lunes, 10 de junio de 2013

Corruptos e inútiles



Uno de los aspectos más característicos del gobierno de Raúl Castro es la lucha contra la corrupción. Por supuesto que siempre se puede alegar, y especialmente en Miami, que los principales corruptos son los miembros de la élite gobernante, pero intentar limitar a ese argumento un problema que desde el surgimiento de la república ha formado parte de la realidad cubana no enfatiza el debate sino que lo reduce a una declaración política.
Durante el mandato directo de Fidel Castro, el destape de un corrupto era más bien una pérdida de la gracia otorgada por el jefe (“cayó en desgracia”) que el resultado de una verdadera operación de rastreo, denuncia y castigo de lo mal hecho.
Raúl Castro ha modificado esta ecuación, y el perseguir los diversos tipos de corrupción es una prioridad en la Cuba actual. No solo han caído algunos importantes funcionarios sino también empresarios extranjeros, hombres de negocios que unos pocos años atrás se consideraban “amigos”.
Sin embargo, pese a esa campaña anticorrupción constante y amplia, persiste la interrogante sobre si el sistema administrativo que se quiere  mantener en la isa es capaz de existir sin la corrupción; si ese mecanismo de desvío de recursos, latrocinio y desorden no es también una fuente de estabilidad para el gobierno.
Lo que resulta muy difícil, casi imposible, es eliminar toda esa corrupción imperante sin dar al mismo tiempo formas alternativas de obtención de recursos, ingresos e incluso de enriquecimiento.
Uno de los aliados que por décadas ha empleado el gobierno cubano es la escasez. La falta de todo, tanto para alimentar la envidia y el resentimiento como en ocupar buena parte de la vida cotidiana de los cubanos.
Desde que comenzó la escasez proliferó el mercado negro, y la fuente principal de este siempre fue el robo. En ocasiones las mercancías se la robaban directamente al Estado, sacándolas de sus almacenes, pero en otras eran los consumidores los robados, quienes recibían menos de lo establecido. El ejemplo clásico del carnicero que alteraba la balanza y a cada comprador le daba un par de onzas menos de carne, para al final del día contar con varias libras que vender a sobreprecio.
Así surgió una mitología que se sustentaba en una práctica más o menos común en el país antes de la llegada de Fidel Castro al poder —desde mucho antes de 1959 estaba integrado al folclor y la farándula el personaje del bodeguero, que alteraba la pesa, y la existencia de inspectores para perseguir este delito— y que siempre ha resultado muy conveniente al régimen.
En primer lugar le quitaba actualidad, ya que al trasladar el surgimiento del delito a una época anterior podía considerarse una lacra del pasado, y en segundo porque creaba a un culpable vulnerable: no sólo ajeno sino contrario a la ideología imperante. El ladrón convertido en contrarrevolucionario y la víctima en cómplice: el vecino que se dejaba robar una porción de su cuota de alimentos para después adquirir en el mercado negro una parte de lo que le quitaban a él y a otros.
El egoísmo y la desigualdad catalogados como las motivaciones principales para cometer el delito, mientras que el afán de una sociedad igualitaria impulsaba a los guardianes del orden.
Todo esto no hacía más que encubrir las causas del problema —el mercado negro como derivado del monopolio y la escasez— y trataba de enfocar la atención ciudadana en el pícaro de esquina (bodeguero, carnicero) al tiempo que pasaba por alto que los mayores robos se cometían en los centros de distribución  y almacenes, administrados por funcionarios de cierta jerarquía política.
Durante las décadas en que Fidel Castro tenía la presidencia del país, las acusaciones de ineficiencia o de apartarse de la línea oficial nunca lograron suplantar a la corrupción como el crimen imperfecto del dirigente y funcionario cubano. Ahora esta situación ha cambiado. Raúl Castro despide a trocha y mocha a quienes considera incapaces.
Nada de lo anterior niega o justifica la proliferación de corruptos en todas las instancias del gobierno de la isla, sino más bien destaca que éstos son el resultado y no la excepción del sistema.
Mientras gobernó Fidel Castro, los parámetros políticos tuvieron un mayor peso que la capacidad administrativa, a la hora de escoger a una persona para dirigir una empresa. Ahora cada vez más se impone una mezcla de realidad capitalista bajo una envoltura o disfraz de esfera de servicios socialista, donde la ineficiencia no se justifica con la retórica.
Quedan por ver aún mayores resultados en esta batalla de Raúl Castro —como suele ocurrir en la isla, poco se divulga sobre los juicios celebrados—, porque la corrupción es inherente al régimen implantado por su hermano y sostenido por él: algo endémico al sistema, pero que se trata de presentar como ajeno.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición de hoy lunes 20 de junio. 

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