miércoles, 24 de julio de 2013

Democracia y capitalismo en Cuba



Por décadas en el exilio cubano de Miami se ha mantenido el credo  de que llevar la libertad a Cuba pasa por la reinstauración de un sistema político dominado por el mercado. No es cierto. Capitalismo y democracia no son sinónimos. Pueden coincidir, pero no necesariamente. Se puede aspirar a que en la isla exista un Estado de derecho, el respeto absoluto a los derechos humanos, la propiedad privada y la libre empresa, sin que ello implique añorar una vuelta al pasado y apoyar la ilusión de convertir a La Habana en una copia de Miami.
De hecho, cada vez cobra mayor fuerza la evidencia de que el proceso de ´´actualización´´ que lleva a cabo el gobierno de Raúl Castro está muy cerca de una vuelta al capitalismo con cortapisas ―en sus aspectos más superficiales y despiadados―  y en nada interesado en el menor cambio en lo que respecta a las libertades ciudadanas.
En The Return of History and the End of Dreams, de Robert Kagan, el ideólogo neoconservador de mayor talento en Estados Unidos, se señala lo que pasan por alto quienes creen que con sólo las bendiciones combinadas del comercio, capitalismo y propiedad creciente se llega inexorablemente a una democracia liberal.

Según Kagan, lo que se subestima es el atractivo internacional de la autocracia. La Unión Soviética, después del impulso inicial que recibió la industrialización fue un modelo de fracaso económico. Pero la China actual, hasta el momento, no lo es. Como dice Kagan, “gracias a décadas de destacado crecimiento económico, los chinos pueden argumentar hoy que su modelo de desarrollo económico, que combina una economía cada vez más abierta con un sistema político cerrado, puede resultar exitoso para el desarrollo de muchas naciones”.

Un sistema similar al chino o al vietnamita, con las variantes tropicales al uso, es lo que debe estar en la mente en más de un tecnócrata o funcionario cubano. No es siquiera que el ideal de Raúl Castro sea la puesta en práctica de ese modelo. Si algo se desprende de la realidad cubana actual, es la existencia de un conjunto de medidas de supervivencia, para navegar en el caos sin que se produzca un estallido social. Hasta ahora lo han logrado, como si fueran los dueños absoluto del tiempo. No hay mérito en ello si se recuerda el  ejemplo más de moda en estos momento, Corea del Norte, pero la casta militar cubana ha dado muestras de desempeñar un rol productivo y no limitarse al poderío parásito de los militares norcoreanos.
Aquí vendría entonces  la pregunta de hasta dónde está el exilio de Miami preparado para lidiar con ese grupo de funcionarios y militares que están establecidos como los herederos del poder en Cuba.
Ante todo hay que señalar algunas verdades, dolorosas para algunos aquí en Miami. Más allá de los méritos cívicos y el valor de sus integrantes, el  movimiento disidente es un buen indicador del control absoluto del gobierno sobre la ciudadanía del país: hasta el momento,  la disidencia ha demostrado su incapacidad como vía alternativa para el cambio de régimen, en tanto que se ha constituido en un formidable instrumento de denuncia.
Tampoco llegan lejos ―nunca lo han logrado― quienes desde el exilio llevan a cabo una labor de cabildeo dentro del gobierno y en el Congreso en Washington para conseguir que el gobierno de este país asuma una actitud realmente agresiva frente al régimen de La Habana, con el objetivo de transformar la situación actual.
A estas alturas debe quedar claro que las bases para un vínculo económico, entre el exilio y los residentes en la isla, que sobrepase el simple envío de remesas  están establecidas y solo esperan una mayor flexibilidad en ambas costas del estrecho de la Florida.
A todo lo anterior se añade que la visión de que Cuba está gobernada por una gerontocracia es incompleta, y que quien piense―en parte por pereza, por culpa de los corresponsales internacionales que no hacen bien su trabajo y hasta por desconocimiento de nombres y caras― que los mandos del régimen se limitan a un puñado de ancianos, y que todo se reduce a un problema de edad, lo más probable es que muera en la espera de una solución biológica.
Si, salvo que se produzca un estallido social incontrolable, el destino cubano más probable es un cambio generacional, que ampliará la vía capitalista pero mantendrá reducidas o controladas las libertades públicas, la ecuación capitalismo y democracia salta en pedazos.
Uno de los resultados ―quizá el menos lamentable―será  dejar sin trabajo ―sin palabra es mucho más difícil― a esos neoliberales que desde Miami proclaman a la libertad absoluta del mercado como la panacea que traerá la democracia a Cuba.

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