sábado, 20 de julio de 2013

Bravucón



Nicolás Maduro ha escogido la bravata como el camino más rápido y sencillo para afianzar su poder político. No solo es una vía con un resultado incierto sino la peor en la situación venezolana actual. Nada de eso parece importarle. Ante la incapacidad para conducir a la nación de una forma independiente, no le queda más remedio que imitar a sus dos únicos modelos Hugo Chávez y Fidel Castro. El problema en su caso es que carece de esa capacidad innata que tanto Chávez como Castro mantuvieron siempre: el difícil equilibro entre asumir una actitud  bélica en muchas ocasiones y en otras poner en práctica —no siempre de forma pública— un conveniente retroceso en sus posiciones más agresivas.
Maduro, sin embargo, carece de sagacidad. Para él todo es público, cuando grita y cuando calla. Por supuesto que ello constituye una fuente de inseguridad constante, pero no necesariamente implica que sea imposible gobernar por largo tiempo en una situación hostil. Eso fue lo que hizo Fidel Castro mientras estuvo al mando del gobierno cubano de forma visible. Eso es también lo que practicó Chávez después. Lo que quiere el actual gobernante venezolano es que lo reconozcan como miembro de esa élite donde el mando se asume como una aventura y no como un deber administrativo. No es gobernar desde la doctrina, algo en lo cual tiene referencias de sobra en los déspotas que por años se impusieron en los diversos sistemas totalitarios, tanto de un signo como de otro, sino algo más burdo: adoptar la pose del buscapleitos.
“Ratifico que doy por terminadas todas las conversaciones iniciadas en Guatemala con John Kerry”, dijo este sábado Maduro al validar el comunicado de la cancillería que la noche del viernes dio “por terminados” los contactos iniciados hace mes y medio en Guatemala.
La razón para esta declaración tan drástica es que la futura embajadora de Washington ante la ONU, Samantha Power, dijo ante una audiencia senatorial que luchará contra la “represión” en Venezuela.
Al referirse a las palabras de Power, la cancillería venezolana expresó: “Sus opiniones irrespetuosas han sido hoy avaladas y respaldadas por el Departamento de Estado, contradiciendo el tono y el contenido de lo expresado por el secretario de Estado” en Guatemala.
La cancillería venezolana envió una nota de protesta el viernes a la Embajada de Washington en Caracas, pero el Departamento de Estado defendió las críticas de Power.
“Cuando se trata de Venezuela, continuaremos expresando nuestro firme apoyo al fortalecimiento de las instituciones democráticas, respeto a la libertad de expresión, protección de la sociedad civil y mejoramiento del diálogo interno”, afirmó la portavoz Marie Harf.
Lo que en cualquier diferendo entre naciones no debió pasar de un intercambio de declaraciones, en que por lo general los mensajes pueden incluir un tono más o menos fuerte, pero que no pasan de eso —palabras de momento—, se convierte así en una acción política.
No solo Maduro demuestra inmadurez política —si al menos conociera algo sobre los mensajes intercambiados por años, durante la guerra fría, entre Washington y Moscú— sino se muestra dispuesto a condenar a su país al aislamiento con el que en la práctica es su primer socio comercial, el primer socio comercial, que le compra unos 900.000 barriles de petróleo diarios. Todo ello en una época donde los analistas han demostrado una disminución constante de la dependencia energética estadounidense con respecto al crudo venezolano.
Ahora el incidente ha pasado de las palabras a los hechos.
A Maduro esto no solo parece no importarle, sino todo lo contrario: su actitud y acciones demuestran que lo que busca es la confrontación con Washington.
No hay mejor ejemplo en este sentido que ese deseo vehemente de que el exanalista de inteligencia Edward Snowden se refugie en Venezuela.
El problema que Rusia está desesperada por quitarse de encima (“un presente no deseado que Estados Unidos le endilgó a Rusia”, ha dicho Vladimir Putin), al que el gobierno ecuatoriano dio de lado y el régimen cubano ha dejado en claro que no quiere involucrarse, le fascina a Maduro. Poco falta por implorarle a Snowden que acabe de comprar el boleto de avión.
La cancillería venezolana considera a Snowden “víctima de la más feroz represión”. Suena patético sino fuera ridículo.
“Construir una buena relación con el gobierno de Estados Unidos pasa por practicar el respeto mutuo y el reconocimiento absoluto y total de los principios de soberanía y autodeterminación”, ha expresado la cancillería venezolana en palabras que si no fueron dictadas desde La Habana reflejan como una copia al carbón la verborrea cubana sobre la “soberanía”, ese concepto de independencia nacional nunca practicado y siempre repetido para justificar cualquier acción.
La táctica de Maduro, de imponerse en medio del caos entreteniendo al país con una avalancha de discursos, apariciones en los medios cada vez más controlados o asfixiados por el gobierno y gestos absurdos busca otorgarle permanencia a través del bochinche. Pero la realidad se impone.
Entre diciembre y junio la moneda local, el bolívar, se ha devaluado un 172%; las ventas petroleras del primer trimestre del año —el 96% de los ingresos— cayeron a 21.300 millones de dólares, un 13,41% menos que en el mismo periodo de 2012, y el índice de desabastecimiento de productos básicos llegó al 20,5% en mayo, una cifra jamás alcanzada en tiempos de Chávez. Hasta el 11 de julio las reservas internacionales habían caído en 5.363 millones con respecto al mismo periodo del año pasado., según un artículo aparecido en el diario español El País.
La tasa de inflación acumulada en el primer semestre es la expresión más concreta de todos los malestares del venezolano, agrega El País.
Mediante pequeñas concesiones a la empresa privada, una tibia lucha contra la corrupción y una incesante retórica izquierdista Maduro cree haber encontrado la fórmula ideal par consolidar su poder. Sin embargo, este constante transitar entre el aspaviento y el arañar incesantemente en los recursos petroleros tiene muchos riesgos. Las fuentes de sustentación de su poder —una oposición que se debilita por días tras sus últimos logros electorales, una burguesía que va del miedo a la participación a regañadientes, la actitud cómplice de los gobiernos populistas de la zona y el mantenimiento de un elevado precio del crudo— no crean estabilidad y mucho menos desarrollo.
En la arena internacional, resulta claro que la opción de gobierno es hacia el aislamiento. Maduro acaba de acusar a Mariano Rajoy de “padrino” de la oposición venezolana. El presidente venezolano tachó al mandatario español de "corrupto" al referirse al “caso Bárcenas”. Así que los aliados naturales de Caracas, más allá de los gobiernos populistas de la zona son los regímenes parias del mundo —Cuba, Irán, Corea del Norte, para citar unos pocos ejemplos— junto a una China que se mueve de acuerdo a su conveniencia estratégica y política y no de acuerdo a simpatías ideológicas. Esa división entre un estar siempre ”tapando agujeros“ en el terreno nacional, ya sea ignorando a la oposición, manteniendo alianzas forzadas dentro del chavismo y repartiendo beneficios y privilegios, mientras despotrica contra Estados Unidos y países de Europa como España se encamina al desastre, o se hunde en este. Si finalmente Snowden opta por Caracas, Maduro podría sufrir el desenlace que amenaza siempre a los payasos: tomarse en serio a sí mismos.

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