miércoles, 12 de junio de 2013

Patriotismo y conveniencia



Al igual que el gobierno de Ronald Reagan le sacó producto a la reacción violenta de los blancos sureños contra el movimiento de los derechos civiles, y estos pasaron de haber apoyado abrumadoramente a los demócratas a volcarse de igual forma con los republicanos, en el caso de muchos exiliados cubanos una táctica similar explica su transformación en miembros furibundos del Partido Republicano.
Respecto al caso cubano, dos factores son fundamentales para entender esa transición: la renuencia de los exiliados provenientes de la isla a comportarse como una minoría —sin que esto les impidiera reclamar los beneficios circunstanciales acordes a dicha clasificación— y el rechazo a una asimilación total por parte de la nación que les dio refugio.
En ambos hay orgullo nacional, pero pese a lo repetido hasta el cansancio, el patriotismo —entendido como el ideal de lograr un derrocamiento del régimen de La Habana— no ha sido el motivo fundamental a la hora de elegir partido político en este país. Más bien una socorrida respuesta emocional, explotada una y otra vez por políticos oportunistas pero también aceptada sin un cuestionamiento profundo por votantes demasiado dispuestos a admitir cualquier justificación al paso.
Eso explica la fidelidad al republicanismo, pese a los reiterados fracasos de los gobernantes de este partido en lograr cualquier cambio en Cuba. Es cierto que los mandatarios demócratas no han logrado mucho tampoco, pero un republicano siempre es absuelto cuando al demócrata se le condena por anticipado.
La renuencia al melting pot llenó de orgullo a las primeras generaciones de refugiados. Esta excepcionalidad y la miopía ante las circunstancias condicionaron —y siguen determinando— varias explicaciones erróneas sobre el comportamiento de éstos.
Una de ellas es su preferencia partidista. Aunque esta cifra ha ido disminuyendo, aún en la actualidad la mayor parte de los cubanoamericanos que son votantes registrados pertenece al Partido Republicano y no al Demócrata, que tradicionalmente ha sido el preferido por las minorías negra y latina.
Se justifica el hecho argumentando que las preferencias políticas de los exiliados están basadas en criterios de política internacional y no con relación a temas locales.
Dos mandatarios cargan con la responsabilidad del alejamiento de la comunidad exiliada de las filas demócratas. Primero al sentirse ésta traicionada por la actuación del expresidente John F. Kennedy en la invasión de Bahía de Cochinos, y luego durante la crisis de octubre. Posteriormente por la política del expresidente Jimmy Carter, que autorizó el “diálogo”, los viajes de la comunidad y abrió la Oficina de Intereses de Washington en La Habana.
La realidad es mucho más compleja. Numerosos políticos cubanos continuaron siendo demócratas, incluso tras la llegada de Ronald Reagan al poder. Por ejemplo, Lincoln Díaz-Balart fue demócrata hasta 1985. En 1984 actuó de copresidente de la organización Demócratas a Favor de Reagan, un hecho que lo enemistó con otros miembros del que entonces era su partido y donde nunca llegó a triunfar en las elecciones primarias.
El cambio mayoritario de demócratas a republicanos en muchos electores cubanos obedeció a diversas circunstancias: la creación de la Fundación Nacional Cubano Americana, la actuación del exgobernador de la Florida Jeb Bush en favor de ciertos miembros de la comunidad convictos de actos terroristas y la habilidad del Partido Republicano para aprovechar la frustración del exilio ante el fracaso de la lucha armada y la conversión del embargo norteamericano hacia la isla en la última tabla de salvación para los opositores a Castro.
Los exiliados no son republicanos ni demócratas por vocación, sino que al igual que ocurre con el resto de la población de este país se dejan guiar por sus líderes.
La conveniencia política —quizá sería más indicado decir una política de conveniencias— ha jugado un papel de igual importancia que la percepción del republicanismo como la filosofía política más adecuada a sus ideales de lucha frente al castrismo. Así se explica la mayor tolerancia hacia los mandatarios republicanos, en lo que de refiere a la política norteamericana respecto a la isla.
Otro mito —de orden diferente— es la autonomía empresarial del exilio y su defensa denodada de la menor participación posible del Estado en la gestión económica. Tal filosofía ha servido para que estos exiliados se consideren representantes ejemplares del neoliberalismo. Pero un análisis del desempeño de algunos capitales cubanos en esta ciudad muestra un panorama distinto, y el mérito y la virtud en obtener riquezas se encuentran más cerca de un astuto aprovechamiento de los vínculos con el poder local, estatal y nacional en una forma que los convierte en la práctica en paladines del mercantilismo —el modo económico en que el poder gubernamental se pone de parte de determinados grupos de interés para facilitarle la adquisición de prebendas, contratos y ganancias— y no en competidores que miden sus fuerzas y recursos en un mercado abierto.
Esta unión de negocios y política se encuentra en la raíz de las posiciones de algunos líderes comunitarios, portavoces del exilio y representantes políticos. Define sus conceptos y valores sobre lo que consideran mejor para el futuro cubano y explica sus apoyos y rechazos respecto a la forma no sólo de lidiar con el gobierno de la isla, sino de considerar las aspiraciones de quienes viven en ella.
Intereses comerciales y económicos que bajo un disfraz de patriotismo intentan algo más simple: hacer negocios. Si hoy son republicanos, es porque piensan que con este partido sus posibilidades son mayores. Lo demás es ruido y patriotismo de café.

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