jueves, 6 de junio de 2013

Sonriente y altanero



La foto vale más que la noticia.
El hecho es que el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, y el ministro de Asuntos Exteriores venezolano, Elías Jaua, celebraron un breve encuentro el miércoles y acordaron avanzar en las relaciones bilaterales. Fue un encuentro al margen de la cumbre de la Organización de Estados Americanos (OEA) que se celebra en Antigua, Guatemala. Hablar de reunión suena algo exagerado, porque implica una intención o voluntad mucho mayor, también un compromiso más fuerte en lograr el objetivo.
Contactos de este tipo no son ajenos a la diplomacia. Tampoco es la primera vez que se intentan entre Washington y Caracas desde que Hugo Chávez llegó al poder, en 1999.
La ex secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton intentó en enero de 2011 retomar los contactos. En aquella ocasión, la jefa de la diplomacia estadounidense aprovechó la investidura de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, para reunirse con Hugo Chávez, aunque no consiguieron avanzar en mayores contactos.
Pero no hay que restarle cierta importancia al hecho. Tras años de malas relaciones entre  los gobiernos estadounidense y venezolano, hasta un simple apretón de manos tiene una significación, sobre todo mediática.
Washington y Caracas.
Como en otros aspectos de la Venezuela actual, en el tira y encoge de las relaciones con Washington el gobierno de Caracas sigue no solo la pauta que le traza La Habana sino repite un patrón conocido.
Chávez nunca se cansó de repetir las clásicas acusaciones de injerencia estadounidense en la política venezolana y las denuncias sobre las acciones del "imperio" en el país sudamericano.
Por su parte, Nicolás Maduro ha señalado a Washington como el impulsor de una trama destinada a liquidar a Chávez, incluso físicamente, y a expulsar del poder al Partido Socialista Unido de Venezuela. Además, Maduro ha criticado a Washington por no reconocerle como mandatario tras los comicios del 14 de abril, ante las críticas de fraude electoral procedentes de la oposición.
En esa repetición del guión habanero, Jaua enfatizó de inmediato de que Venezuela es un país “libre e independiente”, y que con esta base, “podremos establecer relaciones de respeto mutuo con el Gobierno de Estados Unidos”.
“Esperamos el respeto mutuo, la no injerencia, que cada quien pueda tener una crítica a los procesos políticos, pero que podamos tratarlo adecuadamente por los canales diplomáticos” repitió Jaua.
Lo demás es que el canciller venezolano ha avanzado que Washington y Caracas dialogarán para nombrar a un nuevo embajador —después de que en 2008 ambos países expulsaran a los respectivos representantes— y de que Kerry ha destacado como un “avance positivo” la expulsión de Venezuela del cineasta estadounidense Tim Tracy, quien fue detenido el pasado mes de abril acusado de trabajar como espía para Washington y de asesorar a los grupos estudiantiles de la oposición sobre cómo desestabilizar el país.
Sin embargo, hay que ir a la foto: un Kerry aburrido, que se limita a un acto más de protocolo, aburrido y quizá inútil, al estrechar la mano del joven canciller, y un Jaua sonriente y altanero, como si realmente hubiera alcanzado la cima del mundo con ese encuentro breve.

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