sábado, 29 de junio de 2013

Ladrón de Guevara




La bronca por las “pertenencias” de Alfredo Guevara acaba de comenzar. Ahora vendrán las interpretaciones diversas sobre el interés del difunto, el colocarse de un    lado o el otro y ese interés en las circunstancias del momento —típico del periodismo— que por lo general omite, esconde e incluso tergiversa mucho del pasado.
El destape de lo ocurrido tiene de inicio una característica de violencia brusca que es por completo ajena a la táctica de Guevara: la perfidia en la sombra.
Agentes policiales irrumpieron este sábado en la vivienda de quien fuera figura tenebrosa de la cultura cubana y detuvieron a personas encargadas de cuidar la papelería y otras pertenencias del muerto. Esto es de acuerdo a la información publicada en CaféFuerte, que por supuesto omite la adjetivación y el tono altisonante que aquí se le otorga al párrafo: hasta lo cursi es útil a la hora del rencor y la venganza,
“Familiares de Guevara residentes en México denunciaron el violento operativo policial desplegado con 22 agentes en la casa de Guevara, ubicada en la Calle 11, entre 2 y 4. en el barrio habanero del Vedado, desde el amanecer del sábado”, añade CaféFuerte.
“Siguen dentro del domicilio, con las líneas telefónicas cortadas, rompiendo puertas en rigurosas requisas y reteniendo a las personas encargadas del cuidado de los bienes particulares de la familia”, dijo Jonathan Gincoff desde Ciudad de México, agrega la información. Gincoff es novio de la modelo Claudia Guevara Cueto, nieta adoptiva del excomisario cultural fallecido el pasado abril.
Hay dos aspectos que vale la pena señalar de inicio, aunque no son los más importantes.
Guevara al parecer terminó comportándose igual que otros comisarios políticos y culturales, a los que las humillaciones de la edad, el fracaso de la aventura castrista y el fin del mundo comunista —probablemente una mezcla de todo ello con la bilis acumulada por tanto comportamiento hijo de puta— acabaron por hacerles rumiar un desenlace en que quizá nunca se atrevieron al arrepentimiento, pero sí al desengaño.
No se explica de otra manera ese aparente testamento de quien siempre aspiró —y por momentos lo obtuvo— ser zar de la cultura en Cuba, para terminar convertido en una especie de terrateniente repartiendo bienes a una familia putativa y tardía.
“Nosotros somos los herederos legales de todo, incluyendo, como lo dejó escrito en su testamento, de papeles, documentos, bienes y obras de arte”, dijo Antonio Guevara, ese hijo adoptivo de la madurez, en declaraciones a CaféFuerte.
El segundo aspecto tiene que ver la realidad cubana actual, donde la ideología y el dinero se mezclan y confunden.
Primero se declaró “patrimonio cultural de la nación” a los documentos relacionados con la vida y obra de Guevara. La resolución fue dictada por el Ministerio de Cultura (MINCULT) el 25 de abril, apenas una semana después de la muerte de Guevara.
De acuerdo al decreto gubernamental, cualquier forma de utilización, difusión y promoción de los bienes de Guevara debe ser tramitado con el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural (CNPC).
El decreto es tanto una forma de censura como una sorprendente muestra de temor, ante la remota posibilidad de que Guevara escribiera algo no conveniente al poder en Cuba. Ese algo, es evidente que solo puede ser algún documento, chisme o secreto relacionado con los hermanos Castro. Las rencillas entre intelectuales desde hace unos años salen al aire en Cuba con mayor o menor transparencia. Pero en el caso de Guevara hubo algo más: un conocimiento de primera mano de la época estudiantil de Fidel Castro y una participación por muchos años en gran parte del entramado del proceso cubano.
¿Fue capaz Guevara de escribir algo que pudiera resultar “inconveniente” a los hermanos Castro o al régimen en que tanto participó, del se aprovechó en todo momento y al que siempre aparentó lealtad absoluta? Difícil imaginarlo. Más aún de ser cierta la cobardía que siempre se le atribuyó.
Por otra parte, de existir una papelería crítica o indiscreta, lo más probable es que un taimado como él desde hace rato la habría mantenido a buen recaudo de miradas indiscretas o profesionales de la persecución.
Nada de ello, sin embargo, cuenta bajo la óptica de una maquinaria inquisidora. Durante sus últimos años, bajo vigilancia y aislado, Nikita Khrushchev daba la impresión de ser un viejo medio idiota, siempre acompañado de un radio portátil. Pero a las pocas horas de su muerte su habitación estaba completamente sellada, para impedir la salida de cualquier hoja de papel mínima. No es que las precauciones estuvieran convertidas en razones de Estado, lo que es natural también en las naciones democráticas, sino que la desconfianza es la esencia del totalitarismo.
¿Cuál aspecto queda entonces, que resulte más importante que el allanamiento y la fuerza, la paranoia y el secreto, al momento de comentar el destino y las tropelías en torno a la herencia guevariana? Uno muy simple: el origen del botín.
No hay que olvidar que Alfredo Guevara no fue un simple coleccionista privado de pintura cubana. Durante décadas, fue un traficante ilegal de obras de arte, algunas de ellas expoliadas y muchas obtenidas gracias a su posición encumbrada dentro del régimen.
Tras el primero de enero de 1959, muchas viviendas y colecciones de miembros de la alta burguesía cubana o figuras del antiguo régimen fueron confiscadas o simplemente quedaron en manos del Gobierno al abandonar el país sus dueños. No todas las piezas pasaron a las bóvedas del Estado, las salas de los museos y las paredes de las dependencias gubernamentales. Con los años se produjeron adquisiciones y abundaron los donativos. Las paredes de las oficinas y pasillos del ICAIC estaban llenas de obras de artistas cubanos. En muchos casos el regalarle un cuadro a Alfredo Guevara no fue una burda compra de favores, pero sí un acto destinado a lograr una mirada amable o un gesto protector. Para un funcionario de su jerarquía, la distinción entre la pared de su oficina y la de la sala o una habitación de su apartamento era inexistente. Desde el punto de vista moral, admitir un carácter privado en el origen y la ampliación de esta colección se puede impugnar de forma similar a cualquier otro acto de expolio artístico.
Alfredo Guevara no fue un millonario —o al menos no se le conoce una fortuna de esas dimensiones— ni un productor de cine famoso ni el presidente de una gran  compañía cinematográfica. Aunque disfrutó de buen número de los privilegios inherentes a esas posiciones. Fue un funcionario estatal de un gobierno comunista. Pero al igual que otros de su tipo, se sirvió del Estado no solo para explotarlo, sino también para explotar a los demás. Si es cierto que existe un testamento en que deja esa colección de arte a su “familia”, el documento constituye su última estafa a los cubanos.
Por supuesto que se argumentará —y especialmente desde Miami— que el régimen lo que quiere es apropiarse de esas obras para venderlas o repartirlas entre los actuales herederos de moda. Es muy posible. Pero entonces se trata de un delito de otra índole. Un robo no justifica el siguiente. Un acto de justicia mínima sería el conservar lo más valioso para ser exhibido en un museo o colocado en dependencias públicas. Lo demás —el allanamiento, la lipidia, los chismes— no es más que otra muestra de la decadencia moral y física de la actualidad cubana.

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