jueves, 11 de julio de 2013

La libreta buena y la libreta mala



Si termina por sufrir una muerte por adelgazamiento, no hay un gran mérito en eliminar la libreta de abastecimiento cubana, que cumple cincuenta años el viernes. La cuestión fundamental es que ésta tiene dos aspectos, aunque se tiende a enfatizar uno y olvidar el otro. Siempre se menciona a la libreta como el instrumento que regula la cantidad que se puede adquirir de un producto alimenticio, desde frijoles hasta algún tipo de carne. Esta función reguladora y restrictiva es objeto de crítica, en Cuba y Miami, desde hace décadas.
Pero  hay otra función que cumple la libreta, la de canasta básica de alimentos: un medio que permite la adquisición de alimentos subsidiados. En este sentido “libretas” similares han existido en otros lugares, y siempre se le han visto en un sentido positivo. De hecho, si la libreta termina por desaparecer, es posible que el Gobierno cubano se vea obligado a poner en práctica alguna forma de subsidio, para un grupo básico de alimentos, destinado a las familias menos favorecidas.
El gobernante Raúl Castro se ha referido a este sentido y no a la función igualitaria que con poco éxito la libreta ha desempeñado durante tantos años. No deja de resultar conveniente que se imponga un enfoque más realista sobre la situación en que se encuentra la isla: la libreta sólo resuelve, a duras penas, la alimentación por algunos días, y siempre ha provocado más rechazo que cualquier otro sentimiento y opinión. Aunque este enfoque realista no va muy lejos cuando no se aplican las reformas necesarias para superar las deficiencias.
Es cierto que  los precios de los productos cubanos que brinda la libreta están subsidiados por el Estado cubano. Pero al mismo tiempo, los precios de los mismo artículos, cuando se adquieren “por la libre” son excesivos, incluso en comparación con el mercado norteamericano. Esto, por supuesto, sin tomar en consideración la diferencia abismal entre los salarios entre las dos naciones.
Como los productos por la libreta no cubren ni remotamente las necesidades mínimas y el problema de la falta de alimentos en los establecimientos estatales es ya una situación endémica en Cuba, el gobierno de Raúl Castro ha intentado organizar un poco mejor la economía, combatir la corrupción e incentivar ciertos sectores productivos como el campesinado. Hasta ahora, los resultados continúan siendo muy limitados.
En buena medida, lo que impide el avance tecnológico es el tratar de mejorar un modelo obsoleto. Es como empeñarse en echarle aceite a los ejes de una carreta tirada por bueyes, con la ilusión de que va a poder competir favorablemente contra un tractor.
Cuando Fidel Castro se vio obligado a realizar un traspaso temporal del poder debido a su enfermedad, muchos pensaron que Raúl Castro, una vez en el poder de forma permanente, desarrollaría un modelo similar al chino. El que Fidel Castro se recuperara en cierta medida de su padecimiento fue posteriormente uno de los factores más repetidos para justificar la falta de avance en las prometidas reformas estructurales.
Sin embargo, una mirada hacia atrás no permite muchas esperanzas en un supuesto Raúl Castro partidario del modelo chino. En los años 90, que fue el momento de mayor liberalización económica, las Fuerzas Armadas Revolucionarias iniciaron una gran expansión de sus actividades económicas, pero sin inclinarse a llevar a cabo un proceso de reformas de mercado sino a buscar la financiación de sus propias fuerzas, y de paso el enriquecimiento o al menos la mejora del nivel de vida de los oficiales. Aquí también puede argumentarse que Fidel Castro fue el elemento de freno a la ampliación de este proceso, pero  hay elementos  para pensar que los motivos que frenan el desarrollo económico trascienden el simple marco de la gestión y tiene un aspecto político fundamental.
Ahora caben menos dudas de que cuando Raúl habló de “reformas estructurales” se refería más a factores organizativos que a una ampliación sustancial del limitadísimo sector de la producción y los servicios por medios privados.
“En la formación del Producto Interno Bruto la empresa estatal socialista va a seguir siendo determinante... con un poco más de eficiencia”, dijo el martes el vicepresidente Marino Murillo a un grupo de corresponsales de la prensa extrajera en La Habana.
Por otra parte, las reformas de gobierno, que sí el general ha podido llevar a la práctica a plenitud, no parecen estar dando los resultados esperados.
Por ejemplo, el gobierno de Raúl ha disminuido el número de ministros, pero al mismo tiempo aumentado el de los vicepresidentes. Aun suponiendo que esta estrategia tuviera como objetivo ampliar la dirección colectiva, hay algo distorsionado en ella, de acuerdo a la capacidad productiva, el comercio y el tamaño del país. Cabe preguntarse si en este caso la búsqueda de eficiencia no ha cedido ante la necesidad de un reparto amplio de los poderes, que se traduce en alianzas y compromisos que se justifican desde un fin político pero no económico.  Los problemas económicos de Cuba no dependen de la reducción ministerial o el cambio de carteras.
La conclusión es que, al tiempo que el aparente esfuerzo por disminuir o eliminar la hipertrofia de la superestructura gubernamental de la isla se ha convertido en una especie de “mover fichas”, sin resultados notable, tampoco se han realizado otras trasformaciones que se requieren para iniciar al menos la adecuación de la estructura económica a la realidad del país, desde la disminución del número excesivo de centros universitarios hasta el traspaso de labores del comercio minorista y los servicios a manos privadas, algo que  no hay intenciones de llevar a cabo.
Ell gobierno de Raúl Castro ha tratado de estimular la agricultura a través de formas diversas, desde lograr que el Estado pague sus deudas a los campesinos hasta un aumento de los precios que paga por los productos agrícolas y la entrega de tierras improductivas en usufructo a quienes quieren cultivarlas. Hasta el momento, los resultados de tales planes han sido pobres.
Tras las primeras esperanzas de cambios, además del uso de la represión, el gobierno de Raúl Castro  depende cada vez más, para su legitimidad, de la herencia revolucionaria legado de su hermano y no de una eficiencia pretendida y no alcanzada.
La libreta “se ha venido convirtiendo, con el decursar de los años, en una carga insoportable para la economía y en un desestímulo al trabajo, además de generar ilegalidades diversas en la sociedad”, dijo Raúl Castro al comienzo de su mandato, cuando hablaba de la eliminación de “subsidios y gratuidades indebidas”. Por entonces se pensaba que la nueva política sería subsidiar a personas con bajos ingresos, ya no productos. Pero poco o nada se ha avanzado en este sentido.

“Con la libreta nadie puede vivir, pero sin la libreta hay mucha gente que no puede vivir”, dicen muchos cubanos en la actualidad.

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