martes, 23 de julio de 2013

El equilibrista



A partir de 1971 la novela policial cubana conoce un auge, singular en más de un sentido, en la literatura de la isla. Mientras se afianza la censura —causa de un estancamiento que se ha intentado fijar en un quinquenio— y florece la mediocridad, se promueve un género que solo cuenta con un antecedente —Enigma para un domingo de Ignacio Cárdenas Acuña— tras el triunfo revolucionario. Las instituciones culturales, devenidas en órganos rectores de la represión intelectual, asumen la responsabilidad de promover un esquema formal —una poética de la persecución— que muestra al delito como un fenómeno ajeno y a punto de ser extirpado por el avance de la legalidad socialista y la creación del hombre nuevo.
En estas circunstancias, resulta lógico que el Ministerio del Interior lance un concurso para premiar ficciones y testimonios que enfatizan una lucha en que la victoria está a la vuelta de la esquina: presentar al delito vulgar y político como una lacra de un pasado a punto de desaparecer.
Al igual que otras paradojas de la revolución, la literatura policial cubana brota cuando con más fuerza se impone el criterio de que uno de sus protagonistas (el delincuente) representa la excepción y el otro (el policía) contribuye a crear un mundo ideal. Es difícil atrapar la realidad cuando se aspira a la utopía. Personajes que son marionetas de un antes y un después, a los cuales solo mueven hilos políticos. Menospreciada culturalmente y víctima de la competencia extranjera durante un pasado cercano, la novela detectivesca cubana cae entonces en una nueva trampa: hay interés en su desarrollo, pero no puede despegar debido al lastre ideológico.
Estilo y contenido criminales que surgen huérfanos y raquíticos. Con la excepción de Lino Novás Calvo, no hay escritores destacados de un género encerrado en la imitación burda y relegado a la prensa semanal, la radio, un poco de televisión y alguna película mediocre. Antes del primero de enero de 1959, los lectores nacionales dependen fundamentalmente de los autores norteamericanos para el consumo. También de algunos nombres famosos europeos, que ya forman parte del conocimiento universal, y de las traducciones publicadas en las revistas semanales. Luego se produce un vacío —en que los pocket books pasan de entretenidos a subversivos— que no llena la limitada publicación de varias obras clásicas.
Quienes se dan a la tarea de “atrapar al criminal” en un libro, cuentan con una serie de pistas y claves a mano si apresan a la imaginación y se desvían hacia el relato de espionaje —limitado éste a demostrar solo la lucha contra los agentes enemigos y en última instancia encerrado en el genero testimonial, aunque se trata del testimonio de lo que se podía contar—, pero transitan un terreno mucho más peligroso a la hora de enfrentar a ladrones y asesinos que procuran el lucro, la venganza o el placer de matar.
Para  el escritor policial quedan los modelos que deshilvanaban el descubrimiento del crimen como una forma de ejercicio intelectual —propio del género en sus inicios— y el relato chato del delincuente como un degenerado. El problema es que el primer esquema es que está para entonces agotado literariamente, y que además requiere de un decorado ausente en la isla. Con el segundo ocurre algo peor: es incapaz de producir una buena obra.
Muy dura la situación para quien intenta aportar algo nuevo. El crimen es real. Aunque se alimenta de circunstancias extremas, no permite andarse por las ramas. La literatura es imaginación, no legajo judicial. La política se traduce en censura. Tres aspectos difíciles de combinar a la hora de escribir una buena novela.
Las circunstancias literarias y nacionales obligan al autor a apoyarse en las novelas empeñadas en describir —dentro de una trama realista— la corrupción social y política de una ciudad o un país, lo que en la práctica significa fundamentar el relato recurriendo a la tendencia norteamericana de la escuela Hardboiled, caracterizada tanto por el rigor de la escritura de sus mejores exponentes como por la denuncia de los males sociales y políticos.
Esta forma de denuncia —saludada con varias ediciones cubanas de  los libros de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, en un empeño de divulgación que en lo fundamental obedeció al valor literario de las obras, pero que siempre tuvo a mano la justificación de mostrar los males de la sociedad norteamericana— no era entonces admisible en Cuba. Si acaso un pálido reflejo. El rojo es militancia comunista y el negro podredumbre capitalista. La ideología de una blanca pureza. La mezcla de colores produce una literatura gris.
 Para ese autor empeñado en el genero policial cubano, los obstáculos se multiplican por el hecho de que tras el triunfo de Fidel Castro en la isla dejan de existir los detectives privados —Cárdenas Acuña sitúa su novela en una época prerrevolucionaria—, el no poder presentar relatos en que la policía es corrupta, decir que en ocasiones los funcionarios públicos se alían con los ladrones, son incluso los más delincuentes o permitir al lector reconocer que en el presente y no en el pasado está la fuente del crimen.
Leonardo Padura inicia su serie sobre el teniente Mario Conde a principios de la década de 1990. Hay que anotar la fecha, imprecisa y recurrente en sus libros. Es el momento en que la novela policial adquiere carta de ciudadanía literaria en Cuba y el género retoma el carácter de denuncia que lo caracteriza.
Descartados todos los libros que no merecen una lectura dominical, además de Cárdenas Acuña —que conserva apenas su valor de iniciador— solo queda el logro parcial de Luis Rogelio Nogueras y Guillermo Rodríguez Rivera con El cuarto círculo —una novela bien construida, pero resuelta de forma demasiado esquemática y dentro de los cánones ideológicos del realismo socialista policial.
Sin embargo, no todo es empeño personal: fue necesaria la caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior desaparición de la Unión Soviética. La crisis hunde al país, pero permite el nacimiento de un mundo literario personal en que los límites entre el bien y el mal no están en blanco y negro: juego de máscaras que muestran aspectos de la realidad nacional hasta entonces ocultos, males que no nacieron de un día para otro, pecados de juventud que son ahora crímenes del momento.
Las novelas policiales de este escritor habanero nacido en 1955 —ganador de varios premios internacionales, como el Café Gijón de Novela 1995 y el Premio Hammett 1997-1998— nos permiten acercarnos a la crisis de valores que atraviesa la sociedad cubana. De la denuncia al desencanto, en un principio estas obras no se plantean una ruptura frontal con el sistema, pero con cada nueva entrega crece la visión de un panorama nacional en que reina el desencanto. Lo que en un inicio fue reflexión crítica sobre la sociedad, ha terminado en un ejercicio de supervivencia caracterizado por un desfile de personajes que intentan mantenerse a flote tras el naufragio. No es su único valor, porque mayor importancia tiene la habilidad del narrador para mostrarnos la descomposición de un país que aspiraba al futuro y está atrapado entre la imposibilidad de volver al pasado y la ausencia de una vía por la cual salir adelante.
A medida que crece el deterioro nacional, Padura sigue rompiendo barreras y avanzando por un espacio literario donde en no pocas ocasiones ha tenido que recurrir a disfraces y desviaciones. Un escritor diestro en sortear la complicidad y la benevolencia con un andar que aumenta su domino de la prosa. Un equilibrista dispuesto a ejercer un oficio en que cada nuevo paso puede llevar al aplauso o a la caída.

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