martes, 23 de julio de 2013

Pelota y revanchismo



Desde hace años resulta más difícil imponer una política cansada aquí en Miami: no permitir eventos en que participen quienes viven en ambos extremos del estrecho de la Florida o la actuación de artistas y deportistas procedentes de Cuba. No por ello el sector del exilio que propugna esta actitud de aislamiento cesa en su empeño, de infundir miedo y crear presiones para que dichos eventos se realicen. Es un segmento que se reduce desde el punto de vista demográfico, pero no por ello es menos poderoso hoy que ayer. Sobre todo desde el punto de vista económico y de influencia con funcionarios y políticos locales y nacionales. Tampoco hay el menor atisbo de vergüenza, de pudor —¿y que otra cosa se podía esperar?— entre quienes desde La Habana o como repetidores entre nosotros se apresuran a gritar sobre la intransigencia aquí, para al mismo tiempo callar sobre la miseria, la represión y el desamparo allá. Todo un escenario desagradable que se repite y resulta ridículo y escuálido al mismo tiempo.
Es posible que aún se celebre en esta ciudad los 50 años del equipo de béisbol cubano los Industriales, pero el empeño en que la actividad no se lleve a cabo, o se realice de la forma más pobre posible, se anotó un tanto cuando logró que la Universidad Internacional de la Florida no facilitara su estadio con ese fin.
Un día después de dar a conocer de manera oficial la cancelación de los encuentros en esa instalación, representantes de Somos Cuba Entertaiment Group, auspiciadora del viaje de los peloteros de la capital cubana, recalcaron que no descansarán hasta ver esa idea convertida en realidad, pese a que la nueva sede no cumpla con los mejores requisitos para hacer un evento de magnitud, de acuerdo a la información de El Nuevo Herald.
No es la primera vez que la pelota choca con la política. Nada más lejos que una neutralidad ideológica durante lo que podría considerarse los “años dorados” del deporte impulsado por el régimen cubano. En especial el béisbol, terreno propicio y fundamental para los juegos entre Cuba y Estados Unidos, y para que Fidel Castro se vanagloriara, exhibiera y se retratara junto al Equipo Cuba, como si fuera de su propiedad. Incluso se llegó a la frase estúpida de que los norteamericanos eran capaces de llegar a la Luna, pero no de ganarle a los cubanos en la pelota.
El deporte cubano —y por los motivos más diversos— pierde esplendor casi a diario. Resulta válido considerar esta pérdida un buen ejemplo de la decadencia del sistema. Pero de ello a la adopción de una actitud de impedir o dificultar un evento en que participen deportistas cubanos, por el hecho de que estos permanecieron en la isla y lograron triunfos que por años sirvieron de vanagloria al régimen, hay la distancia que va del reproche al revanchismo.
En esta ciudad se pueden seguir dos sendas opuestas. Considerar cada hecho y situación de acuerdo a lo que representa, o juzgarla a priori según pautas ideológicas. El primer camino no está libre de errores. El segundo es un error en sí. Anteponer la valoración política a cada circunstancia es una muestra de que no se ha logrado escapar del totalitarismo, no importa la sociedad o el país en que se viva.
Según Alejandro Cantón, al frente de los organizadores de la celebración de los 50 años de los Industriales en Miami, las autoridades deportivas de FIU se aprovecharon de un punto del contrato firmado con Somos Cuba, que estipulaba “condiciones especiales y extremas’’ para cancelar los dos juegos, según la información aparecida en El Nuevo Herald.
Cantón se abstuvo de mencionar la palabra “presión’’ de parte de grupos del exilio, dejó entrever que la negativa a rentar el parque vino desde lo más alto de la universidad, agrega la información citada.
En el Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos (ICCAS), de la Universidad de Miami, se realizará un conversatorio con el opositor Guillermo Fariñas, el viernes 26 de julio. En la Universidad Internacional de la Florida han ofrecido conferencias conocidas figuras cubanas que buscan la democracia en Cuba, como Yoani Sánchez.
La realización de un conversatorio o una conferencia a favor de la democracia en Cuba y el esgrimir un pretexto como justificación para no facilitar un estadio, a fin de que se lleven a cabo dos sencillos juegos de pelota definen más que un contraste: constituyen ejemplos de la forma en que parte del exilio de Miami considera la libertad de expresión y tolera las diferencias.
Da la impresión que la lucha a favor de los derechos humanos y la democracia en Cuba y la libertad deportiva en Miami marchan por sendas opuestas, incluso en el medio universitario.
Tener clara esa división, entre aspirar a la democracia en la isla y adecuarse a las exigencias de un sector poderoso en esta ciudad, parece ser un punto especialmente sensible para una universidad acusada injustamente, y en las más diversas ocasiones, por ese mismo exilio supuestamente radical que rechaza este y cualquier evento en que participen deportistas residentes en la isla; un centro docente en donde fueron encausados un profesor y su esposa, una empleada de la institución, fueron encausados de ser agentes del gobierno cubano (el profesor se declaró culpable de conspirar como agente de la inteligencia cubana en Estados Unidos y su esposa de ocultarlo).
Ninguna actuación deportiva asegura la sobrevivencia de un régimen. La pelota no es solo el deporte nacional de Cuba, sino motivo de orgullo y discusión entre sus habitantes. Mezclar la política y el deporte no es nada nuevo para el régimen de los hermanos Castro. Desde su llegada al poder, Fidel Castro utilizó los triunfos deportivos como parte de su perenne campaña de propaganda. Pero también un boicot deportivo resulta contraproducente, incluso cuando se fundamenta con buenos argumentos, como ocurrió con los Juegos Olímpicos celebrados en Moscú en 1980, donde EEUU no participó debido a la invasión soviética a Afganistán. Y lo que está intentando este sector del exilio de Miami es un boicot, lo único que en estos momentos —en que acaba de concluir un torneo amistoso de béisbol entre un equipo cubano y otro de universitarios estadounidenses— no cuentan con el apoyo de la Casa Blanca.
Sacar a la política del terreno deportivo es algo que nunca ha practicado el régimen castrista, ni tampoco algunos de sus detractores aquí en Miami, donde a falta de una táctica mejor contra el gobierno de La Habana, se entretienen en un deporte inútil: el del odio y resentimiento.

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