viernes, 21 de junio de 2013

El exilio y la olla



Pocos recuerdan al escritor inglés y líder sionista Israel Zangwill, salvo por el tema de una de sus obras de teatro, The Melting Pot. Para Zangwill, a principios del siglo pasado, Estados Unidos era el crisol donde los inmigrantes de todas las naciones venían a fundirse. Pero si hubiera imaginado que varias décadas después más de un millón de cubanos se iban a establecer en este país, habría cargado con su caldero para otra parte. Las naciones y razas que se mencionan en The Melting Pot proceden de Europa; los asiáticos, negros, caribeños y latinoamericanos quedaban fuera de la definición, como los mexicanos en el recuento de los 21 asesinatos de Billy The Kid.
Cuando en 1959 se inició la diáspora cubana, los primeros en llegar no pensaban como Zangwill ni tenían el menor interés de fundirse en el pot. Creían que su permanencia en este país sería breve. Pronto los acontecimientos les hicieron modificar ese punto de vista, pero ello no evitó el surgimiento de una leyenda, donde Miami pasó a convertirse de sitio de veraneo en una ciudad moderna, al tiempo que se transformaba en la “capital del exilio”.
Esta dualidad ha definido la vida aquí durante más de cinco décadas, a través de cambios donde la beligerancia ha adoptado diversas formas, aunque siempre con un éxito limitado.
Hubo un momento en que el exilio logró una transformación que le permitió darle la vuelta a la olla sin caer en ella: los cubanos se convirtieron en una minoría influyente en la política exterior mediante los mecanismos de la política nacional: cabildeo, poder electoral y presencia en el Congreso. Por un tiempo las circunstancias fueron una mezcla de realidad y espejismo: más que una unión era una relación simbiótica, pero cada parte obtenía beneficios.
Por décadas los gobiernos norteamericanos le hicieron creer a los exiliados que eran únicos. En parte lo fueron y también en parte lo son. Pero desde hace unos años se han multiplicado las campañas para demostrarles que han dejado de serlo.
Nunca Miami ha resultado un fenómeno fácil de asimilar por el resto del país. Primero fueron las luchas intestinas de los grupos de exiliados, los ajustes de cuenta y los atentados dinamiteros. Luego la convulsión creada por las diferentes avalanchas de refugiados.
A los intentos de considerarla una ciudad tropical, una especie de avanzada de la civilización donde existen oportunidades de hacer negocios y disfrutar de una vacaciones placenteras, se han opuesto siempre aspectos más sombríos: corrupción política, años de elevadas tasas de criminalidad y una intransigencia en cuestiones que van de lo banal a lo esencial, pero que siempre resulta incomprensible para los otros.
La realidad es que al tiempo que el exiliado demuestra una enorme capacidad para desenvolverse y triunfar en el trabajo cotidiano, su vida, su memoria y su futuro giran sobre un círculo de esperanzas nunca realizadas: vive guiado por la ilusión de un futuro improbable y de un pasado espurio. Así nació el estereotipo, bajo el cual se le percibe: un ser que se niega a ser catalogado como inmigrante, y reclama siempre el título de exiliado, pero acosado por las contradicciones o las disyuntivas entre ambos modelos de conducta, aunque ello a veces parece no preocuparle. Por eso actúa como si tuviera múltiples personalidades. La publicidad y la propaganda se mezclan indisolubles en su vida. La arenga y la discusión política con la tarjeta de negocios y el comercial oportuno. Acude a los actos políticos y está pendiente de las noticias, pero no despega el ojo de la caja contadora. Aunque en la mayoría de los casos es sólo un cubano. Un ciudadano que vive una vida extraña en una ciudad conocida, la única donde su desarraigo se hace más llevadero: no pertenece a Estados Unidos ni a la Cuba donde gobierna Castro. Para él, la patria es sólo una realidad emocional, producto de la fantasía y la nostalgia. Por ello el cubano dentro y fuera de la isla siempre se ha jugado su última carta a Miami, donde cree poder conservar su identidad.
Ningún exilio puede convertirse en un fin en sí mismo. Aferrarse a las victorias y derrotas no es más que una forma de atrofiarse. Quedan abiertos dos caminos: desarrollarse como una comunidad integrada al resto del país y apoyar la lucha de los que buscan una sociedad democrática en la isla, al tiempo que ayudar a sentar las bases de una Cuba poscastrista. El resto se pierde en la furia callejera.

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