lunes, 3 de junio de 2013

Represión y culeros



No hay que hacerse ilusión alguna sobre un relajamiento del control político bajo el gobierno de Raúl Castro. El régimen busca sembrar el desaliento junto al miedo. Los argumentos pueden no ser convincentes y los recursos empleados se caracterizan por su falta de originalidad. Pero al policía no le interesa convencer sino persuadir y la falta de imaginación es una de las reglas del oficio.
Si en Cuba existiera un atisbo de democracia, desde hace años los hermanos Castro hubieran sido eliminados del poder. En primer lugar, por ineptos. Repetirlo es un lugar común, pero la repetición no nos salva del asombro.
Una información aparecida en el sitio digital Havana Times da a conocer, al menos para los que vivimos en el exilio, que las madres cubanas se ven obligadas a volver a utilizar los culeros desechables o pampers.
“Casi toda la canastilla del bebé se compra en las tiendas en divisas a un precio exorbitante teniendo en cuenta que el sueldo básico es de 250 pesos (10 CUC)”, explica Mercedes González Amade.
Mientras el bebé es pequeño, cabe la posibilidad de que puedan utilizarse los culeros desechables, ya que la información de Havana Times especifica que cuando la talla es chica el paquete trae de 20 a 30 culeros. Pero según aumenta la talla aumenta el precio y disminuye la calidad. Por lo tanto las madres tienen que recurrir a coger los culeros usados, quitarles el relleno, lavar lo que queda y ponerlos a secar.
“Una vez seco, por donde se le sacó lo que comúnmente también llamamos “tripa” (el relleno), se introducen dos culeros de tela doblados en cuatro y, si por casualidad la parte que antes tenía el pegolín pierde su efecto, usamos dos alfileres”, explica González Amade.
Tener que recurrir a esta solución es algo típico de una cultura de la pobreza, donde la necesidad obliga a una adaptación de las mercancías de acuerdo a una situación de miseria. No hay “bloqueo imperialista” que justifique este uso. Cualquier pretexto ideológico no es más que cinismo. Por décadas el régimen cubano se aferró al argumento del futuro para desviar cualquier mirada crítica sobre el presente. Ahora todo se reduce a un “sálvese el que pueda”.
Si Fidel Castro proclamó que el Estado se haría cargo de todo, desde la enseñanza superior hasta la fabricación de helados, lo que persiste en la actualidad es un desbarajuste total, en que coinciden sedes universitarias en provincias artificialmente construidas con ancianos vendiendo cucuruchos de maní, niños que piden a turistas —en internet hay más de un video que lo muestra— y hombres y mujeres que sobreviven con oficios de hambre.
Cuando resultó demasiado evidente que el gobierno cubano no era capaz de satisfacer las necesidades más elementales, no se optó por otra solución que el trasladar el problema a la familia.
Este es, en última instancia, uno de los “triunfos políticos” del régimen en los últimos años: que los familiares —sobre todo los que vive en el exterior— se encarguen del sostenimiento de los menos favorecidos, en especial niños y ancianos. No solo se tiró por el caño una igualdad y una cacareada justicia social defendida por años, sino también todo el entramado económico y social propio de cualquier país, desde el sistema de pensiones hasta la oferta de trabajo.
La diferencia con Cuba es que quienes causaron el destrozo se presentan ahora como los capacitados para enmendar el desastre, con concesiones a cuenta gotas y decretos leyes a paso de tortuga: la función de gobierno en manos de gente que actúan como componedores de bateas, arregladores de bastidores y vendedores de latas, con la particularidad de que, a diferencia de quienes en el pasado recorrían las calles ofreciendo estos servicios menesterosos, ellos se enriquecen.
Claro que para actuar con la impunidad que siguen desplegando, no basta el engaño: necesitan reprimir realidades y quejas, alentar la envidia y mantener el desamparo.
El régimen cambia las leyes y normas con el objetivo de perpetuarse. Estos cambios son fundamentalmente en esferas de la vida cotidiana. Lo que en cierta época fue delito en Cuba, ahora es permitido. Durante el gobierno de Fidel Castro se impuso el criterio de no guiarse por una mentalidad empresarial, preocupada por el rendimiento y las ganancias, sino lograr ventajas económicas como resultado de los objetivos políticos. Raúl Castro parece ser todo lo contrario: el hombre que quiere que “las cosas funcionen”. Sólo que nadie sabe cómo va a lograrlo y la eficiencia continúa siendo una frontera y no una conquista.
Pero en esencia, la capacidad o el derecho a expresar el deseo de cambiar ciertas leyes, así como aspectos y condiciones sociales, o a la sociedad y el gobierno en su conjunto, sigue siendo tan refrenado en Cuba como cuando esta persecución se vestía del ropaje de la lucha de clases.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 3 de junio de 2013.
Fotografía tomada de tumiamiblog (Foto: Carmen Castillo, Pinar del Rio, abril de 2010).

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