jueves, 4 de julio de 2013

Entre denuncias y anuncios de planes



Entre la denuncia de actos represivos en su contra y el anuncio de planes o propuestas de unidad transita el estancamiento del movimiento disidente en Cuba.
Las denuncias, en la mayoría de los casos, tienen que ver con actos y acciones ocurridos en el oriente de la isla. Por lo general, estas informaciones no pueden ser verificadas de forma independiente y los reporteros de las agencias de prensa extranjeras no muestran el menor interés en investigarlas o se ven impedidos de hacerlo. Quizá todo se reduzca al miedo de hacer algo, o de meter las narices en algo, que puede acarrearles la expulsión del país.
Tras la liberación de los presos políticos y su partida para España en julio de 2010, se ha creado un doble rasero a la hora de cubrir estos hechos. Lo que ocurre en oriente no llega a los cables y en La Habana sucede bien poco.
Todo ello crea una zona de incertidumbre: ¿hasta dónde son verdaderas las denuncias de hechos represivos que ocurren en pueblos alejados de la capital, en lugares en que la impunidad de los agentes del régimen podría estar dada, en buena medida, por su lejanía de los centros del poder o incluso su aislamiento?
Cabe la duda de si esos hechos que se denuncian nos llegan en versiones exageradas, incompletas o incorrectas.
El problema es que, en el mejor de los casos, la táctica represiva puesta en práctica por el gobierno de Raúl Castro resulta muy eficiente a la hora de implantar el terror: reprimir de forma limitada, solo lo necesario, pero al mismo tiempo no permitir que se olvide o se pierda el miedo.
Hasta el momento, el instrumento ha resultado perfecto en impedir que cualquier protesta, la más mínima, adquiera un carácter generalizado.
Por su parte, en muchos casos también las acciones de la disidencia —una forma inadecuada pero práctica de caracterizar a  la oposición— se limitan a planes en que se plantea acertadamente el desatino que constituye el actual modelo cubano, pero nada más.
Un ejemplo reciente es un documento dado a conocer por la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), un grupo del exilio que cuenta con el apoyo de la Fundación Nacional Cubano Americana.  En una declaración, la UNPACU precisó que debe ponerse fin a la doble moneda y garantizar que el cubano reciba su salario en la moneda en que se paguen todos los productos y servicios. Por supuesto que uno está de acuerdo con el planteamiento, ¿y qué más?
“La economía de Cuba es un desastre; el país ya ni siquiera produce el azúcar necesario. El gobierno quiere dirigirlo y controlarlo todo, y por eso todo anda mal. El régimen ha convertido a Cuba en una de las naciones más endeudadas del mundo”, indicó el documento. “Hay que apoyar la iniciativa privada y la inversión extranjera, con un entorno legislativo justo, objetivo y universal. Esto provocaría la apertura de la economía, la atracción de la inversión, y nuevos mercados”.
Todo ello es cierto también. Pero de nuevo, ¿y qué más?
Se puede argumentar que quien escribe este comentario tampoco cuenta con un plan para llevar la democracia a Cuba, y puede enfatizarse que no se le conoce acción alguna en este sentido. Es cierto, pero no se proclama opositor, disidente y mucho menos patriota. El reclamo a la UNPACU es válido a partir de que el grupo está enfrascado en una labor de oposición régimen, y por ello recibe reconocimiento en Miami y la divulgación de sus actividades por una prensa solidaria en esta ciudad.
Esto vendría a ser la mitad de la ecuación. La otra mitad radica en la existencia de horizontes alternativos, que hace que todo residente en la isla lo piense dos veces, y hasta cuatro y cinco, antes de unirse a un grupo disidente.
La alternativa entre la cárcel y el esperar la oportunidad de partir hacia Miami define desde hace décadas la realidad cubana.
¿Existe una salida al respecto? De momento la única posible parece radicar en una apuesta hacia un futuro incierto, determinado por la muerte de los hermanos Castro, lo que puede ocurrir en uno, cinco, diez o más años. Entregar el destino del país a la biología no deja de ser la ilusión de la impotencia. Pero de momento no se vislumbra otra.

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