jueves, 25 de julio de 2013

Otro 26



El tiempo transcurrido no ha logrado liberarnos de las respuestas trilladas y el repetir una versión pueril de la historia de Cuba: un 26 de julio que se repite, sin aprender de ese día.
Mientras los cubanos triunfan en los negocios, conquistan posiciones elevadas en todas las organizaciones públicas y privadas del país al que emigran y se destacan en las profesiones más diversas, no logran aún la transformación democrática de la patria ni incluso adoptar una actitud más tolerante hacia las opiniones ajenas.
Somos excelentes administradores y negociantes y pésimos luchadores políticos. Magníficos profesionales, pero incapaces de mantener el rumbo democrático de un país.
La existencia de decenas de años de dictadura castrista nos ha dado nuestra justificación mayor: el extender un manto piadoso sobre los diversos períodos en que una y otra vez se intentó refundar la república, reiniciar el proceso constitucional, empezar casi de cero en el orden institucional. No se trata de postular una sociedad estática, sino de enfatizar la necesidad de una estabilidad, que Cuba ha estado siempre lejos de alcanzar.
Más que un interés por el avance a pasos lentos y sistemático, parece ser característico del cubano el afán por acabar con todo para hacerlo todo distinto. Borrón y cuenta nueva. El mito del ave fénix. Vocación heroica, ideal mitológico. Revolucionario por naturaleza.
Como las sociedades más estables no se construyen a golpes de héroes, nos quedamos siempre cortos.
Cuando saltamos la barrera de la exaltación y queremos llevar los ideales a la práctica, nos limitamos a esquemas alejados de la realidad; nos rodeamos de patrones erróneos, sólo justificados por la sonoridad de una frase, acabamos encerrados en las limitaciones cotidianas.
Es entonces la hora de arribistas y demagogos, que repitiendo un discurso hueco sacan provecho de nuestras virtudes y debilidades.
Porque a toda esta idealización e intenciones sublimes se contraponen actitudes mucho más apegadas a la realidad, que se imponen en la práctica y han hecho que en la política cubana siempre tengan mayores posibilidades de triunfo los vivos y los villanos.
Las raíces de la valoración exagerada de lo propio y la justificación a priori de nuestros defectos se remontan a la herencia hispana y al surgimiento y desarrollo tardío del capitalismo de libre empresa en los países de habla española, tanto en España como en Latinoamérica.
La sobrevaloración de nuestra identidad se ha convertido en un recurso eficaz en días difíciles, pero también en una limitación a la hora de conocer y analizar nuestras capacidades.
En nuestra nacionalidad se anidan no sólo expresiones positivas y creadoras, sino también valores y sentimientos perniciosos, dispuestos a aflorar cuando las circunstancias lo permiten: llevamos al diablo en el cuerpo.
Fidel Castro ha desperdiciado millones de dólares y años de vida de los cubanos en planes agrícolas e industriales, guerras y guerrillas, proyectos que no han rendido resultado alguno.
En todos estos casos, al lado del fanatismo los pequeños resentimientos, tras el afán heroico las mezquindades y los prejuicios. Todo ello le ha facilitando la tarea al mal.
Junto a los dirigentes políticos, generales y miembros de los cuerpos represivos, a la par de funcionarios y oportunistas, han estado siempre —“brindado su apoyo desinteresado”— pequeños seres que no han obtenido grandes beneficios y privilegios, salvo el placer de satisfacer sus rencores y envidias: los porteros que en Cuba eran fieles guardianes a la puerta de los restaurantes, quienes se complacían en no dejar entrar a nadie, pero se inclinaban ante un uniforme verde oliva de un militar que ni siquiera se molestaba en mirarles; los encargados de distribuir los trabajos voluntarios entre sus compañeros de trabajo, mientras los miembros del Partido apenas se excusaban de no asistir debido a sus “urgentes reuniones”; los delatores de cuadra y los que asistían indolentes a gritar y ofender a quienes se atrevían a disentir del sistema. Si no llegaron más lejos en su bajeza, fue en muchos casos porque no se les pidió hacerlo.
Algunos de ellos un día marcharon al exilio y quizás nunca se han cuestionado que hicieron su pequeño mal de forma gratuita e injustificada. Son los que participaron en actos de repudio mientras aguardaban la llegada de un bote por el puerto del Mariel; los que aún hoy asisten a las manifestaciones, mientras alientan en sus corazones la esperanza de ganarse una visa en la lotería de la Oficina de Intereses.
Son también las flores del destierro, que en Miami se creen con derecho a dictar pautas sobre lo que debe hacer cualquier exiliado recién llegado, sin haber hecho nunca nada por impedir este exilio.
Se habla sobre la necesidad de juzgar, condenar o perdonar a todo aquel que en determinado momento ejerció un papel más o menos destacado durante estos largos años de régimen castrista, que pese a todo no culmina. De igual importancia es analizar la miseria humana que nos impulsó o nos conduce a cometer cualquier pequeña infamia.

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