crítica es permitida? Lo mejor es quedarse tranquilo.
 La Habana dice una y otra vez que los blogueros, disidentes y opositores pacíficos están  al servicio del gobierno de Estados Unidos. No porque intente convencer a nadie, sino porque sabe que es el camino más seguro para reforzar la intimidación: una acusación que recuerda castigos anteriores.  No teme la repulsa internacional porque sabe que los gobiernos responden a intereses y no a ideales.
Al intensificar la represión, el régimen no solo busca acabar con la esperanza de un cambio dentro de la isla. Le preocupa también los cambios que se vienen promoviendo en Washington, los avances en los esfuerzos que buscan establecer un enfoque sobre el problema cubano que  no esté fundamentado en una retórica de confrontación directa. Ve como enemigos no solo a los opositores conocidos, sino también a quienes de momento le manifiestan la fidelidad más absoluta. Sabe que ésta se vería erosionada con una mayor cercanía entre la isla y Estados Unidos.
Unas declaraciones de Guillermo Fariñas, ofrecidas durante su visita a las oficinas del diario El Nuevo Herald en Miami, vienen a confirmar ese temor del régimen.
Militares cubanos están estudiando los cambios ocurridos en  Rusia y agentes de la Seguridad del Estado están siendo amables con los disidentes, en preparación para una posible transición en la isla, dijo el opositor. Algunos de los oficiales temen un colapso repentino del sistema comunista y “ellos no quieren que les pase como a la gente de (Moamar) Gadafi” en Libia, agregó Fariñas.
Según el activista, oficiales le dijeron que algunos de los asesores del gobernante Raúl Castro han sugerido que se debe admitir de 15 a 25 disidentes en el parlamento nacional. Castro respondió que estaría de acuerdo, pero que su hermano Fidel nunca lo permitiría.
Fariñas también describió un singular encuentro con el actual primer vicepresidente Miguel Díaz-Canel —nativo de Santa Clara y su compañero de clase en la escuela militar— seis semanas antes del último ascenso de éste.
Fariñas dijo que pasaba frente a la casa de los padres de Díaz-Canel el 4 de enero cuando vio a su amigo de escuela estacionando su coche.
“Díaz-Canel le estrechó la mano calurosamente y le preguntó por su salud. Hablaron durante unos 15 minutos, dijo el disidente, en gran parte sobre su huelga de hambre de 135 días en 2010, que lo puso en el hospital en varias ocasiones”, de acuerdo a la información de El Nuevo Herald.
“El vicepresidente señaló en la charla que Fariñas se había negado a hablar con varios emisarios del Gobierno durante la huelga, dijo el disidente, y le preguntó si Fariñas hubiera estado dispuesto a hablar con él”, agrega el diario.
“Fariñas dijo que le informó a Díaz-Canel que efectivamente hubieran hablado y el funcionario respondió que ‘lo iba a tener en cuenta’. Agregó que tendría que informar de la conversación a sus superiores en La Habana”, añade El Nuevo Herald.
Con independencia de que estos comentarios de Fariñas no pueden ser confirmados independientemente, como el propio periódico aclara, hay dos aspectos que vale la pena destacar: uno es que hay una posibilidad muy real de que militares cubanos estén apostando a una transición pacífica lenta en la que ellos no se vean comprometidos en hechos de sangre. Otra es que declaraciones de este tipo, por parte de un opositor que días antes recibió un homenaje en esta ciudad, eran impensables unos cuantos años atrás. Se trata de un cambio saludable y necesario.
La confrontación ideológica, que hace unos años alcanzó su definición mayor en la llamada “batalla de ideas”, quedó reducida por un tiempo a las “reflexiones” del “Compañero Fidel”. Ahora se ha disuelto en el sainete y la farsa (¿no lo fue siempre en parte?). El mayor efecto que Fidel Castro produce en la isla es el de servir de rémora ante cualquier posibilidad de cambio, según unos, o de servir de pretexto para justificar la demora en ponerlos en práctica, según otros y lo que parece más probable.
Raúl Castro ha limitado las definiciones ideológicas al mantenimiento del statu quo, y a utilizar en sus discursos el argumento de la “legitimidad de origen” (el triunfo durante la insurrección del Movimiento 26 de Julio) para justificar la permanencia en el poder de él y su élite.
Contrasta ello con su fama de gobernante pragmático, ya que en este  pragmatismo lleva a plantear el fundamentar su mandato en una “legitimidad de ejercicio”, la cual tendría que ser definida por alcanzar cierta prosperidad, ya sea mediante la inversión extranjera adecuada y de una cierta liberalización empresarial, o gracias al buen manejo de la enorme e ineficiente maquinaria económica.
Desechadas las esperanzas de una mejora sustancial del nivel de vida de los cubanos a corto plazo, Cuba sigue esgrimiendo el argumento de plaza sitiada. Para ello tiene que apelar al espejismo de una retórica de confrontación, que prescinde de la palabra y la idea para limitarse a una actitud soez. Carencia ideológica y tacañería de opciones que ponen en peligro el destino de la nación y el futuro de aquellos que ayudan a mantener al régimen. Incluso por ese beneficio —egoísta e interesado— los oficiales de las fuerzas armadas deberían comenzar a presionar en favor de un diálogo con la oposición.

Este artículo también aparece en Cubaencuentro.

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